Del Día de la Mujer Trabajadora

Bueno, pues hoy es 8 de marzo (felicidades a todas vosotras), y como suele suceder con todas las conmemoraciones relacionadas con el avance de la igualdad, los derechos humanos y esas cosas, el Ejército de la Merma no ha tardado ni dos minutos en sacar sus pendones y empezar con las cuñadeces, a cuál más ridículas. Obrerismo de derechas en su máximo esplendor.
 
Uno de los argumentos cuñados más favoritos que se leen es que bueno, que por qué no hacemos un Día del Hombre Trabajador, porque si esto es por la igualdad pues que qué injusto todo que nosotros los hombres no tenemos un día. De verdad, tener el sistema educativo más avanzado y la mayor fuente de conocimiento de la historia para que te salgan con esto.
 
Voy a hacer una pregunta, que igual nos ayuda a esclarecer este tema: imagina, amigo cuñado, que te nombran Presidente del Mundo. Por fin se reconoce tu genio. Felicidades, ahora puedes solventar todos los problemas de un plumazo y tienes un suministro infinito de Marca y Soberano. Tómate un sol y sombra. Y por supuesto, como tú no eres de izquierdas ni de derechas, sino pragmático y preocupado por las cosas importantes, decides que hay que poner un Día del Hombre Trabajador. En realidad tú querrías quitar la filfa esa del Día de la Mujer Trabajadora,que no es ni festivo ni nada, pero tu madre o tu mujer te van a crujir, así que no te atreves. Venga, nuevo día de fiesta.
 
Mi pregunta es: ¿qué es exactamente lo que se conmemoraría en ese Día del Hombre Trabajador? ¿Qué discriminación contra los hombres hemos tenido que superar que merece la pena conmemorar? ¿Qué avance en derechos y libertades hemos conquistado los hombres que antes no tuviéramos?
Es una pregunta completamente en serio. Porque, desde donde yo lo veo, no tengo nada que conmemorar porque los hombres no hemos necesitado conquistar nada de las mujeres. Nada. Nunca.
Es más, todos los días son mi día. Por ejemplo, una sencilla lista de cosas que puedo celebrar hoy, como hombre trabajador que soy:
  • Hoy es mi Día de vestirme como me rote sin que nadie me manosee o me diga nada porque “lo andaba buscando” o porque provoco a las mujeres a violarme.
  • Hoy es mi Día de volver a las tantas a mi casa sin tener que preocuparme de que me violen o agredan sexualmente porque claro, a dónde iba yo solo.
  • Hoy es mi Día de que no me toquen el culo en el metro desconocidos que creen estar haciéndome un favor.
  • Hoy es mi Día de poder estudiar la carrera que se me ponga en el rabo o dedicarme al trabajo que me salga sin que nadie me diga si eso es adecuado para mi sexo.
  • Hoy es mi Día de no padecer las cargas y riesgos del embarazo y el parto, y no tener que dejar de trabajar por la lactancia.
  • Hoy es mi Día de poder trabajar sin que me cuestionen si voy a tener hijos o no, y sin que me discriminen por ello.

Puedo seguir así toda la mañana, pero creo que se entiende lo que quiero decir. Y además, lo más cojonudo (¿veis lo que acabo de hacer?) de todo este tema es que mañana también es mi día. Y pasado. Y el siguiente.

Entonces, reitero la pregunta. ¿Qué es exactamente lo que íbamos a conmemorar en ese día? ¿Qué derecho o libertad hemos conquistado que no hayamos tenido desde el inicio de los tiempos? ¿Vosotros cuando os levantáis os golpeáis la cara contra la pared como parte de vuestra rutina, antes de lavaros los dientes, o venís así de serie?

Una amiga mía está en UCLA, que es un pedazo de universidad supuestamente moderna. Y cuenta:

En mi programa de doctorado, en UCLA, ahora mismo somos 10 estudiantes (3 chicas, un récord histórico). De 20-tantos profesores, 2 son mujeres. Una de ellas, con doctorado en ingeniería en MIT. La otra, licenciatura en Princeton y doctorado en Stanford, antigua profesora en Yale.

Aún tenemos que oír de compañeros que ahora hay una moda de discriminar a los hombres y poner mujeres en posiciones académicas para rellenar una cuota, cuando le quitan el trabajo a alguien que estaría preparado de verdad. Son opiniones minoritarias pero de los 7 doctorandos hombre sólo 1 les hace callar o les da algún tipo de argumento en contra.

Por cierto que una de las profesoras, no importa cuán buena sea en su trabajo y en clase, cada año recibe comentarios en las evaluaciones anónimas de los estudiantes sobre su físico.

