La mente es plana: Del cuento de Herbert Graf

La mente es plana: Del cuento de Herbert Graf

Hoy os voy a contar una historia extraída de The Mind is Flat, de Nick Chater, que muestra lo peligroso que es creerse las narrativas cipotescas de cada uno. Estad avisados. 

Herbert Graf (1903-1973) fue un legendario director de orquesta austríaco. Cuando tenía sólo 4 años, presenció un suceso que le asustó mucho mientras paseaba con su madre. Un caballo de los que se usaban en los carruajes que eran comunes en Viena tropezó y cayó al suelo empezando a tirar bocados y cocear salvajemente. Herbert temió que el caballo se estuviera muriendo. Como era un crío sensible, este incidente le dejó huella y le produjo un miedo a que otros caballos también pudieran “caer al suelo y morirse” de repente. Este miedo se generalizó y Herbert empezó a tener miedo a los caballos y los carruajes que los empleaban, y específicamente a que los caballos pudieran morderle. Herbert explicaba que le asustaba particularmente “las cosas negras que los caballos llevan en los ojos y alrededor de la boca”, presumiblemente las anteojeras y las bridas que los caballos usaban. Más adelante esta ansiedad se generalizó a un miedo a salir a las calles de Viena, que estaban siempre llenas de carruajes y coches de caballos. Para los padres de Herbert, claro, esto era muy preocupante.

Desde el punto de vista de la psicología conductual, nada de esto requiere una explicación compleja: Herbert experimentó unas sensaciones de ansiedad muy fuertes, que asoció al caballo. Cuando Herbert intenta explicarse el por qué de estas sensaciones, la explicación es que el caballo le podría morder. A medida que Herbert evita la presencia de los caballos, la respuesta de ansiedad se afianza más y más. Una fobia normal y corriente. De hecho, con el tiempo la ansiedad de Herbert acabaría pasando, como suele ocurrir con muchas fobias y miedos infantiles

Pero claro, nuestra habilidad de proyectar explicaciones imaginativas en conductas normales no iba a dejar estar tranquila una cosa así. Y fue el padre de Herbert, Max Graf, el que proporcionó un gran ejemplo de esta tendencia. Max Graf, un reputado crítico musical, estaba muy inmerso en las teorías del momento sobre la sexualidad infantil. Y escribió a un cierto doctor vienés para comentarle que él creía que el miedo de Herbert a los caballos se debía a “haber sido predispuesto por una sobreexcitación sexual debida a la suavidad de su madre, y que el miedo a los caballos estaría conectado de alguna manera con que los caballos tienen un pene muy grande.” No, no es broma, este es un caso real. [1]

El doctor estuvo de acuerdo con esa idea, concluyendo que el crío era “un pequeño Edipo que quería quitar a su padre de enmedio para poder estar a solas con su hermosa madre y poder dormir con ella.” Por tanto, Herbert veía a su padre como un rival por el afecto de su madre y, en realidad, no estaba asustado de los caballos, sino de su padre.

A raíz de esto, Max Graf y el doctor dedujeron que el miedo de las anteojeras y las bridas podía ser en realidad una manifestación simbólica de miedo a las gafas y al mostacho de su padre (joder, me siento sucio escribiendo esto), y que en realidad el miedo a salir de casa escondía un motivo distinto a evitar a los caballos: “el propósito de esta fobia es restringir sus propios movimientos, permitiéndole quedarse en casa junto a su amada madre.”

Esto, como podéis imaginar, no tiene el más mínimo puto sentido: Herbert nunca había tenido la menor ansiedad cuando su madre no estaba cerca, y tenía la misma ansiedad al salir a la calle cuando su madre estaba y cuando no. Lo lógico, claro, si lo que te dan miedo son los caballos y no tu padre, o separarte de tu madre. 

Pero Max y su doctor pensaban que lo que ocurría era que Herbert se ocultaba a sí mismo las razones de su fobia. No podía ser tan simple como que un niño pequeño se asusta de un animal muy grande y le coge miedo a esos animales, no. Tenía que haber una explicación inconsciente. El propio crío, por cierto, estaba en desacuerdo más adelante:

No, eso no es lo que pasó. Lo desarrollé entonces. Cuando el caballo del carruaje se cayó. ¡Realmente me asusté! Ahí fue cuando desarrollé esa tontería (como Herbert llamaba a la fobia).

– Herbert Graf.

Ojo: el padre del crío era un psicoanalista aficionado (que, en realidad, no se diferencian mucho de los expertos), y el doctor desarrolló toda esta teoría a partir de las cartas de Max Graf y una muy corta entrevista con el niño. Porque total, si te vas a inventar todo, tampoco necesitas ni evaluar, ni conocer el caso ni tonterías campestres. 

Meme cortesía de @Li3PO en Twitter.

