Nos vemos en Valencia

La Universidad de Valencia organiza el ‘I Congreso de Pensamiento Crítico y Divulgación Científica’, con el subtítulo de ‘La pseudociencia en el siglo XXI’, los días 5 y 6 de abril en la Facultad de Filosofía. Han tenido a bien invitarme a dar una charla al lado de divulgadores de la talla de J.M. Mulet o Luis Alfonso Gámez. Es un enorme honor.

Daré una charla sobre pseudoterapias sin apoyo científico, y cómo podemos reconocer un psicólogo con una práctica científicamente validada de uno que no, usando dos ejemplos de psicoterapia sin validez empírica, uno de toda la vida (adivinad), y uno que aunque tiene unos añitos, parece estar de moda.

Podéis encontrar más información sobre el evento aquí:

https://icpcdc.wordpress.com/

Y este es el cartel del evento:

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Hablando con los mejores. Cuánto honor.

En marzo daré una charla en Barcelona, el día 19, como parte de la serie de conferencias “Escépticos en el Pub”. Hablaré sobre psicópatas, qué es verdad y dónde Hollywood se lo inventa todo. Si es como las demás veces, estará muy divertido.

Y en estas cosas es en lo que he estado ocupado.

Barbián
Barbián

Gracias por los diez años de amistad y compañía. Me alegro mucho de que Mónica haya podido conocerte, y me apena que Valeria no te conocerá. Que la tierra te sea leve, amigo mío.

El pensamiento positivo es una filfa. Y probablemente la Psicología Positiva también

El pensamiento positivo es una filfa. Y probablemente la Psicología Positiva también

Podría escribir una pila grande de palabras para explicarlo, porque hoy estoy de mal café y el cuerpo me pide hacerlo, pero cuando un pedazo de profesional como José César Perales (uno de los chicos de Rasgo Latente que es, para mí, de los mejores blogs sobre Psicología en castellano. Y además, estudió en mi facultad), aborda esta cuestión con cuidado y detalle, es mejor dejarle la palestra a él y disfrutar de su labor.

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Mierda para ti

No he abandonado la serie sobre relaciones de pareja ni mucho menos, la siguiente entrada está en marcha y casi acabada. Y tengo a medias el primer artículo de otra serie sobre trabajo profundo. Pero como ya no escribo en Facebook porque estoy peleando la maldita adicción, me parece mejor compartir este artículo aquí.

La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

Por qué tu relación va a fracasar (2): El amor sí se puede medir

Si vamos a hablar de por qué una relación puede fracasar o perdurar, primero tenemos que abandonar la más peligrosa y ridícula idea que nos ha impedido llegar a saber estas cosas: la idea de que el amor, la calidad de una relación, no se puede medir ni se puede evaluar de una manera objetiva. Entra John Gottman, durante los años 70.

Imagina que tú y tu pareja os vais a una réplica de vuestra casa. De vuestra sala de estar o lo que sea. No es una réplica exacta, pero se ha intentado que se parezca. Cuando llegáis, Gottman y su equipo os dan la bienvenida, y a continuación empiezan a enchufaros a cosas. Os sientan en unas sillas que tienen giróscopos y sensores, de modo que cada vez que te mueves, se registra. Se te ponen electrodos y sensores que registran múltiples variables psicofisiológicas como latido cardíaco, resistencia eléctrica de la piel, tensión muscular, y otras. Además, hay cámaras grabando desde cada ángulo concebible, de modo que ninguna expresión facial quede sin registrar, cada gesto listo para ser analizado exhaustivamente.

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Mirad el rostro del amor, muchachos

Puede parecer que esto es muy ortopédico, pero hay evidencia más que abundante de que, al cabo de unos minutos, la gente se olvida de que está siendo grabada y registrada, y empiezan a comportarse de una manera absolutamente genuina. Si queréis una evidencia acientífica pero muy válida para la mayoría de población, pensad que legiones de concursantes de Gran Hermano atestiguan que al cabo de un rato de estar en la casa, se olvidan de las cámaras. Y por una vez, dicen la verdad.

