De cómo nos jodemos la vida (VI)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.

Vamos a hacer una prueba muy sencilla, inspirada en el fenomenal libro de Laura Vanderkam 168 horas: tienes más tiempo del que creesEs fantástico, es sobrio, y es una de las inspiraciones de esta serie. Será breve, y pondrá lo que hemos estado contando en perspectiva. Va en serio, intentad hacerlo, por favor. Nadie lo verá.

Primero: coge un papel y un boli. Escribe, resumidamente, lo que hiciste ayer. No hace falta que te pongas megadetallado, no escribas si cagaste o comiste. Sé completamente honesto, sólo lo vas a ver tú. Igual es algo así.

9:00-18:00: trabajar.

18:00- 20:00: mirar internet, hacer el ganso en facebook, cosas de casa, recados.

20:00 – medianoche: ver TV, ¿leer? (venga ya).

¿Lo has hecho? Toma un hotcake.

Segundo: en otro papel escribe las 5 cosas más importantes en tu vida, más o menos en orden de más a menos importancia. Podría ser algo así como:

  1. Cuidar de mi familia y amigos.
  2. Mejorar en mi trabajo.
  3. Encontrar el amoooooorrrrrllll.
  4. Mejorar el mundo.
  5. Perder tosino.

Una lista estupenda. Si la encabezaras con las palabras “Yo creo en…” tendrías una estupenda Filosofía de Vida. Si luego fueras a un concurso de misses y alguien te preguntara por tu filosofía vital, o te entrevistaran en la Contra de la Vanguardia, podrías decirlo. Y quedarías muy molón.

Tercero: Coge la primera lista de cosas que hiciste, y reordénala de más a menos tiempo invertido  en cada cosa. Así para la persona del ejemplo la cosa quedaría como:

– Trabajar

– Ver TV / leer

– Mirar internet, recados de casa.

Escribe al principio de la nueva lista “Yo creo en…” Coge la 2ª lista y límpiate el ojete con ella porque es mentira, no es relevante, no importa. ¿Cómo? ¿Que me equivoco? ¿Que esas cosas son importantes para ti? ¿Y cómo es que ninguna de ellas aparece en esta nueva lista? Coge esta tercera lista y mírala. Mírala bien.

Felicidades, esa es tu verdadera filosofía de vida.

Y no vengáis a tocarme la moral con que ayer no vale porque era un día excepcional, haced un cómputo de la última semana o del último mes. Si sois como yo y como el 99,99% de las personas que conozco, la lista 1 y la lista 2 no tienen nada que ver. Las cosas que dices que te importan y las cosas en las que inviertes tiempo y energía son conjuntos que no se solapan.

Y daros cuenta: esa filosofía de vida de la lista 2 ni siquiera es una mentira para quedar bien con los demás, nadie va a ver esa lista. Esas son las mentiras que nos contamos para quedar bien con nosotros mismos.

¿Y dónde nos lleva todo esto? A la siguiente forma que tenemos de jodernos la vida: nos engañamos pretendiendo que en unos años seremos mágicamente diferentes, cuando en realidad seremos más y más nosotros mismos. 

El tipo que trabaja en un curro cutre y te dice que un día quiere cambiar de empleo y currar en algo más cualificado, pero que no ha pasado ni un minuto hoy adquiriendo las cualificaciones necesarias para desempeñar ese trabajo. No se ha apuntado a un curso, ni ha hecho planes para ello. Simplemente tiene la idea de que no se quedará en ese trabajo para siempre, porque de modo más o menos mágico evolucionará para convertirse en el tipo de persona que se interesa por otras cosas.

Lo que eres hoy es lo que vas a ser dentro de 10 años, pero elevado a la 3482564 potencia, a no ser que cambies lo que hagas hoy. Porque los seres humanos no cambiamos de motu propio, de motu propio nos calcificamos. ¿No me crees? Hay abundante evidencia de que los rasgos de la personalidad tienden a solidificarse con la edad, una vez ha acabado de formarse, y cambiar rasgos requiere un esfuerzo sostenido en el tiempo.Y esa ilusión se sostiene porque somos capaces de pensar que nos importan unas cosas mientras dedicamos tiempo y energía a otras. 

