Del Día de la Mujer Trabajadora

Bueno, pues hoy es 8 de marzo (felicidades a todas vosotras), y como suele suceder con todas las conmemoraciones relacionadas con el avance de la igualdad, los derechos humanos y esas cosas, el Ejército de la Merma no ha tardado ni dos minutos en sacar sus pendones y empezar con las cuñadeces, a cuál más ridículas. Obrerismo de derechas en su máximo esplendor.
 
Uno de los argumentos cuñados más favoritos que se leen es que bueno, que por qué no hacemos un Día del Hombre Trabajador, porque si esto es por la igualdad pues que qué injusto todo que nosotros los hombres no tenemos un día. De verdad, tener el sistema educativo más avanzado y la mayor fuente de conocimiento de la historia para que te salgan con esto.
 
Voy a hacer una pregunta, que igual nos ayuda a esclarecer este tema: imagina, amigo cuñado, que te nombran Presidente del Mundo. Por fin se reconoce tu genio. Felicidades, ahora puedes solventar todos los problemas de un plumazo y tienes un suministro infinito de Marca y Soberano. Tómate un sol y sombra. Y por supuesto, como tú no eres de izquierdas ni de derechas, sino pragmático y preocupado por las cosas importantes, decides que hay que poner un Día del Hombre Trabajador. En realidad tú querrías quitar la filfa esa del Día de la Mujer Trabajadora,que no es ni festivo ni nada, pero tu madre o tu mujer te van a crujir, así que no te atreves. Venga, nuevo día de fiesta.
 
Mi pregunta es: ¿qué es exactamente lo que se conmemoraría en ese Día del Hombre Trabajador? ¿Qué discriminación contra los hombres hemos tenido que superar que merece la pena conmemorar? ¿Qué avance en derechos y libertades hemos conquistado los hombres que antes no tuviéramos?
Es una pregunta completamente en serio. Porque, desde donde yo lo veo, no tengo nada que conmemorar porque los hombres no hemos necesitado conquistar nada de las mujeres. Nada. Nunca.
Es más, todos los días son mi día. Por ejemplo, una sencilla lista de cosas que puedo celebrar hoy, como hombre trabajador que soy:
  • Hoy es mi Día de vestirme como me rote sin que nadie me manosee o me diga nada porque “lo andaba buscando” o porque provoco a las mujeres a violarme.
  • Hoy es mi Día de volver a las tantas a mi casa sin tener que preocuparme de que me violen o agredan sexualmente porque claro, a dónde iba yo solo.
  • Hoy es mi Día de que no me toquen el culo en el metro desconocidos que creen estar haciéndome un favor.
  • Hoy es mi Día de poder estudiar la carrera que se me ponga en el rabo o dedicarme al trabajo que me salga sin que nadie me diga si eso es adecuado para mi sexo.
  • Hoy es mi Día de no padecer las cargas y riesgos del embarazo y el parto, y no tener que dejar de trabajar por la lactancia.
  • Hoy es mi Día de poder trabajar sin que me cuestionen si voy a tener hijos o no, y sin que me discriminen por ello.

Puedo seguir así toda la mañana, pero creo que se entiende lo que quiero decir. Y además, lo más cojonudo (¿veis lo que acabo de hacer?) de todo este tema es que mañana también es mi día. Y pasado. Y el siguiente.

Entonces, reitero la pregunta. ¿Qué es exactamente lo que íbamos a conmemorar en ese día? ¿Qué derecho o libertad hemos conquistado que no hayamos tenido desde el inicio de los tiempos? ¿Vosotros cuando os levantáis os golpeáis la cara contra la pared como parte de vuestra rutina, antes de lavaros los dientes, o venís así de serie?

Una amiga mía está en UCLA, que es un pedazo de universidad supuestamente moderna. Y cuenta:

En mi programa de doctorado, en UCLA, ahora mismo somos 10 estudiantes (3 chicas, un récord histórico). De 20-tantos profesores, 2 son mujeres. Una de ellas, con doctorado en ingeniería en MIT. La otra, licenciatura en Princeton y doctorado en Stanford, antigua profesora en Yale.

