De cómo cambiar tu vida (VI): El hábito sí hace al monje

Vale, hemos estudiado nuestro entorno y hemos visto qué momento, lugar y compañía son los más propicios para nosotros. Ahora queremos automatizar lo que queremos cambiar para convertirlo en un hábito. Si lo logramos, tenemos un gran trozo del trabajo hecho. Los hábitos te hacen y te deshacen. Los buenos hábitos te ayudan muchísimo, y los malos te destrozan la vida. Así que si queremos cambiar la vida, hay que identificar qué hábitos queremos crear y cuáles queremos eliminar. Así el Jinete no ha de gastar energía guiando al Elefante, y vamos donde queremos. Fácil, ¿no? No. O sí. Veremos.

El título de la entrada no es casual: es importante recordar que al final somos lo que hacemos, no lo que decimos ser, ni lo que decimos que nos gustaría hacer, ni nada de eso. En psicología, los hábitos son los que hacen al monje.

Y los pájaros te cagan encima igualmente.
Y los pájaros te cagan encima igualmente.

 

Coger hábitos y dejarlos es fácil si has elegido el entorno adecuado. La gente que intenta dejar de fumar en vacaciones tiene más éxito porque, si no están en los lugares asociados con fumar, no fumar resulta más fácil. En la guerra de Vietnam, la tasa de consumo de heroína entre los jóvenes estadounidenses era del 1% Sin embargo, entre los que fueron a Vietnam, el 50% había consumido droga puntualmente, y el 20% era adicto. Los yanquis estaban aterrados de pensar en qué pasaría cuando miles de yonquis volvieran a casa. Pero no pasó nada. Entre los soldados que volvieron a casa, al cabo de un tiempo, la tasa de adicción era… del 1% Exactamente la misma. ¿Por qué? Porque el entorno les ayudaba a no consumir.

Además de tener en cuenta el entorno, que ya deberíamos haberlo hecho, lo siguiente es preparar la mente, sobre todo, preparar al Jinete. Y aquí reclutamos a un psicólogo llamado Peter Gollwitzer y a su compañera Verónika Brandstatter, que en 1999 descubrieron algo asombroso a la hora de crear hábitos. Llamaron a la técnica “intenciones de implementación”, pero muchos lo llaman “desencadenantes de acción”, y ese nombre ha acabado siendo más popular.

Básicamente, un desencadenante de acción es la representación mental exacta de una cadena de hechos. Por ejemplo: en cuanto deje a MiniMóni en la guardería, iré a casa a entrenar, en el comedor, con esta ropa de deporte.

Parece una chorrada, pero Gollwitzer y Brandstatter descubrieron que la mera formulación de una descripción detallada del entorno de la acción aumentaba enormemente las posibilidades de que la acción se llevara a cabo. Lo pusieron a prueba con un grupo de universitarios que podian conseguir un punto extra en una asignatura si entregaban un trabajo acerca de cómo pasarían la Nochebuena. La trampa: para conseguir el punto extra debían entregar el trabajo el 26 de diciembre. Muchos alumnos tenían intención de hacerlo y se apuntaron, pero sólo el 33% lo hizo en el grupo de control.

Sin embargo, en el grupo experimental, los alumnos tenían que dar un pequeño paso extra: tenían que definir, antes de irse de vacaciones, los desencadenantes de la acción, esto es, decir dónde y cuándo exactamente harían el trabajo (e.g., “lo haré en el despacho de mi padre, el 25 por la mañana, antes de que mi padre se levante”). Los alumnos entregaban una copia de estos desencadenantes a los investigadores y se llevaban una a casa. ¿Cuántos de estos alumnos hicieron el trabajo?

El 75%. Nada mal para una cosa tan modesta. En término medio, los alumnos tardaron 2 minutos en decidir y escribir sus desencadenantes de acción.

¿Significa esto que sólo por imaginar el momento y lugar de la acción ya lo vas a hacer? ¿Tienen razón los coaches del pato con el pensamiento positivo y toda la mandanga? Sí y NO. Gollwitzer aclara que los desencadenantes no te pueden obligar a hacer algo que realmente no quieres hacer. Si no quieres ir al gimnasio pero te dices que quieres ir porque te dan la vara en casa, no lo harás (tendrías que manipular al Jinete o al Elefante de maneras que veremos más adelante). Pero sí te motivan a la hora de hacer las cosas que crees que hay que hacer.

Los desencadenantes de acción funcionan porque anticipan la decisión. Al anticipar la decisión, el Jinete conserva la fuerza de voluntad en el momento de llevar a cabo la acción. Es más, según Gollwitzer, cuand elaboramos un desencadenante de acción, pasamos el control de la decisión al entorno (“cuando esté en tal lugar y en tal momento, haré tal cosa”).

Gollwitzer también descubrió que los desencadenantes funcionan mejor en las situaciones más difíciles, las que más autocontrol y voluntad exigen. Cuando es un objetivo fácil, el porcentaje de cumplimiento sube de un 78% a un 84%, pero en objetivos considerados difíciles por los participantes de los experimento de este equipo, el cumplimiento pasaba del 22% al 62%, esto es la tasa de cumplimiento se triplicaba.

¿Queréis un ejemplo demoledor para daros cuenta de que no tenemos excusa? Usemos a los abuelos.

Coge un grupo de abuelos con una edad media de 68 años, recuperándose de operaciones de cadera y rodilla. Antes de la cirugía llevan una media de unos 18 meses con dolor. Normalmente, las operaciones empeoran las cosas al principio: los pacientes necesitan asistencia para ducharse, acostarse o ponerse de pie. La recuperación es larga y dolorosa.

Gollwitzer cogió un grupo de control de estos pacientes y observó su velocidad de recuperación de la autonomía. Otro grupo recibió el encargo de definir desencadenantes para sus acciones de rehabilitación: por ejemplo, si vas a dar una vuelta, escribe aquí cuándo y adónde piensas ir. Así de fácil.

Los resultados fueron pasmosos.

Esta podría ser mi señora cuando se haga mayor.
Esta podría ser mi señora cuando se haga mayor.

Los pacientes del grupo de control se empezaron a bañar solos a las 7 semanas de la operación. Los pacientes que definieron desencadenantes de la acción se a las 3 semanas. Los del grupo de control se ponían en pie solos a las 7,7 semanas. Los pacientes que usaron desencadenantes a las 3 semanas y media. Así mismo, eran capaces de entrar y salir de un coche en un mes tras la operación, mientras que los del grupo control tardaron 2 y medio. Haced números.

Gollwitzer insiste en que los desencadenantes de la acción crean un hábito instantáneo. Provocan conductas en piloto automático. Otro ejemplo: si comparamos grupos de mujeres que tienen un hábito arraigado de explorarse el pecho mensualmente en busca de posibles tumores, con un grupo de mujeres que tienen el hábito pero elaboran desencadenantes de la acción describiendo cuándo y cómo procederán con la exploración, el segundo grupo realiza la exploración con la misma calidad que el primero, y es como si llevaran el mismo tiempo haciéndolo.

OJO: los desencadenantes no son infalibles, y de nuevo, sirven para aquello que ya querías hacer. Por ejemplo, han mostrado muy poca efectividad para ayudar a dejar de fumar a adolescentes con un hábito arraigado de fumar, porque su adicción a la nicotina es ya muy fuerte.

