De no subir la montaña.

De no subir la montaña.

Austin Kleon es uno de estos tipos con una newsletter que yo sigo religiosamente porque nunca sabes qué vas a encontrar. Y en la última, aparece un enlace a su blog con un artículo llamado On (not) climbing the mountain. Y me parece interesante y relevante porque habla muy bien de cómo muchas veces el fijarnos en la meta nos desvía de algo más importante.

Un concepto que conocí leyendo a Jonathan Haidt acerca de la psicología de la felicidad es el concepto de sesgo de impacto: la tendencia que tenemos a pensar que un solo suceso va a tener una importancia enorme en nuestra vida, cuando la realidad es que, debido a la adaptación hedónica, nuestro bienestar vuelve a sus niveles habituales al cabo de un tiempo: si te suben el sueldo, al cabo de un tiempo te has habituado a esa situación y estás tan contento o descontento como antes. Si pierdes un miembro en un accidente, al cabo de un tiempo te adaptas a tu nueva situación y sueles volver a tu bienestar anterior. ¿Por qué? Porque al final nuestro bienestar depende de la cantidad de reforzadores disponibles en nuestro entorno, nuestra habituación a los mismos, nuestra capacidad percibida para influir en nuestro mundo, y un solo acontecimiento no es tan clave, a no ser que modifique el acceso a reforzadores positivos de una manera significativa. Por ejemplo, puede que conseguir un nuevo trabajo te haga más feliz, pero no sólo por el nuevo trabajo, sino porque además conoces a gente nueva y haces nuevas relaciones que van más allá del trabajo, y reduces el tiempo de desplazamiento, y…

En la entrada, Kleon cuenta una experiencia tratando de llegar a la cima de un volcán extinto en Edimburgo llamado Arthur’s Seat, bastante popular. Y lo que ocurre es que, cuando llega a la cima, está hasta los cojones. Ha visto un montón de sitios chulísimos subiendo, en las faldas del volcán, y pensado ¿No es este un buen sitio para llegar? ¿No es suficiente? ¿Necesito llegar a la cima? Y cuando llega arriba, se encuentra con un lugar con unas vistas menos interesantes que algunas que descubrió en la subida, y que está petado de gente que casi se despeña tratando de hacerse selfies. Y piensa en esas colas de gente arriesgando la vida para llegar a la cima del Everest, cuando a menudo la cima es una mierda de sitio.

Pisando cadáveres, no lo olvidemos.

Y aquí aprovecho para poner una cita de David Lee Roth que me recuerda a mi amigo Javier G. Recuenco, que solía ser para mí el Capitán Napalm, y que describe muy muy bien el propósito de esta entrada:

When you get to the top of the mountain it’s cold and you’re alone and the only way back is down.

Cuando llegas a lo alto de la montaña hace frío, estás solo y la única forma de volver es hacia abajo.

David Lee Roth, entrevistado por Debbie Millman.

En breve: no hagáis más caso de la meta que del proceso. Porque en el entorno inmediato es donde están los reforzadores, y la expectativa de refuerzo es, a menudo, engañosa. La felicidad es un concepto poco útil y como meta difícil de agarrar. Es un proceso irónico, cuanto más te preguntas si eres feliz menos feliz te vas a sentir. Así que no hagáis caso de los gurúes de la felicidad y la psicología positiva. La felicidad no es una meta. La cima es una mierda de sitio, a menudo.

ESTATUS

Trabajo: Reuniendo penosamente toda la documentación para los impuestos y el cierre de curso.
Música: Estoy bastante obsesionado con Let’s rock de Black Keys.
LeyendoEndymion de Dan Simmons sigue progresando, pero es largo. Nobilis de Jenna Moran (antes Rebecca S. Borgstrom) debe ser el juego de rol más complejo de imaginar que he leído.

Memento mori

Memento mori

El otro día encontré una curiosa extensión para Chrome que se llama Death Clock. Lo que hace es que sustituye la página inicial cuando abres una nueva pestaña con el tiempo estimado de tu esperanza de vida. De este modo, cuando abres una pestaña nueva, ves algo como esto en vez de tu página de inicio habitual:

Me hizo gracia porque me recordó al instante al memento mori de los romanos, que es una idea muy presente en el pensamiento estoico. La idea de que, ante la brevedad de la vida, no hay mejor cosa que enfocarse en el momento presente y en lo que estamos haciendo. Vamos a citar a Séneca:

Mientras posponemos, la vida pasa por nuestro lado. Nada, Lucilio, es nuestro, excepto el tiempo.

Séneca el Joven, Epístolas a Lucilio.

La terapia cognitiva se apoya enormemente en la filosofía estoica, como un modo de cambiar los pensamientos automáticos que causan la ansiedad o la depresión. O, en términos un poco más claros, modificar la conducta verbal privada del sujeto ante ciertas situaciones, provocando una respuesta emocional diferente. Además, podemos usar otras técnicas para modificar nuestra conducta, como por ejemplo ser conscientes del coste de oportunidad de lo que hacemos.