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De cómo nos jodemos la vida (V)

Hay un problema con la palabra “querer”. Es muy grave. Y ese problema está en el corazón de todas tus ambiciones sin cumplir.

Recordemos: cambiar nuestra vida a mejor es muy jodido, y a menudo fallamos. Las razones que hemos visto:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.

A esto le añades el maldito uso de la palabra “quiero”.

El problema es que usamos la misma palabra (“quiero”) para dos significados completamente diferentes, como si fueran intercambiables. Observa. “Quiero” puede ser:

A) Una afirmación de intención: “Quiero recoger la colada antes de que llueva”. Es algo que ocurrirá porque está bajo tu control.

B) Una afirmación de un deseo general sobre algo acerca de lo que percibes que no tienes control: “Quiero la paz mundial”.

Y a menudo cambiamos los significados de la palabra en la misma frase, sin darnos cuenta, y nos engañamos diciendo que tenemos una intención cuando, en realidad, sólo tenemos un deseo general. Pero para el cerebro pensar en actuar puede ser tan válido como actuar, y por eso la gente pierde su tiempo compartiendo mensajes reivindicativos y estúpidos en Twitter y en Facebook y piensan que es importante que las redes sociales ardan. Para tu cerebro, no hay tanta diferencia en darle al Compartir una chorrada de meme o ir a una manifestación, si en realidad no quieres conseguir un cambio, sólo tienes el vago deseo de que las cosas cambiaran.

¿Conocéis a esa gente que está interesadísima por la productividad y que pasa horas y horas leyendo sobre el tema sin producir un carajo? De nuevo: eso es porque para tu cerebro hay poca diferencia entre pensar en actuar y actuar, y muchas veces considera que ya has empezado el esfuerzo de cambiar sólo con pensar en ello. De coña, ¿eh?

Ahora mira a tu alrededor, a ver cuánta gente está en trabajos de mierda y que “quieren” ser ricos o famosos, con sólamente una vaga noción de quizá algún día podrían hacerse famosos (si Belén Esteban lo hizo yo también puedo, ¿no?), o podrían ir a un reality. Ahora mira a todos los MBAs preparándose para trabajar 60-80 horas a la semana porque “quieren” forrarse. La diferencia entre ambos grupos es la noche y el día, y los del primer grupo ni siquiera se dan cuenta.

Y estoy empezando a pensar que en realidad el mundo se divide entre los que tienen una idea clara de lo que significa querer algo – incluyendo los costes totales y los sacrificios para conseguirlo – y los que no lo saben y lo dejan en un “estaría bien conseguir lo que quiero”. Los primeros deciden qué es lo que quieren, pagan el precio y se dirigen a por ello como tiburones. Los segundos miran a los primeros, sacuden la cabeza y se preguntan ¿Cómo lo hacen? como si es que los otros tuvieran un truco mágico o algo así.

Y no estoy diciendo con esto que todos debáis hacer un MBA y empezar a trabajar 70 horas a la semana ni nada de eso. NO. Estoy diciendo que mientras muchos de nosotros nos tomamos un café con los amigos y hablamos de cómo “queremos” ponernos en forma, empezar a estudiar, perder peso, o mantener el contacto con amigos, o lo que sea, hay gente que evalúa lo que ese deseo cuesta, y lo pagan, y lo consiguen. No se cuentan historias sobre lo que quieren ni se cantan canciones, sino que pagan el precio.

¿Te da miedo esa gente? Claro que te da miedo, porque eso es echar un vistazo a lo que cuesta conseguir grandes cosas. Sabías que Steve Jobs era un puto psicópata, ¿no? La próxima vez que te pregunten si quieres ser rico, piensa muy bien en lo que quieres de verdad y en lo que significa. En lo que te costará. En el tipo de persona en el que te tendrás que convertir.

Y en realidad esto es de lo que va esta serie: al final, todos más o menos conseguimos lo que queremos. No lo que decimos a los demás que queremos para quedar bien con ellos, ni lo que nos decimos a nosotros mismos para seguir satisfechos con nuestras vidas, sino lo que realmente queremos, porque a eso es a lo que dedicamos el tiempo y las energías. El problema es que nuestro cerebro viene con muchos mecanismos (y seguiremos hablando de ellos) destinados únicamente a proteger nuestra autoimagen antes que a conseguir cosas, y hay que luchar contra nosotros mismos  para superarlos.