Aún tenemos que oír de compañeros que ahora hay una moda de discriminar a los hombres y poner mujeres en posiciones académicas para rellenar una cuota, cuando le quitan el trabajo a alguien que estaría preparado de verdad. Son opiniones minoritarias pero de los 7 doctorandos hombre sólo 1 les hace callar o les da algún tipo de argumento en contra.

Por cierto que una de las profesoras, no importa cuán buena sea en su trabajo y en clase, cada año recibe comentarios en las evaluaciones anónimas de los estudiantes sobre su físico.

¿Podéis por favor explicarme cuántos hombres nos encontramos en situaciones así? Fijaros: de más de 20 profesores sólo 2 son mujeres, y todavía hay mermaos diciendo que las mujeres les quitan el trabajo porque se discrimina a su favor. ¿Es que no sabéis contar? No, no sabéis.

Así que, amigo cuñao, antes de ponerte enfático con que estás a favor de la igualdad y que por eso habría que instaurar un Día del Hombre Trabajador, trata de encontrar un diccionario para entender qué es conmemorar, qué es igualdad, y qué es la adquisición de un derecho que antes no se tenía. Y si no eres capaz, al menos golpéate la cara con el diccionario hasta que dejes de ponerte en evidencia.

De cómo nos jodemos la vida (IX)

Este blog ha pasado las 200.000 visitas, lo cual es algo que no sé explicar. Llevamos una serie de 8 entradas, una al día, más de una semana dando todo, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  8. Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 

Bueno, las relaciones humanas son complejas. Por ello, hablemos de erizos.

Tanto dolor en una cosa tan mona.
Tanto dolor en una cosa tan mona.

Piensa en la última vez que alguien te hizo daño. Daño de verdad, no alguien que se coló delante de ti en el metro. Estoy seguro de que en el 99% de los casos no fue un desconocido el que te hizo eso. Casi con toda seguridad fue un conocido, alguien cercano.

La psicología, incluso el psicoanálisis, ya llevan mucho tiempo hablando de esto. La intimidad significa, por definición, bajar las defensas, exponerte a una situación en la que eres vulnerable. Claro, cuando alguien te hiere profundamente la reacción natural es jurar que no volverá a suceder. La única forma de cumplir la promesa es no dejar que nadie se acerque nunca más.

Y este es el dilema del erizo.

Esta metáfora es obra del notorio misántropo y, probablemente bastante gilipollas en lo social, Arthur Schopenhauer. Schopenhauer observó que en invierno los erizos se acurrucan juntitos para darse calor, pero cuanto más se acercan, más se pinchan, teniendo que alejarse, y sufriendo de nuevo el frío. Como Arthur era un tipo súper positivo, encontró que ésta era una imagen perfecta para las relaciones humanas. A menudo queremos que nos dejen en paz y nos sentimos culpables por alegrarnos si un plan se cancela, pero si pasamos un tiempo solos empezamos a sentirnos mal porque queremos estar con gente.

Los humanos somos animales sociales, y aunque un período de soledad puede ser como una buena siesta, si la alargas demasiado (la siesta) te acaban llevando al hospital y enganchándote a distintas máquinas. Y al final tienes 3 opciones:

  1. Te apartas más y más de la sociedad, lo cual disminuye tu conducta prosocial, hasta que el aislamiento se convierte en furia. Esta es la opción de humanistas como el Unabomber.
  2. Seguir el consejo de Schopenhauer, que era encontrar una distancia segura a la que mantener a todo el mundo, manteniendo relaciones superficiales que no progresaran a un grado de intimidad donde nos pudieran hacer daño. Esto es como Facebook, realmente, tú observas lo que hacen tus “amigos” (que a todos los llamas amigos ahí, independientemente de su relación) y como mucho das alguna muestra superficial de apoyo o aprobación antes de seguir con lo tuyo.
  3. Salir y aceptar que la única opción es volver a exponerte, volver a recibir y causar daño, y que las relaciones a veces son dolorosas. Que incluso una amistad superficial significa a veces pequeñas “traiciones”, desengaños ocasionales e incluso la sensación de que los otros no dan tanto como tú das.

