De lo que aprendí cuando perdí a mi padre

Mi padre murió el 30 de junio, justo el día que mi segunda hija cumplía un mes. O según cómo lo mires, murió el 7 de julio, justo un mes antes de verme cumplir los 40. 

Mi padre estaba sentado en un banco, leyendo el 20 minutos, esperando a uno con el que había quedado. En algún momento después de las 9 de la mañana (que es cuando envió su último whatsapp a ese tipo, para decirle que estaba llegando), sufrió un derrame cerebral en el tronco cerebral, en la zona que controla latido, respiración y consciencia. No fue una hemorragia muy grande, pero fue suficiente. Mi padre se apagó como si hubieran apretado un interruptor. Más que una enfermedad, mi padre tuvo un accidente, como si le hubiera caído una cornisa encima.

Como era un sitio concurrido, creemos que la ayuda llegó rápido. La ambulancia del 061 llegó y pasaron 20 minutos de esfuerzos para reanimarle. Tras esto, lo llevaron a la UCI del Virgen de las Nieves, de donde lo llevaron a la de ictus de Traumatología, y luego fue trasladado a la del nuevo Campus de la Salud. No llegó a despertar, y si lo hubiera hecho el daño cerebral de los 20 minutos de hipoxia durante la reanimación habría sido tremendo. El día 7 de julio decidimos, con el equipo médico, retirarle del soporte vital y dejarle morir, porque se le hizo una prueba de potenciales evocados que mostró de forma concluyente que no había posible recuperación. Así que, tras dar permiso para que donase sus órganos, mi padre falleció.

Han pasado algo más de 3 meses. Y he aprendido unas cuantas cosas.

La primera es: no podía imaginar la maraña de papeleo, trámites e historias burocráticas que tiene todo esto. Especialmente si, como en el caso de mi padre, no hay un testamento. Te dan unos seis meses de plazo para resolverlo todo, y no creo que sea por casualidad. Todo esto en un momento en el que tú no estás para decisiones, papeleos, ni historias de estas. Buscad un gestor que sepa lo que hace y que lo lleve él. No intentéis hacerlo vosotros si no sabéis.

Yo pasé una mañana entera para intentar (sin éxito) conseguir un certificado de intestados, haciendo cola desde una hora y pico antes de que abrieran la delegación de justicia, para descubrir que sólo dan 180 números cada día, y que lo normal es que haya 180 personas esperando antes de las 7 de la mañana (en esa oficina también se piden otros papeles, como certificados de penales, y siempre está lleno).

La segunda es: procurad tener un seguro de decesos y un testamento. No seáis una carga para los vuestros. Morirse es MUY caro. No sólo es un follón, es muy caro. Si tienes un seguro de decesos, sólo hay que llamar a la aseguradora y ellos avisan a la funeraria, se encargan de todo y lo pagan todo, dentro de la póliza que tienes contratada. Si vas a hacer algo sencillo y te incineran, lo normal es que la póliza lo cubra todo. Sólo tienes que decirles dónde deseas que sea la ceremonia, y poca cosa más.

Un entierro sencillo, con incineración y nada más, puede pasar de los 3000 €.No dejéis esa carga a los vuestros. Yo no tenía ese tipo de seguros, y esto me ha hecho ver que son importantes. Ídem del testamento.

Lo tercero es: nadie te explica nada. A no ser que, como nosotros, tengas la suerte de tener gente a tu alrededor que sabe lo que hay que hacer, no esperes que nadie te lo explique ni que la información que puedas encontrar en internet sea fácil de entender y digerir. Puedes buscarla, y puedes dedicarle tiempo, pero es que…

Lo cuarto: el cerebro se te queda en salmuera. No tienes energía. No te acuerdas de nada. La gente te dice cosas y es como si pasaran por un agujero en tu cerebro. Crees que estás prestando atención, pero no. Vas muchísimo más lento en todo. Tu capacidad de concentración, de aprender, todo ello se va por el desagüe. No sé cuándo volverá. Funcionas en automático, y eres capaz de hacer lo mínimo, pero poco más.Y a la gente a tu alrededor le costará entenderlo, se desesperarán porque si no estás llorando por los rincones todo el día parecerá que estás como siempre, pero no lo estás. No sé cuándo pasa.