Para averiguar lo que alguien quiere, no tienes que preguntarle nada. Sólo mira lo que ha hecho hoy, y a qué ha dedicado el día. Eso es respuesta suficiente. Quieres cambiar, empieza por ahí.

De cómo nos jodemos la vida (IV)

Reconozco que, probablemente, a estas alturas de la serie, esté empezando a tocaros la moral. Me la estoy tocando yo mismo, de hecho.

¿Por qué? Porque en realidad todos estos artículos suenan a autoayuda. A esta mierda del pensamiento positivo de “si tú quieres, puedes, campeón, y si piensas en positivo obtendrás un unicornio que cague arcoiris”. Y eso es estúpido, y nos hace sentir aún peor (que es el efecto habitual de los libros de autoayuda), porque no sólo nos jodemos la vida, sino que además es nuestra culpa exclusivamente.

Y es verdad y no es verdad. Quiero decir, yo podría espetarte “¿Qué haces ahí tumbado perdiendo el tiempo en Facebook en vez de convertirte en el ser supremo que estás destinado a ser? ¡MUEVE EL CULO!” ¿Y sabes qué? Que tú sabes perfectamente por qué estás tumbado perdiendo el tiempo en Facebook, es porque has tenido un día cansado, de mierda, y así te sientes algo mejor, así que yo puedo irme a la mierda con mi retórica de orador motivacional o de sargento instructor, lo que prefieras. A la mierda.

¿POR QUÉ NO ESTÁS MEJORÁNDOTE A TI MISMO COMO PERSONA EN VEZ DE CONSAGRARTE AL OCIO VACÍO, EH?
¿POR QUÉ NO ESTÁS MEJORÁNDOTE A TI MISMO COMO PERSONA EN VEZ DE CONSAGRARTE AL OCIO VACÍO, EH?

Y aquí entra otra de las trampas del cerebro, que Jonathan Haidt esbozó magistralmente en The Happiness Hypothesis: al final de todo, tiramos más a la gratificación inmediata que a la diferida, y sobre todo, seguimos pensando que existen las cosas gratis. Incluso las que son gratis y no cuestan dinero.

Vamos a seguir con el coñazo de ejemplo de siempre, el de ponerse en forma. Has decidido que, en efecto, no tienes que gastar dinero para ponerte en forma. Puedes salir a correr, o puedes hacer ejercicio en tu casa, en el suelo, en bolas (flexiones, sentadillas, dominadas en la puerta, esas cosas). Te pondrás en forma, te sentirás mejor, te quitarás las lorzas y no te costará un duro. Sí, te cansarás y sudarás y te darán agujetas. Pero es gratis, así que ¿por qué no hacerlo?

Eres gilipollas.

Lo que no has computado es lo que vas a perder por salir a correr, o por dedicar el tiempo a hacer ejercicio. Y como no lo has tenido en cuenta, cuando llegue el momento de pagarlo, no querrás. Y entonces lo dejarás. Y te joderás la vida.

Lo que vas a perder es cualquier cosa que estés haciendo ahora mismo, en vez de salir a correr, y aunque no quieras admitirlo todo aquello que haces, lo haces por una razón, tiene un valor para ti. Estar tirado en el sofá jugando a la consola es valioso para ti. Sí, igual yo no soy capaz de entender qué necesidad cubrías pasando 2 horas mirando una grieta en el suelo y tirándote del labio, igual era alivio del estrés, yo qué sé. Lo que cuenta es que si lo hacías, es porque no querías hacer otra cosa. Porque todo lo que haces lo haces porque en ese momento es exactamente lo que quieres hacer. Y si haces otra cosa, eso que pierdes.

Así que dices: “¡Me levantaré pronto para hacer ejercicio!” De acuerdo, eso quiere decir 2 horas menos de sueño, o irte a dormir 2 horas antes. ¿Qué hacías en esas dos horas? Lo que sea que hicieras, lo vas a echar de menos.