¿Quieres facilitarlo más aún? Trocea el hábito en pasos y desarrolla desencadenantes de la acción para los diferentes pasos. En vez de proponerte un desencadenante para ir al gimnasio, crea uno para dejarte la ropa preparada por la mañana para que sea la que te pongas al levantarte (si entrenas a primerísima hora), o para dejar la bolsa lista antes de irte a dormir, o lo que sea. Y luego otro desencadenante con el momento en que la usarás, no te dejes la bolsa en el maletero, so idiota.

El hábito tiene que favorecer la adopción de la misión, y mejor si es fácil de adoptar. Este aspecto es especialmente importante si se trata de abandonar malos hábitos, porque abandonar un hábito es muy díficil. Siempre es más fácil adoptar un hábito incompatible con el indeseable, algo que ayude al buen hábito. Ya hablé de esto hace mucho tiempo y pasásteis de mí, pero la idea y la ciencia tras la idea son sólidas. Me cito a mí mismo:

Por qué funciona: La autodisciplina falla a menudo porque va en contra de tus impulsos.Decirte a ti mismo “No te comas ese bollo” es enfrentar lo que quieres ahora con una cosa diferente que quieres y que ocurrirá luego (perder peso), por razones que además no son directamente comparables. Buena suerte.

Una estrategia mejor es ejercer la autodisciplina sobre algo que no requiere vencer ninguna oposición, una acción positiva. Se necesita mucha menos autodisciplina para obligarte a hacer algo que no te apetece (lavarte los dientes, hilo dental) que para obligarte a NO hacer algo que quieres (zampar bollos). Además, lavarse los dientes, aunque puede no ser divertido en sí, tiene una recompensa al finalizar.

Otro ejemplo: la Universidad de Penn consiguió un resultado fantástico probando a cambiar las dietas que proponían a sus participantes, de modo que en vez de simplemente pautarles las comidas, les daban la posibilidad de añadir dos tazones de sopa a las comidas prescritas. Los pacientes que incorporaron el hábito de tomar dos tazones de sopa perdieron una media de 7 kilos en un año que no recuperaron, mientras que manifestaron sentirse muy llenos o extremadamente llenos durante la realización de la dieta. Dejar de comer algo es difícil, comer algo es fácil.

Así que ya tenemos dos estrategias para allanar el camino del Elefante: por un lado, el control del entorno, por otro la creación de hábitos. Somos unas fieras y estamos en camino de petarlo muy fuerte. Sin embargo, los psicólogos hemos encontrado una tercera herramienta que añadir a estas dos para hacer que el camino del paquidermo sea una autovía bien asfaltada. Hay ciertos tipos de listas de tareas que dificultan la consecución de resultados, y otros que ayudan a la creación de cambios en gente y organizaciones. El jueves que viene escucharemos a un cirujano llamado Atul Gawande y a una periodista a la que hemos citado, llamada Laura Vanderkam. A ver qué sale.

De cómo cambiar tu vida (V): Allanar el Camino

En la entrada anterior vimos la primera y más fácil parte del proceso de introducir cambios, que es modificar el entorno, o sea: allanar el camino al Elefante para que vaya donde queremos que vaya, en vez de intentar forzarle a que vaya por otro sitio, que ya sabemos cómo acaba eso.

Así es como te lo tienes que montar (pincha para ir al original).
Así es como te lo tienes que montar (pincha para ir al original).

Si vas conduciendo y un tipo te corta el paso al cambiarse de carril, lo normal es que pienses que es un hijo de perra. Lo que no piensas nunca es ¿vaya, qué le pasará para tener tanta prisa? En cambio, si tú aceleras más de la cuenta o te saltas un semáforo o haces un cambio de sentido donde no debes, siempre hay una razón contextual para lo que haces: es que llegabas tarde, es que es muy importante que tardes poco, es que está mal hecha la carretera y los cambios de sentido están demasiado espaciados… Lo que aparentemente es una persona problemática, suele ser una situación problemática.

Nos resulta muy difícil ver el poder que tienen las situaciones y el entorno. En un artículo legendario de 1977, el psicólogo de Stanford Lee Ross analizó docenas de publicaciones en psicología y vio que tenemos una tendencia sistemática a ignorar las fuerzas de la situación que condicionan la conducta de los demás. Por supuesto nuestras circunstancias las tenemos claras, obviamente. Esta tendencia está tan arraigada en nosotros que Ross la llamó error fundamental de atribución, y creo que, junto con la disonancia cognitiva y el sesgo de confirmación es uno de los tres pilares de la psicología del día a día, y que más conductas explican, desde lo difícil que es cambiar hasta cómo uno puede ser guardia de un campo de concentración y seguir pensando que es buena persona, pasando por nuestra tendencia a creer en cosas imposibles o sobrenaturales. He dado varias conferencias sobre ello, y es un tema que no se agota.

Este error fundamental afecta a nuestras relaciones. Michelle Weiner-Davies, una de las terapeutas de pareja más punteras que hay, explica que muchas veces atribuimos los problemas en la relación a rasgos de nuestra pareja que, en realidad, son situacionales. Quizá tu novio sea muy cabezón, pero si te fijas te darás cuenta de que no es cabezón siempre con todo el mundo, en todo, ni siquiera contigo, sino que lo es sólo en relación a unos temas, en unas situaciones, y en otras en cambio es la persona más adaptable que hay. Haced la prueba, honestamente.

Por eso triunfan cosas como El encantador de perros Supernanny. Cuando empiezan esos programas ves al niño dando gritos saltando sobre la mesa, o al perro atacando a todo lo que se mueve, y piensas que es que el crío o el perro están tarados. Y entonces llegan César Millán o la Supernanny, como se llame, y en una breve intervención transforman al animal (el que sea), y te quedas loco y no entiendes lo que acabas de ver.

Si pudieras “curarte” del error fundamental de atribución, estos programas serían tan evidentes que llegarían a ser absurdos. En realidad, lo que vienen a decir es: si metes la mano en el fuego, te quemas. No metas la mano en el fuego, capullo.

Si quieres cambiar o que algo cambie puedes darle una dirección clara (lo que necesita el Jinete) o más motivación emocional (lo que necesita el Elefante), y en las próximas entradas veremos cómo. Pero lo más fácil, es facilitar el viaje. Si conviertes el camino en un tobogán, el Elefante se tirará por ello.

Así no, idiota.
Así no, idiota.

Modificar el entorno es simplemente hacer el comportamiento adecuado un poco más fácil y el inadecuado un poco más difícil. Ejemplo cotidiano: el cajero automático no te da la pasta hasta que no coges la tarjeta, porque estaban hartos de clientes dejándose la tarjeta en la máquina. Amazon te deja comprar con 1 clic para que el camino entre ver y comprar sea más sencillo.

Así que empecemos por tu cambio: ¿qué hay en el entorno que dificulta o facilita aquello que quieres hacer? El primer paso, siempre, es registrar todo lo que hay en la situación que nos preocupa.