¿Podéis por favor explicarme cuántos hombres nos encontramos en situaciones así? Fijaros: de más de 20 profesores sólo 2 son mujeres, y todavía hay mermaos diciendo que las mujeres les quitan el trabajo porque se discrimina a su favor. ¿Es que no sabéis contar? No, no sabéis.

Así que, amigo cuñao, antes de ponerte enfático con que estás a favor de la igualdad y que por eso habría que instaurar un Día del Hombre Trabajador, trata de encontrar un diccionario para entender qué es conmemorar, qué es igualdad, y qué es la adquisición de un derecho que antes no se tenía. Y si no eres capaz, al menos golpéate la cara con el diccionario hasta que dejes de ponerte en evidencia.

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De cómo nos jodemos la vida (IX)

Este blog ha pasado las 200.000 visitas, lo cual es algo que no sé explicar. Llevamos una serie de 8 entradas, una al día, más de una semana dando todo, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  8. Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 

Bueno, las relaciones humanas son complejas. Por ello, hablemos de erizos.

Tanto dolor en una cosa tan mona.
Tanto dolor en una cosa tan mona.

Piensa en la última vez que alguien te hizo daño. Daño de verdad, no alguien que se coló delante de ti en el metro. Estoy seguro de que en el 99% de los casos no fue un desconocido el que te hizo eso. Casi con toda seguridad fue un conocido, alguien cercano.

La psicología, incluso el psicoanálisis, ya llevan mucho tiempo hablando de esto. La intimidad significa, por definición, bajar las defensas, exponerte a una situación en la que eres vulnerable. Claro, cuando alguien te hiere profundamente la reacción natural es jurar que no volverá a suceder. La única forma de cumplir la promesa es no dejar que nadie se acerque nunca más.

Y este es el dilema del erizo.

Esta metáfora es obra del notorio misántropo y, probablemente bastante gilipollas en lo social, Arthur Schopenhauer. Schopenhauer observó que en invierno los erizos se acurrucan juntitos para darse calor, pero cuanto más se acercan, más se pinchan, teniendo que alejarse, y sufriendo de nuevo el frío. Como Arthur era un tipo súper positivo, encontró que ésta era una imagen perfecta para las relaciones humanas. A menudo queremos que nos dejen en paz y nos sentimos culpables por alegrarnos si un plan se cancela, pero si pasamos un tiempo solos empezamos a sentirnos mal porque queremos estar con gente.

Los humanos somos animales sociales, y aunque un período de soledad puede ser como una buena siesta, si la alargas demasiado (la siesta) te acaban llevando al hospital y enganchándote a distintas máquinas. Y al final tienes 3 opciones:

  1. Te apartas más y más de la sociedad, lo cual disminuye tu conducta prosocial, hasta que el aislamiento se convierte en furia. Esta es la opción de humanistas como el Unabomber.
  2. Seguir el consejo de Schopenhauer, que era encontrar una distancia segura a la que mantener a todo el mundo, manteniendo relaciones superficiales que no progresaran a un grado de intimidad donde nos pudieran hacer daño. Esto es como Facebook, realmente, tú observas lo que hacen tus “amigos” (que a todos los llamas amigos ahí, independientemente de su relación) y como mucho das alguna muestra superficial de apoyo o aprobación antes de seguir con lo tuyo.
  3. Salir y aceptar que la única opción es volver a exponerte, volver a recibir y causar daño, y que las relaciones a veces son dolorosas. Que incluso una amistad superficial significa a veces pequeñas “traiciones”, desengaños ocasionales e incluso la sensación de que los otros no dan tanto como tú das.

Y la clave con la que a menudo nos jodemos la vida (con la opción 3, porque si coges la opción 1 ó 2 ya estás jodido sin arreglo), es no aceptar que todas esas cosas malas dan igual, son parte del trato como respirar, y que las relaciones duelen pero la soledad duele más. Ah, y nos olvidamos de que nosotros hacemos lo mismo que nos hacen, y que a menudo los demás nos tratan como les hemos acostumbrado a que nos traten.

Así es, amiguitos: la mayor parte de los sinsabores que nosotros sufrimos cuando nos relacionamos con otros seres humanos son los mismos o similares que los que les inflingimos a ellos al relacionarse con nosotros. Sólo que nuestros propios sesgos nos impiden darnos cuenta. Nos quejamos de cómo nos habla nuestra pareja y no nos damos cuenta de cómo hablamos. Maldecimos a la gente que no tiene consideración y nos olvidamos de todas las veces que vamos a la nuestra sin pesar en lo que al otro le parece. Miramos mal al que habla a voces en el bar sin recordar todas las veces que hemos dado gritos en sitios públicos porque estábamos muy de exaltación de la amistad. Y así todo el tiempo. Y cuando el otro nos hace notar lo que hacemos, lo achacamos a un patético intento de defenderse con un “y tú más”. ¿Cómo se atreve? ¡Será cabrón!

