Del granjero que no saltaba a conclusiones.

Del granjero que no saltaba a conclusiones.

En toda la debacle esta de Cataluña, con la DUI que no es una DUI que se firmó ayer, y la República que sí pero no, y en Madrid el 155 se ejecuta pero a ver cómo y, en general, siendo todo lo que aquí se denomina can pixa, mi comentario más frecuente ante las predicciones de uno y otro signo es “Veremos.”

Hay quien se sorprende de que se pueda responder simplemente con eso, pero hay una razón, basada como no, en la filosofía estoica. Y es que los estoicos ya reconocían, y la psicología confirmó, que tenemos una excesiva fe en nuestra capacidad de predecir acontecimientos complejos, y eso se acentúa cuando hablan expertos (y las investigaciones de Phil Tetlock sobre el rendimiento de las predicciones de los “expertos” en economía y política ya demostraron que no hay razón para hacerles caso (1)).

Los estoicos, por ello, proponían tomar los acontecimientos como venían, sin asignar la etiqueta “bueno” o “malo” hasta entender completamente las implicaciones del hecho, y delimitando y ocupándose sólo de aquello que uno puede controlar. Esta idea se ilustra con esta fábula, que he visto también atribuida a otras culturas y épocas (por ejemplo, en otra versión el granjero es chino).

Hubo una vez un granjero cuyo caballo se escapó. Esa tarde sus vecinos fueron a su casa a compadecerse de él. Le decían “Sentimos tanto que tu caballo haya escapado. Es muy desafortunado.” El granjero contestaba: “Veremos.” Al día siguiente el caballo regresó trayendo consigo 7 caballos salvajes, y esa tarde todos volvieron a felicitarle: “Qué afortunado giro de los acontecimientos. ¡Ahora tienes 8 caballos!” El granjero de nuevo contestó: “Veremos.” Al día siguiente el hijo del granjero trató de domar uno de los caballos, y mientras lo montaba el caballo lo derribó y le partió una pierna. Los vecinos dijeron “Oh, cielos, qué mala fortuna.” El granjero contestó: “Veremos.” Al día siguiente los soldados de la polis vinieron y se llevaron a todos los jóvenes para alistarlos, pero rechazaron al hijo del granjero por tener la pierna rota. De nuevo los vecinos se reunieron a felicitar al granjero: “¿No es maravilloso?” De nuevo contestó: “Ya veremos.”

El granjero de la historia se niega reiteradamente a considerar los sucesos en términos de ganancia o pérdida, ventaja o desventaja, porque uno nunca sabe. De hecho nunca sabemos de verdad (salvo en los casos más extremos) si algo es una suerte o una desgracia, sólo podemos conocer y controlar nuestras siempre cambiantes reacciones a los siempre cambiantes sucesos.

Por eso, mientras los tertulianos gritan, hacen predicciones que no se cumplen, y anuncian a cada momento un apocalipsis distinto que no llega a suceder, lo único razonable es permanecer en calma y esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Ocuparnos sólo de aquello que está en nuestra mano controlar, y esperar a ver qué sucede, aceptando los hechos como ocurren. Eso no impide que podamos y debamos hacer cuanto esté en nuestra mano por mejorar nuestra situación. Pero para evitar ansiedad y sufrimiento, es necesario recordar hasta dónde llega realmente nuestra capacidad de influencia. Las discusiones en Internet dan sensación de acción y de control, pero no suponen diferencia alguna. En todo este asunto, los únicos beneficiados son los medios de comunicación, que dependen de nuestra ansiedad permanente, y las plataformas como Facebook que ganan dinero a costa del trabajo gratuito que hacemos para ellos, participando en estériles discusiones donde nadie sabe nada.

Buenos amigos míos han manifestado preocupación y pesar por los acontecimientos. Una cosa quiero recordar a todos: Los políticos vendrán y se irán. Los países nacen y mueren. Los imperios que parecían eternos antaño, hoy sólo dejan ruinas o se han olvidado. No sabemos qué sucederá, probablemente ni los principales actores en esta situación lo sepan (es obvio que la improvisación y la incapacidad abundan). Aceptemos los hechos como son ahora, en este momento, y no nos preocupemos del desenlace, que acabará llegando igualmente. ¿O hemos olvidado ya el apocalipsis que iba a ser la gripe A (causó menos fallecimientos que la gripe normal?), el Ébola (tampoco), y tantas otras cosas?

ENLACES

  1. Phil Tetlock en Wikipedia.
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Del adoctrinamiento político.

Del adoctrinamiento político.

