De cómo nos jodemos la vida (VII)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.

Nos cuesta un mundo cambiar, hacer lo que necesitamos para ser felices y mejorar nuestras vidas, Nos cuesta mucho no joder nuestras relaciones con los demás. Y en parte, es porque creemos que la felicidad es para retrasados.

Imagina a una persona perfectamente feliz. Hay una elevada probabilidad de que se parezca a este tío.

Feliz como una perdiz
Feliz como una perdiz

En realidad tú no crees que sea feliz, sino que es demasiado tonto, o que le falta lucidez o capacidad de darse cuenta de las cosas, porque claro, la ignorancia es una bendición y mucha gente piensa que la gente más tonta es más feliz “porque tienen menos preocupaciones”.

John Wayne estaba tan lejos de ser un psicólogo como dos cosas pueden estarlo en esta vida, pero tiene una cita que resume muy bien la veracidad de esa idea.

La vida es dura. Es más dura si eres estúpido.

Esa es la realidad: si eres más listo, tienes más capacidad para adquirir herramientas que te permitan afrontar las situaciones de la vida con éxito, y por ello ser más feliz. Pero no, nosotros nos pensamos que los genios son gente que bebe hasta matarse porque claro, con toda esa lucidez el dolor del mundo es demasiado para ignorarlo. Sobre todo si son conscientes de sus propios fallos. ¿Pero eso no debería ser una buena cosa? ¿Acaso una persona más consciente de sus fallos no está en mejor posición para corregirlos?

Y aquí es donde entra la paradoja de la autoabsorción (mala traducción mía, qué le vamos a hacer): resulta que mayores niveles de autoconocimiento pueden desembocar a la vez en mayor sufrimiento psíquico, y en mayor bienestar psíquico. ¿Cómo es eso? Porque el autoconocimiento puede venir en dos formatos: auto-reflexión (analizar mis pensamientos y acciones para ver cómo mejorar) y auto-rumiación (enfocarme incesantemente en todas las cosas que dan asco de mí). Lo primero te hace más feliz y popular, lo segundo te hace miserable, hasta el extremo de odiar a la gente feliz porque no está revolcándose en el barro contigo.  ¿Cómo hacer una cosa y la otra no? La mayoría de gente no sabe sin ayuda de drogas. ¡Bravo!

Esto remarca la idea de que el optimismo es casi una idea delirante. Viene, en realidad, de una profunda incomprensión de lo que debería significar el optimismo, por contraposición a lo que la puta industria de la autoayuda y el pensamiento positivo han logrado que sea.

Optimismo no es pensar que todo va a salir bien porque sí, o que no deberías preocuparte de nada porque todo se arreglará de un modo u otro. Eso es, de hecho, destructivo y negativo para ti, acabará contigo y esa es la razón por la que los coaches cuñados del pensamiento positivo a todo trapo deberían arder en el infierno, son tóxicos. La definición psicológicamente útil de optimismo es la que usaban, como no, los filósofos estoicos:  optimismo es aceptar que la realidad puede ser horrible y que puedes sobreponerte a ella si persistes. Esta es la llamada paradoja de Stockdale, y fue observada por un miembro del ejército estadounidense llamado así, durante el tiempo que pasó como prisionero del Vietcong, tras ser derribado en 1965, y pasar 7 años y medio siendo torturado y resistiendo de todos los modos posibles (incluyendo la autolesión) el ser usado como arma de propaganda por su enemigo. James Stockdale decidió que él tenía que salir de ahí, que él saldría de ahí, y su método para manejar la situación fue el siguiente: primero, aceptar que su situación era inimaginablemente espantosa, y segundo, no dejar de repetirse que él podía sobrevivir a ello. Desarrolló un sistema de comunicación en código para que los prisioneros, en principio aislados, pudieran comunicarse y consolarse entre sesiones de tortura. Escribió largas cartas a casa llenas de información en código sin tener ni idea (ni preocuparse) de si iban a llegar o no. Dicho claramente: Stockdale convirtió su auto-reflexión en acción, en vez de en rumiación. Y dedicarnos a la acción nos mantiene cuerdos porque nos da sensación de control.  Por eso, las terapias psicológicas que funcionan ponen mucho énfasis en que el paciente haga cosas, porque eso le da sensación de control y es terapéutico en sí.

Un hombre de los que le gustan a mi amigo Recuenco.

Y aquí viene la paradoja de Stockdale: el hombre seguía haciendo lo que hacía sin tener ninguna certeza de que fuera a servir para algo. Pero lo que le hizo sobrevivir fue el esfuerzo. ¿Quiénes fueron los que no sobrevivieron? En palabras de Stockdale:

Oh, esa es fácil, los optimistas. Oh, esos eran los que decían, ‘Estaremos en casa para Navidad.’ Y llegaba y pasaba la Navidad. Entonces decían, ‘Estaremos fuera en Pascua.’ Y la Pascua llegaba y se iba. Y entonces Acción de Gracias, y entonces Navidad otra vez. Y morían de pena.