Por otro lado, no nos damos cuenta de una cosa que ya dijo Skinner: para muchas cosas (casi todas), la conducta está gobernada por sus consecuencias. Eso quiere decir que si los demás abusan de nosotros (o al menos percibimos que es así), tiene mucho que ver con qué es lo que obtienen de pedir favores, ignorar nuestros deseos, o, en definitiva, de cómo nos tratan. Esa sufrida madre que se queja de que nadie le ayuda en casa pero que si tratas de ayudarla no te deja porque lo vas a hacer mal, o demasiado lento, o no sabes. Esa persona que se queja de que nunca se hace lo que ella quiere pero que cuando se le pregunta siempre responde con un “lo que prefieras”. Y así todo el día.

¿Sabéis lo peor de hacer terapia de pareja (como terapeuta)? El momento en el que tienes que explicar a cada uno de los miembros de la pareja que todas esas cosas que su pareja hace que les joden tanto, esas cosas que les sacan de quicio… a menudo las provocan ellos mismos. Y que en vez de pedir a su pareja que cambie, podrían cambiar ellos y eso haría que su pareja cambiara automáticamente. Pero no somos capaces de verlo sin ayuda (no, los psicólogos tampoco), y así nos va.

Claro, esto tiene mucho que ver con lo que hemos hablado en otras entradas: nos mentimos mucho sobre lo que queremos y mentimos a los demás sobre lo que queremos, ¡y luego nos quejamos de que no obtenemos lo que queremos y de que no queremos lo que conseguimos!

Seriamente, uno no sabe cómo hemos llegado a conseguir nada, como especie. Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿NO?

De cómo nos jodemos la vida (VIII)

Madre mía, estamos que no paramos. Llevamos 7 entradas, una semana dando todo cada día, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.

Si has entrado en Internet, te habrás dado cuenta de que nadie tiene el menor sentido de la proporción. En nada. Nunca. Una horrenda violación de los derechos humanos puede merecer apenas un comentario, pero la gente envía amenazas de muerte a los desarrolladores de un juego si el final no les ha gustado, o si se hace un cambio menor en el mismo. Toneladas de amenazas de muerte al equipo y a sus familias, porque se había modificado el daño y la cadencia de fuego ligeramente en un parche de Call of Duty, Black Ops 2.

Esto es internet.
Esto es internet.

Es muy fácil reírse de los que juegan a videojuegos, o de los fans de un grupo de música, y pensar que eso es así porque son gente estúpida. Pero no son ellos. Somos todos. Y es otra de las maneras en las que nuestro cerebro nos jode la vida, cómo maneja las frustraciones.

El mejor ejemplo que he encontrado es este fantástico cómic de The Oatmeal, que muestra a la perfección cómo podemos manejar un contratiempo mayor con más calma que un contratiempo menor. En efecto: si nos quedamos sin Internet, nos adaptamos en seguida, encontramos otras cosas que hacer y, es más, en breve nos damos cuenta de que no lo echamos tanto de menos. En cambio, si la velocidad de Internet es algo menor de la normal nos ponemos frenéticos.

De hecho, puede ser más duro aún. ¿Qué te causaría mayor malestar? ¿Que cerraran tu cafetería favorita (esa que hace el café que te gusta y como te gusta, donde vas cada día, que está a mano) o perder un dedo? Lo segundo, claro.  Obvio, ¿no?

NO.

Lo cierto es que, estadísticamente, es mucho más probable que te adaptes pronto a tu nueva existencia con 9 dedos, porque tu cerebro tiene abundantes mecanismos para tratar con las tragedias y situaciones tremendas, pero no se activan hasta que la cosa está lo bastante mal. 

Una vez has perdido el dedo, encontrarás todo tipo de maneras de racionalizar su pérdida y afrontarla, pero estos procesos son costosos, de modo que sólo se despliegan en emergencias. Es el mismo proceso por el cual, si pierdes un dedo, el médico te recetará suficientes calmantes, pero no te dará nada si tienes un padrastro, y a consecuencia de ello, el padrastro te acaba molestando y doliendo más.

¿Tiene nombre este proceso? PUES CLARO. Se llama paradoja de la región beta. Los pequeños contratiempos nos causan más malestar y mayores cambios emocionales en el momento que las grandes catástrofes.