Piensa en la conducta que quieres cambiar: ¿qué hay en tu alrededor cuando la llevas a cabo? ¿A qué hora lo haces? ¿Qué objetos tienes a tu alrededor, y en qué configuración? Si es una conducta que deseas abandonar, como fumar, es más fácil, simplemente anota cuándo y dónde sueles fumar, con quién y todo lo relacionado. Si es una conducta que deseas implantar, como hacer ejercicio, entonces registra tus intentos pasados y actuales, los que no han funcionado, y mira con claridad.

Mi mujer, sobre todo desde que tenemos una niña, ha intentado ponerse a hacer ejercicio de manera más o menos regular en diferentes ocasiones. Ha probado a salir a correr, diferentes tipo de ejercicio en casa, y ahora ha encontrado algo que le va bien: el krav maga.

Mirad su entorno: salir a correr le funcionó la temporada que nos levantábamos a las 6:00, pero no estaba exento de problemas. Es una actividad muy afectada por el entorno (si llueve o hace mucho frío o la noche antes te has acostado tarde te va a dar un palo enorme y es muy fácil hacer excepciones). Además de eso, correr es una actividad que puede o no estar bien orientada hacia el Jinete (dado que el Jinete requiere metas claras y mucha gente no las pone al correr, a menudo es fácil dejarlo) o no estar bien orientada al Elefante (muchos pensamos que correr es un coñazo, otros no).

Entrenar en casa tiene un problema: si te levantas a las 6 y coincides con tu pareja eso puede complicar las cosas, por falta de espacio, además de que si la niña se despierta, la has cagado. Si tratas de hacerlo después de trabajar, la niña está ahí y no te va a dejar hacerlo con calma. El entorno, en casa, para ella no es facilitador del ejercicio (para mí sí, porque yo entreno cuando no hay nadie).

Así que, sin darse cuenta, mi amor ha aplicado buenas prácticas de gestión de cambio y, sobre todo, de manejo del entorno: ha localizado un gym a 2 minutos exactos de su trabajo, aprovechando que la movieron de oficina. Este gym tiene una clase a la hora que ella sale del banco, de modo que se lleva un tentempié para no ir en ayunas, y una mochila con la ropa y las cosas, que siempre está lista. Dos veces por semana sale de trabajar y va a krav maga, hace ejercicio muy duro durante una hora, y probablemente seguirá mucho tiempo porque es conveniente. La niña no puede interrumpir. El clima da igual, el desplazamiento es ínfimo, ya estás allí. Además, el compromiso de ir a ver a unas personas con las que tienes un contrato es una forma eficaz de presión del entorno. De hecho, incluso le da tiempo a llegar a casa y ducharse antes de que la peque salga de la guardería. Cuando llega a un entorno difícil para el hábito, da igual, porque ya lo ha hecho todo. Se lo ha puesto fácil y, salvo el ocasional problema de salud o viaje o similar, le resultará fácil mantener el hábito. Ha buscado colocarse de modo fácil en un entorno que le ayuda a mantener la conducta deseada.

Yo soy irregular con las entradas. Es un problema para mí, porque realmente me gusta escribir, pero me ha costado estas semanas hacer el tiempo (no hay que encontrarlo, el tiempo está ahí) por compromisos laborales y por el Shadows of Mordor. La Tierra Media no se salva sola. El caso es que sí hay una cosa que hago cuando voy a escribir y estoy solo. Desconecto el router.

Podría, con un botón, apagar la wifi del portátil donde escribo, pero eso no funcionará. Si puedes reconectarla con un botón, lo harás. Y no servirá de nada. En cambio, si me voy al comedor y desenchufo el router, no afecta a la función de nada en la casa, y es un coñazo levantarse a enchufar el router desde el despacho. Me resulta fácil concentrarme en escribir los 25′ de cada ráfaga, con Internet inaccesible. Es una distracción en el entorno, así que la controlo. Si trabajo en casa y el trabajo no requiere Internet, apago el router. Por eso, amor mío, ya sabes por qué últimamente me veías menos por Facebook. Si crees que es drástico, uno de los autores de Cambia el chip compró un PC viejo y eliminó los drivers de la tarjeta de red. Ese es su ordenador de escribir. Cuando quiere escribir, no quiere que el email le moleste. Es imposible conectarse en ese PC. Fin.

Una herramienta útil para esto es la matriz de Haddock. La matriz de Haddock es un procedimiento de análisis para evitar situaciones de vida o muerte, como accidentes de tráfico, o minimizar su impacto, pero aquí nos servirá bien.

La matriz de Haddock considera tres tipos de factores: pre-evento, durante el evento, y post-evento. Esto es:

– ¿qué puedo hacer para reducir la frecuencia de ocurrencia de aquello que deseo evitar? O sea, qué circunstancias facilitan o dificultan que esto pase. Por ejemplo, en el tráfico, usamos la señalización, el diseño del trazado de la carretera y otras muchas medidas como las campañas contra el consumo del alcohol mientras conduces.

– ¿qué puedo hacer cuando esto ocurre para minimizar el daño ocurrido durante la situación? Aquí entran las medidas como airbags, cinturones de seguridad, estructuras deformables, sillitas de niño.

– ¿qué puedo hacer cuando esto ocurre para minimizar el impacto posterior? En el caso del tráfico, la velocidad de respuesta de los equipos médicos es esencial, a más rápida la respuesta, más posibilidades de supervivencia para los heridos graves y críticos.

¿Cómo traducimos esto a conducta cotidiana? Si nuestro objetivo es cambiar la dieta, por ejemplo, registraremos lo que comemos, dónde, cuándo, con quién, nuestro ánimo. Entonces, tras echarle un buen vistazo al registro (no te vuelvas loco, una o dos semanas suele ser suficiente), aplicamos la matriz de Haddock:

– ¿qué puedo hacer para evitar comer cosas indeseadas? No comprarlas (duh), cambiar la vajilla para que sea más pequeña y controlar las raciones, cambiar los restaurantes a los que voy, llevar comida preparada al trabajo, aprender recetas fáciles. Si tengo comida indeseable en casa me la comeré, si no la tengo no. Si voy a un McDonalds no comeré lo mismo que en un japonés. Planifica un día libre de dieta donde te permitirás comer lo que te gusta, de modo que siempre sabrás que hay un descanso.

– ¿qué puedo hacer cuando me encuentro en un sitio donde acabaré comiendo comida indeseable? Puedo preparar una serie de sustituciones y llevarlas en la cartera (cambiar una guarnición por otra, una bebida por otra). Puedo ir a comer con gente distinta de la habitual si te has dejado el tupper, o comer de lo que llevo preparado en vez de salir (la conducta es contagiosa). Puedo decidir no comer postre como un primer paso.

– ¿qué puedo hacer para minimizar el impacto de un desliz una vez cometido? Pues una opción de toda la vida son las economías de fichas, como describe mi compadre Darío aquí. Te permites un número de fallos, que contabilizas con un objeto físico, esto es importante. La razón es la misma por la que somos más cuidadosos con el gasto si pagamos en efectivo que con tarjeta, necesitamos ver el objeto (los billetes) cambiar de manos.

La clave es: tienes la capacidad de hacer cambios enormes sólo con cambiar las circunstancias. Y a menudo no se necesitan cambios grandes.