Y la clave con la que a menudo nos jodemos la vida (con la opción 3, porque si coges la opción 1 ó 2 ya estás jodido sin arreglo), es no aceptar que todas esas cosas malas dan igual, son parte del trato como respirar, y que las relaciones duelen pero la soledad duele más. Ah, y nos olvidamos de que nosotros hacemos lo mismo que nos hacen, y que a menudo los demás nos tratan como les hemos acostumbrado a que nos traten.

Así es, amiguitos: la mayor parte de los sinsabores que nosotros sufrimos cuando nos relacionamos con otros seres humanos son los mismos o similares que los que les inflingimos a ellos al relacionarse con nosotros. Sólo que nuestros propios sesgos nos impiden darnos cuenta. Nos quejamos de cómo nos habla nuestra pareja y no nos damos cuenta de cómo hablamos. Maldecimos a la gente que no tiene consideración y nos olvidamos de todas las veces que vamos a la nuestra sin pesar en lo que al otro le parece. Miramos mal al que habla a voces en el bar sin recordar todas las veces que hemos dado gritos en sitios públicos porque estábamos muy de exaltación de la amistad. Y así todo el tiempo. Y cuando el otro nos hace notar lo que hacemos, lo achacamos a un patético intento de defenderse con un “y tú más”. ¿Cómo se atreve? ¡Será cabrón!

Por otro lado, no nos damos cuenta de una cosa que ya dijo Skinner: para muchas cosas (casi todas), la conducta está gobernada por sus consecuencias. Eso quiere decir que si los demás abusan de nosotros (o al menos percibimos que es así), tiene mucho que ver con qué es lo que obtienen de pedir favores, ignorar nuestros deseos, o, en definitiva, de cómo nos tratan. Esa sufrida madre que se queja de que nadie le ayuda en casa pero que si tratas de ayudarla no te deja porque lo vas a hacer mal, o demasiado lento, o no sabes. Esa persona que se queja de que nunca se hace lo que ella quiere pero que cuando se le pregunta siempre responde con un “lo que prefieras”. Y así todo el día.

¿Sabéis lo peor de hacer terapia de pareja (como terapeuta)? El momento en el que tienes que explicar a cada uno de los miembros de la pareja que todas esas cosas que su pareja hace que les joden tanto, esas cosas que les sacan de quicio… a menudo las provocan ellos mismos. Y que en vez de pedir a su pareja que cambie, podrían cambiar ellos y eso haría que su pareja cambiara automáticamente. Pero no somos capaces de verlo sin ayuda (no, los psicólogos tampoco), y así nos va.

Claro, esto tiene mucho que ver con lo que hemos hablado en otras entradas: nos mentimos mucho sobre lo que queremos y mentimos a los demás sobre lo que queremos, ¡y luego nos quejamos de que no obtenemos lo que queremos y de que no queremos lo que conseguimos!

Seriamente, uno no sabe cómo hemos llegado a conseguir nada, como especie. Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿NO?

De cómo nos jodemos la vida (VIII)

Madre mía, estamos que no paramos. Llevamos 7 entradas, una semana dando todo cada día, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.

Si has entrado en Internet, te habrás dado cuenta de que nadie tiene el menor sentido de la proporción. En nada. Nunca. Una horrenda violación de los derechos humanos puede merecer apenas un comentario, pero la gente envía amenazas de muerte a los desarrolladores de un juego si el final no les ha gustado, o si se hace un cambio menor en el mismo. Toneladas de amenazas de muerte al equipo y a sus familias, porque se había modificado el daño y la cadencia de fuego ligeramente en un parche de Call of Duty, Black Ops 2.

Esto es internet.
Esto es internet.