Para la mayoría de nosotros, son estas pequeñas mierdas las que nos arruinan el día. Alguien que aparca mal y no te deja aparcar cerca de la oficina. Un tío borde en el metro. Nunca nos tomamos el trabajo de racionalizar y analizar estas cosas, precisamente porque no son nada, Con lo cual, nos dedicamos a quejarnos a todo el que nos escucha y cada queja es un recordatorio del malestar que el suceso nos ha producido, de lo mierda que es todo. De hecho, podemos pasarnos años contando las mismas anécdotas de cosas que nos causaron un malestar momentáneo y que, en realidad, no importaron nada. Por ejemplo, preguntadme algún día sobre mis experiencias en Algemesí, o el sopor que fue ver Prometheus. Me he quejado más de esas cosas que de la muerte de mi abuelo, con el que conviví 26 años. Porque mi abuelo murió con 99 años, y yo me había mentalizado extensamente antes para cuando ese día llegara. En cambio me puedo pasar horas dando el coñazo porque tuve que soportar la pequeña incomodidad de ver una película que es un mojón.

Y puede ser peor aún: imagina cuando el padrastro eres tú. Le gastas una pequeña broma a alguien, o le haces un pequeño desaire, sin querer incluso, y no se le olvida. Y tú no lo entiendes, no era para tanto, ¿por qué no lo deja de una vez? Ahora ya sabes por qué. Si hubiera sido algo muy gordo, la otra persona habría tenido que decidir si te perdona o no, analizar y racionalizar lo ocurrido, y por ello, si te perdonase, sería del todo. Puesto que no era nada importante, lo dejan ahí, calentito en el termo, hasta que puedan contar esa historia en tu entierro. Por eso, si un matrimonio atraviesa una crisis grande (una infidelidad, por ejemplo) y se perdonan, su relación suele salir reforzada, mientras que parejas en las que no ha pasado nada comparable puede pasarse todo el día echándose en cara pequeñas y absurdas ofensas. Y así nos jodemos la vida.

Ya estamos acabando, creo. Queda quizá una entrada más abundando en esto de las relaciones un poco más, y después intentaré responder la pregunta clave: ¿Y qué coño hacemos? 

De cómo nos jodemos la vida (VII)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.

Nos cuesta un mundo cambiar, hacer lo que necesitamos para ser felices y mejorar nuestras vidas, Nos cuesta mucho no joder nuestras relaciones con los demás. Y en parte, es porque creemos que la felicidad es para retrasados.

Imagina a una persona perfectamente feliz. Hay una elevada probabilidad de que se parezca a este tío.

Feliz como una perdiz
Feliz como una perdiz

En realidad tú no crees que sea feliz, sino que es demasiado tonto, o que le falta lucidez o capacidad de darse cuenta de las cosas, porque claro, la ignorancia es una bendición y mucha gente piensa que la gente más tonta es más feliz “porque tienen menos preocupaciones”.

John Wayne estaba tan lejos de ser un psicólogo como dos cosas pueden estarlo en esta vida, pero tiene una cita que resume muy bien la veracidad de esa idea.

La vida es dura. Es más dura si eres estúpido.

Esa es la realidad: si eres más listo, tienes más capacidad para adquirir herramientas que te permitan afrontar las situaciones de la vida con éxito, y por ello ser más feliz. Pero no, nosotros nos pensamos que los genios son gente que bebe hasta matarse porque claro, con toda esa lucidez el dolor del mundo es demasiado para ignorarlo. Sobre todo si son conscientes de sus propios fallos. ¿Pero eso no debería ser una buena cosa? ¿Acaso una persona más consciente de sus fallos no está en mejor posición para corregirlos?

Y aquí es donde entra la paradoja de la autoabsorción (mala traducción mía, qué le vamos a hacer): resulta que mayores niveles de autoconocimiento pueden desembocar a la vez en mayor sufrimiento psíquico, y en mayor bienestar psíquico. ¿Cómo es eso? Porque el autoconocimiento puede venir en dos formatos: auto-reflexión (analizar mis pensamientos y acciones para ver cómo mejorar) y auto-rumiación (enfocarme incesantemente en todas las cosas que dan asco de mí). Lo primero te hace más feliz y popular, lo segundo te hace miserable, hasta el extremo de odiar a la gente feliz porque no está revolcándose en el barro contigo.  ¿Cómo hacer una cosa y la otra no? La mayoría de gente no sabe sin ayuda de drogas. ¡Bravo!