Es obvio, pero nadie lo piensa ni lo formula así. Todos dicen “¡Voy a aprender japonés!”, nadie dice “¡Voy a aprender japonés y pasaré menos tiempo con mi familia!”

Ahora vete y habla con una de esas personas que consiguen logros notables, y pregúntales por un día típico, o una semana típica, y fíjate en lo que no tienen. No tienen relaciones, o amigos con los que salir, o no están en Facebook, o no siguen 30 series a la vez, o no hacen algo que tú haces y que valoras. Su día tiene 24 horas como el tuyo, y por eso, añadir algo equivale a sacrificar otra cosa. Y si eres consciente y aceptas esto, lo puedes conseguir, pero si no puedes o no te das cuenta, la necesidad de gratificación instantánea te cogerá cada vez.

Por eso, los sargentos de Marines que te gritan sobre el tiempo que desperdicias no consiguen nada. Porque no estás desperdiciando tiempo, realmente, estás usándolo en otras cosas, cosas que te importan y a las que tendrías que renunciar. No vas a encontrar horas extra debajo del sofá o en un armario. Tienes que hacer cálculos fríos, muy fríos, y a veces muy chungos, como:

“Haré un doctorado, en vez de jugar a rol con mis amigos”.

“Haré una dieta, y dejaré de ir a cenar kebabs con mis amigos”.

“Sacaré un MBA e ignoraré a mi familia para poder trabajar y estudiar al mismo tiempo”.

Si no tienes en cuenta los sacrificios que has de hacer para cambiar, es como hacer un presupuesto suponiendo que tienes el doble de dinero que tienes en realidad. Si quieres ser una persona diferente, tienes que elegir qué partes de ti han de morir. Es un juego de suma cero: para añadir algo, has de quitar algo.

De cómo nos jodemos la vida (II)

Va, venga, vamos a ponernos alegres.

Tienes una infección bacteriana que no se irá nunca. Necesitas un tratamiento abrasivo en tu sistema digestivo al menos tres veces al día, y visitas regulares al médico durante el resto de tu puta vida. Si lo haces, no tendrás mucho problema. Si no lo haces es muy probable que se pudra un trozo de ti. Vale, no es una sentencia de muerte, pero qué palo ¿eh?

Estamos hablando de lavarse los dientes, muchachos.

¿A que lavarse los dientes es una tarea sencilla y no una carga monstruosa? Claro que no: porque no te pasas el día contemplando la montaña de cepillados de dientes que te quedan por hacer antes de morir. No. Ni en la de veces que te has de peinar. O en la de veces que has de ir al baño. Sólo tienes que pensar en la siguiente vez.

Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio,
Sísifo pensando en que ahora le toca el colutorio.

Cuando queremos cambiar, necesitamos un por qué que nos podamos creer, o no lo haremos. Pero incluso teniendo un por qué, fallamos porque pensamos en la tarea en su totalidad, y a nuestro cerebro eso no le gusta. Es como ponerte a pensar en la oposición que has de hacer, y en esa montaña de texto que estudiar para esa fecha que queda tan lejos… A tu cerebro se le antoja una tarea monumental.

Cuando te lavas los dientes tu meta a largo plazo (tener dientes) se olvida en favor de una tarea pequeña (el cepillado que te toca en ese momento). Conseguimos alcanzar la meta global a base de no pensar en ello. ¿Y sabes qué? Si consigues aplicar esa idea a cualquier cosa, eres capaz de hacer lo que te propongas. Cualquier cosa.

Cuando has de acometer una tarea, no has de pensar en lo que te queda por alcanzar hasta el final. Sólo existe lo que te toca hacer hoy. Y a menudo eso es abarcable.

Gene Wolfe es un escritor muy prolífico de fantasía y ciencia-ficción. Lleva muchos años en ello, y ha escrito miles y miles de páginas, una cantidad que hace que Juego de Tronos parezca un folleto del Media Markt a su lado. Y durante 14 años, lo hizo mientras trabajaba como ingeniero.

El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.
El secreto de hacer mucho es ser un vago, madafacas.

