De cómo nos jodemos la vida (III)

Se acerca la Nochebuena, así que toca hablar de joderse la vida. Antes hemos hablado de cómo nos jodemos la vida a nosotros mismos. Ahora hablemos de cómo nos la jodemos en nuestro trato con los demás.

Una cena de Navidad como cualquier otra.
Una cena de Navidad como cualquier otra.

Hoy vamos a hablar de efectos irónicos, que son la pura definición de joderse la vida. Un efecto irónico, en psicología, es aquel que se produce cuando lo que hacemos tiene un efecto contrario al que deseamos. ¿No os ha pasado nunca que, cuanto más queréis dormir, más fácil es estar despiertos? ¿O que cuanto más pensáis que no debéis olvidar algo, más probable es que se os olvide? Eso son efectos irónicos, y tus relaciones con los demás están llenos de ellos. Y te jodes la vida y te jodes las relaciones.

Para empezar, hablemos de la paradoja de Abilene. Este es un interesante efecto que demuestra cómo, al tratar de parecer menos egoístas, acabamos jodiendo la vida a todo el mundo. Porque esta es una de nuestras mayores cagadas: mentimos a los demás todo el tiempo acerca de lo que queremos de verdad, para parecer menos egoístas. Y al final, a menudo, nadie consigue lo que quiere.

¿Cuál es la definición de cabrón? En muchos casos, acabaría siendo algo como “aquel que siempre pone por delante sus intereses frente a los del resto”. Es una definición funcional. Y claro, ser lo contrario de un cabrón es fácil: sólo tienes que poner siempre las necesidades del resto por delante de las tuyas. ¿Verdad?

Pero esas personas (si existieran) serían una pesadilla para los demás. Y si tienes más de una en un grupo, nada funciona.

La paradoja de Abilene, entonces. Funciona como sigue: has tenido una semana de mierda, y has quedado con tus amigos el viernes por la noche. Resulta que nadie ha cenado aún y tú tampoco, así que antes de ahogar tu pena en alcohol (porque claro, todos estáis sin hijos), parece que se impone ir a pillar comida. Todo genial.

Entonces preguntas a la gente qué quiere. Porque claro, eso te evita hacer una sugerencia tú – te importa su preferencia, no la tuya. No eres un cabrón.

María sugiere un kebab. En realidad no le gusta mucho, pero hay uno cerca y nadie se quejó la última vez. En realidad ella querría ir a un italiano buenísimo pero se figura que la gente no tiene ganas de cena de mantel y pagar más dinero. E imponer su preferencia es de cabrones. Así que propone kebab como compromiso que hará más o menos felices a todos.

Pepe dice “Por mí vale”. En realidad no vale, no le gusta particularmente ese kebab por grasiento y porque se pasará la noche tirándose pedos como un caballo, pero María es su novia y no va a llevarle la contraria hoy, porque hay que ser capullo, y porque así él sentirá que su novia le debe una.

Carlos dice que vale, aunque en realidad no le vale, pero es mejor una decisión rápida que discutir torpemente o un silencio indeciso. Él preferiría ir al italiano que fue con María pero si dos amigos han dicho ya que kebab, no les va a llevar la contraria, porque no es un capullo.

Claro, todo el mundo te mira a ti, y tú no vas a ser el gilipollas que les lleve la contraria a todos y dar la nota, insistiendo en que prefieres pasar del kebab mugriento de la esquina e ir, por ejemplo, a un restaurante de verdad, como el italiano del que te habló María. Así que todos váis al kebab. Otra vez.

Este es el problema: todos quieren parecer generosos y anteponer las preferencias del resto a las suyas, y para ello ocultan las propias, pero el problema es que para poder anteponer las de los demás tendríamos que conocerlas, y no podemos porque ellos también están ocultando las suyas. Así que en realidad estamos todos trabajando con unas premisas falsas, de modo que acabamos tomando decisiones que no gustan a nadie.