Esto remarca la idea de que el optimismo es casi una idea delirante. Viene, en realidad, de una profunda incomprensión de lo que debería significar el optimismo, por contraposición a lo que la puta industria de la autoayuda y el pensamiento positivo han logrado que sea.

Optimismo no es pensar que todo va a salir bien porque sí, o que no deberías preocuparte de nada porque todo se arreglará de un modo u otro. Eso es, de hecho, destructivo y negativo para ti, acabará contigo y esa es la razón por la que los coaches cuñados del pensamiento positivo a todo trapo deberían arder en el infierno, son tóxicos. La definición psicológicamente útil de optimismo es la que usaban, como no, los filósofos estoicos:  optimismo es aceptar que la realidad puede ser horrible y que puedes sobreponerte a ella si persistes. Esta es la llamada paradoja de Stockdale, y fue observada por un miembro del ejército estadounidense llamado así, durante el tiempo que pasó como prisionero del Vietcong, tras ser derribado en 1965, y pasar 7 años y medio siendo torturado y resistiendo de todos los modos posibles (incluyendo la autolesión) el ser usado como arma de propaganda por su enemigo. James Stockdale decidió que él tenía que salir de ahí, que él saldría de ahí, y su método para manejar la situación fue el siguiente: primero, aceptar que su situación era inimaginablemente espantosa, y segundo, no dejar de repetirse que él podía sobrevivir a ello. Desarrolló un sistema de comunicación en código para que los prisioneros, en principio aislados, pudieran comunicarse y consolarse entre sesiones de tortura. Escribió largas cartas a casa llenas de información en código sin tener ni idea (ni preocuparse) de si iban a llegar o no. Dicho claramente: Stockdale convirtió su auto-reflexión en acción, en vez de en rumiación. Y dedicarnos a la acción nos mantiene cuerdos porque nos da sensación de control.  Por eso, las terapias psicológicas que funcionan ponen mucho énfasis en que el paciente haga cosas, porque eso le da sensación de control y es terapéutico en sí.

Un hombre de los que le gustan a mi amigo Recuenco.

Y aquí viene la paradoja de Stockdale: el hombre seguía haciendo lo que hacía sin tener ninguna certeza de que fuera a servir para algo. Pero lo que le hizo sobrevivir fue el esfuerzo. ¿Quiénes fueron los que no sobrevivieron? En palabras de Stockdale:

Oh, esa es fácil, los optimistas. Oh, esos eran los que decían, ‘Estaremos en casa para Navidad.’ Y llegaba y pasaba la Navidad. Entonces decían, ‘Estaremos fuera en Pascua.’ Y la Pascua llegaba y se iba. Y entonces Acción de Gracias, y entonces Navidad otra vez. Y morían de pena.

Y esta es otra de las maneras de jodernos la vida, que en realidad no es nueva. Sea por un exceso de optimismo (todo va a salir bien, no he de hacer nada) o por un exceso de pesimismo (no voy a tener éxito, para qué intentarlo) no hacemos nada. Y no cambiamos. Cuando es la acción, el hacer cosas lo que a menudo nos salva. Valoramos demasiado el pensar en las cosas como si es que eso equivaliese a actuar. Y nuestro cerebro se convence de que somos impotentes o que no tenemos que hacer nada.

De cómo nos jodemos la vida (VI)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.

Vamos a hacer una prueba muy sencilla, inspirada en el fenomenal libro de Laura Vanderkam 168 horas: tienes más tiempo del que creesEs fantástico, es sobrio, y es una de las inspiraciones de esta serie. Será breve, y pondrá lo que hemos estado contando en perspectiva. Va en serio, intentad hacerlo, por favor. Nadie lo verá.

Primero: coge un papel y un boli. Escribe, resumidamente, lo que hiciste ayer. No hace falta que te pongas megadetallado, no escribas si cagaste o comiste. Sé completamente honesto, sólo lo vas a ver tú. Igual es algo así.

9:00-18:00: trabajar.

18:00- 20:00: mirar internet, hacer el ganso en facebook, cosas de casa, recados.

20:00 – medianoche: ver TV, ¿leer? (venga ya).

¿Lo has hecho? Toma un hotcake.

Segundo: en otro papel escribe las 5 cosas más importantes en tu vida, más o menos en orden de más a menos importancia. Podría ser algo así como:

  1. Cuidar de mi familia y amigos.
  2. Mejorar en mi trabajo.
  3. Encontrar el amoooooorrrrrllll.
  4. Mejorar el mundo.
  5. Perder tosino.

