El ahora es la envidia de todos los muertos

El ahora es la envidia de todos los muertos

Vía el siempre maravilloso Austin Kleon [1], llegué a este corto, The World of Tomorrow, de Don Hertzfeldt. Este es el tráiler, y el enlace del vídeo os lleva a la web donde podéis verlo bajo demanda. Merece la pena.

Trailer de World of Tomorrow

Uno de los personajes, Emily, tiene este tremendo monólogo:

Do not lose time on daily trivialities. Do not dwell on petty detail. For all of these things melt away, and drift apart within the obscure traffic of time. Live well, and live broadly. You are alive and living now. Now is the envy of all of the dead.

No pierdas el tiempo en trivialidades cotidianas. No te quedes en los detalles insignificantes. Porque todas estas cosas se funden y desvanecen en el oscuro tráfico del tiempo. Vive bien, y vive ampliamente. Estás vivo y vives ahora. El ahora es la envidia de todos los muertos.

Emily, en The World of Tomorrow, de Don Hertzfeldt.

Yo qué sé, a mí me sobrecoge por la verdad que contiene. Así que me dan ganas de imprimir la imagen que inicia el post y ponerme una copia en casa y otra en la consulta, qué queréis que os diga.

ESTATUS

Trabajo: No, gracias, al menos hasta la semana que viene.
Música: Un poco de todo, porque las vacaciones me hacen mucho menos sistemático. Sobre todo revisitar clásicos de ahora y antes.
Leyendo: No se me ha dado nada mal. En libros, revisité John Dies At The End y sigue siendo muy divertido. En cómic, Bitch Planet y Paper Girls han sido dos hallazgos que voy a seguir. De hecho, si miras aquí puedes ver que voy 30 libros retrasado sobre mi meta para este año.
Jugando: Pues estoy Pues estoy revisitando el remake de Wolfenstein empezando por la precuela, The Old Blood, y me sigue encantando tanto a nivel mecánico como a nivel narrativo, por lo tarantinesco de todo ello. Así mismo, matar nazis.
Comida: Demasiada.

ENLACES

  1. El blog de Austin Kleon.

De lo que aprendí cuando perdí a mi padre

Mi padre murió el 30 de junio, justo el día que mi segunda hija cumplía un mes. O según cómo lo mires, murió el 7 de julio, justo un mes antes de verme cumplir los 40. 

Mi padre estaba sentado en un banco, leyendo el 20 minutos, esperando a uno con el que había quedado. En algún momento después de las 9 de la mañana (que es cuando envió su último whatsapp a ese tipo, para decirle que estaba llegando), sufrió un derrame cerebral en el tronco cerebral, en la zona que controla latido, respiración y consciencia. No fue una hemorragia muy grande, pero fue suficiente. Mi padre se apagó como si hubieran apretado un interruptor. Más que una enfermedad, mi padre tuvo un accidente, como si le hubiera caído una cornisa encima.

Como era un sitio concurrido, creemos que la ayuda llegó rápido. La ambulancia del 061 llegó y pasaron 20 minutos de esfuerzos para reanimarle. Tras esto, lo llevaron a la UCI del Virgen de las Nieves, de donde lo llevaron a la de ictus de Traumatología, y luego fue trasladado a la del nuevo Campus de la Salud. No llegó a despertar, y si lo hubiera hecho el daño cerebral de los 20 minutos de hipoxia durante la reanimación habría sido tremendo. El día 7 de julio decidimos, con el equipo médico, retirarle del soporte vital y dejarle morir, porque se le hizo una prueba de potenciales evocados que mostró de forma concluyente que no había posible recuperación. Así que, tras dar permiso para que donase sus órganos, mi padre falleció.

Han pasado algo más de 3 meses. Y he aprendido unas cuantas cosas.