¿Por qué todo este montaje? Porque Gottman y Levenson son unos científicos de verdad, que entienden que toda emoción y sentimiento tiene una manifestación conductual: ¿qué es conducta? Pues conducta abarca tres ejes: el cognitivo (lo que pensamos), el fisiológico (toda emoción se traduce en una señal medible) y la manifestación externa (lenguaje y gestos y acciones). De modo que si se podía evaluar qué hacen las parejas que van bien y qué hacen las parejas que van mal, podrían compararse y ver qué las une y qué las separa.

Y no sólo trabajan los investigadores. Una vez acabadas las interacciones, los pacientes revisan los vídeos por separados, tratando de transcribir qué es lo que pensaban en cada interacción clave, y tratando de adivinar qué pensaba su pareja en cada interacción (imitando los experimentos claves sobre empatía de Aronson e Ickes), de modo que Gottman y Levenson podían seguir patrones de pensamiento y además estimar la habilidad de las personas para adivinar y entender lo que piensa el otro.

¿Suena como un trabajo de chinos? Lo es. Y Gottman y Levenson llevan 40 años haciéndolo. Han estudiado a personas de todo grupo racial y clase social. Parejas casadas y no casadas. Durante doce años sólo estudiaron parejas estables del mismo sexo. Durante una década parejas donde se daba violencia. Han seguido a parejas a lo largo de décadas, viendo cómo se unían, separaban, cómo les afectaba el tener hijos, la enfermedad, el cambio de ciudad o de empleo. Han seguido a los hijos de estas parejas, observando cómo los niños aprenden a gestionar sus emociones y desarrollando un método de coaching emocional para enseñar a esos niños que no saben a alcanzar esa habilidad. Es una de las investigaciones más monumentales de la historia de la psicología, hecha con modestia, esfuerzo y amor por el conocimiento. Así que cuando os digan que no puede medirse el amor, o que no se puede encontrar al sujeto en una tomografía (como me dijo el otro día un cuñado de psicólogo humanista en Facebook), espero que os bajéis los pantalones y os caguéis muy fuerte en quien os diga esa sandez, especialmente si es un psicólogo.  A día de hoy Gottman y su equipo pueden analizar las interacciones de una pareja y saber con un 94% de acierto si esa pareja seguirá junta o no a los tres años, y han desarrollado numerosas estrategias para reparar y consolidar las relaciones dañadas, aprendiendo de las relaciones exitosas.

Muy bien: ¿y cuáles son los hallazgos de Gottman y Levenson?

Vamos a resumirlos antes de empezar a desmigajarlos y analizarlos poco a poco. Por un lado los mitos:

  • La comunicación no es la clave, ni es siempre deseable.
  • Importa mucho más que la comunicación, la capacidad de reparar las situaciones que no han ido bien. Cosa que por cierto…
  • … es deseable, porque los conflictos pueden ser buenos en la relación.
  • La ira no tiene ningún efecto catártico, y su expresión no tiene beneficio alguno.

Por otro lado, lo que falla cuando una relación va mal es:

  • No importa si hay cosas que van mal, importa el ratio de interacciones positivas contra negativas. Si este ratio es 5:1, no importa cuánto te pelees, la cosa va bien. Si el ratio es 0,8:1 o peor, no hay salvación.
  • El afecto negativo escala en 4 pasos (los Cuatro Jinetes): crñitica, actitud defensiva, desprecio y bloqueo evasivo.
  • El patrón de escalada está relacionado con con un estilo negativo que implica evitar y apartarse (turn away) de los intentos de conexión emocional e interacción positiva.
  • Otro patrón disfuncional es el revolverse (turn against) contra los intentos de conexión emocional e interacción positiva.
  • Los intentos de reparación fallan: no se trata de evitar las peleas, sino de la reparación. Las parejas exitosas son capaces de reparar con éxito el daño durante una discusión, y por ello la relación se refuerza.
  • Anteponer el sentimiento negativo (negative sentiment override): Definido por Robert Weiss, es el fenómeno que se da cuando una persona emite un mensaje que un observador externo consideraría neutro o positivo, y el receptor lo interpreta de manera negativa, anteponiendo la interpretación negativa a la interacción positiva. De ahí el nombre. Este fenómeno se deriva de…
  • La presencia muy fuerte del error fundamental de atribución, del que ya hemos hablado.
  • Una elevada activación fisiológica que se vuelve crónica, especialmente en el caso de los hombres. Esta activación, asociada a la secreción de adrenalina, hace que la información se procese mal, además de promover un estado negativo al que llamaremos inundación.
  • En general, en parejas disfuncionales se encuentra un fallo por parte de los hombres en aceptar la influencia de sus esposas.
  • Por último, y extremadamente importante: en general, se observa que las conductas de tu pareja que más te joden, las provocas tú. Las situaciones de conflicto tenían disparadores rutinarios que a menudo estaban anclados en la conducta del otro miembro de la pareja. En relaciones funcionales los hombres muestran una mayor apertura a las ideas de su pareja, independientemente de si están de acuerdo o no.