La clave de que se de esto es que tenemos confundido lo que es ser un cabrón egoísta: no eres un cabrón egoísta por decir todo el tiempo lo que quieres de verdad, eres un cabrón egoísta según cómo te comportas cuando no lo consigues.  De hecho no sé vosotros, pero para mí el andar todo el tiempo ocultando lo que quieres de verdad para aparentar ser más noble y desprendido es una capullada bastante egoísta.

Y claro, eso te lleva a la consecuencia: no queremos ser una carga para los demás, así que nos acabamos convirtiendo en una carga mayor para los demás.

No, en serio, no te preocupes por mí.
No, en serio, no te preocupes por mí.

A nadie le gusta la idea de ser dependiente. Es una palabra con unas connotaciones espantosas. Todos queremos ser independientes y no necesitar a nadie. De hecho, esa es una de las cuestiones fundamentales de la derecha, que todos esos servicios y beneficios sociales hacen que la gente se vuelva acomodaticia y dependiente.

Imaginemos una situación:

– Oye, necesito que me dejes 3000 €, porque me van a embargar si no.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Pedí dinero a una empresa de esas que se anuncian por la TV. Eran 750 € hace 2 años, que con los intereses suben a 3000.

– ¿Y POR QUÉ MIERDA NO ME PEDISTE 750 HACE 2 AÑOS?

– No quería ser una carga.

A esto se le llama paradoja de la dependencia: al no querer ser un coste, acabas costando más que si hubieras admitido necesitar ayuda en primer lugar. Esto pasa en todas las relaciones, y a todos los niveles. De hecho, cuando uno de los miembros de una pareja o cualquier otra relación admite necesitar ayuda, las cosas mejoran en la relación (irónicamente, haciendo a ambos miembros de la relación más independientes).

Esto es así desde la infancia. Formar vínculos de apego y dependencia es necesario, no sólo para la supervivencia, sino para el desarrollo correcto de la psicología de uno. Si dejas a un bebé o a un crío que se busque la vida por sí solo, suponiendo que no se muera, no tendrás un adulto más independiente y fuerte, sino una persona rota.

Ser autosuficiente no significa no pedir nunca ayuda. De hecho, tener necesidades de vez en cuando hace que caigas mejor a los demás, porque te hace más humano. El mundo está lleno de gente destrozada porque no eran capaces de admitir que necesitaban ayuda, y que acarrean relaciones rotas como resultado. Por eso hay gente que es tan rápida a la hora de rechazar cualquier cosa que podría hacerles felices, o que desprecian y se enfadan ante cualquiera que pide ayuda. A menudo sacrificamos nuestra propia felicidad con tal de quedar bien delante de la tribu.

De cómo nos jodemos la vida (II)

Va, venga, vamos a ponernos alegres.

Tienes una infección bacteriana que no se irá nunca. Necesitas un tratamiento abrasivo en tu sistema digestivo al menos tres veces al día, y visitas regulares al médico durante el resto de tu puta vida. Si lo haces, no tendrás mucho problema. Si no lo haces es muy probable que se pudra un trozo de ti. Vale, no es una sentencia de muerte, pero qué palo ¿eh?

Estamos hablando de lavarse los dientes, muchachos.

¿A que lavarse los dientes es una tarea sencilla y no una carga monstruosa? Claro que no: porque no te pasas el día contemplando la montaña de cepillados de dientes que te quedan por hacer antes de morir. No. Ni en la de veces que te has de peinar. O en la de veces que has de ir al baño. Sólo tienes que pensar en la siguiente vez.

Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio,
Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio.

Cuando queremos cambiar, necesitamos un por qué que nos podamos creer, o no lo haremos. Pero incluso teniendo un por qué, fallamos porque pensamos en la tarea en su totalidad, y a nuestro cerebro eso no le gusta. Es como ponerte a pensar en la oposición que has de hacer, y en esa montaña de texto que estudiar para esa fecha que queda tan lejos… A tu cerebro se le antoja una tarea monumental.

Cuando te lavas los dientes tu meta a largo plazo (tener dientes) se olvida en favor de una tarea pequeña (el cepillado que te toca en ese momento). Conseguimos alcanzar la meta global a base de no pensar en ello. ¿Y sabes qué? Si consigues aplicar esa idea a cualquier cosa, eres capaz de hacer lo que te propongas. Cualquier cosa.