La siguiente clave para allanar el Camino es crear hábitos. Aquello que es automático no requiere que el Jinete trabaje, y el Elefante tiende a seguirlo. El lunes veremos cómo. Y esto seguro, porque la entrada ya está escrita y programada. 😉 Hasta entonces.

De cómo cambiar tu vida (IV): De cómo tomar las riendas del Elefante

Hola amigos y amigas, ya estamos de vuelta después del parón navideño, que en mi caso se alargó hasta hoy y empezó casi en Nochevieja porque COSAS. Iba a hacer una pausa en la serie sobre cómo cambiar la vida para hablar de libertad de expresión. los 2000 muertos en Nigeria a manos de Boko Haram y cómo nada significa nada porque al final uno es musulmán / cristiano / fascista lo que sea según cómo se defina y no cómo actúe (narcisismo y eso), pero he recibido suficientes sutiles toques este fin de semana para convencerme de que si lo hago voy a encontrarme una cabeza de caballo en la cama o algo así, de modo que aquí proseguimos. Vamos a poner firme al Elefante.

Me vas a poner firme lo que tú sabes (pinchar para ver el original).
Me vas a poner firme lo que tú sabes (pinchar para ver el original).

El Jinete y el Elefante tienen una relación complicada, pero se puede cambiar. Y hay tres cosas que hay que hacer:

  • allanar el camino.
  • dirigir al Jinete.
  • motivar al Elefante.

Si fallamos al cambiar, es que no hemos hecho una de las tres. Si hacemos las tres, conseguiremos cambiar. Y hay un ejemplo cotidiano que nos demuestra la importancia del primer factor.

DE LOS FALLOS DE AUTOCONTROL

Uno de los más clásicos experimentos sobre el autocontrol y sus efectos se llevó a cabo en los años 70 en la universidad de Stanford. Walter Mischel presentó a varios críos de preescolar con la siguiente situación.

Poneros en el papel de los críos. Eres un crío pequeño, vas a una sala en tu escuela, donde un señor muy majo te presta juguetes con los que puedes jugar, y juega un rato contigo. Entonces, el señor te pregunta si te gustan las nubes, esa golosina que en inglés se llama marshmallow y en Zaragoza jamón, no sé por qué, no hay quien entienda a los maños. Por supuesto que te gustan las nubes.

Y a quién no.
Y a quién no.

Entonces el señor te muestra una mesa donde hay dos platos. En uno hay una nube, y en otro hay dos. Y el señor te explica que tiene que salir, y que si eres capaz de esperar a que él vuelva te dará el plato con las dos nubes. Pero si no puedes esperar porque te gustan demasiado, puedes tocar un timbre y el señor vendrá y te dará el plato con una nube, y te la puedes comer en ese momento.

Si eres como la mayoría de los niños, acabarás tocando el timbre antes de que el señor vuelva. Una nube ahora mejor que dos en el futuro.

Saltamos a 1985. Mischel entrevista a los padres de los críos del experimento, y descubre unas cuántas cosas. Fundamentalmente, que el número de segundos que eras capaz de esperar y aguantar antes de hacer sonar el timbrecito predecía con exactitud no sólo lo que tus padres pensaban de ti como adolescente, sino las probabilidades de que obtuvieras una educación superior en una universidad puntera. Los niños con más autocontrol eran capaces de enfocarse más en los estudios y manejar la frustración cuando las cosas no salían como querían.

¿El secreto? Incluso a esas edades, los niños que mostraban más autocontrol eran capaces de usar estrategias para desplazar la atención. En estudios posteriores Mischel descubrió que los críos que aguantaban más se limitaban a mirar a otro lado o a pensar en otras actividades divertidas, como jugar con los juguetes que el investigador había dejado. En vez de oponerse al Elefante en una lucha de voluntades, el Jinete de estos críos sabía dirigirlo suavemente a otras metas. De un modo no consciente, estos críos entendían la importancia del control del entorno.

Pista número 1: es más fácil cambiar el rumbo del Elefante si cambias el entorno (físico o mental). A la hora de hacer un cambio, puedes buscar eliminar aquellos aspectos del ambiente que dificultan el cambio, traer estímulos que ayuden a mantener el cambio deseado, o llenar tu consciencia de pensamientos incompatibles con la conducta indeseada.

Observad que los críos controlaban el entorno evitando mirar al estímulo tentador (y, a todos los efectos suprimiéndolo del paisaje) y centrándose en otros estímulos que les hacían pensar en otras cosas que en la golosina. Es lo mismo que cuando tratas las fobias, que enseñas al paciente conductas incompatibles con la ansiedad de modo que cuando se encuentra con el estímulo fóbico ejecuta esas conductas y no puede por ello ponerse nervioso.

Igual pensáis que eso es algo que muy bien para los críos, pero que con adultos no es igual porque COSAS. Pero hay evidencia de que es así en todas las edades.

Imaginad que es el año 2000, y que os han invitado a ir a ver Payback, de Mel Gibson, en un cine a las afueras de Chicago. Además de invitaros a la entrada, os invitan a palomitas y refrescos, y sólo tenéis que responder unas preguntas sobre la tienda del cine, cuando salgáis de ver la película.

Te voy a enseñar yo a dirigir a tu Elefante
Te voy a enseñar yo a dirigir a tu Elefante

Como es lógico, hay trampa. Estás participando en un experimento del psicólogo Brian Wansink, cuya obra Mindless Eating (2006) es de las mejores obras que encontraréis acerca de cómo cambiar los hábitos alimenticios en la dieta. Y Wansink demostró que lo que comemos y cuánto está, en buena medida, gobernado por el entorno.

Las palomitas que os ofrecen son especiales, aunque no lo sabéis al principio. Y es que son asquerosas. Las han hecho 5 días antes, para que estén bien rancias. Uno de vosotros declarará que era como comer virutas de poliestireno de embalaje. Dos de vosotros estaréis tan asqueados que, olvidando que os invitamos a palomitas, pediréis que os devuelvan el dinero.

Además de la asquerosidad de las palomitas (al menos el refresco es normal), hay otra cosa: a algunos de vosotros os hemos dado las palomitas en un cubo de tamaño grande, y a otros en un cubo que parece más una piscina desmontable. Cada uno tiene un cubo de palomitas, de modo que no haga falta compartir. Los cubos son tan grandes en cualquier caso que nadie puede acabarse la ración individual que tiene.

Los investigadores del equipo de Wansink pesan los cubos antes y después de la proyección de modo que se puede saber exactamente la cantidad que ha comido cada uno de vosotros. Los resultados fueron sorprendentes: a pesar de que las palomitas eran repugnantes, los que tenían los cubos más grandes habían comido un 53% más que los de los cubos más pequeños. O sea, que habían metido la mano 21 veces más, o habían consumido 173 calorías más. A pesar de que estaban comiendo basura. Y no importa dónde y cómo y con qué comida repliques el estudio, el resultado es igual siempre. El tamaño del contenedor gobernaba su conducta. La gente come más si el plato es más grande. Y punto.

Ninguna otra cosa explicaba esa conducta. No estaban comiendo por placer, no estaban comiendo para acabar la ración – era físicamente imposible – , daba igual si tenían hambre o habían comido antes de la película. Cubo más grande, comer más.