Este caso merece particular atención, porque Herbert Graf, futura leyenda en el mundo de la ópera, sería conocido como el pequeño Hans. El doctor era, como muchos habréis adivinado ya Sigmund Freud, y esta gigantesca pollada de caso es uno de los más importantes en el canon del psicoanálisis. Como todos los casos fundamentales citados por Freud, el doctor no hizo una mierda por ninguno de sus pacientes, como no lo hizo por Anna O (Bertha Pappenheim), ni sus conclusiones tienen más validez que la especulación literaria. Sin embargo, si miráis la página de Wikipedia de Herbert Graf, esta pequeña fobia infantil ocupa mucho más espacio que su muy importante carrera.

Freud con Herbert Graf, la única vez que se vieron en persona.

Y cedemos la palabra a Nick Chater cuando analiza este caso:

Max Graf y Freud estaban tratando de mirar en los más oscuros rincones de la mente del “Pequeño Hans”; más tarde otros analistas han hecho distintos diagnósticos del caso. El problema con estas disputas no es que discrepen sobre el mundo interior de Herbert sino que Herbert, como el resto de nosotros, no tiene ningún mundo interior, sólo una colección de fragmentos mentales. Preguntarse si “Hans” deseaba inconscientemente matar a su padre para acostarse con su madre no sólo está equivocado en los detalles. No tiene más sentido que preguntarse cuántas rayas tenía el tigre del poema de William Blake, si Tom Sawyer nació o no un martes, o si el número de martinis con vodka que James Bond se ha tomado en su vida es un número primo. Nuestras imaginaciones pueden, por supuesto, rellenar esos detalles y más – pero el producto de nuestra imaginación es, por supuesto, ficción y no hechos. 

Puesto tan claro como es posible: el error de Graf y de Freud fue confundir la creación literaria con la psicología.

– Nick Chater, “The Mind is Flat”, página 106.

No existe el inconsciente. No existe un océano de deseos oscuros y reprimidos, de miedos, creencias, imágenes mentales, argumentos lógicos e ilógicos, justificaciones, emociones, flashes de ira o penas enterradas. Existen conductas aprendidas que ejecutamos de manera automática, pero no hay múltiples yoes enterrados en nuestro cerebro esperando a salir. Y todas las teorías sobre la mente y la conducta que asumen que existe algo así no son más que ficción literaria. Agravado lo de la ficción por el hecho de que Freud mentía constantemente acerca de sus casos, por otro lado. 

Y con este post inicio una serie de entradas en las que presentaré la idea desarrollada por Nick Chater de que el funcionamiento que solemos asumir de nuestra mente no sólo no es correcto, sino que además es imposible debido a cómo percibimos la realidad. Los que anden por la RAM de San Fernando (y vosotros sabéis quiénes sois) este puente de la Constitución podrán escuchar la explicación resumida en una conferencia el sábado 8 por la tarde 😉 El resto podrán ir leyéndolo, espero, durante las próximas semanas. Va a ser una pasada de viaje. Creo que este libro es uno de los más importantes e interesantes que he leído desde que me dedico a la psicología. 

REFERENCIAS

  1. S. Freud, ‘Analysis of a phobia in a five-year-old boy ‘Little Hans’ (1909), Case Histories I, Vol. 8, Penguin Freud Library (London: Penguin Books 1977)

Del conductismo y los problemas existenciales

Del conductismo y los problemas existenciales

Hay días que las entradas las escriben mejor otras personas. Este es un tema que quería tratar hace algún tiempo, pero como mi compadre Ricardo de Pascual lo hace mejor, pues lo leéis a él y eso que aprendemos todos. Pinchad en el primer tweet y leed todo el hilo, por favor.

Lo que Ricardo explica magistralmente es, además, una demoledora destrucción del manido argumento de que el conductismo, o la terapia cognitiva por eso, tratan los síntomas pero no tratan “las raíces profundas” de los problemas. Porque no hay raíces profundas que tratar. Todo eso es mera literatura y pajas mentales.

Vuelvo a recomendar muy muy fuerte la lectura del excepcional “The Mind is Flat”, del psicólogo conductual británico Nick Chater, donde demuestra que el inconsciente, al menos en el sentido coloquial del término, ese océano de deseos, miedos, creencias y demás cosas sumergidas, no existe. 

Y no es malo que sea así, al contrario. Con estudiar la conducta manifiesta y las leyes que la gobiernan ya es más que suficiente.

Foto de cabecera: Photo by Edwin Andrade on Unsplash

De por qué creemos en lo imposible

De por qué creemos en lo imposible

Miguel Artime (o Maikelnai, de cuando usábamos nicks) ha publicado en su blog de Naukas un artículo llamado “Cómo convencer a alguien cuando los hechos fallan”(1). Es un muy buen artículo, muy recomendable. La bibliografía que propone es imprescindible para entender cómo funcionan esos fenómenos, y las recomendaciones de Michael Schermer que cito a continuación también son buena práctica. Mis comentarios, en cursiva.

  1.  Mantener las emociones al margen durante el debate. Mantener la calma puede ayudar a la otra persona a mantenerse tranquilo, y evaluar más lentamente tus argumentos y, sobre todo, los suyos.