Y esta es otra de las maneras de jodernos la vida, que en realidad no es nueva. Sea por un exceso de optimismo (todo va a salir bien, no he de hacer nada) o por un exceso de pesimismo (no voy a tener éxito, para qué intentarlo) no hacemos nada. Y no cambiamos. Cuando es la acción, el hacer cosas lo que a menudo nos salva. Valoramos demasiado el pensar en las cosas como si es que eso equivaliese a actuar. Y nuestro cerebro se convence de que somos impotentes o que no tenemos que hacer nada.

De cómo nos jodemos la vida (VI)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.

Vamos a hacer una prueba muy sencilla, inspirada en el fenomenal libro de Laura Vanderkam 168 horas: tienes más tiempo del que creesEs fantástico, es sobrio, y es una de las inspiraciones de esta serie. Será breve, y pondrá lo que hemos estado contando en perspectiva. Va en serio, intentad hacerlo, por favor. Nadie lo verá.

Primero: coge un papel y un boli. Escribe, resumidamente, lo que hiciste ayer. No hace falta que te pongas megadetallado, no escribas si cagaste o comiste. Sé completamente honesto, sólo lo vas a ver tú. Igual es algo así.

9:00-18:00: trabajar.

18:00- 20:00: mirar internet, hacer el ganso en facebook, cosas de casa, recados.

20:00 – medianoche: ver TV, ¿leer? (venga ya).

¿Lo has hecho? Toma un hotcake.

Segundo: en otro papel escribe las 5 cosas más importantes en tu vida, más o menos en orden de más a menos importancia. Podría ser algo así como:

  1. Cuidar de mi familia y amigos.
  2. Mejorar en mi trabajo.
  3. Encontrar el amoooooorrrrrllll.
  4. Mejorar el mundo.
  5. Perder tosino.

Una lista estupenda. Si la encabezaras con las palabras “Yo creo en…” tendrías una estupenda Filosofía de Vida. Si luego fueras a un concurso de misses y alguien te preguntara por tu filosofía vital, o te entrevistaran en la Contra de la Vanguardia, podrías decirlo. Y quedarías muy molón.

Tercero: Coge la primera lista de cosas que hiciste, y reordénala de más a menos tiempo invertido  en cada cosa. Así para la persona del ejemplo la cosa quedaría como:

– Trabajar

– Ver TV / leer

– Mirar internet, recados de casa.

Escribe al principio de la nueva lista “Yo creo en…” Coge la 2ª lista y límpiate el ojete con ella porque es mentira, no es relevante, no importa. ¿Cómo? ¿Que me equivoco? ¿Que esas cosas son importantes para ti? ¿Y cómo es que ninguna de ellas aparece en esta nueva lista? Coge esta tercera lista y mírala. Mírala bien.

Felicidades, esa es tu verdadera filosofía de vida.

Y no vengáis a tocarme la moral con que ayer no vale porque era un día excepcional, haced un cómputo de la última semana o del último mes. Si sois como yo y como el 99,99% de las personas que conozco, la lista 1 y la lista 2 no tienen nada que ver. Las cosas que dices que te importan y las cosas en las que inviertes tiempo y energía son conjuntos que no se solapan.

Y daros cuenta: esa filosofía de vida de la lista 2 ni siquiera es una mentira para quedar bien con los demás, nadie va a ver esa lista. Esas son las mentiras que nos contamos para quedar bien con nosotros mismos.

¿Y dónde nos lleva todo esto? A la siguiente forma que tenemos de jodernos la vida: nos engañamos pretendiendo que en unos años seremos mágicamente diferentes, cuando en realidad seremos más y más nosotros mismos. 

El tipo que trabaja en un curro cutre y te dice que un día quiere cambiar de empleo y currar en algo más cualificado, pero que no ha pasado ni un minuto hoy adquiriendo las cualificaciones necesarias para desempeñar ese trabajo. No se ha apuntado a un curso, ni ha hecho planes para ello. Simplemente tiene la idea de que no se quedará en ese trabajo para siempre, porque de modo más o menos mágico evolucionará para convertirse en el tipo de persona que se interesa por otras cosas.

Lo que eres hoy es lo que vas a ser dentro de 10 años, pero elevado a la 3482564 potencia, a no ser que cambies lo que hagas hoy. Porque los seres humanos no cambiamos de motu propio, de motu propio nos calcificamos. ¿No me crees? Hay abundante evidencia de que los rasgos de la personalidad tienden a solidificarse con la edad, una vez ha acabado de formarse, y cambiar rasgos requiere un esfuerzo sostenido en el tiempo.Y esa ilusión se sostiene porque somos capaces de pensar que nos importan unas cosas mientras dedicamos tiempo y energía a otras. 