Por primera vez, teníamos una imagen clara de cómo las parejas funcionaban o no. Porque además, estos hallazgos ponen en falso la legendaria frase de Anna Karenina, cuando Tolstoy decía:

Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

¿Y en qué se parecen las parejas felices? ¿Qué es lo que hacen? Pues eso en la próxima entrada, que esta ya pasa de las 1200 palabras y ya me dan mucho la vara para que publique. En breve, más y mejor sobre esto.

Por qué tu relación va a fracasar

Por qué tu relación va a fracasar

Bueno, o no. Quién sabe. ¡Feliz Año Nuevo!

Ya, ya lo sé. Hace muuuuuuuchos meses íbamos a hablar de toma de decisiones. Eso fue en mayo, y estamos en enero, y han pasado 7 meses, más de medio año, y qué le vamos a hacer. Pasaron otras cosas, buenas en su enorme mayoría, y el blog languideció, como ha pasado otras veces, y como quizá vuelva a pasar. Quién sabe.

Una de las cosas que pasaron es que mi práctica como psicoterapeuta ha crecido considerablemente, especialmente en el área de terapia de pareja. De modo que he dejado de recibir pacientes en mi despacho en casa, he alquilado un despacho molón, y me he puesto muy al día y he estudiado mucho sobre terapia de pareja. Y esto me ha hecho darme cuenta de que muchas de las cosas que pensamos y hacemos sobre nuestras relaciones están mal. De hecho, muchas cosas que pensaba sobre terapia de pareja estaban mal. Y he decidido contar algo de lo que he aprendido aquí.

Como suele ocurrir, se dicen muchas tonterías, y los expertos que salen en la TV explicando lo que hay que hacer para tener una relación sana a menudo lo que hacen es dar opiniones. Opiniones informadas por haber tratado muchas parejas en ocasiones, sí, pero opiniones. Y los psicólogos podemos hacerlo mejor que eso. Para dar opiniones cuñadas, están los coaches y los tertulianos, si es que se puede distinguir uno de otro.

En las siguientes entradas, que irán saliendo con la regularidad a la que estamos acostumbrados, nos referiremos sobre todo a la obra de John Gottman y Robert Levenson, los primeros psicólogos que han estudiado de manera rigurosa y científica la relación de pareja, llegando a poder predecir con un 94% de acierto si una pareja se divorciará en un plazo de 3 años. ¿Suena a magia? Es ciencia.

Habrá otros autores presentes, que también han tenido algo que decir e investigado de modo riguroso qué es una relación de pareja. Y veremos que hay cosas de sentido común que, en efecto funcionan (y no hacemos, porque es que nos gusta jodernos la vida), y como hay otras muchas cosas que damos por sentadas y que, en realidad, son una pila de bosta.

Por ejemplo, pelearse no tiene por qué ser malo en absoluto. Es más, las peleas de pareja son necesarias para una buena relación. Quién lo hubiera dicho. Hay truco, claro, pero las lentejas de Año Nuevo me esperan.

Feliz 2016. Veremos si podemos hacer algo para que lo sea.

Decisiones, decisiones.

Decisiones, decisiones.