  2. Discutir, no atacar (nada de ad hominem ni de ad Hitlerum). En el momento en el que la atacamos, se cierra en banda.

  3. Escuchar atentamente y tratar de articular la posición del contrario con precisión. Charlie Munger dice que para poder tener una opinión en un sentido, primero ha de ser capaz de argumentar la posición contraria al menos tan bien como sus defensores. Si tu adversario ve que entiendes su postura al 100% y aún así la puedes refutar, serás más persuasivo. Karl Popper (el filósofo) era muy conocido por esta forma de argumentar.

  4. Mostrar respeto.

  5. Reconocer que entiendes por qué alguien puede sostener esa opinión. La gente no cree cosas raras por ser imbécil ni por estar loca, sino porque razonan correctamente desde premisas falsas. Pero si sus premisas fueran verdad, el razonamiento podría ser sólido. 

  6. Tratar de mostrar que los hechos cambiantes no implican necesariamente cambios en las visiones del mundo.

Hace ya un buen tiempo que yo traté estos temas en diferentes conferencias, que merece la pena rescatar al hilo de este tema y que os coloco aquí para cuando tengáis un buen rato disponible (son vídeos largos). Que ya, que es muy de vagos hacer una entrada en la que uno sólo enlaza una pila de vídeos, pero bueno, aquí me paso varias horas explicando en primer lugar por qué tendemos a ver cosas que no están ahí (como consecuencia colateral de nuestra capacidad de ver patrones en todas partes), y luego por qué esas creencias son tan resistentes a la evidencia que las desconfirma.

En primer lugar, tendemos a seleccionar vía sesgo de confirmación sólo aquellas evidencias que parecen apoyar lo que buscamos. Si ya tenemos una idea preformada, tendemos a fijarnos sólo en una parte de la experiencia. Ese rasgo es tan universal que es lo que da nombre al blog, de hecho.

En segundo lugar, cuando se presenta evidencia contraria a nuestras creencias nos sentimos amenazados por un fenomeno llamado disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva es la ansiedad o incomodidad de albergar dos ideas incompatibles, que nos motiva a tratar de resolver esa contradicción de alguna manera. A menudo esa manera, en este caso, es rechazar la evidencia que se presenta en contra como producto de una conspiración, o racionalizarla, o incluso llegar a decir que si no hay pruebas es precisamente la prueba de que esas evidencias han sido ocultadas.

En fin, sin más os dejo con los vídeos, y así los podéis ver durante la semana.

“Paranormalidad: por qué vemos cosas que no están ahí”, en Madrid (Escépticos en el Pub) en 2011.

Aquí tenéis el podcast con la entrevista que me hicieron justo antes de la conferencia anterior, en formato youtube:

“Cuando falla la profecía: por qué demostrar que algo no es real no sirve para nada”, en Escépticos en el Pub en Madrid, en 2013. Esta es algo más breve.

Aquí hay un vídeo notablemente más largo, en dos partes, con la misma charla (“Cuando falla la profecía”), en Escéptics al Pub de Barcelona, en 2014.

ENLACES

  1.  Cómo convencer a alguien cuando los hechos fallan, por Miguel Artime.

De las ideas falsas sobre la depresión

De las ideas falsas sobre la depresión

Hay días que vas a escribir, pero te han dado el trabajo hecho. Los compañeros Jesús Sanz y María Paz García – Vera han escrito un precioso artículo en dos partes (1)(2) que ha aparecido publicado en el último número de Papeles del Psicólogo, la revista oficial del Consejo General de la Psicología. Y no puedo dejarlo pasar sin comentar este tema.

En el artículo, los compañeros deciden contrastar algunas ideas equivocadas sobre la depresión, porque esas ideas equivocadas obstaculizan que los pacientes acudan a tratamiento y reciban tratamientos adecuados. Así mismo, promueven la medicalización del mismo en detrimento de las terapias psicológicas que han demostrado más efectividad que los fármacos, cuya eficacia está totalmente en cuestión (3). Por desgracia, estas ideas falsas son difundidas por diarios y medios de masas como El Mundo.

Concretamente fue ese diario, a través de su portal Cuidateplus (antes Dmedicina) el que, en 2015, publica un artículo, republicado en 2016, titulado “Ideas equivocadas sobre la depresión”, que está tan lleno de errores que los autores se vieron obligados a escribir la réplica que da pie a este post. No enlazo el artículo de ese portal porque la política de este blog, desde hace un tiempo, es no enlazar mierdas y no dar clicks y dinero a estafadores.

Ese artículo concreto ha sido visitado por 23 millones de lectores aproximadamente. Imaginad el daño que puede hacer que ese tipo de información falsa se difunda. Pensad en cuántos lectores de esa web habrán dado por buenas esas ideas y habrán sufrido perjuicio por ello.

Si bien os invito a leer el artículo entero, porque es excelente y aporta todas las referencias y evidencia necesarias, quiero comentar yo los puntos más salientes del mismo.