ACLARACIÓN, SUPONGO QUE NECESARIA: Yo soy andaluz, habiendo vivido 26 años en Granada, 5 años en Madrid y los últimos 9 en Barcelona. Si bien considero que se debería llevar a cabo un referéndum con las garantías necesarias en Cataluña para dirimir qué demonios piensan realmente los catalanes al respecto, no considero que la independencia de Cataluña sea la mejor opción, prefiriendo una reforma del Estado Español hacia una configuración más federal. O sea, que soy pro-referéndum no independentista. Digo esto para que se entienda que no he pasado por la educación catalana que se supone adoctrina tanto (en este post revisaremos esa idea), no consumo prensa catalana o nacional ni sigo TV3 ni nada por el estilo, y no me gusta el fútbol ni soy del Barça.

En estos últimos meses, a raíz del proceso independentista emprendido por la Generalitat, uno de los argumentos que más he leído y escuchado en diferentes foros es que los catalanes que son independentistas, lo son porque están adoctrinados en las escuelas catalanas, y por los medios partidistas de comunicación, como TV3 y, supongo, el Club del Super 3, el Mic y otros programas infantiles que, sin duda, transmiten el odio a España y lo español.

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Enseñando a los niños a odiar a ESPAÑA en esos conciertos que hacen, hablando en raro.

La idea y el argumento me dan básicamente cáncer en el cerebro, y una vergüenza ajena que no se puede expresar en ningún idioma, salvo quizá en alemán. No sólo porque chocan con mi experiencia (que no deja de ser evidencia anecdótica), sino porque además se pega de bofetadas con la más elemental psicología social.

En corto: si en las escuelas catalanas se adoctrinara en el odio a España y el amor por una Cataluña independiente (cosa que dudo por mi experiencia de 9 años aquí, pero vale), ese adoctrinamiento habría sido un fracaso completo, ya que en 2006 no se alcanzaba el 15% de la población independentista (1)(2). Si la transferencia de competencias  en Educación es en el 92, y hasta el 2006 no hay cambios en la población independentista, y no se dispara hasta el 2011, entonces la teoría del adoctrinamiento es insostenible porque claramente no se ha logrado nada EN 25 AÑOS. La educación como medio de adoctrinamiento no ha conseguido nada, de acuerdo con esos datos.

Aparte de que, es de primero de psicología social, la transmisión de valores políticos se da con mucha más fuerza en la familia y los iguales que en la escuela, que es fácilmente ignorable (y las últimas investigaciones son aún más marcadas porque parecen sugerir que la inclinación política es genéticamente predispuesta y correlaciona con variables de personalidad y no con entorno). Esta es la razón por la que, por ejemplo, las escuelas religiosas fabrican tantos ateos, o las universidades más progresistas en EEUU están creando muchos conservadores acérrimos (3). Porque formamos nuestras opiniones en casa y con nuestros amigos, y no tanto por lo que diga un libro de texto. Si hay una escalada en independentismo desde 2006 además, la escuela no puede ser, porque se ha dado en menos de 10 años, tiempo insuficiente para que una promoción entera pase por el sistema educativo.

Esto coincide, y lo sabemos todos, con nuestra experiencia personal: muchos hemos pasado por colegios religiosos privados o concertados, donde el profesorado clara y abiertamente ha tratado de transmitirnos unas creencias y unos valores, y en general, las personas que salen de esos centros siendo religiosas, lo son porque en su familia y círculos cercanos son religiosos. El resto, somos ateos (un agnóstico es, conductualmente hablando, un ateo), la asistencia a misa está en niveles bajísimo y, en general, los esfuerzos de la iglesia en los colegios no dan fruto. Igualmente, Euskadi tiene unos niveles muy bajos de independentismo pese a que se suponía que en las ikastolas te lavaban el cerebro. Y los líderes del independentismo se formaron, en no pocos casos, en las escuelas del franquismo. Mi padre se educó en un internado de los salesianos en la España franquista de los años 50, y era comunista y ateo acérrimo. En fin, podemos estar así todo el día. La tesis de los colegios y la educación es insostenible.

Por otro lado, para hablar de adoctrinamiento en los medios (igual que en la educación) lo primero que tendríamos que tener es un aislamiento de la población de aquellos medios discrepantes. La Generalitat debería tener bajo su control todos los medios de comunicación. Pero en Cataluña los medios independentistas no son los únicos, y el ciudadano catalán está expuesto a los mismos medios que el resto de españoles. Por lo que es imposible que TV3 adoctrine, cuando ni siquiera los medios pro independencia son los que tienen mayores audiencias. Aquí se ve RTVE, A3, T5, Cuatro y todas las demás, ¡hasta Intereconomía y 13tv y lo que sea! En cuanto a prensa, el diario más vendido sigue siendo El País (4)(5)(6)(7). O sea, que mal van a adoctrinar los medios cuando los catalanes pueden elegir qué medios consumen, y la mayoría de medios disponibles en Cataluña no son pro independencia.