Daniel Kahneman es un gran psicólogo. Ha ganado un premio Nobel de economía por su investigación en toma de decisiones bajo incertidumbre, y es uno de esos gigantes que hacen que sienta orgullo de mi profesión. Además de eso escribió una obra magistral llamada Pensar deprisa, pensar despacio, donde sintetiza esa investigación de modo asequible para todos.

De errores del pensamiento hemos hablado ya mucho y mucho y no voy a dar la lata más por ahora. Cito a Kahneman porque tiene una frase maravillosa sobre nuestra capacidad de tomar decisiones y de sacar conclusiones:

Un aspecto sorprendente de tu vida mental es que casi nunca te quedarás sin palabras. […] Tu estado de ánimo normal hace que tengas intuiciones y opiniones acerca de casi todo lo que se te plantea. Las personas te caen bien o mal mucho antes de saber gran cosa sobre ellas; confías o desconfías de los desconocidos sin saber por qué; crees que un negocio funcionará sin analizarlo.

O sea, que todos tenemos tendencia a ser unos cuñados. ¿No?

Bueno, según Kahneman sacamos conclusiones precipitadas porque prestamos demasiada importancia a la información que tenemos delante. Y siempre hay cosas entre bastidores que no conocemos, que no investigamos. A esto él lo llamaba no hay más que lo que ves, la tendencia a pensar que sabemos cuanto hay que saber. Esta tendencia afecta mucho nuestra toma de decisiones.

Los hermanos Heath, que sacaron hace tiempo un par de libros estupendos sobre cómo cambiamos y cómo enviar mensajes eficaces (ya hablé de ambos libros), sacaron hace no mucho un tercer libro llamado Decídete (en castellano), que presenta un modelo para la toma eficaz de decisiones. Y me ha gustado mucho, y quiero comentarlo más. Y eso es lo que voy a hacer.

En su obra, ellos usan la idea de Kahneman para decir que esa tendencia la podríamos comparar con un foco: aquello que está iluminado por el foco es aquello que tenemos en cuenta a la hora de decidir. Y, a menudo, se nos olvida que podemos mover el foco e iluminar más cosas.

Beats Antique at Cervantes
¿Ves algo fuera del foco? (Foto de Zoe Jakes)

En realidad, para ser algo que hacemos constantemente, no somos tan buenos tomando decisiones. Por ejemplo, un equipo de consultores estudiaron cientos de fusiones y adquisiciones de empresas, para ver en qué porcentaje el resultado de la operación (que es de las más arriesgadas) era bueno para los accionistas o no.

En el 83% de los casos, no hubo beneficio para los accionistas.

Jajajaja, ejecutivos idiotas con sus MBA caros, claro que se equivocan. ¿Es eso, no? No. En lo personal damos pena también. El Colegio de Abogados de EEUU descubrió que el 44% de los miembros no recomendarían estudiar Derecho como una buena opción para sus vidas. Analizando la contratación de 20.000 directivos se halló que el 40% son despedidos, dimiten o fracasan antes de 18 meses. En Filadelfia, un profesor tiene el doble de posibilidades de dejar su empleo que un alumno de dejar los estudios.

No vamos a volver a todas las veces que decidimos cambiar y no lo hacemos.

Mirad, lo importante en la toma de decisiones es el proceso, mucho más que el resultado. Y en cada uno de los pasos de ese proceso hay una tendencia a cometer un cierto tipo de error. Debería ser algo así:

  1. Te encuentras ante una decisión.
  2. Analizas las opciones.
  3. Tomas una decisión.
  4. Vives con ella.

Pero esto es el ideal, la realidad viene a ser algo más como:

  1. Te encuentras ante una decisión. Pero como tienes una perspectiva muy estrecha, se te escapan muchas opciones.
  2. Analizas las opciones. Pero en realidad, gracias al sesgo de confirmación, sólo analizas aquello que confirma la decisión que ya has tomado.
  3. Tomas una decisión. Y a menudo las emociones que sientes en el momento te empujarán a cometer un error.
  4. Vives con ella. Y a menudo descubres que tu capacidad de predecir el futuro es nula y que hay muchos factores que no habías considerado.

Y de esto es de lo que me gustaría hablar en las próximas semanas. Veamos qué sucede.