Falacias sobre la depresión que se propagan por ahí.

  1. La depresión es una enfermedad. Falso. Los trastornos mentales se llaman “trastornos” precisamente porque no se ha encontrado causa biológica ni marcadores fisiológicos que permitan denominarlos “enfermedades”. La depresión en concreto no tiene alteraciones estructurales o funcionales en el cerebro, y la hipótesis de las monoaminas (que dice que la depresión puede deberse a una bajada en los niveles de sustancias como la serotonina) está siendo objeto de abundante crítica porque, básicamente, no hay evidencia de que sea cierta, e incluso la hay contraria. No hay test biológicos que diagnostiquen trastornos mentales, y las tasas de éxito de los fármacos están entre el 50% y el 60%, que no es mejor que la terapia cognitivo-conductual. El artículo de la web decía que los antidepresivos tenían tasas de efectividad del 90% Ojalá.
  2. Cuando todo te va bien en la vida, puedes deprimirte igual. Falso en parte. La gente a la que le va mal (entendiendo “le va mal” como que ha pasado por acontecimientos vitales estresores) tiene 2,5 veces más probabilidades de deprimirse. Pretender que la relación entre estresores y depresión es débil es falso. Hay una relación fundada y validada entre los acontecimientos vitales estresantes, y la depresión, y de nuevo, negar esa realidad hace parecer a la depresión como una enfermedad biológica que puedes contraer en el metro.
  3. Los optimistas se deprimen tanto como los pesimistas, y los extravertidos igual que los introvertidos. Falso. De hecho, la web defiende que los extravertidos tienen mayor carga de afectividad y por ello están en más riesgo. Lo cual es más falso aún. Las personas extravertidas y optimistas pueden deprimirse, cierto, pero la evidencia indica que la probabilidad es mucho más baja. De hecho, hay una relación casi inversa entre optimismo (medido con el Test de Orientación Vital) y la depresión (medida con el BDI). La extroversión y el optimismo son factores de protección pero claro, no son garantía.
  4. La psicoterapia no cura la depresión. FALSO FALSO FALSO. Hay DÉCADAS de estudios y metaanálisis que muestran que la terapia cognitivo-conductual tiene una eficacia como mínimo igual, cuando no superior, a la farmacológica. La terapia de activación conductual (dentro de las terapias de tercera generación) y la terapia interpersonal han mostrado también eficacia superior al fármaco. Las terapias avaladas por la evidencia según la APA, para tratar la depresión, son en 2016:
    1. Terapia de conducta (Activación conductual).
    2. Terapia cognitiva.
    3. Terapia interpersonal.
    4. Terapia de solución de problemas (un tipo de terapia cogntiiva).
    5. Análisis cognitivo conductual de McCollough (más de lo mismo).
    6. Terapia de autocontrol de Rehm (cognitivo-conductual, basada en corregir un desequilibrio entre estímulos reforzantes y aversivos).
      ¿Qué es lo que no hay aquí? Psicoanálisis, gestalt, sistémica, constelaciones y demás pseudoterapias mamarrachas sin evidencia.
  5. La psicoterapia no es eficaz en depresión grave, sólo en leve y moderada. FALSO. De nuevo, la TCC ha demostrado una eficacia igual o superior a los fármacos en la depresión grave, y de hecho son tan eficaces como en la leve.
  6. La psicoterapia previene peor las recaídas y recurrencias. FALSO. Matadme ya, por favor. Es lo contrario: la TCC es MÁS eficaz que los fármacos en la prevención de las recaídas, medida a 6 y 12 meses. O sea, si practicas TCC, estás más protegido al acabar la depresión que si sigues 1 AÑO tomando fármacos. Y hay evidencia que las otras terapias basadas en la evidencia también tienen un efecto similar.
  7. El tratamiento de la depresión es largo. Falso en parte. Las terapias avaladas por la evidencia son breves, requiriendo en general 16-20 sesiones, lo cual se traduce en 3-4 meses de sesiones semanales. Como mucho, se pueden incluir 3-4 sesiones de refuerzo y prevención de recaídas, lo cual ha demostrado que además tiene un efecto de protección significativo. De modo que, aunque es cierto que algunos casos muy graves pueden requerir tratamientos prolongados, la realidad es que la mayoría de pacientes de psicoterapia superarán la depresión en pocos meses.
  8. El psicólogo no es el profesional que trata la depresión. Mira, yo ya.

Es importante que la información se recabe de las fuentes adecuadas, que NUNCA son portales “de salud” propiedad de un medio de comunicación de masas. Si tienes una depresión o alguien cercano a ti podría tener una, la terapia psicológica es el tratamiento de primera elección para la depresión de cualquier gravedad. Ojo, terapia psicológica, no pseudociencias ni payasadas. Nada de perder años de tu vida con un psicoanalista yendo a sesión 4 veces por semana durante años, o hacer juegos de rol con uno de las constelaciones pretendiendo que tienes anorexia porque tu abuela pasaba hambre.