De cómo nos jodemos la vida (V)

Hay un problema con la palabra “querer”. Es muy grave. Y ese problema está en el corazón de todas tus ambiciones sin cumplir.

Recordemos: cambiar nuestra vida a mejor es muy jodido, y a menudo fallamos. Las razones que hemos visto:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.

A esto le añades el maldito uso de la palabra “quiero”.

El problema es que usamos la misma palabra (“quiero”) para dos significados completamente diferentes, como si fueran intercambiables. Observa. “Quiero” puede ser:

A) Una afirmación de intención: “Quiero recoger la colada antes de que llueva”. Es algo que ocurrirá porque está bajo tu control.

B) Una afirmación de un deseo general sobre algo acerca de lo que percibes que no tienes control: “Quiero la paz mundial”.

Y a menudo cambiamos los significados de la palabra en la misma frase, sin darnos cuenta, y nos engañamos diciendo que tenemos una intención cuando, en realidad, sólo tenemos un deseo general. Pero para el cerebro pensar en actuar puede ser tan válido como actuar, y por eso la gente pierde su tiempo compartiendo mensajes reivindicativos y estúpidos en Twitter y en Facebook y piensan que es importante que las redes sociales ardan. Para tu cerebro, no hay tanta diferencia en darle al Compartir una chorrada de meme o ir a una manifestación, si en realidad no quieres conseguir un cambio, sólo tienes el vago deseo de que las cosas cambiaran.

¿Conocéis a esa gente que está interesadísima por la productividad y que pasa horas y horas leyendo sobre el tema sin producir un carajo? De nuevo: eso es porque para tu cerebro hay poca diferencia entre pensar en actuar y actuar, y muchas veces considera que ya has empezado el esfuerzo de cambiar sólo con pensar en ello. De coña, ¿eh?

Ahora mira a tu alrededor, a ver cuánta gente está en trabajos de mierda y que “quieren” ser ricos o famosos, con sólamente una vaga noción de quizá algún día podrían hacerse famosos (si Belén Esteban lo hizo yo también puedo, ¿no?), o podrían ir a un reality. Ahora mira a todos los MBAs preparándose para trabajar 60-80 horas a la semana porque “quieren” forrarse. La diferencia entre ambos grupos es la noche y el día, y los del primer grupo ni siquiera se dan cuenta.

Y estoy empezando a pensar que en realidad el mundo se divide entre los que tienen una idea clara de lo que significa querer algo – incluyendo los costes totales y los sacrificios para conseguirlo – y los que no lo saben y lo dejan en un “estaría bien conseguir lo que quiero”. Los primeros deciden qué es lo que quieren, pagan el precio y se dirigen a por ello como tiburones. Los segundos miran a los primeros, sacuden la cabeza y se preguntan ¿Cómo lo hacen? como si es que los otros tuvieran un truco mágico o algo así.

Y no estoy diciendo con esto que todos debáis hacer un MBA y empezar a trabajar 70 horas a la semana ni nada de eso. NO. Estoy diciendo que mientras muchos de nosotros nos tomamos un café con los amigos y hablamos de cómo “queremos” ponernos en forma, empezar a estudiar, perder peso, o mantener el contacto con amigos, o lo que sea, hay gente que evalúa lo que ese deseo cuesta, y lo pagan, y lo consiguen. No se cuentan historias sobre lo que quieren ni se cantan canciones, sino que pagan el precio.

¿Te da miedo esa gente? Claro que te da miedo, porque eso es echar un vistazo a lo que cuesta conseguir grandes cosas. Sabías que Steve Jobs era un puto psicópata, ¿no? La próxima vez que te pregunten si quieres ser rico, piensa muy bien en lo que quieres de verdad y en lo que significa. En lo que te costará. En el tipo de persona en el que te tendrás que convertir.

Y en realidad esto es de lo que va esta serie: al final, todos más o menos conseguimos lo que queremos. No lo que decimos a los demás que queremos para quedar bien con ellos, ni lo que nos decimos a nosotros mismos para seguir satisfechos con nuestras vidas, sino lo que realmente queremos, porque a eso es a lo que dedicamos el tiempo y las energías. El problema es que nuestro cerebro viene con muchos mecanismos (y seguiremos hablando de ellos) destinados únicamente a proteger nuestra autoimagen antes que a conseguir cosas, y hay que luchar contra nosotros mismos  para superarlos.

Para averiguar lo que alguien quiere, no tienes que preguntarle nada. Sólo mira lo que ha hecho hoy, y a qué ha dedicado el día. Eso es respuesta suficiente. Quieres cambiar, empieza por ahí.