Una lista estupenda. Si la encabezaras con las palabras “Yo creo en…” tendrías una estupenda Filosofía de Vida. Si luego fueras a un concurso de misses y alguien te preguntara por tu filosofía vital, o te entrevistaran en la Contra de la Vanguardia, podrías decirlo. Y quedarías muy molón.

Tercero: Coge la primera lista de cosas que hiciste, y reordénala de más a menos tiempo invertido  en cada cosa. Así para la persona del ejemplo la cosa quedaría como:

– Trabajar

– Ver TV / leer

– Mirar internet, recados de casa.

Escribe al principio de la nueva lista “Yo creo en…” Coge la 2ª lista y límpiate el ojete con ella porque es mentira, no es relevante, no importa. ¿Cómo? ¿Que me equivoco? ¿Que esas cosas son importantes para ti? ¿Y cómo es que ninguna de ellas aparece en esta nueva lista? Coge esta tercera lista y mírala. Mírala bien.

Felicidades, esa es tu verdadera filosofía de vida.

Y no vengáis a tocarme la moral con que ayer no vale porque era un día excepcional, haced un cómputo de la última semana o del último mes. Si sois como yo y como el 99,99% de las personas que conozco, la lista 1 y la lista 2 no tienen nada que ver. Las cosas que dices que te importan y las cosas en las que inviertes tiempo y energía son conjuntos que no se solapan.

Y daros cuenta: esa filosofía de vida de la lista 2 ni siquiera es una mentira para quedar bien con los demás, nadie va a ver esa lista. Esas son las mentiras que nos contamos para quedar bien con nosotros mismos.

¿Y dónde nos lleva todo esto? A la siguiente forma que tenemos de jodernos la vida: nos engañamos pretendiendo que en unos años seremos mágicamente diferentes, cuando en realidad seremos más y más nosotros mismos. 

El tipo que trabaja en un curro cutre y te dice que un día quiere cambiar de empleo y currar en algo más cualificado, pero que no ha pasado ni un minuto hoy adquiriendo las cualificaciones necesarias para desempeñar ese trabajo. No se ha apuntado a un curso, ni ha hecho planes para ello. Simplemente tiene la idea de que no se quedará en ese trabajo para siempre, porque de modo más o menos mágico evolucionará para convertirse en el tipo de persona que se interesa por otras cosas.

Lo que eres hoy es lo que vas a ser dentro de 10 años, pero elevado a la 3482564 potencia, a no ser que cambies lo que hagas hoy. Porque los seres humanos no cambiamos de motu propio, de motu propio nos calcificamos. ¿No me crees? Hay abundante evidencia de que los rasgos de la personalidad tienden a solidificarse con la edad, una vez ha acabado de formarse, y cambiar rasgos requiere un esfuerzo sostenido en el tiempo.Y esa ilusión se sostiene porque somos capaces de pensar que nos importan unas cosas mientras dedicamos tiempo y energía a otras. 

De cómo nos jodemos la vida (III)

Se acerca la Nochebuena, así que toca hablar de joderse la vida. Antes hemos hablado de cómo nos jodemos la vida a nosotros mismos. Ahora hablemos de cómo nos la jodemos en nuestro trato con los demás.

Una cena de Navidad como cualquier otra.
Una cena de Navidad como cualquier otra.

Hoy vamos a hablar de efectos irónicos, que son la pura definición de joderse la vida. Un efecto irónico, en psicología, es aquel que se produce cuando lo que hacemos tiene un efecto contrario al que deseamos. ¿No os ha pasado nunca que, cuanto más queréis dormir, más fácil es estar despiertos? ¿O que cuanto más pensáis que no debéis olvidar algo, más probable es que se os olvide? Eso son efectos irónicos, y tus relaciones con los demás están llenos de ellos. Y te jodes la vida y te jodes las relaciones.

Para empezar, hablemos de la paradoja de Abilene. Este es un interesante efecto que demuestra cómo, al tratar de parecer menos egoístas, acabamos jodiendo la vida a todo el mundo. Porque esta es una de nuestras mayores cagadas: mentimos a los demás todo el tiempo acerca de lo que queremos de verdad, para parecer menos egoístas. Y al final, a menudo, nadie consigue lo que quiere.

¿Cuál es la definición de cabrón? En muchos casos, acabaría siendo algo como “aquel que siempre pone por delante sus intereses frente a los del resto”. Es una definición funcional. Y claro, ser lo contrario de un cabrón es fácil: sólo tienes que poner siempre las necesidades del resto por delante de las tuyas. ¿Verdad?

Pero esas personas (si existieran) serían una pesadilla para los demás. Y si tienes más de una en un grupo, nada funciona.