Gene Wolfe sólo tiene un “secreto” para ese éxito. Cada día escribe dos páginas. Dos putas páginas. El resto del día lo dedica a revisar otros textos, hacer promoción, o hacerse fotos como la de arriba. Dos putas páginas. Eso sí: las hace como el lavarse los dientes. Cada día, sin vacaciones, sin librar, sin excusas. Es como lavarse los dientes o irse a mear. No se dice a sí mismo “hoy hace un día muy bonito / feo / claro / lluvioso / es temprano / tarde…” Todos los días son día de escribir. Dos páginas. En 365 días, son 730 páginas. Eso son dos novelas de tamaño medio, o un tochaco. Mira, ahí lo tenéis. El secreto de ser un escritor es sentarse a escribir un poco cada día. Son 10000 por el consejo.

¿Por qué fracasamos? Porque nuestro estúpido cerebro no puede dejar fácilmente de pensar en todo lo que viene después. Tiende a hacer películas de lo que queda por hacer, y claro, es tanto, es tan difícil. Escribir todo, revisar, mandar a un editor, que lo acepte, promocionar…

¿Quieres ponerte en forma? Olvídate de toda esa mierda de las metas, y los pósters motivacionales de tíos rajados diciendo imbecilidades, y eso de que cuando lleves x meses levantarás tanto o pesarás tanto menos o se te marcará lo otro. Simplemente haz algo todos los días. Procura hacer un poco más o algo más difícil cada día. Cuando estés en ello, no pienses en lo que te queda. Sólo quieres hacer una repetición más. Una más. Hasta que acabas.

¿Quieres dejar de fumar? Es horrible pensar que no fumarás nunca más. Es más fácil pensar que no tienes que fumar hoy. Date permiso para fumar mañana, sólo tienes que aguantar hoy.

No dejes que tu mente te engañe. No pienses en metas. Piensa en el siguiente paso. Sólo eso.

Aunque esta idea no es mía, la desarrolló Scott Adams, el autor de Dilbert. Pero no debería enlazar su blog porque los guerreros de la justicia social de Internet dicen que es un cerdo machista, un malvado, y tal.

De cómo nos jodemos la vida (I)

Hay muchas maneras de joderse la vida. Muchas. Da igual que vivamos en lo que, comparado con hace un siglo y más atrás, es una Era Dorada sin precedentes, llena de maravillas inigualables (porque como ya demostró el nunca lo bastante alabado Yuri, el pasado era una mierda). Da igual, porque la naturaleza humana no ha cambiado en todos estos milenios. Nuestros cerebros hacen el trabajo que tenían que hacer para mantenernos vivos hace 100.000 años. Claro, en este entorno, no siempre es lo mejor. La gente es gente, que dirían mis ídolos.

Para empezar, muchas veces sabemos perfectamente lo que hemos de hacer. A lo largo de estos años he visto a muchas personas en la consulta y en talleres y cursos que sabían perfectamente lo que habían de hacer. Lo sabían, lo habían estudiado, lo entendían. Y no lo hacían. No lo hacen. No lo hacemos.

Tenemos esta estúpida idea de que somos racionales, y que si se nos dan razones objetivas para no hacer algo, así como herramientas para hacer algo mejor, automáticamente nos daremos cuenta de cuál es el curso correcto de acción y haremos lo que se debe. Claro que sí, ¿verdad?

¿Tú fumas? ¿Bebes? ¿Pasas de hacer ejercicio? ¿Haces algo que no debes? Claro que sí.

Imagina que quieres ayudar a la gente a dejar de fumar, o a cumplir las normas de tráfico. Tienes dos opciones.

1) Ponte agresivo, pon fotos de accidentes, tumores del tabaco, niños atravesando parabrisas, gente mutilada, enseña lo que el tabaco o una colisión hacen al cuerpo humano.

2) Enséñales buen material sobre cómo dejarlo, con procedimientos y pasos sobre cómo hacerlo.

¿Qué es lo que ha funcionado mejor a lo largo del tiempo? Si pensáis que la opción 2, mal. Una y otra vez, los cambios más relevantes en la conducta de fumadores y gente al volante se han dado con campañas de agresión, o prohibiciones directas (prohíbe fumar en el trabajo y en los bares, y de repente mucha gente se anima a dejarlo). O, más claramente: las campañas que te explican por qué dejarlo, en vez de cómo.