¿No encuentras un psicólogo serio y fiable, o no puedes pagar un tratamiento. Empieza por comprar el libro Sentirse bien, de David D. Burns (4), que ha mostrado que la biblioterapia puede tener una eficacia comparable a la TCC e igual a los fármacos.

¿No estás seguro de cómo identificar si un psicólogo es un profesional o un vendedor de humo que practica pseudoterapias? Aquí te dejo un fantástico artículo del compañero Eparquio Delgado (5)

Menos coaches, menos PNL, menos Freud, y más modificación de conducta y reestructuración cognitiva. Podría ser el lema del blog, esto.

ENLACES

  1. Parte I del artículo.
  2. Parte II del artículo.
  3. “La invención de los trastornos mentales”, de Marino Pérez y Héctor González (2007).
  4. “Sentirse bien”, de David D. Burns.
  5. 10 claves básicas para elegir un (buen) psicólogo.

Decisiones, decisiones (III)

Decisiones, decisiones (III)

Como decíamos la semana pasada, el primer error que cometemos al tomar decisiones es que limitamos nuestras opciones, pensamos en pocas alternativas.

De la sobrecarga de opciones

Así me siento cada vez que voy a comprar
Yo sólo quería un copazo

Sin embargo, existe una idea de que nuestro cerebro se bloquea cuando hay demasiadas opciones: este es un fenómeno que llamamos parálisis por análisis, o sobrecarga de opciones, como la denomina el psicólogo Barry Schwartz. Uno de los estudios más conocidos sobre este tema es el de Iyengar y Lepper, que mostraban que, si en una tienda ponías 24 tipos de mermelada distintos, la gente compraba menos que si ponías sólo 6. De acuerdo con estos autores, probar 24 sabores era más divertido que probar 6, pero elegir era un suplicio. Y de ahí que muchos gurúes y coaches cuñaos se apunten al carro, diciendo que lo que hay que hacer es dar menos opciones a la gente para que no se raye y tal. De hecho, si veis el programa de Gordon Ramsey en el que va a un restaurante y arregla sus problemas a base de chillarles e insultarles hasta el aneurisma, una de las cosas que hace  es eliminar opciones del menú, con lo que esta idea parece un pepino.

El problema es que, cuando se analizan los estudios al respecto, te das cuenta de que esta parálisis se produce cuando comparas, por ejemplo, 4 opciones contra 20, y cosas así. La sobrecarga podría darse a partir de entre 6 y 20, pero es que no nos hace falta tanto. Lo que parece que basta es tener 3-4 opciones en vez de 1-2. Nada más.

Una regla general es buscar hasta que al menos te enamores de la opción un par de veces. Si sólo has identificado una buena candidata, tu sesgo de confirmación te hará tener unas ganas tremendas de contratarla, y empezarás a poner excusas a los defectos que le veas.

Obviamente, no seas imbécil: no necesitas enamorarte de dos secadores de pelo, y por supuesto para mucha gente no sería buena idea aplicar esta idea a la búsqueda de pareja. Luego no digas que leíste a un psicólogo decirte que necesitabas tres candidatos a pareja perfecta.

Ojo con las falsas opciones

Para que el proceso multipista funcione, las opciones deben ser verdaderamente diferentes. Pero a veces, ya sea intencionadamente o no, presentamos opciones que, en realidad, son la misma con retoques, o presentamos opciones falsas para que la que deseamos que se elija parezca más atractiva. Por ejemplo, muchos vendedores de casas llevan al cliente a ver primero las casas más cutres para que las que desean vender parezcan más atractivas.

El ejemplo más famoso es el del legendario malnacido Henry Kissinger, ex Secretario de Estado de EEUU y uno de los más grandes asquerosos que ha dado el siglo XX. Una de las cosas que hacía para que el presidente Nixon decidiera lo que él quería, era presentar una serie de opciones de las que sólo una era real, tal y como cuenta en sus memorias, publicadas en 1979. Kissinger presentaba un memorando en el que las opciones eran guerra nuclear, rendición ante los rusos en Europa o seguir con la política que los EEUU llevaban en ese momento. Nixon pensaba que estaba decidiendo, pero en realidad no.

Si estás en un equipo y quieres ver si las alternativas son reales, tantea a tu gente. Si hay desacuerdos, quiere decir que las alternativas son realmente distintas. Si todo el mundo está de acuerdo, seguramente es que sólo hay una opción real.

De los diferentes enfoques

Generar muchas opciones es más difícil aún si estás en un determinado estado de ánimo, sobre todo cuando tu mente ha caído en una de dos posibles rutinas. Una de esas rutinas es cuando pensamos en evitar cosas malas, el otro es cuando sólo pensamos en persguir cosas buenas. Cuando estamos en un estado, tendemos a ignorar el otro.

Los psicólogos hemos identificado dos actitudes opuestas que afectan a nuestra motivación y receptividad a nuevas oportunidades. Uno se llama “enfoque de prevención”, que nos orienta sobre todo a evitar problemas. El otro se llama “enfoque de promoción” que nos orienta a buscar los resultados positivos. Fijaos, evitar lo malo no siempre implica perseguir lo bueno.