Y lo mejor es que se negaban a aceptar los resultados. Los participantes afirmaban saber perfectamente cuánto habían comido, o cuándo estaban llenos, y que el tamaño de los cubos no había influido en nada.

Mucha gente ha predicado que hay que motivar a la gente a adoptar hábitos más sanos, informando, demostrando los peligros de comer mal, y mil cosas más que no han funcionado nunca, y eso sin meternos a hablar de lo dañina que es esa pirámide de alimentos que se sigue presentando como el súmum de la salud y que ha provocado que 2 de cada 3 americanos estén gordacos. Ved lo fácil que es transformar un problema de cambio sencillo (platos más pequeños) en un problema de cambio complejo (hay que convencer a la gente de que piense y actúe diferente).

Lo que parece ser un problema de la persona suele ser un problema de la situación. 

¿Quieres cambiar y dejar de joderte la vida? El primer sitio donde mirar es el entorno, porque si efectúas cambios en el mismo probablemente lograrás eliminar la mayor parte de tu resistencia al cambio, Como dicen los hermanos Heath, es básicamente allanar el camino que quieres que el Elefante siga, y poner piedras donde no quieres que vaya. Y el Elefante tiende al camino de menor resistencia, claro.

Ojo: el cambio de entorno puede ser algo tan sencillo como cambiar la vajilla de tu casa, o dejar de comprar ciertos alimentos (si no están en casa, no te los comes), o dejar la ropa de entrenar en el suelo al lado de la cama de modo que cuando te levantes sea la primera cosa que tengas para ponerte (y una vez vestido para entrenar es muy fácil que entrenes). Pero a menudo será algo más importante.

Por ejemplo, Laura Vanderkam demuestra abundantemente en sus libros que una de las mejores maneras de sacar proyectos adelante o coger el hábito de entrenar o lo que sea es… levantarse más temprano. Si te levantas más pronto, estás controlando el entorno suprimiendo la mayoría de distracciones que te impedirían entrenar, escribir, o lo que sea. Muchos escritores, creadores, líderes y personas consideradas muy productivas se levantan a las 6 o a las 5 o antes para hacer aquello que es más importante porque a esas horas nadie les está dando el coñazo ni distrayéndoles, pero es más, a esas horas  a menudo no hay otra cosa que hacer. Durante una temporada Victòria y yo probamos a levantarnos a las 6 (la hora habitual del despertador son las 6:45), de modo que Victória salía a correr y yo entrenaba en casa, antes de que la niña se despertara. Y era fenomenal, porque no suena el téléfono, no entran emails, no hay gente pidiendo cosas, la niña no distrae, y si sales a la calle no hay otra cosa que hacer que correr. ¿Podría haberme puesto a mirar el Facebook en vez de entrenar? Igual sí, pero para eso no me hacía falta levantarme temprano, y esa paradoja me impulsaba a entrenar. Durante las semanas que mantuvimos ese hábito (y costó mucho menos de lo que pensábamos), funcionó como la seda.

Y más: puede ser que cambiar el entorno implique cambiar el entorno social. Si quieres cambiar tu vida, una de las cosas que tienes que hacer es examinar a la gente con la que te relacionas, porque es un fantástico predictor del éxito que tendrás. Tienes que mirar a tu pareja, familia, amigos y ver si te ayudarán u obstaculizarán para el cambio que quieres hacer. Esa es una de las razones por las que muchas veces los programas de rehabilitación de drogadictos basados en el internamiento en centros fracasaban en el medio y largo plazo. El adicto se desintoxicaba, dejaba el consumo, y entonces volvía a su barrio, rodeado de sus amigos y conocidos, y recaía casi el 100% de las veces.

No estoy diciendo con esto que tengas que cambiar de pareja, familia o amigos (aunque en ciertos casos extremos esto pueda ser así), pero sí digo que las personas en nuestro entorno influyen en los procesos de cambio, y si no van a ser una ayuda entonces hemos de buscar espacios donde no coincidamos con ellos o bien introducir personas en nuestro entorno que nos apoyen en el cambio que estamos tratando de efectuar.

En la próxima entrada hablaremos más de cambios en el entorno y de cómo efectuarlos.

De cómo cambiar tu vida (III): De la mente aún más dividida.

Mi mujer me preguntaba que cuándo empezaba de una vez a explicar cómo hacíamos para no jodernos la vida y cambiarla. Juro que llegaremos a eso, pero es necesario entender primero cómo luchamos contra nosotros mismos a un nivel biológico. Pero llegaremos. Esta va a ser una serie larga.

Ya hemos visto dos maneras en las que nuestra mente está dividida contra sí misma y nos sabotea, nos dificulta cambiar y nos jode la vida:

  1. Muchas partes de nuestro cuerpo no están controladas totalmente por el cerebro. Incluso tienen su cerebro propio.
  2. El Jinete no siempre sabe por qué hacemos las cosas, y cuando no lo sabe, confabula para crear una explicación, lo que nos dificulta entender nuestra conducta.

Vamos con las otras dos divisiones.

III. VIEJO CONTRA NUEVO.

El cerebro no se hizo de una sola vez, y eso se nota. La evolución, dado que no hay un diseñador detrás de ella, no crea las cosas de acuerdo con un plan. La mejor manera de entender esto es pensar en tu casa, o en otras casas.

Si miras una casa nueva, verás que todo encaja a la perfección, porque había un sólo arquitecto preocupándose de que todo encajara. En cambio, si miras una casa antigua, anterior a 1900, es muy probable que no esté hecha de una sola vez. Es muy probable que veas que hay partes y habitaciones que se añadieron poco a poco, quizá se cerró un porche para hacer una cocina, quizá se dividió la casa para hacer apartamentos, y a menudo el resultado es un batiburrillo de estilos, diseños y demás.

El cerebro se ha ido haciendo a trozos, desarrollando funciones y estructuras a medida que las variaciones ambientales iban seleccionando diferentes capacidades. Bueno, las capacidades nuevas y las antiguas no están diseñadas para trabajar en equipo, y se nota.

El cerebro empezó con 3 habitaciones: el tronco (conectado a la médula), el cerebro medio y el anterior, conectado a los órganos sensoriales. El cerebro evoluciona sobre todo hacia la parte frontal, y va añadiendo estructuras que permiten el razonamiento, la planificación y cosas así. Los primeros mamíferos empezaron a desarrollar el hipotálamo (implicado en los impulsos básicos y la motivación), el hipocampo (crucial en la memoria), y la amígdala (que tiene que ver con el aprendizaje emocional y las respuestas emocionales). Estas estructuras forman el sistema límbico (del latín limes, porque en ese momento definen el límite del resto del cerebro, en torno al cual están como enrollados).

Seguimos evolucionando. Aparecen los animales sociales (sobre todo los primates), que desarrollan una estructura nueva en torno al sistema límbico, llamada neocortex. Esta es la materia gris de la que tanto habéis oído hablar. La capa más nueva y externa del cerebro, que alberga las funciones más avanzadas. La parte frontal es la más interesante, porque no parecía estar dedicada a nada concreto, sino a hacer asociaciones, planes y demás.