Cuando has de acometer una tarea, no has de pensar en lo que te queda por alcanzar hasta el final. Sólo existe lo que te toca hacer hoy. Y a menudo eso es abarcable.

Gene Wolfe es un escritor muy prolífico de fantasía y ciencia-ficción. Lleva muchos años en ello, y ha escrito miles y miles de páginas, una cantidad que hace que Juego de Tronos parezca un folleto del Media Markt a su lado. Y durante 14 años, lo hizo mientras trabajaba como ingeniero.

El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.
El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.

Gene Wolfe sólo tiene un “secreto” para ese éxito. Cada día escribe dos páginas. Dos putas páginas. El resto del día lo dedica a revisar otros textos, hacer promoción, o hacerse fotos como la de arriba. Dos putas páginas. Eso sí: las hace como el lavarse los dientes. Cada día, sin vacaciones, sin librar, sin excusas. Es como lavarse los dientes o irse a mear. No se dice a sí mismo “hoy hace un día muy bonito / feo / claro / lluvioso / es temprano / tarde…” Todos los días son día de escribir. Dos páginas. En 365 días, son 730 páginas. Eso son dos novelas de tamaño medio, o un tochaco. Mira, ahí lo tenéis. El secreto de ser un escritor es sentarse a escribir un poco cada día. Son 10000 por el consejo.

¿Por qué fracasamos? Porque nuestro estúpido cerebro no puede dejar fácilmente de pensar en todo lo que viene después. Tiende a hacer películas de lo que queda por hacer, y claro, es tanto, es tan difícil. Escribir todo, revisar, mandar a un editor, que lo acepte, promocionar…

¿Quieres ponerte en forma? Olvídate de toda esa mierda de las metas, y los pósters motivacionales de tíos rajados diciendo imbecilidades, y eso de que cuando lleves x meses levantarás tanto o pesarás tanto menos o se te marcará lo otro. Simplemente haz algo todos los días. Procura hacer un poco más o algo más difícil cada día. Cuando estés en ello, no pienses en lo que te queda. Sólo quieres hacer una repetición más. Una más. Hasta que acabas.

¿Quieres dejar de fumar? Es horrible pensar que no fumarás nunca más. Es más fácil pensar que no tienes que fumar hoy. Date permiso para fumar mañana, sólo tienes que aguantar hoy.

No dejes que tu mente te engañe. No pienses en metas. Piensa en el siguiente paso. Sólo eso.

Aunque esta idea no es mía, la desarrolló Scott Adams, el autor de Dilbert. Pero no debería enlazar su blog porque los guerreros de la justicia social de Internet dicen que es un cerdo machista, un malvado, y tal.

De cómo nos jodemos la vida (I)

Hay muchas maneras de joderse la vida. Muchas. Da igual que vivamos en lo que, comparado con hace un siglo y más atrás, es una Era Dorada sin precedentes, llena de maravillas inigualables (porque como ya demostró el nunca lo bastante alabado Yuri, el pasado era una mierda). Da igual, porque la naturaleza humana no ha cambiado en todos estos milenios. Nuestros cerebros hacen el trabajo que tenían que hacer para mantenernos vivos hace 100.000 años. Claro, en este entorno, no siempre es lo mejor. La gente es gente, que dirían mis ídolos.

Para empezar, muchas veces sabemos perfectamente lo que hemos de hacer. A lo largo de estos años he visto a muchas personas en la consulta y en talleres y cursos que sabían perfectamente lo que habían de hacer. Lo sabían, lo habían estudiado, lo entendían. Y no lo hacían. No lo hacen. No lo hacemos.

Tenemos esta estúpida idea de que somos racionales, y que si se nos dan razones objetivas para no hacer algo, así como herramientas para hacer algo mejor, automáticamente nos daremos cuenta de cuál es el curso correcto de acción y haremos lo que se debe. Claro que sí, ¿verdad?