Ambos enfoques son útiles, pero no somos muy buenos haciendo que coexistan, que es lo mejor para poder generar muchas opciones. Además, el atascarnos en uno u otro puede hacernos fracasar en el largo plazo. Dado que las empresas deciden igual que los individuos, un grupo de investigadores de Harvard analizaron cómo 4700 empresas públicas capearon varias recesiones. Las compañías con enfoque de prevención tomaban medidas defensivas y conservadoras: recortes, reducción de riesgos y similar. Las compañías con enfoque de promoción hacían más apuestas por nuevas líneas de negocio, ampliaciones y demás. A ambos tipos les iba mal. Las compañías que capearon mejor las recesiones adoptaron lo mejor de ambos enfoques, por ejemplo, tratando de recortar gastos superfluos y usando ese dinero para contratar más empleados o poder desarrollar nuevos productos.

Soluciones

Busca a alguien que ya haya solucionado tu problema (incluso si eres tú).

Una forma estupenda de generar más opciones es buscar a alguien que haya estado ante una decisión similar a la tuya y ver qué hizo. Esto lo hacen muchas empresas: miran a ver qué hace la competencia y tratan de incorporarlo o copiarlo en sus prácticas.

Pero no sólo debes mirar hacia fuera: también puedes mirar hacia dentro. Una muy buena estrategia es mirar situaciones previas en las que hayas tenido éxito y ver qué hiciste. Esto es algo muy común en terapia de pareja: a menudo le preguntamos a los pacientes cómo era su relación y, sobre todo, qué es lo que hacían diferente de ahora cuando eran más felices. Entonces les pedimos que hagan más de lo que les funcionaba: igual hacían más viajes, o iban más al cine, o lo que fuera. Si no sabes qué hacer para perder peso, puedes recordar una época en la que estabas más delgado y recordar qué es lo que hacías, para ayudarte a decidir qué hacer para volver a tu peso.

Usa analogías

Kevin Dunbar ha estudiado cómo los científicos desarrollan la creatividad que vemos en sus experimentos, y una de las cosas que los científicos hacen para resolver problemas es usar analogías locales (experimentos similares, organismos parecidos) o regionales (soluciones que no son tan parecidas).

¿Un ejemplo? Fiona Fairhurst quería mejorar los trajes de baño que usan las nadadoras olímpicas, para ayudarlas a recortar unas centésimas en cada carrera. Hasta entonces la idea era hacer los bañadores cada vez más suaves, ceñidos y escuetos. Pero Fiona no se limitó a mirar otros bañadores (analogía local), sino que decidió fijarse en todo lo que se mueve rápido (analogía regional). Por tanto acabó mirando animales acuáticos rápidos como el tiburón, y objetos hechos por el hombre que fueran rápidos, como un torpedo. Y resultó que los tiburones son lo contrario de suaves, y esa aspereza reduce la resistencia del agua y aumenta el impulso. Por otro lado, si el bañador cubría todo el cuerpo y además era muy ceñido, comprimiendo bultos y protuberancias, la silueta del nanador se parece más a la de un torpedo.

El rendimiento de este bañador fue tan bestial que acabó prohibiéndose para poder mantener la igualdad de condiciones entre atletas.

Así que ya sabemos por qué tenemos una visión tan estrecha de nuestras opciones, y cómo ampliarlas. En la siguiente entrada nos meteremos con el segundo problema en nuestra toma de decisiones, el sesgo de confirmación, que da título a este blog. Este fenómeno es tan duro que ya os adelanto que no puede eliminarse, como mucho puede controlarse un poco. Pero algo se puede hacer, y veremos cómo.

Decisiones, decisiones (II)

Decisiones, decisiones (II)

Uno pensaría que, dado que tomamos muchísimas decisiones al cabo del día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, decidir debería ser algo que nos saliera súper bien. Sin embargo, los seres humanos, como ya hemos visto, somos máquinas de jodernos la existencia con malas decisiones, que tomamos muchas veces pensando que en aquel momento parecía una idea buenísima. 

De hecho, en su día hice el propósito de iniciar una serie sobre los errores que cometemos al decidir. Porque muchas de nuestras decisiones son una mierda: por ejemplo, casi 7 de cada 10 matrimonios acaban en separación. Pensadlo, una de las decisiones más clave que tomamos, la elección de nuestra pareja (idealmente para siempre), y la mayoría de veces la cagamos. El número se incrementa en segundas nupcias, o sea que no parece que escarmentemos, al contrario.