El coste de oportunidad es el coste de la alternativa a la que renunciamos cuando tomamos una determinada decisión, incluyendo los beneficios que podríamos haber obtenido de haber escogido la opción alternativa. El psicólogo Shane Frederick estudió en 1991 cómo las personas decidían de modo diferente acerca de una compra. Y descubrió que, cuando se presentaba simplemente la decisión de comprar o no comprar un vídeo divertido por 15$, el 75% de las personas compraban el vídeo. Pero si se presentaba la opción como “comprar el vídeo divertido por 15$ o guardar ese dinero para otras compras”, el 45% de las personas no compraban dicho vídeo.

Otro ejemplo es del presidente de EE.UU., Eisenhower (1953), describiendo la compra de un bombardero pesado en términos de cuántas escuelas (30) podían construirse con ese dinero, cuántas centrales eléctricas (2), cuántos hospitales (2), cuántos kilómetros de autopista (80), cuántos kilos de trigo (13600).

Pensar en el coste de oportunidad de nuestras decisiones nos ayuda a tomar mejores decisiones, en vez de dejarnos llevar tan fácilmente por el habito. Y no hay coste de oportunidad mayor que el uso de nuestro tiempo. Merece la pena, cada vez que abres una ventana a Internet, pensar en qué uso le vas a dar a ese tiempo. Y si te sigue apeteciendo hacer lo que ibas a hacer, entonces hazlo.

Me gusta esta extensión. Creo que se va a quedar un tiempo.

ESTATUS

Trabajo: Hoy tengo una recuperación. Ya falta menos.
Música: He entrenado con Hell of Steel de Manowar.
Leyendo: Endymion de Dan Simmons sigue dándome alegrías.

La mente es plana: Del cuento de Herbert Graf

La mente es plana: Del cuento de Herbert Graf

Hoy os voy a contar una historia extraída de The Mind is Flat, de Nick Chater, que muestra lo peligroso que es creerse las narrativas cipotescas de cada uno. Estad avisados. 

Herbert Graf (1903-1973) fue un legendario director de orquesta austríaco. Cuando tenía sólo 4 años, presenció un suceso que le asustó mucho mientras paseaba con su madre. Un caballo de los que se usaban en los carruajes que eran comunes en Viena tropezó y cayó al suelo empezando a tirar bocados y cocear salvajemente. Herbert temió que el caballo se estuviera muriendo. Como era un crío sensible, este incidente le dejó huella y le produjo un miedo a que otros caballos también pudieran “caer al suelo y morirse” de repente. Este miedo se generalizó y Herbert empezó a tener miedo a los caballos y los carruajes que los empleaban, y específicamente a que los caballos pudieran morderle. Herbert explicaba que le asustaba particularmente “las cosas negras que los caballos llevan en los ojos y alrededor de la boca”, presumiblemente las anteojeras y las bridas que los caballos usaban. Más adelante esta ansiedad se generalizó a un miedo a salir a las calles de Viena, que estaban siempre llenas de carruajes y coches de caballos. Para los padres de Herbert, claro, esto era muy preocupante.

Desde el punto de vista de la psicología conductual, nada de esto requiere una explicación compleja: Herbert experimentó unas sensaciones de ansiedad muy fuertes, que asoció al caballo. Cuando Herbert intenta explicarse el por qué de estas sensaciones, la explicación es que el caballo le podría morder. A medida que Herbert evita la presencia de los caballos, la respuesta de ansiedad se afianza más y más. Una fobia normal y corriente. De hecho, con el tiempo la ansiedad de Herbert acabaría pasando, como suele ocurrir con muchas fobias y miedos infantiles

Pero claro, nuestra habilidad de proyectar explicaciones imaginativas en conductas normales no iba a dejar estar tranquila una cosa así. Y fue el padre de Herbert, Max Graf, el que proporcionó un gran ejemplo de esta tendencia. Max Graf, un reputado crítico musical, estaba muy inmerso en las teorías del momento sobre la sexualidad infantil. Y escribió a un cierto doctor vienés para comentarle que él creía que el miedo de Herbert a los caballos se debía a “haber sido predispuesto por una sobreexcitación sexual debida a la suavidad de su madre, y que el miedo a los caballos estaría conectado de alguna manera con que los caballos tienen un pene muy grande.” No, no es broma, este es un caso real. [1]

El doctor estuvo de acuerdo con esa idea, concluyendo que el crío era “un pequeño Edipo que quería quitar a su padre de enmedio para poder estar a solas con su hermosa madre y poder dormir con ella.” Por tanto, Herbert veía a su padre como un rival por el afecto de su madre y, en realidad, no estaba asustado de los caballos, sino de su padre.

