Libertad según para qué.

En Facebook, una conversación sobre aborto toma los rumbos que cabe imaginar a lo largo de más de 400 comentarios, y no se deja un tópico sin tocar. Lo normal. 

Entonces interviene mi amigo Jesús Landart, que es un tipo brillante y plantea esto:

Aquí es evidentísimo que todo el debate puede resumirse en contestar a una pregunta muy escueta: ¿Es una persona un feto? Responder a esta pregunta lo es todo. Personalmente me pasma la facilidad con la que mucha gente encuentra la respuesta. A mi me cuesta muchísimo. Llevo media vida pensando en ello, y aún no he encontrado la respuesta. Debe ser que copié en el test de CI. Lo más cercano a una respuesta que me satisfaga es la existencia de actividad cerebral. Si no la hay, yo veo claro que “no hay nadie ahí”. ¿Pero si la hay?

Este debate sobre la actividad cerebral viene a cuento, entre otras cosas, de los plazos que la ley prevé para permitir abortar y demás. Sin embargo, la actividad cerebral o la capacidad de sentir no te convierten en persona. Mira a la ministra de Trabajo. Yo discrepo con Jesús, por mal que me sepa, porque la pregunta clave no es esa. Creo que es la siguiente.

La pregunta es, ¿por qué una mujer no tiene derecho a decidir acerca de algo que pasa en su propio cuerpo? Así de claro.

Si a Jesús le dijeran: “Jesús, vamos a implantar en tu organismo otro organismo que crecerá en él, y será un proceso doloroso, agotador, y además durante la intervención para extraerlo correrás un riesgo considerable”, nadie, empezando por gente que se considera antiabortista, considerará que no tienes derecho a negarse. Es su cuerpo, joder, ¿cómo no va a tener derecho a decidir qué pasa con él y en él?

Pero una mujer se queda embarazada de repente ya no tiene derechos sobre su propio cuerpo. Y la diferencia es que en el caso que le planteo a Jesús, él es un señor con toda la barba. Y se trata nada más que de eso.

A lo que Jesús, lúcidamente, contesta:

De hecho, yo estoy de acuerdo en todo lo que decís y veo meridianamente claro el derecho de las mujeres sin ninguna duda. La cuestión es poder afirmar que no hay más derechos ahí dentro, incluso en un nasciturus, como dicen los letrados, casi a término.

Pero antes de que yo pudiera contestar, le contestó Esther con el argumento que habría hecho yo, y que ella formula muy bien por lo que la cito a ella:

Pero es como el caso del tipo que necesita el hígado, pero peor, porque el necesitado de trasplante SÍ es una persona con todos sus derechos. Y aún así, nadie se cuestiona que tenga ninguno para exigirle a nadie que le dé medio hígado. Y lo mismo pretenden que pueda exigírselo un feto a su madre.

Exacto. Nadie puede obligarte a donar un órgano, por más que la otra persona lo necesite, porque se entiende que tu derecho a decidir qué pasa con tu cuerpo precede al derecho de cualquier otra persona, incluso si es el derecho a la vida. Si yo decido que no quiero donar médula, tengo ese derecho aunque el otro se muera. Y no se discute.

Que sí, que como hay bebés implicados lo perdemos todo de vista porque los bebés son algo brillante, maravilloso y lo más normal es querer protegerles a toda costa. Yo soy padre y lo sé. Mirad:

Mi hija, enseñando lo que es ser una intelectual.
Mi hija, enseñando lo que es ser una intelectual.

La cuestión aquí es que, si el derecho a decidir sobre tu cuerpo es sagrado e incuestionable para un tío, también debe serlo para una mujer. Y recordemos también que defender el derecho de las mujeres a decidir sobre si quieren seguir un embarazo o no implica obligar a nadie a abortar, ni implica que quien quiera seguir adelante con un embarazo no deba tener todas las garantías de que va a poder hacerlo. Eso es retórica antiabortista de tarados.

Qué bien me ha sentado esto, hacía tiempo ya.

 

La gente debe saber lo bien que la gobierno. ¿Y cómo puede saberlo si nosotros no se lo decimos? – Duque Leto Atreides.

A menudo los profesionales libres olvidamos que no hay nada malo en explicar lo buenos que somos en nuestro trabajo y lo mucho que podemos ayudar. Aunque el boca a oreja sea la mejor herramienta, debemos recordar que nosotros debemos ser nuestros principales portavoces y vendedores.

Más lecciones de democracia de Twitter

Ahora que ya ha pasado un montón de tiempo (en términos de Twitter y tal, claro), voy a opinar sobre lo que ha pasado con las declaraciones de Fernando Trueba. No con las declaraciones en sí, porque son irrelevantes, sino con lo que vino después.

Mirad el rostro del enemigo. Foto de Txema Rodríguez (pincha para ver la web)
Mirad el rostro del enemigo. Foto de Txema Rodríguez (pincha para ver la web)

Trueba ha dicho que tiene 58 años y está hasta los huevos de que existan James Bond, Spiderman y héroes así. Y que el cine está tomado por la imbecilidad. Y que a él lo que le gustan son las comedias como las que hace él. Normal, claro, por eso las hace.