Lo quinto: todo te lo va a recordar, en los momentos más inesperados. Es como la conocida anécdota de la magdalena de Proust. Vas en el metro y alguien lleva una colonia como la que usaba mi padre, y te vuelves loco mirando de un lado a otro. Otras veces es más directo, como que aparece una foto suya por ahí, en las redes sociales, o más retorcida, como estar viendo Homeland con Victòria y que uno de los protagonistas esté en coma y lo veas entubado y te acuerdes de ver a tu padre entubado en la UCI, más parecido a un muñeco de cera que a la persona viva que era. Pero por otro lado…

Lo sexto: tu memoria de esos últimos días se irá a un cajón, como si tu cerebro cuidase de ti y te lo ahorrara. Al cabo de unos pocos días de su muerte, me costaba recordar cómo era en la UCI. No es que no pudiera, si me esforzaba podía, pero esa es la clave. Me tenía que esforzar. Cuando pensaba en mi padre, lo recordaba como él rea realmente, como siempre había sido. Un tío alto, alegre, que nunca se arrugaba, que se reía muchísimo, que andaba con zancadas largas y briosas la distancia que hiciera falta. Le recuerdo loco por sus nietas, sobre todo por la mayor. No recuerdo la cáscara vacía en la UCI. Recuerdo a la persona viva. Y noto que con el paso del tiempo mi recuerdo de esa última semana se debilita y desvanece. Y eso es bueno.

Lo séptimo: los críos no son idiotas, y aunque les duela es bueno que lo entiendan. Para Mónica, mi hija de casi 4 años, esto ha sido un golpe muy duro. Mi padre era “el abuelito”, y ella sentía tanta locura por él como él por ella. Cuando mis padres estaban en casa, o nosotros en Granada, ella sólo aceptaba que fuera su abuelito el que la acompañara a dormir, el que le contara el cuento, el que la levantara de la cama cuando se despertaba y la acompañara a hacer un pis. Cuando estaban juntos, la casa estaba llena de gritos de “AGÜELIIIIITOOOOOO” así, bien fuertes.

Explicarle que el abuelo se había ido y no iba a volver es de las cosas más difíciles que hemos hecho nunca. Aunque lo ha encajado muy bien y enseguida volvió a su rutina de jugar y ser feliz, aún hay noches que, a la hora de dormir, mi hija se echa a llorar porque echa mucho de menos al abuelito, porque tiene mucha pena de que el abuelito se haya ido a una estrella para siempre. Y aún hay noches que se asoma a la terraza para despedirse y darle las buenas noches a la estrella del abuelito, y decirle que le quiere mucho y que le echará siempre de menos, a gritos para que la oiga, y sigue partiéndome el alma. Pero gracias a que lo entiende, cuando me ve triste viene y me da un abrazo, y son los  mejores abrazos del mundo.

Lo octavo: déjate ayudar. Estás rodeado de gente que te quiere ayudar. Déjate. Cuando ocurrió todo esto, nos vimos desbordados por los ofrecimientos de ayuda. Amigos que nos ofrecieron enviarnos llaves de su casa para poder alojarnos, o alojar a quien hiciera falta. Amigos que se ofrecieron a venir a Granada desde muy lejos para ayudarnos con las crías, a pesar de tener ellos sus propios hijos y cosas que hacer. Amigos que nos fueron a buscar al aeropuerto a horas absurdas, que nos llevaron a donde hizo falta porque no tenemos coche, amigos que vinieron al funeral de mi padre sin haberle conocido pero que querían estar a mi lado, amigos que nos sacaron a dar una vuelta, que nos enviaron cariño y apoyo y no dejaron de interesarse por si podían hacer algo. Muchísimos, más de los que puedo contar. No hizo falta aceptar toda la ayuda que nos ofrecieron, ni mucho menos, pero cada ofrecimiento hizo algo curativo por nosotros, por mí. Aceptad lo que podáis. Dejado que os ayuden, que os alivien de cosas pequeñas y grandes, porque necesitarás cada gota de energía que puedas ahorrar.