También en estos días me han comentado cosas como, por ejemplo, que si los medios no tienen esa capacidad de crear opinión, por qué los políticos subvencionan generosamente los de su cuerda y tratan de estrangular los contrarios. Y es una pregunta válida. Pero está respondida. Que los políticos se aferren a sus televisiones pesebreras demuestra que CREEN que funciona. Igual que los políticos creen que las encuestas y sondeos predicen lo que va a hacer la gente, y luego pasa lo que pasa. Y puede funcionar (en el sentido de que puedes dar información falsa) pero sólo si las controlas todas, o con la gente que de todos modos sólo ve tu TV. O sea: tus medios afines funcionan con los ya convencidos, o con la gente que no tiene acceso a otros medios. Stalin gastó millones de rublos en investigar la telepatía, y no por eso la telepatía existe. Y unos medios públicos y verdaderamente independientes (como la BBC) son precisamente necesarios porque los privados siempre van a ser poco fiables al estar a sueldo de una u otra empresa. Recordemos que RTVE tenía un prestigio de objetividad y rigor impecables hasta… anda, mira, hasta 2011. Qué cosas.

Por último, cuando uno mira las gráficas de opinión, uno puede ver claramente que los aumentos en el independentismo han empezado en 2006 (hasta entonces se mantenía por debajo del 15%, lo cual es marginal), y desde entonces cada pico coincide con una actuación del PP (en la oposición o el Gobierno), sin que, además, la crisis económica o los recortes de CDC tengan correlación estadística con nada.

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Gráfica extraída de la página de análisis Debate21. Por cierto, leed las conclusiones del artículo.

En resumen: Las gráficas del CEO muestran una tendencia al alza en el independentismo constante desde 2006, con dos jorobas que coinciden no con el Estatut, sino con la oposición del PP al Estatut y la resolución del TC. No ha habido cambios en la educación que puedan usarse como explicación, ni en la programación de TV3, ni en los medios, ni nada de eso. El único factor que cambia es el Gobierno central, porque la tendencia se dispara de 2011 en adelante, con la entrada del PP en el poder. Y lo único que ha cambiado es el ocupante de la Moncloa. Si todas las variables salvo una son constantes, y hay un cambio en la situación, ese cambio se deberá probablemente a la variable que ha cambiado. Eso es de primero de diseño experimental.

Así que, desde mi punto de vista profesional, la tesis del adoctrinamiento no es más que un intento de resolver la disonancia cognitiva que muchos españoles sienten / sentimos cuando ven que un número creciente de catalanes consideran (acertadamente o no) que estarían mejor por su cuenta. Y como es muy difícil decirse uno mismo “igual están hartos de nosotros y los gobiernos que hemos votado” (porque 11 millones de votos al PP no salen de Cataluña, vamos a recordarlo), pues se busca una explicación más sencilla que nos exculpe (“los han adoctrinao los indepes malos”) y a volar. No se sostiene, no concuerda con la evolución del independentismo, y no se reúnen las condiciones necesarias para que pueda haber un adoctrinamiento eficaz. La comparación de la situación en Cataluña con otros países en regímenes dictatoriales es, sencillamente, sonrojante.

Me dan ganas de grabar en piedra las gráficas del CEO con el crecimiento del independentismo donde se ve EXQUISITAMENTE cómo la hipótesis del adoctrinamiento es un absurdo, atarlas con una copia del manual de Moya de Psicología Social I (450 páginas), y darles en la cabeza a los del adoctrinamiento a ver si absorben información por vía de traumatismo.

ENLACES

  1. Barómetro del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat.
  2. Análisis de La Vanguardia sobre la evolución del independentismo de 2005 a 2016.
  3. Cómo las universidades progresistas dan lugar a conservadores reaccionarios, del NY Times.
  4. Estadísticas de audiencias televisivas en Cataluña: los catalanes ven más TVE que TV3.
  5. Artículo sobre audiencia de TV3 en El País.
  6. Información sobre audiencias en medios de comunicación vía internet y móvil.
  7. Tirada de prensa escrita en Cataluña.
  8. Análisis sobre crecimiento del independentismo en Cataluña.

Del Día de la Mujer Trabajadora

Bueno, pues hoy es 8 de marzo (felicidades a todas vosotras), y como suele suceder con todas las conmemoraciones relacionadas con el avance de la igualdad, los derechos humanos y esas cosas, el Ejército de la Merma no ha tardado ni dos minutos en sacar sus pendones y empezar con las cuñadeces, a cuál más ridículas. Obrerismo de derechas en su máximo esplendor.
 