La primera es: no podía imaginar la maraña de papeleo, trámites e historias burocráticas que tiene todo esto. Especialmente si, como en el caso de mi padre, no hay un testamento. Te dan unos seis meses de plazo para resolverlo todo, y no creo que sea por casualidad. Todo esto en un momento en el que tú no estás para decisiones, papeleos, ni historias de estas. Buscad un gestor que sepa lo que hace y que lo lleve él. No intentéis hacerlo vosotros si no sabéis.

Yo pasé una mañana entera para intentar (sin éxito) conseguir un certificado de intestados, haciendo cola desde una hora y pico antes de que abrieran la delegación de justicia, para descubrir que sólo dan 180 números cada día, y que lo normal es que haya 180 personas esperando antes de las 7 de la mañana (en esa oficina también se piden otros papeles, como certificados de penales, y siempre está lleno).

La segunda es: procurad tener un seguro de decesos y un testamento. No seáis una carga para los vuestros. Morirse es MUY caro. No sólo es un follón, es muy caro. Si tienes un seguro de decesos, sólo hay que llamar a la aseguradora y ellos avisan a la funeraria, se encargan de todo y lo pagan todo, dentro de la póliza que tienes contratada. Si vas a hacer algo sencillo y te incineran, lo normal es que la póliza lo cubra todo. Sólo tienes que decirles dónde deseas que sea la ceremonia, y poca cosa más.

Un entierro sencillo, con incineración y nada más, puede pasar de los 3000 €.No dejéis esa carga a los vuestros. Yo no tenía ese tipo de seguros, y esto me ha hecho ver que son importantes. Ídem del testamento.

Lo tercero es: nadie te explica nada. A no ser que, como nosotros, tengas la suerte de tener gente a tu alrededor que sabe lo que hay que hacer, no esperes que nadie te lo explique ni que la información que puedas encontrar en internet sea fácil de entender y digerir. Puedes buscarla, y puedes dedicarle tiempo, pero es que…

Lo cuarto: el cerebro se te queda en salmuera. No tienes energía. No te acuerdas de nada. La gente te dice cosas y es como si pasaran por un agujero en tu cerebro. Crees que estás prestando atención, pero no. Vas muchísimo más lento en todo. Tu capacidad de concentración, de aprender, todo ello se va por el desagüe. No sé cuándo volverá. Funcionas en automático, y eres capaz de hacer lo mínimo, pero poco más.Y a la gente a tu alrededor le costará entenderlo, se desesperarán porque si no estás llorando por los rincones todo el día parecerá que estás como siempre, pero no lo estás. No sé cuándo pasa.

Lo quinto: todo te lo va a recordar, en los momentos más inesperados. Es como la conocida anécdota de la magdalena de Proust. Vas en el metro y alguien lleva una colonia como la que usaba mi padre, y te vuelves loco mirando de un lado a otro. Otras veces es más directo, como que aparece una foto suya por ahí, en las redes sociales, o más retorcida, como estar viendo Homeland con Victòria y que uno de los protagonistas esté en coma y lo veas entubado y te acuerdes de ver a tu padre entubado en la UCI, más parecido a un muñeco de cera que a la persona viva que era. Pero por otro lado…

Lo sexto: tu memoria de esos últimos días se irá a un cajón, como si tu cerebro cuidase de ti y te lo ahorrara. Al cabo de unos pocos días de su muerte, me costaba recordar cómo era en la UCI. No es que no pudiera, si me esforzaba podía, pero esa es la clave. Me tenía que esforzar. Cuando pensaba en mi padre, lo recordaba como él rea realmente, como siempre había sido. Un tío alto, alegre, que nunca se arrugaba, que se reía muchísimo, que andaba con zancadas largas y briosas la distancia que hiciera falta. Le recuerdo loco por sus nietas, sobre todo por la mayor. No recuerdo la cáscara vacía en la UCI. Recuerdo a la persona viva. Y noto que con el paso del tiempo mi recuerdo de esa última semana se debilita y desvanece. Y eso es bueno.