Fallamos a la hora de cambiar porque, en realidad, no tenemos un por qué que nos creamos. No porque no sepamos cómo hacerlo.

Daos cuenta: si de verdad quieres hacerlo, si de verdad tienes claro el por qué, averiguar cómo hacerlo suele ser una cosa trivial. El método no importa, el método es la excusa que nos ponemos para afrontar el hecho de que en realidad no queremos cambiar nada.

¡Conozco a un pavo que perdió 30 kilos con la dieta transformer!

No. Conoces a un pavo que tenía tan claro que quería perder peso, que estaba dispuesto a hacer un plan y adherirse a él. Lo cierto es que casi todas las dietas funcionan porque, al final, casi todas las dietas acaban restringiendo las calorías que ingieres. La clave es seguirlas.

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

Cada año se venden millones y millones de euros y dólares en máquinas y programas de ejercicio. ¿Crees de verdad que hacen falta? ¿Cuántas de esas personas pagaron ese dinero pensando que ese objeto sería lo que les convertiría en las personas con el físico que querían?

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

No necesitas nada, y lo sabes. Si quieres hacer ejercicio sólo necesitas un trozo de suelo, y puedes hacerlo ahí, en bolas. No necesitas el abcrunchermonguer, ni pesas rusas, ni nada.

Prueba a hacer ejercicio con un desconocido apuntando a tu cabeza con una pistola, con instrucciones de volarte un trozo de carne si no consigues hacer la rutina. Ya verás lo rápido y lo bien que la haces, y cómo esas repeticiones imposibles salen, y cómo ese peso imposible se levanta. Porque una vez que el por qué está resuelto, lo demás sale solo.

El otro día comía con una amiga que decía que ella usaba pesos de 1 y 2 kilos en el gym porque no podía con más. Llevaba un bolso que pesaba bastante más que eso. Maneja archivadores de papel que pesan más que eso. Básicamente, estaba diciendo que no puede hacer la compra.

Malcolm Gladwell usó la palabra japonesa harajuku para designar esos momentos en los que tienes una revelación que te impulsa a actuar de modo inevitable. Lo que viene a ser tocar fondo, vaya, pero con más molonidad. Porque eso es lo que necesitas para cambiar: tocar fondo. Nadie hace nada hasta que no toca fondo. ¿Sabéis cuánto tiempo suele tardar una persona en acudir a buscar ayuda cuando tiene una depresión? 5 años. Si no más. No vienen hasta que no pueden más, hasta que no es insufrible, hasta que la gente a su alrededor les empuja y les amenaza con dejarles.

¿Esas personas que parecen hacer mil cosas, con días que les cunden a tope y que siempre están haciendo algo? Son como tú y como yo, pero ellos, mentalmente, tienen a alguien con una pistola en su cabeza, cada día, todo el día. Se han mirado en el espejo y han visto algo que les impulsa a hacer dieta de verdad. Les han diagnosticado una enfermedad mortal si no dejan de fumar. Lo que sea. Tienen claro el por qué.

Y por eso no cambiamos. Porque no tenemos un por qué que nos convenza, y todo lo demás es postureo.

De la manera española de hacer las cosas

La prensa española sobre la Diada catalana se puede resumir en:

“Os insultaremos hasta que queráis quedaros con nosotros.”

Muy bien, España. Muy bien.

En el fondo, esto no es nuevo. Es como se hace la política desde hace siglos aquí.

Hablando con mi amiga Marisa, se me ocurre que, en el fondo, el tema de Cataluña es similar a lo que pasaba en Flandes siglos ha. Es la manera española, o castellana, o lo que sea, de hacer las cosas, donde el compromiso, el acuerdo y la negociación son de poco hombres, de afrancesados, y no se hace. Tiene que ser todo por mis cojones, hasta el fracaso y la ruina que siempre, siempre, es lo que acaba pasando.