Ahora viene la reacción, que ha sido (por lo que he visto en Twitter) bastante vitriólica. Pero mucho. Cientos y cientos de miles de tweets rabiosos echando espumarajos porque un tipo ha dado su opinión. Me apena ver a amigos míos cacareando con la masa, pero tampoco me hago ilusiones sobre lo que nos gusta a todos un buen linchamiento.

Yo creo que la de Trueba es una opinión errónea y absurda, pero lo que me fascina el nivel de agresividad de la gente, como si Trueba les estuviera hablando directamente a ellos. O como si las productoras de Hollywood fueran a prestarle atención y dejar de hacer la próxima secuela de lo que sea. Lo entiendo, élites intelectuales de Twitter, a veces es difícil saber a quién está hablando, pero aún así. Hala, ya he hecho el chiste de bizcos, ¿soy una twitstar ya? Ah no, que no he mencionado el Samsung Jandemorer y tal. No estoy al día.

Twitter es un sitio donde a la peña se le llena la boca hablando de democracia y cosas similares, pero donde el que alguien exprese una opinión contraria a la tuya sólo merece que le insultes, le desees la muerte, te burles de su producción cinematográfica, y de la madre que lo parió. O le llames bizco. Todo porque ha dicho que Spiderman o James Bond le parecen una imbecilidad. EL DRAMA.

Mi compadre Otis B. Driftwood, que es un ejemplo de mesura, explica su pose de un modo razonable (copio y pego varios tweets, porque Twitter no vale para tener una conversación, ni los que estamos ahí queremos tener una, igualmente):

A mí me parece de puta madre que no le gusten ciertos personajes. ¿Pero es necesario decir que son gilipollas? ¿O sólo vamos a criticar a Pérez Reverte el postureo? No sé, igual soy yo, a mí no me gustan películas del tipo Crepúsculo (por ejemplo) y no se me ocurre despreciarlas.

Sin embargo, no estoy de acuerdo. Aparte, no sé a qué se refiere con Pérez-Reverte, pero eso da igual.

Para él es necesario decir que son gilipollas, porque esa y no otra es su opinión. Y si en vez de decir que son películas gilipollas dice que son películas livianas de poca profundidad entonces está mintiendo. Está censurando su propia opinión para que la tontocracia de Internet no le desuelle. Eso sí que es terrible, y no que un señor exprese libremente su propia opinión.

A mi me gusta mucho mucho el cine de acción, el cine fantástico, y soy un fan irredento de James Bond. No puedo, sin embargo, concebir el irritarme porque un señor exprese que a él esas cosas le parecen una gilipollez. Es su opinión. No pasa nada. ¿O es que resulta que la libertad de expresión sólo está bien para los que opinan como nosotros? 

Para el típico nerd con presencia en Internet, así es, parece. Por supuesto, en todo hay honrosas excepciones.

Si de verdad te crees lo que predicas, entonces las únicas reacciones democráticas posibles ante una afirmación como la que hace Trueba son:

  1. Asentir, encogerse de hombros ante una opinión diferente a la tuya, y aceptar alegremente que hay gente con gustos diferentes a los tuyos sin que tu autoestima sufra por ello.
  2. Si le tienes delante y te interesa de verdad, pedirle que te explique por qué opina eso. A continuación, aplicar el punto 1.

Llevo mucho tiempo diciendo que, a pesar de mis hobbies, los frikis me parecen profundamente pesados porque es un colectivo que, ahora que está empezando a marcar tendencias, ha visto disparados sus niveles de narcisismo (qué pesado soy, ¿eh?) hasta niveles insufribles. Particularmente uno de los dos sexos, pero eso es pan para otra tostada. Con lo de marcar tendencia en realidad lo que ha pasado es que las grandes corporaciones del entretenimiento se han dado cuenta de que la mayoría de los frikis son gente muy dispuesta a gastar dinero en polladas que, a menudo, tienen una calidad ínfima, en tanto que salga su muñeco / personaje de vídeojuego / cómic / lo que sea favorito, y que sí, luego mucho llorar por Internet pero a la siguiente secuela van igualmente. Que se lo digan a George Lucas. O a los que están haciendo la precuela de Watchmen.

Ahora el colectivo friki se cree con el derecho de erigirse en censores y en jueces, dispuestos a descargar su inútil e impotente rabia sobre alguien que se atreva a decir que sus iconos son, en muchos casos, una gilipollez. Porque lo son. Son gilipolleces que nos encantan, pero vamos a ser serios.

E igual que nosotros no tenemos por qué defender ni justificar que nos gusten las pelis de acción o de súperheroes o de cualquier tipo, Trueba no tiene por qué defender ni justificar que a él le parezcan gilipolleces. Es una opinión, y ya.

Me pregunto qué clase de autoestima es necesario tener para que la opinión de un director que tiene cero impacto sobre tu vida en modo alguno y cuyas películas probablemente no ves, de todos modos, te provoque una reacción así. Aquí hay tema para otro post.

Visto en Facebook. Ah, la ironía.
Visto en Facebook. Ah, la ironía.