Lo séptimo: los críos no son idiotas, y aunque les duela es bueno que lo entiendan. Para Mónica, mi hija de casi 4 años, esto ha sido un golpe muy duro. Mi padre era “el abuelito”, y ella sentía tanta locura por él como él por ella. Cuando mis padres estaban en casa, o nosotros en Granada, ella sólo aceptaba que fuera su abuelito el que la acompañara a dormir, el que le contara el cuento, el que la levantara de la cama cuando se despertaba y la acompañara a hacer un pis. Cuando estaban juntos, la casa estaba llena de gritos de “AGÜELIIIIITOOOOOO” así, bien fuertes.

Explicarle que el abuelo se había ido y no iba a volver es de las cosas más difíciles que hemos hecho nunca. Aunque lo ha encajado muy bien y enseguida volvió a su rutina de jugar y ser feliz, aún hay noches que, a la hora de dormir, mi hija se echa a llorar porque echa mucho de menos al abuelito, porque tiene mucha pena de que el abuelito se haya ido a una estrella para siempre. Y aún hay noches que se asoma a la terraza para despedirse y darle las buenas noches a la estrella del abuelito, y decirle que le quiere mucho y que le echará siempre de menos, a gritos para que la oiga, y sigue partiéndome el alma. Pero gracias a que lo entiende, cuando me ve triste viene y me da un abrazo, y son los  mejores abrazos del mundo.

Lo octavo: déjate ayudar. Estás rodeado de gente que te quiere ayudar. Déjate. Cuando ocurrió todo esto, nos vimos desbordados por los ofrecimientos de ayuda. Amigos que nos ofrecieron enviarnos llaves de su casa para poder alojarnos, o alojar a quien hiciera falta. Amigos que se ofrecieron a venir a Granada desde muy lejos para ayudarnos con las crías, a pesar de tener ellos sus propios hijos y cosas que hacer. Amigos que nos fueron a buscar al aeropuerto a horas absurdas, que nos llevaron a donde hizo falta porque no tenemos coche, amigos que vinieron al funeral de mi padre sin haberle conocido pero que querían estar a mi lado, amigos que nos sacaron a dar una vuelta, que nos enviaron cariño y apoyo y no dejaron de interesarse por si podían hacer algo. Muchísimos, más de los que puedo contar. No hizo falta aceptar toda la ayuda que nos ofrecieron, ni mucho menos, pero cada ofrecimiento hizo algo curativo por nosotros, por mí. Aceptad lo que podáis. Dejado que os ayuden, que os alivien de cosas pequeñas y grandes, porque necesitarás cada gota de energía que puedas ahorrar.

Lo último: acepta que nunca pasará del todo. Es lo que hay. La persona que se va deja un hueco que no se puede llenar. Y está bien que sea así. Porque está bien que una persona no pueda ser sustituida. Quizá ese hueco se irá haciendo un poco más pequeño, a medida que otras cosas vayan haciendo sus propios huecos, y que la vida te de muchas más cosas en las que pensar de las que puedes manejar, especialmente si tienes hijos.

Esto es lo que he sacado de todo este océano de mierda. Quizá en unos meses, o años, mi perspectiva sea diferente. Quién sabe.

papa-y-yo
Adios, papá. Te querré siempre.

Adios, Dekker

En realidad, no tenía nada de especial. Era un perro como los demás, no hacía trucos especiales, no estaba especialmente bien educado, y sobre todo a la hora de comer, tendía a hacer lo que le daba la gana, que, generalmente, era incordiar para que le diéramos de nuestra comida en vez de comerse la suya. Mi madre y mi abuelo hicieron un gran trabajo acostumbrándolo a eso, y luego no hubo forma – ni intentos de verdad – de quitarle el hábito. Era un perro amable y cariñoso, pero no más que otros muchos perros amables y cariñosos. Cualquiera que tenga un perro mínimamente amable os podrá contar cosas similares.