Lo último: acepta que nunca pasará del todo. Es lo que hay. La persona que se va deja un hueco que no se puede llenar. Y está bien que sea así. Porque está bien que una persona no pueda ser sustituida. Quizá ese hueco se irá haciendo un poco más pequeño, a medida que otras cosas vayan haciendo sus propios huecos, y que la vida te de muchas más cosas en las que pensar de las que puedes manejar, especialmente si tienes hijos.

Esto es lo que he sacado de todo este océano de mierda. Quizá en unos meses, o años, mi perspectiva sea diferente. Quién sabe.

papa-y-yo
Adios, papá. Te querré siempre.
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La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

Deberían cambiarle el nombre

Cuando tienes un bebé, sabes que vas a dormir poco. De todas las cosas que comporta, esa es quizá la de dominio más común. Sin embargo, creo que es más agotadora la sensación de impotencia que el dormir poco en sí. La sensación de que no hay nada que hacer, y de que no sabes qué hacer. Al menos así es para mí.

Hoy no duermes. Mañana tampoco.
Hoy no duermes. Mañana tampoco.

Con 9 meses, Mónica odia dormir. Cada vez que la vas a poner a dormir grita (no llora, grita) como si la estuvieras rajando. A veces grita 30 segundos, a veces está 1 hora. Y no sabes por qué, ni sabes qué hacer. No entiendes por qué dormir parece resultarle tan horrible. Todo lo que nos dijeron o leímos que funcionaría (que si colecho y lactancia, que si las papillas de cereal por la noche, que si darle en los cereales una infusión de hierbas, que si que duerma boca abajo, que si hábitos) no ha cambiado nada. Mónica se sigue despertando una pila de veces por la noche, nunca sabes a qué hora va a dormir las siestas ni cómo de largas serán, y para ella dormir es, en general, un drama. A veces te duerme una mañana hasta las 10, otra hasta las 7, otra hasta las 9. No se puede saber.

Como digo, lo malo es eso, no saber. Porque además, no hay más que vendehumos en este ámbito. Por todos los lados. Y libros como el “Dormir sin lágrimas” de Rosa Jové se tendrían que llamar “Ajo y agua” o “Jódete y baila,” porque en realidad te dan mucha información sobre por qué te tienes que joder y dejar que el bebé haga a su bola. Y ya. Entiendo que eso es así, y que dormir es una habilidad que el bebé ha de aprender, pero entonces no vendas que tu libro tiene unas pautas que no tiene, porque en realidad las pautas se reducen a “échale paciencia y compra lotería, a ver si tienes suerte y el niño te duerme.” Si el bebé duerme es que el colecho funcionaba, claro, porque los watusis de Papúa hacen colecho y los bebés de allí no tienen ni cólicos ni noches toledanas. Si no duerme qué le vamos a hacer, es que cada bebé es un mundo y no se puede generalizar. Con lo cual, además, tienes la sensación perenne de que algo tienes que estar haciendo mal. Súper bien montado todo.

Todo el mundo intenta ayudar, claro, pero eso es imposible porque en primer lugar, sólo pueden hablar de su experiencia con su bebé, y en segundo lugar, ni ellos saben por qué era así y no de otro modo. Así tienes gente cuyos bebés duermen del tirón desde los 3 meses, gente que no ha dormido una noche entera hasta los 18 meses, y toda la gama entre medio. Todos te cuentan lo que les funcionaba, lo que no, y da igual porque (a) a tu bebé no tiene por qué funcionarle y (b) ni saben por qué funcionaba.

Mónica es un bebé maravilloso. Es una niña preciosa, es inteligente, es muy muy cariñosa y se ríe todo el tiempo, es muy feliz. Todo cuanto escribí aquí sigue siendo la verdad. Este no es un comentario sobre Mónica. Es un comentario sobre mi, y cómo la impotencia me quema más que el cansancio. Es un comentario sobre la pediatría que, en muchos casos ha hecho avances increíbles (y benditos sean esos doctores que salvan a casi todos los niños que nacen) pero que, para cosas cotidianas, a veces parece tan desorientada como los padres, y no puede hacer más que decir “ve probando a ver si pita la flauta.”

Como decía un humorista (creo que era Pedro Reyes, pero ahora no lo sé seguro), hemos puesto un hombre en la Luna y hemos partido átomos, pero nos seguimos quedando calvos.