La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

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Tu propia narrativa (2): Cómprame y fidelízate

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Vivimos de acuerdo con una historia que nos contamos. Pero ahora podemos darle una vuelta de tuerca más. Vivimos en la Era de la Identidad: ahora lo más importante no es sólo la historia que te cuentas; es construir una identidad, una marca, y que los demás la compren.

¿Somos todos narcisistas? No, realmente no. La mayoría nunca lo seremos. Pero ahora tenemos más herramientas que nunca para ello. Entra Internet.

Antes de seguir, hay que aclarar algo que puede no ser evidente para algunos lectores. Esto no es una charla sobre lo malo que es Internet, los peligros de Facebook, ni ninguna chorrada de esas. Culpar a la herramienta por el uso que se le da es la clase de evasión de la responsabilidad de la que hablaremos aquí en detalle.

De modo que no es culpa de Internet. Es culpa nuestra.

Tenemos Youtube, y miles de webs similares. Tenemos Facebook, Twitter y blogs. Tenemos una explosión de los llamados medios sociales. Estos medios sociales tienen una inacabable gama de posibilidades positivas, que no enumeraré aquí porque creo que no necesitan defensa alguna, y que en manos de personas responsables son una más de las cosas buenas de la tecnología. Vamos a mirar el otro lado.

Muchas empresas se han dado cuenta (muchas más siguen en la inopia) de que estos social media son una magnífica herramienta de venta y de llegar a más usuarios. En esta magnífica columna podéis leer más sobre el hype, la propaganda, y demás cosas que son la otra cara del fenómeno del que hablo aquí. Quedaros con esta definición de la primera entrada de esta columna:

El Hype es el envoltorio del regalo que hace que el regalo sea bonito y deseable independientemente de lo que sea el regalo.

Las empresas llegan tarde. Muchos, muchos individuos ya han descubierto el valor de marketing que tiene Internet para vender tu identidad como si fuera una marca. Los narcisistas son muy muy rápidos detectando esto, y podrían (y quizá la idea global de esta serie es que esto sucede, aún no tengo una conclusión) estar influyendo en la cultura de una manera que es, a largo plazo, insostenible. Una cultura de personas que se centran en crear bonitos envoltorios de sí y venderlos.

Esto no tiene que ver con el deseo humano de agradar a otros y ser admirado y querido. Ese deseo es normal y saludable. La diferencia entre un narcisista y otra persona es esta: probablemente ambos se ven como los protagonistas de su propia película. No el bueno, ni el más guapo, ni el mejor, pero sí el actor principal.

La diferencia es que para el narcisista, no hay otras películas. Los demás son extras, secundarios. Para el narcisista, los otros no son personas con entidad completa en su propia película: son tipos. ¿Recordáis que en cada género cinematográfico siempre hay determinados arquetipos? Esta es la mujer del prota, que es sarcástica, un punto sexy pero que apoya al prota. Este es el poli cumplidor de la ley y su compañero salvaje y que no sigue las reglas pero al que le perdonan las burradas porque es eficaz. El empollón desagradable y misógino. Nombra el género y ahí están los arquetipos. Eso es la gente a su alrededor para el narcisista. Es incapaz de reconocer que las demás personas tienen pensamientos, sentimientos o hacen cosas no relacionadas con el narcisista. Los pensamientos no han de ser positivos, pero han de ser sobre él / ella.

Así que, por un lado tienes una necesidad enorme de que los demás crean en tu identidad. Por otro lado tienes una enorme incapacidad de ver a los demás como personas completas, independientes, que existen fuera de su relación contigo.

Entra en un medio que te permite hacer ambas cosas de manera absolutamente perfecta.

En el año 2006 la revista TIME decidió que la Persona del Año eras… Tú. El usuario de Internet. La versión corta del artículo es que los individuos hemos formado una comunidad en Internet y que esa comunidad está construyendo un “nuevo entendimiento internacional, no de político a político,… sino de persona a persona.”

Eso es tan, tan erróneo.

El autor es Lev Grossman.  Es un crítico literario muy famoso. El problema con su premisa se ejemplifica en el primer párrafo que dice:

La teoría histórica del “Gran Hombre” se atribuye habitualmente al filósofo escocés Thomas Carlyle, que escribió que “la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres.” Carlyle creía que son los pocos, famosos y poderosos, los que conforman nuestro destino como especie. Esa teoría se ha llevado un buen varapalo este año.

Sin embargo eso no es lo que dice Carlyle. Esta es la cita real:

En todas las épocas de la historia del mundo, encontraremos al Gran Hombre que fue el salvador de su época; la chispa, sin la que el combustible no habría ardido. La Historia del mundo, ya lo dije, era la biografía de Grandes Hombres.

Carlyle no dice que los grandes hombres conforman el destino; dice que los grandes hombres, y sólo ellos, causan la historia. Para Carlyle estos grandes hombres deben tener el poder porque sólo a ellos se les puede confiar. Ellos guían la historia, no le dan forma.

Así que Grossman no cita a Carlyle correctamente.  Esto es importante porque Grossman es un crítico literario, doctor por Harvard en literatura comparada.  O bien simplemente no conocía la cita original, lo que me parece imposible, o no importó: él hizo con la cita lo que necesitó para usarla. Y eso, exactamente, es lo que describe el problema: la verdad y la realidad no son importantes, lo importante eres tú.

Estar en YouTube, tener un blog, un iPod, Facebook,  MySpace – todas estas cosas son auto-validadoras, permiten la ilusión que es crucial para los narcisistas: que somos los personajes principales en una película. No los mejores, o los buenos, sino los protagonistas. Que todos a nuestro alrededor son secundarios; el amigo gracioso, la ex chalada, la madre neurótica. Y todo eso hace que los recordatorios de nuestra insignificancia, de lo poco que contamos como individuos, sean más enfurecedores.

Mirad las fotos del artículo de Time: un DJ, un punkie, un tipo con rastas, un chaval bailando con auriculares, un tipo cantando con un micro, una maciza echándose una foto a sí misma – ninguno de estos podría ser jamás la Persona del Año. Apenas tienen identidad aparte de su imagen. Y observa cuántos de ellos se definen por la música que escuchan. Deben ser definidos por algo externo, como un tatuaje. Pero merecen todo lo que cualquier otro pueda tener. Es su derecho.

No digo que cada uno de nosotros como individuo debamos ser insignificantes. Deberíamos, podemos importar. Pero para protegernos de la dura realidad, nos definimos a través de imágenes y signos, en vez de por lo que hacemos: esa falta de una identidad fundada sobre algo real nos hace vulnerables a la ira, al resentimiento. Pero nunca responsabilidad. El narcisista nunca siente culpa o responsabilidad. Sólo vergüenza.

Grossman pudo transformar a Carlyle en lo que él quiso porque Carlyle no importa (aparte de que lleva muerto mucho tiempo), lo que importa es lo que Grossman quería, lo que Grossman necesitaba. Carlyle no existe, o sólo existe para que podamos usarlo. Se conviere en una herramienta, otro actor de reparto. ¿Alguien se ha molestad en leer algo de Carlyle? ¿Para qué? Sólo necesitamos unos fragmentos para nuestro uso.

Elegirte a ti como la Persona del Año refuerza la ilusión de que nuestra individualidad importa más que la de otro, que un bien comú, una ideología, la verdad, o el Bien y el Mal. Es relativismo con una vuelta de tuerca.

Y no puede durar. Es imposible.

Próxima entrada: la generación de los realities, o qué pasa cuando tu hija, en vez de artista, quier ser famosa.