Reseña: Desconecta, de Marc Masip

Reseña: Desconecta, de Marc Masip

El otro día me llegó el libro Desconecta, del psicólogo Marc Masip, un manual que pretende tratar la adicción a los móviles y las nuevas tecnologías, así como proporcionar pautas de uso adecuadas de estas.

Spoiler: sale mal.

El libro es un gran ejemplo de todo lo peor de la psicología Cosmopolitan que llena los estantes de autoayuda. Hace toneladas de afirmaciones sin la menor prueba (los únicos datos que reconoce son propios), no cita una sola investigación académica, está lleno de historias y anécdotas sacarosas claramente inventadas, y no da una sola pauta más allá de “si ves que usas mucho el móvil, pues lo tienes que usar menos”. Si se supone que la gente es tan adicta y es tan grave, esto es como escribir un libro sobre depresión donde los consejos son “si estás deprimido, haz por animarte.” No hay más, es completamente vacuo.

Y con el agravante de que yo creo que acaba por trivializar un tema que sí puede tener su importancia, como es el mal uso del móvil y las nuevas tecnologías, y que hemos tratado en otras entradas en este blog.

Iba a escribir una reseña detallada, pero la verdad, prefiero poner fotos de la marginalia que fui haciendo mientras lo leía, que una imagen vale más que mil palabras y todo eso. No vale el papel en el que está impreso.

“podías citar alguna (investigación)”

“ha descubierto las distorsiones (cognitivas, habituales de la TCC)”
“no te has conectado a Facebook en tu vida”
“no hay evidencia”, “porque lo dices tú”, “y dale.”
“estudio de la Tanned Balls U (Universidad de mis Cojones Morenos”
“¿de qué mierda hablas?”
“¡ha llegado a su ciudad el camión de los tópicos!”
“pero qué coño dices”
“claro, el móvil lleva a la heroína”
“datos propios, claro (y sin referencia de dónde encontrarlos)”
“más moralina que un seminario”
topicazos sobre el adicto al móvil, patrocinados por la Tanned Balls U
“Eres el peor narrador de historias de autoayuda del universo”
Ya no sé ni por qué lo digo
Podías haber hablado de comparación social (que es el término técnico adecuado)
Psicoanálisis a 0,60
Estos datos han sido extraídos del colon del autor.
El SCAM. Me cago en mi vida. También llama “gift” a los GIF, y explica que las aplicaciones se abren, porque este es un libro para viajeros del tiempo del Siglo de Oro.
Más psicoanálisis a 0,60.
“Yo trato un proceso que no tiene un patrón claro.”
La Tanned Balls U le ha hecho doctor honoris causa y le ha puesto un aula magna.

Y ya está. Tiene, es verdad, alguna pauta o consejo medio aprovechable, pero no es nada que no te puedas encontrar en cualquier sitio de Internet sobre productividad, no es nada específico de psicología ni es modificación de conducta (“no uses el móvil cuando estás con gente”, GRACIAS POR LA ESTRATEGIA, NAPOLEÓN). Podría haber hecho una entrada de blog con las cuatro ideas útiles que da y haberse ahorrado el resto de la morralla. Comparado con otros textos sobre este tema, es un desperdicio de tiempo.

Como pasa con los libros que no me gustan, este libro acabará en un banco de metro, en un parque o en algún sitio donde alguien lo pueda coger si quiere. Eso sí, en la primera página he dejado una nota advirtiendo de que es una basura. Y si lo echan a reciclar, pues mira, mejor.

De tu teléfono y tu cerebro

De tu teléfono y tu cerebro

Adam Ward es investigador en la Universidad de Texas, y ha publicado este paper (1). Su título es: “Brain Drain: The Mere Presence of One’s Own Smartphone Reduces Available Cognitive Capacity (Drenaje cerebral: la mera presencia del propio smartphone reduce la capacidad cognitiva disponible).”

Seguramente muchos estáis leyendo esto en un móvil. Veréis qué risa.