A raíz de esto, Max Graf y el doctor dedujeron que el miedo de las anteojeras y las bridas podía ser en realidad una manifestación simbólica de miedo a las gafas y al mostacho de su padre (joder, me siento sucio escribiendo esto), y que en realidad el miedo a salir de casa escondía un motivo distinto a evitar a los caballos: “el propósito de esta fobia es restringir sus propios movimientos, permitiéndole quedarse en casa junto a su amada madre.”

Esto, como podéis imaginar, no tiene el más mínimo puto sentido: Herbert nunca había tenido la menor ansiedad cuando su madre no estaba cerca, y tenía la misma ansiedad al salir a la calle cuando su madre estaba y cuando no. Lo lógico, claro, si lo que te dan miedo son los caballos y no tu padre, o separarte de tu madre. 

Pero Max y su doctor pensaban que lo que ocurría era que Herbert se ocultaba a sí mismo las razones de su fobia. No podía ser tan simple como que un niño pequeño se asusta de un animal muy grande y le coge miedo a esos animales, no. Tenía que haber una explicación inconsciente. El propio crío, por cierto, estaba en desacuerdo más adelante:

No, eso no es lo que pasó. Lo desarrollé entonces. Cuando el caballo del carruaje se cayó. ¡Realmente me asusté! Ahí fue cuando desarrollé esa tontería (como Herbert llamaba a la fobia).

– Herbert Graf.

Ojo: el padre del crío era un psicoanalista aficionado (que, en realidad, no se diferencian mucho de los expertos), y el doctor desarrolló toda esta teoría a partir de las cartas de Max Graf y una muy corta entrevista con el niño. Porque total, si te vas a inventar todo, tampoco necesitas ni evaluar, ni conocer el caso ni tonterías campestres. 

Meme cortesía de @Li3PO en Twitter.

Este caso merece particular atención, porque Herbert Graf, futura leyenda en el mundo de la ópera, sería conocido como el pequeño Hans. El doctor era, como muchos habréis adivinado ya Sigmund Freud, y esta gigantesca pollada de caso es uno de los más importantes en el canon del psicoanálisis. Como todos los casos fundamentales citados por Freud, el doctor no hizo una mierda por ninguno de sus pacientes, como no lo hizo por Anna O (Bertha Pappenheim), ni sus conclusiones tienen más validez que la especulación literaria. Sin embargo, si miráis la página de Wikipedia de Herbert Graf, esta pequeña fobia infantil ocupa mucho más espacio que su muy importante carrera.

Freud con Herbert Graf, la única vez que se vieron en persona.

Y cedemos la palabra a Nick Chater cuando analiza este caso:

Max Graf y Freud estaban tratando de mirar en los más oscuros rincones de la mente del “Pequeño Hans”; más tarde otros analistas han hecho distintos diagnósticos del caso. El problema con estas disputas no es que discrepen sobre el mundo interior de Herbert sino que Herbert, como el resto de nosotros, no tiene ningún mundo interior, sólo una colección de fragmentos mentales. Preguntarse si “Hans” deseaba inconscientemente matar a su padre para acostarse con su madre no sólo está equivocado en los detalles. No tiene más sentido que preguntarse cuántas rayas tenía el tigre del poema de William Blake, si Tom Sawyer nació o no un martes, o si el número de martinis con vodka que James Bond se ha tomado en su vida es un número primo. Nuestras imaginaciones pueden, por supuesto, rellenar esos detalles y más – pero el producto de nuestra imaginación es, por supuesto, ficción y no hechos. 

Puesto tan claro como es posible: el error de Graf y de Freud fue confundir la creación literaria con la psicología.

– Nick Chater, “The Mind is Flat”, página 106.

No existe el inconsciente. No existe un océano de deseos oscuros y reprimidos, de miedos, creencias, imágenes mentales, argumentos lógicos e ilógicos, justificaciones, emociones, flashes de ira o penas enterradas. Existen conductas aprendidas que ejecutamos de manera automática, pero no hay múltiples yoes enterrados en nuestro cerebro esperando a salir. Y todas las teorías sobre la mente y la conducta que asumen que existe algo así no son más que ficción literaria. Agravado lo de la ficción por el hecho de que Freud mentía constantemente acerca de sus casos, por otro lado. 

Y con este post inicio una serie de entradas en las que presentaré la idea desarrollada por Nick Chater de que el funcionamiento que solemos asumir de nuestra mente no sólo no es correcto, sino que además es imposible debido a cómo percibimos la realidad. Los que anden por la RAM de San Fernando (y vosotros sabéis quiénes sois) este puente de la Constitución podrán escuchar la explicación resumida en una conferencia el sábado 8 por la tarde 😉 El resto podrán ir leyéndolo, espero, durante las próximas semanas. Va a ser una pasada de viaje. Creo que este libro es uno de los más importantes e interesantes que he leído desde que me dedico a la psicología. 

REFERENCIAS

  1. S. Freud, ‘Analysis of a phobia in a five-year-old boy ‘Little Hans’ (1909), Case Histories I, Vol. 8, Penguin Freud Library (London: Penguin Books 1977)