La paradoja de Abilene, entonces. Funciona como sigue: has tenido una semana de mierda, y has quedado con tus amigos el viernes por la noche. Resulta que nadie ha cenado aún y tú tampoco, así que antes de ahogar tu pena en alcohol (porque claro, todos estáis sin hijos), parece que se impone ir a pillar comida. Todo genial.

Entonces preguntas a la gente qué quiere. Porque claro, eso te evita hacer una sugerencia tú – te importa su preferencia, no la tuya. No eres un cabrón.

María sugiere un kebab. En realidad no le gusta mucho, pero hay uno cerca y nadie se quejó la última vez. En realidad ella querría ir a un italiano buenísimo pero se figura que la gente no tiene ganas de cena de mantel y pagar más dinero. E imponer su preferencia es de cabrones. Así que propone kebab como compromiso que hará más o menos felices a todos.

Pepe dice “Por mí vale”. En realidad no vale, no le gusta particularmente ese kebab por grasiento y porque se pasará la noche tirándose pedos como un caballo, pero María es su novia y no va a llevarle la contraria hoy, porque hay que ser capullo, y porque así él sentirá que su novia le debe una.

Carlos dice que vale, aunque en realidad no le vale, pero es mejor una decisión rápida que discutir torpemente o un silencio indeciso. Él preferiría ir al italiano que fue con María pero si dos amigos han dicho ya que kebab, no les va a llevar la contraria, porque no es un capullo.

Claro, todo el mundo te mira a ti, y tú no vas a ser el gilipollas que les lleve la contraria a todos y dar la nota, insistiendo en que prefieres pasar del kebab mugriento de la esquina e ir, por ejemplo, a un restaurante de verdad, como el italiano del que te habló María. Así que todos váis al kebab. Otra vez.

Este es el problema: todos quieren parecer generosos y anteponer las preferencias del resto a las suyas, y para ello ocultan las propias, pero el problema es que para poder anteponer las de los demás tendríamos que conocerlas, y no podemos porque ellos también están ocultando las suyas. Así que en realidad estamos todos trabajando con unas premisas falsas, de modo que acabamos tomando decisiones que no gustan a nadie.

La clave de que se de esto es que tenemos confundido lo que es ser un cabrón egoísta: no eres un cabrón egoísta por decir todo el tiempo lo que quieres de verdad, eres un cabrón egoísta según cómo te comportas cuando no lo consigues.  De hecho no sé vosotros, pero para mí el andar todo el tiempo ocultando lo que quieres de verdad para aparentar ser más noble y desprendido es una capullada bastante egoísta.

Y claro, eso te lleva a la consecuencia: no queremos ser una carga para los demás, así que nos acabamos convirtiendo en una carga mayor para los demás.

No, en serio, no te preocupes por mí.
No, en serio, no te preocupes por mí.

A nadie le gusta la idea de ser dependiente. Es una palabra con unas connotaciones espantosas. Todos queremos ser independientes y no necesitar a nadie. De hecho, esa es una de las cuestiones fundamentales de la derecha, que todos esos servicios y beneficios sociales hacen que la gente se vuelva acomodaticia y dependiente.

Imaginemos una situación:

– Oye, necesito que me dejes 3000 €, porque me van a embargar si no.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Pedí dinero a una empresa de esas que se anuncian por la TV. Eran 750 € hace 2 años, que con los intereses suben a 3000.

– ¿Y POR QUÉ MIERDA NO ME PEDISTE 750 HACE 2 AÑOS?

– No quería ser una carga.

A esto se le llama paradoja de la dependencia: al no querer ser un coste, acabas costando más que si hubieras admitido necesitar ayuda en primer lugar. Esto pasa en todas las relaciones, y a todos los niveles. De hecho, cuando uno de los miembros de una pareja o cualquier otra relación admite necesitar ayuda, las cosas mejoran en la relación (irónicamente, haciendo a ambos miembros de la relación más independientes).

Esto es así desde la infancia. Formar vínculos de apego y dependencia es necesario, no sólo para la supervivencia, sino para el desarrollo correcto de la psicología de uno. Si dejas a un bebé o a un crío que se busque la vida por sí solo, suponiendo que no se muera, no tendrás un adulto más independiente y fuerte, sino una persona rota.

Ser autosuficiente no significa no pedir nunca ayuda. De hecho, tener necesidades de vez en cuando hace que caigas mejor a los demás, porque te hace más humano. El mundo está lleno de gente destrozada porque no eran capaces de admitir que necesitaban ayuda, y que acarrean relaciones rotas como resultado. Por eso hay gente que es tan rápida a la hora de rechazar cualquier cosa que podría hacerles felices, o que desprecian y se enfadan ante cualquiera que pide ayuda. A menudo sacrificamos nuestra propia felicidad con tal de quedar bien delante de la tribu.