En el artículo se describen los resultados de dos experimentos que ponen a prueba la tesis del “drenaje cerebral (brain drain), que estipula que el mero hecho de tener el smartphone cerca consume recursos de nuestra atención, empeorando nuestro rendimiento en tareas cognitivas. Los dos experimentos muestran que, incluso cuando las personas tienen éxito en mantener la atención sostenida – esto es, evitar la tentación de mirar sus móviles – la mera presencia de estos les hace rendir peor cognitivamente. Y el coste cognitivo es más alto cuanto mayor se valora la dependencia del dispositivo. O sea, cuanto más enganchado te encuentras al móvil, más afecta tu capacidad de concentración, incluso si no lo estás usando. 

Fijaos: no basta con desconectar las notificaciones. El mero hecho de tenerlo a la vista es suficiente para que te distraiga (es una de las conclusiones del estudio de Ward).

Ya sabemos que las notificaciones tienen un enorme coste en atención, que baja significativamente nuestro rendimiento en un gran número de tareas cognitivas (3). Pero la cosa parece tener un alcance aún mayor. También sabemos que la retención y comprensión de la información es muy superior en papel que en una pantalla, y que las notas manuscritas son superiores a los apuntes en un ordenador.

Las interacciones personales también se ven afectadas por el uso del teléfono móvil y su presencia. En este artículo (2) se muestra que las interacciones sin móvil son consistentemente valoradas como más positivas y significativas cuando el móvil no estaba presente, que cuando estaba en la mano de uno de los participantes o sobre la mesa. Los participantes reportaban mayor satisfacción y empatía. El efecto es más pronunciado entre personas más cercanas, esto es, hablar con gente querida con el móvil a la vista deteriora más aún la calidad de la interacción.

¿Qué podemos hacer?

El artículo de Ward muestra que ponerlo boca abajo pero a la vista es fútil. Tenerlo a la vista, pero desconectado, igual. El único recurso que funciona es la separación física. Esto es, tener el móvil fuera de la vista (y del oído, para las notificaciones por vibración). Deja tu móvil en el bolso, en la chaqueta, en otra habitación (yo tengo una caja para dejar la cartera y demás en la entrada de casa). Pasa de vez en cuando a ver si ha llegado un mensaje, pero no lo tengas delante cuando estás tratando de hacer algo que requiera concentración. Porque te mantendrás hipervigilante, dedicando una parte de tu atención a controlar continuamente si ha llegado algo, si ha sonado algo.

Planeta de adictos.

En promedio, usamos nuestros móviles 85 veces al día, incluyendo lo primero que hacemos al levantarnos, justo al acostarnos, y durante la noche, para una media de 5 horas diarias (3). El 91% de usuarios dicen que nunca salen de casa sin el móvil (Deutsche Telekom 2012), y el 46% dice que  no podrían vivir sin el móvil (Pew Research Center 2015).  In 2007, sólo el 4% de los estadounidenses adultos tenía móvil (Radwanick 2012). En enero de 2017, el 77% de estadounidenses adultos — y el 92% de los menores de 35 años — poseen un smartphone (Pew Research Center 2017). La penetración de los dispositivos es similar en los países occidentales, y aún más alta en naciones de Oriente Medio y Asia. Corea del Sur, por ejemplo, muestra que el 88% de los ciudadanos tiene uno, el 100% si contamos sólo los menores de 35 (Pew Research Center 2016).

Todo esto ya ha pasado, dicen.

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Hay quien cree que esto es comparable con los móviles.

Si os fijáis en la foto de arriba, es una imagen que se ilustra mucho por parte de los defensores de las nuevas tecnologías para mostrar que es infundada la preocupación por los posibles efectos de estas, ya que otras tecnologías han tenido también a gente prediciendo el apocalipsis y nos hemos adaptado. Yo no estoy de acuerdo.

En la imagen, cada pasajero lee un periódico. Pero, y esto es lo importante, el periódico no reclama tu atención. El periódico no va contigo al baño, a la cama, al cine, al trabajo, a absolutamente todas partes, haciendo ruidos y vibrando para llamar tu atención continuamente. Los artículos del periódico no interactúan contigo en maneras diseñadas para reforzar la conducta de mirar el periódico. Ni la TV, ni la radio, ni nada como los smartphones.

El primer rasgo que marca toda la diferencia es la ubicuidad. Ninguna tecnología anterior ha tenido una presencia tan constante, te ha acompañado a todas partes de modo inescapable. Antes (hace unos pocos años), para navegar por internet y mirar tu correo, tenías que sentarte ante un ordenador. Pero no podías recibir notificaciones en la calle, en el metro, en la cama. Si estabas con tus amigos en un bar, no podías mirar facebook. Si estabas en el cine, no sabías si tenías email o no (y la gente apagaba los móviles normales en el cine; eso ya no sucede).