¿Es esto, esto es el Jinete, el córtex frontal? Parece como si pudiéramos establecer claramente que el córtex es el asiento de la razón y el sistema límbico el de la emoción, lo cual nos sitúa guapamente por encima de los demás animales. Suena molón, ¿eh? Bueno, veamos qué pasa cuando se daña.

En el año 2003 un profesor empieza, con 40 años, a visitar prostitutas, navegar por páginas de pederastia en la red, y hacer proposiciones a menores. Es arrestado. El día antes de la sentencia va al hospital quejándose de cefaleas y un deseo constante de violar a su casera (su mujer le había echado de casa). De hecho, mientras hablaba con el médico les decía a las enfermeras que pasaban que si querían follar. Bueno, le hacen una resonancia y encuentran un tumor masivo en el lóbulo frontal que estaba estrujando todo lo demás, impidiendo que el prefrontal hiciera su trabajo de poner barreras a su conducta. Quitas el tumor y la hipersexualidad se desvanece. Más aún, el tumor reapareció el año siguiente y los síntomas volvieron, para irse cuando se volvió a extirpar.

El problema con la separación de córtex = razón y sistema límbico = emoción es que, en realidad, el córtex frontal permite que tengamos una mayor emocionalidad, más compleja y rica. La clave está en la parte de abajo del córtex frontal, el córtex orbitofrontal, lo que cae justo por encima y detrás de nuestros ojos. Esta parte está implicada en las situaciones en las que puede haber una recompensa o un castigo a la conducta. Si te sientes atraído por una comida rica, o una persona atractiva, o repelido por algo asqueroso o una canción de Justin Bieber, eso es tu córtex orbitofrontal. Esa es una respuesta emocional, y sin esa estructura, perdemos la mayor parte de nuestra vida emocional. Los pacientes con daños en ese área reportan haber perdido la capacidad de sentir emoción cuando deberían (lo cuál se ha verificado por la falta de reacciones corporales asociadas a la emoción), pero sus capacidades intelectuales y sociales están intactas.

Ya imagino a algunos de vosotros, pajilleros, pensando que eso tiene que ser la pera. ¡Libres por fin de la emoción, tomando sólo decisiones racionales y correctas! El sueño húmedo de muchos frikis, ser como el señor Spock. Mal, imbéciles, mal.

Al final no es que sea alienígena, es que tengo una lesión cerebral.
Al final no es que sea alienígena, es que tengo una lesión cerebral.

Estas personas se vuelven incapaces de tomar decisiones o de hacer planes, y sus vidas se van a la mierda. ¿Por qué? Porque cuando miran al mundo y todas las opciones que tienen, carecen de preferencia por ninguna de ellas. No pueden elegir una comida u otra, porque todas dan igual. No tienen preferencia por un plan de ocio u otro, ¿qué más da? Es más, ¿para qué hacer planes?

Cuando hemos mirado nuestras opciones, antes de ser conscientes de ellas ya hemos elegido, en realidad, porque a menudo nuestro córtex frontal ha designado una de ellas como la mejor. Sólo tenemos que razonar cuando hay 2-3 opciones que parecen similares. La racionalidad humana depende de manera crítica de una vida emocional compleja. Y claro, cuando apareció el Jinete, el Elefante también se volvió más inteligente y difícil de dominar.

IV. CONTROLADO CONTRA AUTOMÁTICO

 Las palabras tienen efectos increíbles sobre nosotros, y no nos damos cuenta. Por ejemplo, exponer a sujetos experimentales a palabras relacionadas con la vejez hace que anden más despacio, si las palabras se relacionan con profesores hace que jueguen mejor al Trivial, si las palabras se relacionan con hooligans de fútbol la gente se vuelve más estúpida. Esto es así tanto si somos conscientes de haber visto las palabras como si no. De acuerdo con John Bargh, el pionero en estas investigaciones, esto muestra cómo en realidad la mayor parte de los procesos de nuestra mente son automáticos y no tenemos acceso a ellos, pudiendo nuestra conducta verse modificada por variables ambientales de todo tipo sin que nos demos cuenta. Y eso es así porque el proceso consciente y controlado consume una enorme capacidad y cantidad de recursos, y el cerebro prefiere emplearlos en otras cosas. El cerebro sólo puede ejecutar un proceso controlado cada vez, pero puede y tiene muchos procesos automáticos corriendo en paralelo, todo el tiempo.

El procesamiento controlado requiere lenguaje. El lenguaje, como hemos visto, es un invento nuevo. Nadie sabe cuándo empezamos a hablar, puede ser cualquier fecha entre hace 40.000 años y 2 millones de años, da igual, porque en términos de la evolución es un parpadeo. O lo que es lo mismo: el software que controla nuestros procesos automáticos (el Elefante) lleva millones de años refinándose, mejorando y haciéndose muy bueno en lo que hace, pero el software que tratamos que consiga el control racional sobre nuestra conducta, el Jinete, está aún en la versión 1.0, apenas acaba de dejar de ser una beta. Funciona bien, pero hay todavía muchos bugs, muchos fallos. Esto es lo que explica por qué tenemos ordenadores que hacen cálculos matemáticos o juegan al ajedrez muy bien, pero ningún robot puede moverse por un bosque con la habilidad con la que mi hija de 2 años se movería, por no hablar de un crío de 6 años, porque el software que maneja nuestro lenguaje es rudimentario pero nuestro control motor y perceptivo es simplemente soberbio. Cuando evolucionamos para tener un lenguaje, el resto del cerebro no cambió para entregar las riendas del Elefante al Jinete: el Jinete evolucionó para servir al Elefante. La mente consciente sirve a la inconsciente, y no al revés, y entender esto es absolutamente clave.

Una de las cosas buenas que trajo el Jinete es que nos liberó del control de los estímulos.  Los conductistas pensaban que todos los animales (humanos incluidos) veían su conducta gobernada por simples asociaciones estímulo-respuesta, el perro de Pavlov y todo eso. Si el sexo y la comida te dan descargas de dopamina, es normal que busques tener sexo o comer comida dulce, aunque no sea adecuado en ese momento.

Pero los conductistas se equivocaban, porque el lenguaje nos permite formular planes a largo plazo, más allá del estímulo inmediato, y escapar de esa trampa. Podemos imaginar estímulos no presentes que gobiernen nuestra conducta.

Al final, tenían parte de razón, los conductistas: el sistema del Jinete no se conforma a los principios conductistas, pero el Elefante sí, y el Jinete tiene poco poder para gobernar al Elefante. El Jinete no controla, es más bien como un consejero, porque el control automático es el que tiene el dedo en el botón de la dopamina y el que controla las sensaciones de placer y dolor. David Hume ya lo dijo, y Jonathan Haidt nos lo recuerda:

La Razón es, y sólo debería ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender tener otro oficio que servirlas y obedecerlas.

Así que vemos que el Elefante y el Jinete no están hechos para colaborar en perfecta armonía: cuando lo hacen, somos brillantes y magníficos, pero a veces chocan,  y en estos casos, el Jinete es el que suele perder.  Sin embargo, hay 3 situaciones cotidianas que nos muestran cómo el Jinete puede apuntarse victorias, y es lo que vamos a usar para empezar al fin a ver cómo cambiar nuestras vidas.

De cómo cambiar tu vida (II): De la mente dividida.