De cómo nos jodemos la vida (II)

Va, venga, vamos a ponernos alegres.

Tienes una infección bacteriana que no se irá nunca. Necesitas un tratamiento abrasivo en tu sistema digestivo al menos tres veces al día, y visitas regulares al médico durante el resto de tu puta vida. Si lo haces, no tendrás mucho problema. Si no lo haces es muy probable que se pudra un trozo de ti. Vale, no es una sentencia de muerte, pero qué palo ¿eh?

Estamos hablando de lavarse los dientes, muchachos.

¿A que lavarse los dientes es una tarea sencilla y no una carga monstruosa? Claro que no: porque no te pasas el día contemplando la montaña de cepillados de dientes que te quedan por hacer antes de morir. No. Ni en la de veces que te has de peinar. O en la de veces que has de ir al baño. Sólo tienes que pensar en la siguiente vez.

Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio,
Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio.

Cuando queremos cambiar, necesitamos un por qué que nos podamos creer, o no lo haremos. Pero incluso teniendo un por qué, fallamos porque pensamos en la tarea en su totalidad, y a nuestro cerebro eso no le gusta. Es como ponerte a pensar en la oposición que has de hacer, y en esa montaña de texto que estudiar para esa fecha que queda tan lejos… A tu cerebro se le antoja una tarea monumental.

Cuando te lavas los dientes tu meta a largo plazo (tener dientes) se olvida en favor de una tarea pequeña (el cepillado que te toca en ese momento). Conseguimos alcanzar la meta global a base de no pensar en ello. ¿Y sabes qué? Si consigues aplicar esa idea a cualquier cosa, eres capaz de hacer lo que te propongas. Cualquier cosa.

Cuando has de acometer una tarea, no has de pensar en lo que te queda por alcanzar hasta el final. Sólo existe lo que te toca hacer hoy. Y a menudo eso es abarcable.

Gene Wolfe es un escritor muy prolífico de fantasía y ciencia-ficción. Lleva muchos años en ello, y ha escrito miles y miles de páginas, una cantidad que hace que Juego de Tronos parezca un folleto del Media Markt a su lado. Y durante 14 años, lo hizo mientras trabajaba como ingeniero.

El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.
El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.

Gene Wolfe sólo tiene un “secreto” para ese éxito. Cada día escribe dos páginas. Dos putas páginas. El resto del día lo dedica a revisar otros textos, hacer promoción, o hacerse fotos como la de arriba. Dos putas páginas. Eso sí: las hace como el lavarse los dientes. Cada día, sin vacaciones, sin librar, sin excusas. Es como lavarse los dientes o irse a mear. No se dice a sí mismo “hoy hace un día muy bonito / feo / claro / lluvioso / es temprano / tarde…” Todos los días son día de escribir. Dos páginas. En 365 días, son 730 páginas. Eso son dos novelas de tamaño medio, o un tochaco. Mira, ahí lo tenéis. El secreto de ser un escritor es sentarse a escribir un poco cada día. Son 10000 por el consejo.

¿Por qué fracasamos? Porque nuestro estúpido cerebro no puede dejar fácilmente de pensar en todo lo que viene después. Tiende a hacer películas de lo que queda por hacer, y claro, es tanto, es tan difícil. Escribir todo, revisar, mandar a un editor, que lo acepte, promocionar…

¿Quieres ponerte en forma? Olvídate de toda esa mierda de las metas, y los pósters motivacionales de tíos rajados diciendo imbecilidades, y eso de que cuando lleves x meses levantarás tanto o pesarás tanto menos o se te marcará lo otro. Simplemente haz algo todos los días. Procura hacer un poco más o algo más difícil cada día. Cuando estés en ello, no pienses en lo que te queda. Sólo quieres hacer una repetición más. Una más. Hasta que acabas.

¿Quieres dejar de fumar? Es horrible pensar que no fumarás nunca más. Es más fácil pensar que no tienes que fumar hoy. Date permiso para fumar mañana, sólo tienes que aguantar hoy.

No dejes que tu mente te engañe. No pienses en metas. Piensa en el siguiente paso. Sólo eso.

Aunque esta idea no es mía, la desarrolló Scott Adams, el autor de Dilbert. Pero no debería enlazar su blog porque los guerreros de la justicia social de Internet dicen que es un cerdo machista, un malvado, y tal.