Por no tener, ni siquiera tengo fotos suyas en el ordenador, o no he sido capaz de encontrarlas. Supongo que no le hacía fotos porque siempre estaba ahí, o quizá porque cuando me fui de Granada él se quedó ahí, siempre estaba ahí, a través de los años, los cambios y las transiciones, y lo das por sentado. Además, no soy realmente aficionado a hacer fotos, y con el tiempo lo soy menos. Hacerle fotos al perro nunca me pareció necesario.

Pero vivió 17 ó 18 años con nosotros, con mis padres, conmigo. Quizás las cosas simplemente se convierten en especiales y únicas por el mero hecho de ser durante suficiente tiempo. Y cuando te faltan, te las amputan. Incluso cuando lo ves venir.

Unos amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, un cachorrito que creo recordar lo sacaron de una camada en un cortijo. Era un chucho sin pedigrí conocido, aunque tiempo después nos dirían mientras lo paseábamos que debía tener bastante de podenco enano, de los que se usan para cazar conejos. Al principio mis padres decían que no, pero claro, a ver cómo le dices que no a un cachorrito que tiene un mes o así. ¿Qué vas a hacer, echarlo a la calle? ¿Devolverlo al cortijo?

Los amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, como digo, el día antes de que mi hermano se fuera voluntariamente a Cartagena a hacer la mili. Eso es tener un gran sentido de la oportunidad. Lo cual quiere decir, realmente, que se lo encalomaron a mis padres, que fueron los que lo cuidaron, criaron y sacaron adelante. Yo en aquel momento estaba a punto de empezar Psicología después de decidir que no quería ser informático, y también a punto de empezar la que, hasta la fecha, sería mi relación más larga. Vivía con mis padres y ayudaba con el perro, pero claro, no era el que más encima estaba ni pagaba las facturas. No sabes nada de eso en el momento, claro. Sólo sabes que hay alguien nuevo en la familia, que es diminuto y que se caga por ahí si no lo sacas varias veces a la calle. Mi hermano se fue a hacerse infante de marina, el perro se quedó.

Y se quedó. Y se quedó y se quedó.

A lo largo de los años, el perro creció, no demasiado, nunca fue un chucho muy grande, pero sí muy activo, muy enérgico, con mucha gana de salir a la calle, correr y ladrarle a otros chuchos. Una vez tiró a mi abuelo al suelo mientras él lo paseaba porque cuando se le ponía en los cojones correr en una dirección costaba sujetarle, incluso a mí. De modo que al final pasearle muchas veces era bajar a un descampado, que ahora es un parque detrás de la casa de mis padres, soltarle la cadena, y ver al perro desaparecer en una nube de polvo, rumbo a donde le saliera de los cojones en aquel momento.

Y los años pasaron, las cosas cambiaron, y el perro siguió ahí.

Dekker vivió conmigo los años de la universidad, el salir de allí y empezar a buscarme la vida, y siguió ahí cuando la oportunidad surgió y me fui a vivir a Madrid. Paseando a Dekker pensé en un montón de cosas, tuve momentos muy buenos y muy malos. Paseando al perro decidí decir que sí y marcharme a Madrid. Él me hizo compañía en todo porque es lo que hacen los perros, y probablemente lo hizo como cualquier otro perro lo habría hecho. A menudo desviviéndose por una caricia, una palabra amable o un juego, y a veces (cuando había algo que mear, otro perro al que ladrar, o una cosa que oler) pasando de mi como si no existiera.

Dekker estaba ahí cada vez que venía de visita, y fue testigo de los muchos cambios que vivimos. Estaba ahí cuando me mudé a Barcelona. Dekker estaba ahí cuando mi abuelo murió, y el pobre estuvo trastornado un tiempo, sin dejar de asomarse al dormitorio de mi abuelo a ver si aparecía, siempre subido a la cama de mi abuelo como para guardarle el sitio hasta que volviera. Dekker estaba ahí cuando nos quedamos embarazados, y estuvo ahí cuando llevamos por primera vez a Mónica a Granada, aunque para ese entonces ya estaba bastante viejo, casi ni veía ni oía, pero seguía teniendo gana de comer, y gana de salir. Cada vez más lento, más dormilón, más despeluchado, pero siempre ahí. Mónica le hizo carantoñas y mimos, y él la olía con curiosidad, un olor y un ruido nuevo.