Todo el que tiene pene, sabe que a menudo éste piensa por su cuenta y tiene vida y decisiones propias, y a veces decide que es la hora de saludar cuando menos te gusta, y que a veces también decide que pasa de trabajar cuando más le necesitas.

Esta es una experiencia común, e ilustra muy bien de qué maneras nuestro cuerpo a veces parece ir por sitios por donde la mente consciente no quiere ir. Mi mujer es la persona con la peor cara de póker del mundo, es más, a veces parece como si tuviera músculos extra en la cara para ser aún más expresiva de lo que es, de modo que cuando le pasa cualquier mínima cosa se lee como un libro abierto, lo quiera o no.

Y esto es así, en parte, porque los seres humanos tenemos más de un cerebro.

Todos son tú. Foto de Sirxiem, clic para ir al original.
Todos son tú. Foto de Sirxiem, clic para ir al original.

I. LA MENTE CONTRA EL CUERPO

En nuestra entrada anterior empezamos a esbozar la idea de que, para poder cambiar a mejor la vida es necesario entender primero que nuestra mente está dividida de cuatro maneras. La primera es la división mente-cuerpo, o lo que es lo mismo, el antagonismo ocasional entre el sistema nervioso central y el autónomo.

Hace un momento decíamos que los humanos tenemos más de un cerebro. Esta es una idea sólo parcialmente metafórica, porque realmente hay áreas de nuestro sistema nervioso que funcionan casi como un cerebro propio. Están en nuestras tripas.

Nuestros intestinos tienen una red de más de 100 millones de neuronas, que es lo que hace falta para controlar una refinería tan complicada como es el sistema digestivo: lo lógico sería pensar que este cerebro visceral recibe órdenes del cerebro de la cabeza y hace lo que le mandan. La realidad, claro, es otra. De hecho, si seccionamos el nervio vago, que une el cerebro con el intestino, la red neuronal de éste sigue funcionando.

¿Has tenido colon irritable? Eso es tu cerebro visceral tratando de hacer limpieza en la tripa. Cuando detecta una infección, sufrimos ansiedad. Y si has tomado antidepresivos y has sufrido náuseas, eso es porque muchos antidepresivos afectan a la serotonina, y ese neurotransmisor es clave en la función del cerebro visceral.

Conclusión: muchas funciones de tu cuerpo están en principio fuera del control de tu mente consciente.

II. IZQUIERDA CONTRA DERECHA

Nadie sabe por qué es así, pero muchas funciones en el cuerpo están controladas por el hemisferio del lado contrario. Si sufres una lesión en el lado izquierdo de la cabeza, puedes perder la movilidad de la mano derecha. ¿Cómo lo descubrimos? Por supuesto, cortando cerebros por la mitad.

En los años 60, un cirujano llamado Joe Bogen buscaba la manera de ayudar a personas con crisis epilépticas. Las crisis se deben a focos de neuronas que disparan de manera incontrolada. Lo peor es que estos focos se propagan, y si pasan de un lado al otro del cerebro es cuando la cosa se pone realmente mal. Bogen pensó que si cortaba el cuerpo calloso (la masa de tejido nervioso que une las dos mitades del cerebro), evitaría que los focos epilépticos se propagaran por el cerebro.

Joseph Bogen: "Esto lo arreglo yo con un par de tajos."
Joseph Bogen: “Esto lo arreglo yo con un par de tajos.”

Para que os hagáis una idea de lo majara que sonaba todo esto, pensad en una cosa: el cuerpo calloso es la masa de nervios más grande y densa del cuerpo. Lo que sea que haga, tiene que ser muy importante. Aún así, Bogen llevó adelante su procedimiento porque bueno, había que ver qué pasaba.

La investigación en animales ya había mostrado que, tras unas semanas de la operación, los animales volvían a una normalidad aparente. O sea, que al menos no parecía que te fueras a morir de una comisurotomía. Y funcionó. Los pacientes demostraron una enorme reducción en los ataques.

Eso no quiere decir que no pasara nada. El equipo de Bogen cogió a un psicólogo joven llamado Gazzaniga, para evaluar si había pérdidas de habilidades en los pacientes. Se sabía que ciertas funciones estaban dominantemente asignadas a un hemisferio, y otras al otro. Así, por ejemplo, el lenguaje se ubica principalmente en el hemisferio izquierdo, como demostraban los estudios sobre pérdidas del lenguaje tras lesiones en esas áreas. Así mismo se sabe que los nervios del lado izquierdo se conectan con el hemisferio derecho, y viceversa, de modo que cada hemisferio recibe información de la mitad del mundo del lado opuesto. Nadie sabe por qué es así, pero es así en la mayoría de animales superiores. Y se sabe que el hemisferio izquierdo tiende a hacer más tareas analíticas, y el derecho tiende a hacer reconocimiento de patrones (como por ejemplo, las caras), reconocimiento de detalles y cosas así. Estas cosas se sabían gracias a los enormes avances en el campo de la neuropsicología que se dieron en la Segunda Guerra Mundial: nada como tener enormes poblaciones de pacientes con herida de bala y metralla en la cabeza para poder ver qué función se pierde cuando un área del cerebro se lesiona. ¡Gracias, Hitler! Por cierto, de esta dualidad es de donde viene la estúpida idea y sobresimplificada idea de que los artistas funcionan con el hemisferio derecho, y los científicos con el izquierdo.

El caso es que Gazzaniga empezó a realizar experimientos con estos pacientes de cerebro dividido, en los que presentaba información a un sólo hemisferio: pedía a los pacientes que miraran a un punto fijo, y presentaba información durante una fracción de segundo a un lado de ese punto, de modo que la información sólo llegaba a uno de los hemisferios. Y encontró cosas interesantes: por ejemplo, si presentaba una imagen o una palabra (e.g., sombrero) a la derecha de ese punto, de modo que lo procesaba el hemisferio izquierdo (lenguaje), cuando se le preguntaba al paciente si había visto algo te decía “un sombrero.” Si lo presentabas al otro lado, de modo que lo procesaba el hemisferio derecho, el paciente te decía que no había visto nada. Pero si luego te enseñaba la imagen correcta en una tarjeta, el paciente te identificaba esa imagen aunque no era consciente de haberla visto. Había otra especie de inteligencia no verbal en el hemisferio derecho, que sólo podía comunicarse por la mano izquierda.

El experimento clásico de Gazzaniga: el paciente no puede decir que ha visto una cara, pero la puede dibujar.
El experimento clásico de Gazzaniga: el paciente no puede decir que ha visto una cara, pero la puede dibujar.

Pero aún pasarían cosas más raras: Gazzaniga enseñaba imágenes diferentes a cada hemisferio (por ejemplo, una garra de pollo en el lado derecho, y una casa y un coche cubiertos de nieve en el izquierdo). Tras la presentación de las imágenes (recordad, las imágenes se presentan una fracción de segundo), se presentaba al paciente un conjunto de imágenes para que decidiera cuáles iban con cuáles. La mano derecha del paciente señalaba la garra del pollo (porque era lo que su hemisferio derecho había visto) pero la izquierda señalaba la imagen de una pala. Cuando se le preguntaba por qué pensaba que ambas iban juntas, el paciente no daba una respuesta honesta como: “No tengo idea de por qué, simplemente me parece que van juntas”. No señor. En vez de eso, el hemisferio izquierdo se inventaba rápidamente una historia plausible: “No, es obvio, la pala va con la pata de pollo porque claro, la garra va con el pollo, y necesitas una pala para limpiar el gallinero.”

