Quisiera que lo recordaras

Tú, sí tú.
Tú, sí tú.

No sé si leerás esto, hija mía. No sé si WordPress (o Internet tal y como la conozco) existirán dentro de 10 o de 15 años, cuando me gustaría que pudieras leer esto. Espero haber hecho copias de seguridad. Pero es ahora cuando se me ha ocurrido y por tanto es ahora cuando lo he de escribir.

Hoy casi tienes 7 meses. Sé que no recordarás esta etapa de tu vida, pero me gustaría que lo recordaras. Me gustaría que lo recordaras todo porque, esta mañana, mientras te daba la papilla, me he dado cuenta de que nunca más vivirás algo así. Por más que te querremos, y créeme que te querremos con locura, siempre, nunca volverá una época en la que todo lo que haces, cada gesto, cada sonrisa, cada gorjeo es un motivo de celebración absoluta. Donde cada queja y cada lágrima trae inmediatamente a papá o a mamá que te envuelven en sus brazos y te cubren de besos y te inundan de amor y de paz hasta que lo que sea pasa.

Ser un bebé es muy muy difícil. Todo es frustrantemente complicado, porque hasta lo más sencillo es algo que has de aprender desde cero o casi cero. Todo es agotador, y tu cuerpecito tiene muy poca energía. Todo es nuevo, y lo nuevo da miedo, y más miedo da porque sabes que no puedes hacer nada por ti sola.

Hay un relato terriblemente hermoso de Ted Chiang, llamado La Historia de tu vida. Es un relato de una belleza tan tremenda que me saltan las lágrimas cada vez que lo leo, y algún día le tendré que pegar una paliza a Alejo Cuervo por hacerme comprar el libro en Sant Jordi del año pasado y llorar como una magdalena, después de invitarle a unas cervezas por casi la misma razón. En ese relato dice:

Cuando aprendas a caminar tendré una demostración cotidiana de la asimetría de nuestra relación. Correrás incesantemente de un lado para otro, y cada vez que choques contra el marco de una puerta o te hagas un arañazo en la rodilla, sentiré el dolor como si fuera mío. Será como si me creciera un miembro errante, una extensión de mí misma cuyos nervios sensores transmiten el dolor perfectamente, pero cuyos nervios motores no obedecen en absoluto mis órdenes. Es tan injusto: voy a dar a luz un muñeco vudú de mí misma que está dotado de vida. No vi esto en el contrato cuando me apunté. ¿Era esto parte del trato?

Y luego habrá veces en que veré cómo ríes. Como la vez en que jugarás con el cachorro del vecino, metiendo las manos por la verja que separa nuestros patios traseros, y te reirás tanto que te entrará hipo. […]Será el sonido más maravilloso que jamás pudiera imaginar, un sonido que me hará sentir como una fuente, o un manantial.

Me gustaría que recordaras cómo te vuelves loca de reir cuando te cojo en brazos y empiezo a hacerte cosquillas y darte besos en el pliegue del cuello, o cuando te levanto sobre mi cabeza como si fueras un bebé volador. Me gustaría que recordaras esa sensación que te hace sonreír de esa manera cuando te despiertas y me ves entrar en donde duermes y decir tu nombre. No sé qué es lo que te hace sonreír así, y quisiera que lo recordaras para que me lo puedas contar.

De nuevo Ted Chiang:

La palabra “infante” viene del latín que significa “incapaz de hablar”, pero tú serás perfectamente capaz de decir una cosa: “Sufro,” y lo harás incansablemente y sin dudarlo. Tengo que admirar tu absoluta dedicación a este fin; cuando llores, te convertirás en la encarnación del ultraje, cada fibra de tu cuerpo dedicada a expresar esta emoción. Es curioso: cuando estés tranquila, parecerá que emites luz, y si alguien te hiciese un retrato en ese momento, yo insistiría para que incluyese la aureola.  […]

En esa etapa de tu vida, no tendrás pasado ni futuro; hasta que te de el pecho, no tendrás recuerdos de satisfacción en el pasado ni expectativas de alivio en el futuro. Cuando empieces a mamar, todo se invertirá, y todo estará bien en el mundo. AHORA es el único momento que percibirás, vivirás en un tiempo presente. Por muchas razones, es un estado envidiable.

Todas estas cosas me parecen increíblemente mágicas y alucinantes, y quisiera que las recordaras para poder contármelas.

Pero sobre todo, quisiera que las recordaras porque, cuando seas mayor, el mundo se volverá un lugar inestable y difícil de entender en ocasiones. A menudo te sentirás mal contigo misma, o sentirás que vales poco, o que eres poco querida, porque el mundo conspira para que dudemos de nosotros mismos. Y quisiera que recordaras esta época de tu vida en la que te queremos tanto, sin condiciones ni dudas, en la que eres sencillamente perfecta y te lo decimos y te lo hacemos saber a cada minuto. Quiero que recuerdes cómo te queremos ahora, para que sepas que trataremos de quererte siempre así. 

No sé si siempre seremos capaces de hacértelo ver. Y seguramente no lo recordarás, no recordarás estos momentos de tu vida. De modo que te lo escribo aquí, para que quede por mucho tiempo, si es que algo puede quedar mucho tiempo aquí (haré copias de seguridad). Para que algún día puedas leerlo y saberlo. Para que podamos leerlo y recordarlo, juntos.

Es que las mujeres nacen sabiendo

Esto es espíritu navideño.
Esto es espíritu navideño.

Cuando queremos que la niña duerma, seguimos un cierto ritual. La envolvemos en su mantita de dormir, le damos el chupete, la mecemos suave y le echamos un trapito por la cabeza porque así cierra los ojos y se duerme antes. En menos de 5 minutos, por lo general, está profundamente frita, y la llevamos al dormitorio, donde le quitamos el trapito de la cabeza y conectamos la webcam para poder ver cuándo se despierta.

A veces se pega una o hasta dos horas sobando, pero en días que está peleona como hoy, no suele pegar más de media hora. A veces sólo son 10 minutos. En todo caso, si no llora la dejamos un rato, porque poco a poco está aprendiendo a dormirse solita cuando se despierta, y es importante. Si vemos que lleva un rato despierta y no se duerme o que está alterado, vamos para allá.

Entonces voy para el dormitorio, a menudo cansado, o como hoy, con la cabeza estallando porque tengo una infección en el oído derecho que me hace ver las estrellas a ver qué quiere mi niña, cogerla en brazos, consolarla si procede. O si veo que esto no tiene arreglo y que no se va a dormir, llevarla donde estamos nosotros.

A menudo le pregunto “¿Qué es lo que quieres, cielo? ¿Por qué no te vas a dormir de una puñetera vez (véase el ejemplo del vídeo adjunto, narrado por Samuel L. Jackson)?”

Y ella siempre hace lo mismo. Se retuerce un poquito, inclina la cabecita a un lado, y me sonríe, casi burlona. En ese momento me desmonto, me desarma, y tras besarla la cojo en brazos y hago lo que ella quiere. Presiento que esta va a ser la historia de mi vida.

Ellas nacen sabiendo. Lo juro, sólo tiene 3 malditos meses (y medio), no sabe hablar, casi no sabe coger cosas, no retiene esfínteres. Pero sabe sonreír con encanto y hacer que un hombre haga lo que ella quiere.

Creo que es por ese cromosoma extra que tienen, el bastón que convierte el XY en XX. Creo que por eso nos llevan tanta ventaja. Desde que tienen meses.