Tienes un Imperio sin precedentes, que empequeñece al romano, donde la mitad son protestantes y la mitad no. Los protestantes tienen pasta, recursos, son gente a la que merece tener dentro, y además ya tienes unas posesiones de ultramar que dan plata a espuertas de las que has de ocuparte.

¿Qué haces? ¿Negocias, seduces, incentivas que se pongan en tu lado?

Escuchas a los tipos de las sotanas, y tiras y malbaratas el oro de las Indias, que tienes más pasta que Dios, para enviar tercio tras tercio allí en una guerra que no puedes ganar sin convencer y asimilar como hicieron los romanos, para enseñarles que van a ser católicos sí o sí. Mientras, tus rivales te hacen la cama, te meten cuchara en ultramar, y te van levantando el negocio poco a poco porque, simplemente, no puedes estar partiéndote la cara con la gente en Flandes todo el día y además mantener América. Añade a eso la corrupción endémica, sistémica y negra que forma parte del carácter español, con cosas como una sola familia sevillana controlando todo el paso del oro de Indias, prebendas para los curas y sabe uno qué más.

Esto es igual. Cataluña es un gran sitio. En Cataluña tienes un puerto que se cargaría el de Amberes si le pusieras un acceso en condiciones. Tienes una pila de empresas que podrían dar dinero y prestigio a punta pala. Podrías negociar, alcanzar compromisos y aprovechar la inercia inherente a la gente del lugar para alcanzar 4 compromisos razonables que les tengan contentos y te dejen en paz: venga, que los catalanes han estado votando a CiU, que es el partido de NO HACER NADA NUNCA 30 años, y sabiendo que Pujol y el 3% están ahí desde hace 40 años, que no son gente de ponerse salvaje.

Pues no. Hay que sacar el toro de Osborne porque el político español no ha aprendido las lecciones de la historia (que como buen español desconoce), no ha aprendido nada de lo ocurrido desde las primeras cagadas de Isabel y Fernando expulsando a moriscos y judíos. El político español cree de verdad que aunque insulte a los catalanes cada día hay muchos catalanes que quieren ser españoles porque… ¿qué? ¿Qué incentivo hay para quedarse aquí? ¿Cuál es la ventaja? ¿Jugar en una liga de fútbol?

El único incentivo que un político español entiende es el que va en un sobre, o en un enchufe. Ahora es fácil ver cómo las reacciones a la Diada son las que son, cuando en Canadá puedes hacer 10 referéndums sobre si Quebec se va o no (y nunca se va) o el Reino Unido puede permitirse dejar a los escoceses decidirse. Y por eso aquí tienes a la caverna gritando y berreando mientras en UK el Primer Ministro hace un discurso, simplemente tratando de mostrar a Escocia las ventajas que tiene quedarse, y no tratándoles como a subnormales.

(Por cierto, cuando los fachas hablan de burguesía catalana, ¿se olvidan de que burguesía hay en Madrid tanta o más? ¿Y en Andalucía? ¿Y el País vasco? ¿Burguesía como Emilio Botín que se llevó el dinero de Cantabria y desmanteló parte de la industria de ahí? ¿De ese modelo?)

Los argumentos adicionales son aún peores. Tienes las acusaciones de la corrupción, que no dejan de ser salvajes dado que vienen de partidos donde está imputada hasta la señora de la limpieza. O sea, el razonamiento es que, como en Cataluña hay corrupción igual que en España, los catalanes no pueden preferir irse “porque les van a robar.” ¡Pero ya si les roban como a todos los españoles!

Tienes los argumentos históricos, que son risibles en ambos lados (porque lo que se ha montado en el mercado del Borne también da risica, la verdad). Es estúpido decir que Cataluña no se puede ir porque es que “no es una nación de verdad” como es ridículo decir que Cataluña se puede ir porque existía una corona catalana allá por el siglo XII. Tengo un notición: a nadie le importa.

Por ese argumento, espero que nadie les diga a los italianos que pueden volver a reclamar su provincia de Hispania en el nombre del Imperio Romano, que pasaron aquí bastante más de 500 años mierdosos. O el Califato de Damasco, aunque creo que a la caverna ya le daría la piorrea de pensar que el Islam esgrimiera los mismos argumentos que ellos. O mejor aún, que nos reclamen los franceses que son los más recientes. ¿Sí, sí, nos pueden gobernar en nombre de Bonaparte?