¿Tú fumas? ¿Bebes? ¿Pasas de hacer ejercicio? ¿Haces algo que no debes? Claro que sí.

Imagina que quieres ayudar a la gente a dejar de fumar, o a cumplir las normas de tráfico. Tienes dos opciones.

1) Ponte agresivo, pon fotos de accidentes, tumores del tabaco, niños atravesando parabrisas, gente mutilada, enseña lo que el tabaco o una colisión hacen al cuerpo humano.

2) Enséñales buen material sobre cómo dejarlo, con procedimientos y pasos sobre cómo hacerlo.

¿Qué es lo que ha funcionado mejor a lo largo del tiempo? Si pensáis que la opción 2, mal. Una y otra vez, los cambios más relevantes en la conducta de fumadores y gente al volante se han dado con campañas de agresión, o prohibiciones directas (prohíbe fumar en el trabajo y en los bares, y de repente mucha gente se anima a dejarlo). O, más claramente: las campañas que te explican por qué dejarlo, en vez de cómo.

Fallamos a la hora de cambiar porque, en realidad, no tenemos un por qué que nos creamos. No porque no sepamos cómo hacerlo.

Daos cuenta: si de verdad quieres hacerlo, si de verdad tienes claro el por qué, averiguar cómo hacerlo suele ser una cosa trivial. El método no importa, el método es la excusa que nos ponemos para afrontar el hecho de que en realidad no queremos cambiar nada.

¡Conozco a un pavo que perdió 30 kilos con la dieta transformer!

No. Conoces a un pavo que tenía tan claro que quería perder peso, que estaba dispuesto a hacer un plan y adherirse a él. Lo cierto es que casi todas las dietas funcionan porque, al final, casi todas las dietas acaban restringiendo las calorías que ingieres. La clave es seguirlas.

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

Cada año se venden millones y millones de euros y dólares en máquinas y programas de ejercicio. ¿Crees de verdad que hacen falta? ¿Cuántas de esas personas pagaron ese dinero pensando que ese objeto sería lo que les convertiría en las personas con el físico que querían?

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

No necesitas nada, y lo sabes. Si quieres hacer ejercicio sólo necesitas un trozo de suelo, y puedes hacerlo ahí, en bolas. No necesitas el abcrunchermonguer, ni pesas rusas, ni nada.

Prueba a hacer ejercicio con un desconocido apuntando a tu cabeza con una pistola, con instrucciones de volarte un trozo de carne si no consigues hacer la rutina. Ya verás lo rápido y lo bien que la haces, y cómo esas repeticiones imposibles salen, y cómo ese peso imposible se levanta. Porque una vez que el por qué está resuelto, lo demás sale solo.

El otro día comía con una amiga que decía que ella usaba pesos de 1 y 2 kilos en el gym porque no podía con más. Llevaba un bolso que pesaba bastante más que eso. Maneja archivadores de papel que pesan más que eso. Básicamente, estaba diciendo que no puede hacer la compra.

Malcolm Gladwell usó la palabra japonesa harajuku para designar esos momentos en los que tienes una revelación que te impulsa a actuar de modo inevitable. Lo que viene a ser tocar fondo, vaya, pero con más molonidad. Porque eso es lo que necesitas para cambiar: tocar fondo. Nadie hace nada hasta que no toca fondo. ¿Sabéis cuánto tiempo suele tardar una persona en acudir a buscar ayuda cuando tiene una depresión? 5 años. Si no más. No vienen hasta que no pueden más, hasta que no es insufrible, hasta que la gente a su alrededor les empuja y les amenaza con dejarles.

¿Esas personas que parecen hacer mil cosas, con días que les cunden a tope y que siempre están haciendo algo? Son como tú y como yo, pero ellos, mentalmente, tienen a alguien con una pistola en su cabeza, cada día, todo el día. Se han mirado en el espejo y han visto algo que les impulsa a hacer dieta de verdad. Les han diagnosticado una enfermedad mortal si no dejan de fumar. Lo que sea. Tienen claro el por qué.

Y por eso no cambiamos. Porque no tenemos un por qué que nos convenza, y todo lo demás es postureo.