En el ámbito profesional no somos mejores, como ya vimos en la entrada anterior de esta serie. Da igual la formación (MBA, JAJAJAJAJAJAJA), preparación, o cuántas personas haya en el comité. Como decíamos ayer (ayer hace dos años, por eso me autocito):

Mirad, lo importante en la toma de decisiones es el proceso, mucho más que el resultado. Y en cada uno de los pasos de ese proceso hay una tendencia a cometer un cierto tipo de error. Debería ser algo así:

  1. Te encuentras ante una decisión.
  2. Analizas las opciones.
  3. Tomas una decisión.
  4. Vives con ella.

Pero esto es el ideal, la realidad viene a ser algo más como:

  1. Te encuentras ante una decisión. Pero como tienes una perspectiva muy estrecha, se te escapan muchas opciones.

  2. Analizas las opciones. Pero en realidad, gracias al sesgo de confirmación, sólo analizas aquello que confirma la decisión que ya has tomado.

  3. Tomas una decisión. Y a menudo las emociones que sientes en el momento te empujarán a cometer un error.

  4. Vives con ella. Y a menudo descubres que tu capacidad de predecir el futuro es nula y que hay muchos factores que no habías considerado.

 

Vamos a meternos con el primer factor.

De la estrechez de miras

En general, cuando nos ponemos delante de una decisión, solemos contemplarla en términos binarios. Por ejemplo, ¿rompo con mi pareja o no? ¿PSOE o PP? ¿Playa o pueblo?

De acuerdo con un estudio de Fischoff (1996), los adolescentes a menudo se plantean sus decisiones de manera ya no binaria, sino completamente carente de opciones. En realidad, muchas (la mayoría de) “decisiones” eran en realidad declaraciones de intenciones, como “dejaré de preocuparme de lo que opinen los demás”. El segundo tipo más común de decisiones eran decisiones “sí o no”. Entre ambas, sumaban el 65% de las decisiones descritas por las adolescentes del estudio.

Jajajaja, estúpidas adolescentes, ¿verdad? Pues no, las organizaciones y los adultos seguimos funcionando igual. La decisión se atasca en nuestro foco de atención y, a menudo, sólo contemplamos una opción, un camino. “¿Voy a la fiesta o no?” Igual, si tenemos más luces podemos pensar “¿Voy a la fiesta toda la noche, o voy a ver el partido y luego un rato a la fiesta, o estudio un poco y luego voy un rato a la fiesta?” Ya, pensaremos, es un adolescente, pero por ejemplo, un estudio clásico de Nutt (1993) analizó 168 decisiones diferentes en diferentes empresas, con una metodología bastante exhaustiva, y encontró que sólo el 29% de las decisiones contemplaban más de una opción (las chicas adolescentes del estudio de Fischoff sólo contemplaban más de una opción el 30% de las veces). O sea, las organizaciones decidían de un modo similar a las adolescentes. Nutt también encontró que las decisiones que contemplaban más opciones solían ser más acertadas al final, el riesgo de error era menor.

¿Y esto por qué? Probablemente porque cuando sólo tenemos una opción, lo que hacemos es buscar argumentos en contra y a favor, en vez de preguntarnos si hay otra manera o, más aún, si podemos hacer más de una cosa. Muchas veces, en vez de pensar “¿qué hago, A o B?”, podríamos plantearnos “¿hay alguna manera de hacer A Y B? ¿Hay alguna C que no esté viendo?” A menudo tenemos muchas más opciones de lo que pensamos.

Vale, todo esto está bien, damos asco razonando, cualquier aficionado a la psicología lo sabe. Si nos estamos planteando una decisión como “sí o no”, debería sonar una alarma en nuestra cabeza. OK, estupendo. ¿Qué hacemos para evitar esta estrechez de miras? Hay varias herramientas.

Ensanchar el camino

Piensa “Y, no O”

En cada decisión en que detectes que estás en una situación binaria (hago esto o lo otro / hago esto o no), piensa si hay alguna manera de hacer ambas cosas, o de hacer lo que estás dudando y alguna cosa más. Por ejemplo, si has de estudiar o ir a una fiesta, quizá puedas decidir estudiar hasta una cierta hora, e ir a la fiesta más tarde.

¿Coste de oportunidad? ¿Qué es eso?

El coste de oportunidad es un término económico que se refiere a lo que perdemos cuando tomamos una decisión. Cuando me gasto 40 euros en X, dejo de tener esos 40 euros para gastarlos en Y o en Z.

Shane Frederick se interesó por esto comprando un equipo de música. No sabía si comprar un Pioneer de 1000 $ o un Sony de 700 $. El dependiente le ayudó a decidir al decirle: “¿Qué prefieres, un equipo de música, o un equipo de música y 300 $ en discos?”

Tal cual, el pensar en las alternativas que nuestra elección podría estar desplazando a menudo nos ayuda a tomar mejores decisiones. De hecho, a raíz de ese momento Frederick dejó de estudiar ciencias ambientales para pasar a doctorarse en investigación de toma de decisiones, y eso que ganamos todos.

De hecho, sólo que te planteen que puedes guardar el dinero para comprar otras cosas hace que reconsideres tu decisión de compra más cuidadosamente, al hacerte pensar en otras cosas en las que podrías invertir el dinero. No se te ocurrirán alternativas adicionales si no eres consciente de que las estás excluyendo.