Esto es falaz, por ambos lados, porque no hacen falta argumentos históricos de ninguna clase: la única razón que la mayoría de una población necesita para independizarse es que se quieren ir, sin apelar a derechos de conquista, fueros históricos de hace siglos, antigüedad en el puesto de trabajo o clasificación en la liga de fútbol. Todo eso es irrelevante.

No tenemos ni idea de lo que es una democracia, ni de persuadir y alcanzar compromisos, y por eso nadie fabrica independentistas a más velocidad que el gobierno central, que el cuñao que hace el enésimo chiste de catalanes, que el enésimo artículo de opinión fachuno en línea con que “es que Barcelona habría que bombardearla otra vez” y todas las habituales maniobras cerriles de siempre. Artur Mas no mueve una pizca de opinión, ni ERC, ni nadie: tratan de cabalgar un movimiento que cobra fuerza con cada insulto, con cada amenaza, con cada desdén y con cada negativa.

No sé si Cataluña se independizará o no. Pero si queréis que los catalanes quieran quedarse aquí, vais de culo. Os lo dice uno que es andaluz, ha vivido en Madrid y sólo lleva 6 años en Barcelona. Vais de culo.

Una cita de H.L. Mencken

. . . incluso un hombre supersticioso tiene ciertos derechos inalienables. Tiene derecho a albergar sus imbecilidades y disfrutarlas tanto tiempo como desee, siempre y cuando no trate de inflingirlas a otros hombres mediante la fuerza. Tiene derecho a debatirlas y defenderlas tan elocuentemente como pueda, venga a cuento o no. Tiene derecho a enseñárselas a sus hijos. Pero ciertamente no tiene derecho a ser protegido de la libre crítica de aquellos que no las comparten. No tiene derecho a exigir que sean tratadas como sagradas. No tiene derecho a predicarlas sin que nadie las desafíe. . . . El significado de la libertad religiosa, me temo, es a veces enormemente malinterpretado. Se toma como una especie de inmunidad, no sólo al control gubernamental, sino a la opinión pública. Un zoquete se compra una sotana, se alza tras la mesa sagrada, y emite tales disparates que ahogarían a un Hotentote. ¿Ha de pasar sin desafío? En ese caso, lo que tenemos no es una libertad de religión, sino la más intolerable y ultrajante variedad de despotismo religioso. Cualquier imbécil, una vez admitido en las órdenes sagradas, se vuelve infalible. Cualquier tarado, por el simple medio de adjudicar sus delirios a la revelación divina, adquiere una autoridad que nos es negada al resto.

Podemos cambiar la religión por arte, fútbol, política, coaching, o lo que se desee, y seguimos teniendo una verdad universal. La filosofía, la buena filosofía, es tan necesaria hoy como siempre.

A menudo identificamos erróneamente nuestra identidad con nuestras opiniones, y pensamos que la crítica a estas es un intento de silenciarnos, de robarnos nuestra libertad de expresión. Expresiones como que “todas las opiniones son igualmente válidas” o “toda opinión es respetable” o “esa es tu verdad pero no la mía y nadie tiene la absoluta,” denotan una completa bancarrota intelectual. Hay pocos temas en los que realmente no existe una verdad perceptible y tangible. Y en muchos temas sociales, esta verdad existe.

Imaginad qué clase de mundo es aquel en el que, a la hora de tratar una enfermedad, le decimos al médico que su opinión vale lo mismo que la de un fontanero. Imaginad qué mundo es ese en el que las opiniones de un racista creacionista que cree en las hadas son tan válidas como las de una persona informada. Imaginad que no pudiéramos saber nada de verdad.

Las personas merecen todo el respeto, y sus derechos deben ser salvaguardados con cuidado. Las opiniones no merecen, en sí, ningún respeto. Las opiniones tienen que ser analizadas, troceadas, demostradas, rebatidas, y tiradas por el suelo. No hay ninguna razón para aceptar una opinión porque sí, sin datos que la respalden. Las opiniones no tienen, en sí, más valor que el que les damos.