Es curioso el paralelismo con mi abuelo. Al igual que con él, empezamos a apostar cuando iba haciéndose mayor manteniendo la energía que el perro viviría mucho mucho tiempo. Y ha sido un poco bastante igual. Incluyendo el pensar, cada vez que visitaba Granada, que igual esta era la última vez que le vería.

Hace unas semanas fuimos a Granada a ver a mis padres, y Dekker ya estaba muy cascado. Los dientes le castañeteaban sin razón aparente, y a veces tenía incontinencia. Mis padres ya empezaban a hablar de sueño eterno. Sin embargo nunca llegaba a estar tan mal, así que te aferras a ello y lo demoras. A fin de cuentas, no exteriorizaba un sufrimiento evidente, achaques sí, dolor no. No puedes saberlo, no habla.

Siempre hay alguien que escribe las cosas mejor que tú. Matthew Inman decía, sobre su relación con su perro:

Los perros son una desdichada criatura a la que poseer, porque al contrario que los niños, que se convierten en adolescentes en sus años adultos, cuando un perro llega a esa edad se muere de viejo.

[…]

Así que pasas década y media construyendo una afinidad por esta pequeña criatura, sólo para ver su vida extinguirse.

[…]

Quizá por eso los amamos, porque sus vidas no son largas, lógicas o deliberadas, sino una paradoja explosiva de pelo, dientes y entusiasmo.

Un perro cuando sale a pasear: MIERDA MIERDA MIERDA PÁJAROS Y FLORES Y CIELO Y TIERRA Y COSAS EN LAS QUE MEAR Y MIERDA MIERDA MIERDA

Y nunca conocerás a una persona que esté tan genuinamente feliz de verte.

Dekker era así. Un cohete de color anaranjado que siempre tenía mucha prisa por salir fuera a oler, correr y orinar por los mismos sitios que olía, corría y orinaba cada día, varias veces al día.

Y hoy mi padre me ha mandado un whatsapp, y le he llamado, y lo llevaron al veterinario y le encontraron diabetes, y mientras el veterinario le abría la boca un diente se cayó, y ya no se podía alargar más. Y me siento triste, porque era un perro normal, y no tenía nada de especial, era un perro como el de todo el mundo, pero era MI perro, creció conmigo y vivió conmigo, y la gente a la que quieres no se debería morir jamás, nunca.  Son 17 años de mi vida y han amputado un trozo de ese tiempo.

Y, como con mi abuelo, me siento contento porque, durante muchos años, lo tuve a mi lado todos los días y pude disfrutar de él, y quererle y dejar que me quisiera. Y vivió una vida muy larga donde le quisieron mucho, con locura, y le trataron de una manera que ojalá todos los perros disfrutasen. Y le gustaba vivir, no tenía prisa por irse, y vivió casi 90 años humanos. Pero al final todos pasamos por caja. Al menos él pasó por el trámite rodeado de cariño, en un sueño amable e indoloro, quizá pensando en lo que haría cuando se levantase.

En el libro más favorito de mi vida, dos amantes se despiden después de pasar la vida juntos. Él elige irse antes de que la senectud se lo coma, porque ese es su don y no quiere que se le recuerde como un rey decrépito cayéndose del trono. Pero su amada no quiere porque es inmortal, y los años no le pesan aún, y hay mucho que ver y que vivir. Y él sólo puede decirle una cosa:

Al fin, Dama Estrella de la Tarde, la más hermosa de este mundo y la más amada, mi mundo empieza ahora a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, Apéndice

Era un perro como todos los demás, pero era el mío y por ello no puede compararse con ningún otro. Me habría gustado estar a su lado, pero no pudo ser. Adios, Dekker. Gracias por haber vivido estos años con nosotros.