Y esta es la clave que tenéis que sacar de esta división: las personas estamos constantemente inventando justificaciones ficticias para nuestras conductas inexplicables, y ese fenómeno se llama confabulación. Este fenómeno era tan frecuente en los pacientes de cerebro dividido que Gazzaniga acabó por referirse a los centros del lenguaje del hemisferio izquierdo como “el módulo de interpretación”, cuyo trabajo es hacer una traducción simultánea de lo que estamos haciendo y nos pasa, una especie de comentario constante para nosotros mismos que da sentido y coherencia a nuestras vidas (como esas pistas de audio que nadie escucha en los extras del DVD de las películas, con el director y los actores contándote su vida mientras ves la peli). Y el módulo intérprete hace este trabajo incluso si no tiene acceso a las razones verdaderas de nuestra conducta, incluso si en realidad no sabe por qué hemos hecho algo. El intérprete es muy bueno creando explicaciones, pero no es bueno dándose cuenta de que se las inventa. Y así, nos creemos nuestras mentiras.

¿Queréis algo de miedo? ¿Habéis leído La Mitad Oscura, de Stephen King? Bien, pues hay pacientes con el cerebro dividido que han demostrado que a menudo el hemisferio derecho y el izquierdo combaten, y libres de la cooperación forzosa que impone el cuerpo calloso (porque se lo han seccionado, ¿recordáis?), pueden desarrollan síndromes como el de la mano alienígena, donde el paciente encuentra que una mano (generalmente la izquierda, claro) desarrolla conductas en contra de la voluntad del paciente, como coger el teléfono y negarse a pasarlo a la mano derecha para que el paciente se lo pueda poner en el oído. O volver a poner en la percha la camisa que el paciente eligió ponerse por la mañana. O agarrar la mano derecha del paciente para impedirle hacer lo que sea que el paciente quiere hacer. O, en algún caso, tratar de estrangular al paciente. Tu propia mano izquierda, tratando de matarte.

¿Recordáis la metáfora del Jinete y el Elefante? Bien, pues de acuerdo con Gazzaniga, el Jinete es el módulo intérprete. Cuando no puede controlar al Elefante, se inventa una explicación para que parezca que esa había sido su intención todo el tiempo. En las siguientes entradas veremos muchos ejemplos del Jinete confabulando.

De cómo cambiar tu vida (I): El Jinete y el Elefante

Para entender qué es lo que hace falta para cambiar, es necesario entender primero cuántas cosas gobiernan nuestra conducta de las que no somos conscientes. A menudo, son todas.

Este eres tú tratando de dirigirte.
Este eres tú tratando de dirigirte.

Desde el principio de, básicamente, todo, hemos tratado de usar metáforas para explicar cómo funciona nuestra mente. Hay muchas preguntas fundamentales que contestar, entre otras:

  • Quién soy yo.
  • Por qué estamos aquí. ¿Hay un por qué?
  • ¿Por qué a menudo hago aquello que sé que no es correcto, y dejo de hacer lo que sé que es correcto?

Esta última es la que nos atañe. Para responderla en esta serie de entradas usaremos muchas obras de referencia, pero las dos principales serán Cambia el chip, de Chip y Dan Heath, y The Happiness Hypothesis, de Jonathan Haidt. El modelo del Jinete y el Elefante viene de la obra de Haidt, mientras que los hermanos Heath nos darán muchas de las estrategias que perfilaremos.

Volvamos a las metáforas de la mente. Imágenes ha habido muchas, que vienen a significar lo mismo: nuestra mente no es una, sino varias partes, y a menudo estas partes están en conflicto. El primero en formular una (que es la que usaremos, aunque algo modificada) fue Buda, que decía que antes su mente era dispersa e iba tras cualquier deseo o pensamiento lujurioso, pero que después era como un elefante amaestrado por su jinete. Platón decía que la mente era como un auriga conduciendo un carro tirado por dos caballos, el de la derecha representando las emociones nobles y dócil a su conductor (que es la parte racional), y el de la izquierda un bruto salvaje, propenso a desviarse y desobedecer yendo tras los impulsos más bajunos.

Más recientemente, Freud decía que la personalidad se componía de tres partes: el id (ello), que representaba todo lo que era instintivo y deseaba el placer, el superego (superyo), que simbolizaba todo aquello que era cultura, normas, inhibiciones y el ego (yo), que sería la parte consciente de nuestra mente. La mejor metáfora del psicoanálisis freudiano que existe es imaginar la mente como un carruaje victoriano donde el yo es el conductor, el ello es el caballo que intenta ir a su aire, y el superyo es el padre del conductor, que se sienta como pasajero y se pasa todo el rato diciéndole al conductor cómo debería hacer su trabajo y por qué es un fracaso como cochero. Aunque el psicoanálisis no tiene validez como modelo de la personalidad, la metáfora es potente.

Tiempo después, los psicólogos sociales, al igual que los economistas, se enamoraron de la idea del ser humano como tomador racional de decisiones. El problema con esa aproximación es que no puede explicar por qué nos pasamos el día haciendo cosas rematadamente idiotas, y contrarias a nuestro beneficio. De esa problemática y del auge de la neurociencia nace el estudio de los sesgos y los procesos irónicos, del que ya hemos hablado antes.

Y para entender cómo y por qué nos jodemos la vida y cómo podemos dejar de joderla, hemos de entender que nuestra mente está, por así decirlo, en guerra consigo misma, y que no todas las partes funcionan armoniosamente. Y que la parte más racional es como el jinete de un elefante tratando de obligar al animal a ir por donde quiere: si no sabe lo que hace, se ve impotente ante la enorme masa del animal. Lo que acabamos teniendo a menudo es al elefante corriendo de estampida, mientras arrastra al jinete.

Para darle más gracia a todo, resulta que además el elefante no es un animal alegre y jocundo, sino que es un pesimista perpetuamente ocupado en ver amenazas en todo, y en preocuparse por absolutamente todo.

Nuestras mentes están divididas a 4 niveles. No es que esto sea así literalmente, pero estas metáforas nos serán útiles para entender lo que necesitamos entender. Y esas divisiones serán el objeto de las primeras entradas de la serie, porque hemos de entenderlas para poder combatirlas y aprovecharlas.

  1. Mente contra cuerpo (o sistema nervioso autónomo contra sistema nervioso central).
  2. Izquierda contra derecha (o cómo la lateralidad de los hemisferios cerebrales nos afecta).
  3. Viejo contra nuevo (o cómo las estructuras más antiguas evolutivamente hablando del cerebro trabajan con y contra las más recientes).
  4. Controlado contra automático (o sea, procesos conscientes contra los inconscientes).

Y podremos ver cómo funcionan estas divisiones con 3 ejemplos muy concretos, que todos hemos pasado muchas veces en nuestras vidas: los fallos del autocontrol, los pensamientos intrusivos y la imposibilidad de ganar una discusión.

No descansamos ni en Navidad. Permanezcan atentos.