Es muy fácil reírse de los que juegan a videojuegos, o de los fans de un grupo de música, y pensar que eso es así porque son gente estúpida. Pero no son ellos. Somos todos. Y es otra de las maneras en las que nuestro cerebro nos jode la vida, cómo maneja las frustraciones.

El mejor ejemplo que he encontrado es este fantástico cómic de The Oatmeal, que muestra a la perfección cómo podemos manejar un contratiempo mayor con más calma que un contratiempo menor. En efecto: si nos quedamos sin Internet, nos adaptamos en seguida, encontramos otras cosas que hacer y, es más, en breve nos damos cuenta de que no lo echamos tanto de menos. En cambio, si la velocidad de Internet es algo menor de la normal nos ponemos frenéticos.

De hecho, puede ser más duro aún. ¿Qué te causaría mayor malestar? ¿Que cerraran tu cafetería favorita (esa que hace el café que te gusta y como te gusta, donde vas cada día, que está a mano) o perder un dedo? Lo segundo, claro.  Obvio, ¿no?

NO.

Lo cierto es que, estadísticamente, es mucho más probable que te adaptes pronto a tu nueva existencia con 9 dedos, porque tu cerebro tiene abundantes mecanismos para tratar con las tragedias y situaciones tremendas, pero no se activan hasta que la cosa está lo bastante mal. 

Una vez has perdido el dedo, encontrarás todo tipo de maneras de racionalizar su pérdida y afrontarla, pero estos procesos son costosos, de modo que sólo se despliegan en emergencias. Es el mismo proceso por el cual, si pierdes un dedo, el médico te recetará suficientes calmantes, pero no te dará nada si tienes un padrastro, y a consecuencia de ello, el padrastro te acaba molestando y doliendo más.

¿Tiene nombre este proceso? PUES CLARO. Se llama paradoja de la región beta. Los pequeños contratiempos nos causan más malestar y mayores cambios emocionales en el momento que las grandes catástrofes.

Para la mayoría de nosotros, son estas pequeñas mierdas las que nos arruinan el día. Alguien que aparca mal y no te deja aparcar cerca de la oficina. Un tío borde en el metro. Nunca nos tomamos el trabajo de racionalizar y analizar estas cosas, precisamente porque no son nada, Con lo cual, nos dedicamos a quejarnos a todo el que nos escucha y cada queja es un recordatorio del malestar que el suceso nos ha producido, de lo mierda que es todo. De hecho, podemos pasarnos años contando las mismas anécdotas de cosas que nos causaron un malestar momentáneo y que, en realidad, no importaron nada. Por ejemplo, preguntadme algún día sobre mis experiencias en Algemesí, o el sopor que fue ver Prometheus. Me he quejado más de esas cosas que de la muerte de mi abuelo, con el que conviví 26 años. Porque mi abuelo murió con 99 años, y yo me había mentalizado extensamente antes para cuando ese día llegara. En cambio me puedo pasar horas dando el coñazo porque tuve que soportar la pequeña incomodidad de ver una película que es un mojón.

Y puede ser peor aún: imagina cuando el padrastro eres tú. Le gastas una pequeña broma a alguien, o le haces un pequeño desaire, sin querer incluso, y no se le olvida. Y tú no lo entiendes, no era para tanto, ¿por qué no lo deja de una vez? Ahora ya sabes por qué. Si hubiera sido algo muy gordo, la otra persona habría tenido que decidir si te perdona o no, analizar y racionalizar lo ocurrido, y por ello, si te perdonase, sería del todo. Puesto que no era nada importante, lo dejan ahí, calentito en el termo, hasta que puedan contar esa historia en tu entierro. Por eso, si un matrimonio atraviesa una crisis grande (una infidelidad, por ejemplo) y se perdonan, su relación suele salir reforzada, mientras que parejas en las que no ha pasado nada comparable puede pasarse todo el día echándose en cara pequeñas y absurdas ofensas. Y así nos jodemos la vida.

Ya estamos acabando, creo. Queda quizá una entrada más abundando en esto de las relaciones un poco más, y después intentaré responder la pregunta clave: ¿Y qué coño hacemos?