El segundo rasgo es la interrupción activa de la atención. El teléfono reclama tu atención de manera constante, porque está diseñado para ello. Los desarrolladores diseñan las aplicaciones y páginas web para que el consumidor las use cuanto más mejor. Y cuantas más interrupciones tenemos, peor funcionamos cada vez. Y el impacto no es sólo cognitivo. El uso de móviles afecta también a nuestro estilo de afrontamiento emocional, incrementando nuestro estrés. A más fragmentación de la atención, más ansiedad. Por eso, técnicas como la meditación reducen el estrés. Hay una relación directa entre fragmentación de la atención y aumento del estrés. Podéis buscar las investigaciones de Clifford Naas sobre el tema, que son demoledoras.

Conclusión

Es mi opinión que, en unos años (y mejor ya), tendremos que replantearnos el uso de los smartphones, del mismo modo que antes tuvimos que plantearnos el uso del tabaco. Hay muchísima más tela que cortar en referencia a este tema, porque la investigación sólo ahora empieza a manejar datos significativos. No podemos limitarnos a tildar de ludditas o tecnófobos a los que nos preocupamos sobre cómo nuestra conducta está cambiando en relación a esta tecnología.

A fin de cuentas, incluso los propios diseñadores de estas tecnologías están tratando de dejar de usarlas por temor a sus efectos (5).

ENLACES

  1. “Brain Drain”, por Adam Ward et al.
  2. “The iPhone Effect: The Quality of In-Person Social Interactions in the Presence of Mobile Devices”, de Misra, Cheng, Genevie y Yuan (2014).
  3. Perlow 2012; Andrews et al. 2015; dscout 2016
  4. “The attentional cost of receiving a cellphone notification”, de Stothart, Mitchum y Yehnert (2015).
  5. “Our minds can be hijacked” en The Guardian.

De los enlaces al final de los artículos

De los enlaces al final de los artículos

Algún lector me ha preguntado el por qué de un tiempo a esta parte, en los últimos artículos, los enlaces se incluyen al final, en vez de insertarlos en el texto, como suele ser habitual en blogs y otras páginas de internet. La razón es un artículo de Nicholas Carr (1).

Nicholas Carr fue uno de los primeros en escribir sobre los potenciales riesgos cognitivos que podía tener el uso de internet, los smartphones y tecnologías similares, en un artículo que se titulaba Is Google making us stupid? (2) A partir de ahí, Carr y otros, cada vez más, han empezado a escribir sobre cómo el uso de los smartphones y las redes sociales afecta a nuestro funcionamiento psicológico, un tema que me interesa especialmente porque yo soy, básicamente, un adicto a Facebook que trata de rehabilitarse (3). Y del que preveo hablar extensamente en el futuro.

El artículo de Carr presenta que el tener el enlace inserto en el texto promueve el picar en él e interrumpir la lectura del artículo actual para abrir otra ventana. Aunque tengamos la intención de volver inmediatamente al original para seguir leyendo, la distracción ya ha tenido lugar, y ya incurrimos en un coste atencional, esto es, una penalización en la capacidad de concentración por haber cambiado de tarea. Tienes que decidir si picas o no, e incluso si no picas en el enlace el coste cognitivo ya se ha pagado. Está demostrado que leer en hipertexto produce peor comprensión y retención de la información. Y cuantos más enlaces en el texto, peor comprensión.

Algunas personas, tal y como describe Carr, han probado a hacer el pequeño experimento de poner los enlaces todos juntos al final, para facilitar y mejorar la lectura y comprensión de sus artículos, y los resultados parecen ser satisfactorios. Evidentemente esto no es evidencia científica, pero me pareció lo bastante interesante como para hacer la prueba yo mismo. A mí el resultado ya me ha gustado, quizá los lectores queráis darme vuestra opinión.

ENLACES

  1. “Experiments in delinkification” por Nicholas Carr.
  2. “Is Google making us stupid?” por Nicholas Carr.
  3. “De la maldita adicción” en este blog.