Enfocar la atención va genial para analizar opciones, pero fatal para detectarlas. Así que cuando debas decidir, una forma de evitar este problema es pensar: ¿A qué renuncio al hacer esto? ¿Qué otras cosas podría hacer con este tiempo / dinero / recursos?

Eliminar opciones

Otra posibilidad para buscar más alternativas a tu decisión es suponer que tu opción original no existe. O sea: imagina que no puedes elegir ninguna de las opciones que estás barajando. ¿Qué más podrías hacer?

Cuando visualizamos que no podemos tener una opción, nos vemos obligados a mover el foco mental hacia otra parte, a moverlo de verdad. Muchas veces si simplemente decimos “propón otra cosa”, a menudo movemos el foco 2 cms, o sea, presentamos la misma opción cambiándole el color, o algo así. Hasta que no nos obligan a rebuscar una nueva opción, solemos obsesionarnos con las que tenemos.

Multipista

Aún otra técnica más: si tienes varias personas o equipos, ponlos a trabajar en varias posibles soluciones simultáneamente.

Este estudio con diseñadores web muestra una cosa muy interesante. Estos diseñadores tenían que crear un banner para una revista de webs, y se les asignó al azar uno de dos posibles procesos de trabajo. La mitad de ellos diseñaba los banners de uno en uno, recibiendo críticas en cada nuevo rediseño. Tenían que diseñar un banner, e ir retocándolo cinco veces en función de la ronda de críticas, con lo que acababan creando 6 banners.

A la otra mitad se les pidió que produjeran tres banners diferentes a la vez, luego en sucesivas rondas se reducían a dos (eliminando uno), y luego se elegía el definitivo. Todos los diseñadores crearon el mismo número de anuncios (6), y recibían la misma cantidad de rondas de críticas (5). Pues bien, los banners creados por el segundo grupo fueron considerados de mejor calidad y más creativos, y rindieron mejor en los tests. El tener varias opciones a la vez te permite triangular más fácilmente qué es lo que funciona bien y qué es lo que no, refinando el proceso más rápido que si sólo tienes una idea que tratas de mejorar.

Además, los creativos del segundo grupo se sintieron mejor durante el proceso, más eficaces. ¿Por qué? Si sólo tienes una opción, entonces te centrarás en defenderla y por tanto, las críticas a tu idea son más personales. Si has creado tres modelos, las críticas no son tan graves, porque tienes más de un diseño. El proceso multipista mantiene los egos a raya.

Y no creáis que es un proceso más lento: en realidad, los ejecutivos que sopesan más opciones, toman mejores decisiones más deprisa. La autora del estudio, K. Eisenhardt, propone como explicación que sopesar más opciones te hace tener una mejor idea de la situación, entender mejor el paisaje, lo que aumenta tu confianza en una decisión rápida. Además, parece que sopesar varias opciones debilita las intrigas y politiqueos típicos en una empresa, ya que con más opciones la gente se implica menos en todas ellas. Además, más opciones te permiten generar un plan B por si las cosas se tuercen.

Sin embargo, hay gente que piensa que tener demasiadas opciones puede llevar a una parálisis que nos impida decidir, basándose entre otros en un estudio clásico de Iyengar. Para estas personas, las técnicas de generación de opciones podrían ser un problema porque nos atascaríamos en un bucle de opciones infinitas o algo así. Sin embargo eso no es del todo cierto, y como me gusta discutir mitos, los dejamos para la siguiente entrada, que espero que no sea dentro de dos años. Hablaremos de kissinger, de mermelada, y de dos posibles enfoques, prevención vs promoción.

Recordad, a veces ni El Joker se puede decidir.

Pincha aquí para el original de la foto de cabecera.

Nos vemos en Valencia

La Universidad de Valencia organiza el ‘I Congreso de Pensamiento Crítico y Divulgación Científica’, con el subtítulo de ‘La pseudociencia en el siglo XXI’, los días 5 y 6 de abril en la Facultad de Filosofía. Han tenido a bien invitarme a dar una charla al lado de divulgadores de la talla de J.M. Mulet o Luis Alfonso Gámez. Es un enorme honor.

Daré una charla sobre pseudoterapias sin apoyo científico, y cómo podemos reconocer un psicólogo con una práctica científicamente validada de uno que no, usando dos ejemplos de psicoterapia sin validez empírica, uno de toda la vida (adivinad), y uno que aunque tiene unos añitos, parece estar de moda.

Podéis encontrar más información sobre el evento aquí:

https://icpcdc.wordpress.com/

Y este es el cartel del evento:

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Hablando con los mejores. Cuánto honor.

En marzo daré una charla en Barcelona, el día 19, como parte de la serie de conferencias “Escépticos en el Pub”. Hablaré sobre psicópatas, qué es verdad y dónde Hollywood se lo inventa todo. Si es como las demás veces, estará muy divertido.

Y en estas cosas es en lo que he estado ocupado.