Uno de los argumentos cuñados más favoritos que se leen es que bueno, que por qué no hacemos un Día del Hombre Trabajador, porque si esto es por la igualdad pues que qué injusto todo que nosotros los hombres no tenemos un día. De verdad, tener el sistema educativo más avanzado y la mayor fuente de conocimiento de la historia para que te salgan con esto.
 
Voy a hacer una pregunta, que igual nos ayuda a esclarecer este tema: imagina, amigo cuñado, que te nombran Presidente del Mundo. Por fin se reconoce tu genio. Felicidades, ahora puedes solventar todos los problemas de un plumazo y tienes un suministro infinito de Marca y Soberano. Tómate un sol y sombra. Y por supuesto, como tú no eres de izquierdas ni de derechas, sino pragmático y preocupado por las cosas importantes, decides que hay que poner un Día del Hombre Trabajador. En realidad tú querrías quitar la filfa esa del Día de la Mujer Trabajadora,que no es ni festivo ni nada, pero tu madre o tu mujer te van a crujir, así que no te atreves. Venga, nuevo día de fiesta.
 
Mi pregunta es: ¿qué es exactamente lo que se conmemoraría en ese Día del Hombre Trabajador? ¿Qué discriminación contra los hombres hemos tenido que superar que merece la pena conmemorar? ¿Qué avance en derechos y libertades hemos conquistado los hombres que antes no tuviéramos?
Es una pregunta completamente en serio. Porque, desde donde yo lo veo, no tengo nada que conmemorar porque los hombres no hemos necesitado conquistar nada de las mujeres. Nada. Nunca.
Es más, todos los días son mi día. Por ejemplo, una sencilla lista de cosas que puedo celebrar hoy, como hombre trabajador que soy:
  • Hoy es mi Día de vestirme como me rote sin que nadie me manosee o me diga nada porque “lo andaba buscando” o porque provoco a las mujeres a violarme.
  • Hoy es mi Día de volver a las tantas a mi casa sin tener que preocuparme de que me violen o agredan sexualmente porque claro, a dónde iba yo solo.
  • Hoy es mi Día de que no me toquen el culo en el metro desconocidos que creen estar haciéndome un favor.
  • Hoy es mi Día de poder estudiar la carrera que se me ponga en el rabo o dedicarme al trabajo que me salga sin que nadie me diga si eso es adecuado para mi sexo.
  • Hoy es mi Día de no padecer las cargas y riesgos del embarazo y el parto, y no tener que dejar de trabajar por la lactancia.
  • Hoy es mi Día de poder trabajar sin que me cuestionen si voy a tener hijos o no, y sin que me discriminen por ello.

Puedo seguir así toda la mañana, pero creo que se entiende lo que quiero decir. Y además, lo más cojonudo (¿veis lo que acabo de hacer?) de todo este tema es que mañana también es mi día. Y pasado. Y el siguiente.

Entonces, reitero la pregunta. ¿Qué es exactamente lo que íbamos a conmemorar en ese día? ¿Qué derecho o libertad hemos conquistado que no hayamos tenido desde el inicio de los tiempos? ¿Vosotros cuando os levantáis os golpeáis la cara contra la pared como parte de vuestra rutina, antes de lavaros los dientes, o venís así de serie?

Una amiga mía está en UCLA, que es un pedazo de universidad supuestamente moderna. Y cuenta:

En mi programa de doctorado, en UCLA, ahora mismo somos 10 estudiantes (3 chicas, un récord histórico). De 20-tantos profesores, 2 son mujeres. Una de ellas, con doctorado en ingeniería en MIT. La otra, licenciatura en Princeton y doctorado en Stanford, antigua profesora en Yale.

Aún tenemos que oír de compañeros que ahora hay una moda de discriminar a los hombres y poner mujeres en posiciones académicas para rellenar una cuota, cuando le quitan el trabajo a alguien que estaría preparado de verdad. Son opiniones minoritarias pero de los 7 doctorandos hombre sólo 1 les hace callar o les da algún tipo de argumento en contra.

Por cierto que una de las profesoras, no importa cuán buena sea en su trabajo y en clase, cada año recibe comentarios en las evaluaciones anónimas de los estudiantes sobre su físico.

¿Podéis por favor explicarme cuántos hombres nos encontramos en situaciones así? Fijaros: de más de 20 profesores sólo 2 son mujeres, y todavía hay mermaos diciendo que las mujeres les quitan el trabajo porque se discrimina a su favor. ¿Es que no sabéis contar? No, no sabéis.

Así que, amigo cuñao, antes de ponerte enfático con que estás a favor de la igualdad y que por eso habría que instaurar un Día del Hombre Trabajador, trata de encontrar un diccionario para entender qué es conmemorar, qué es igualdad, y qué es la adquisición de un derecho que antes no se tenía. Y si no eres capaz, al menos golpéate la cara con el diccionario hasta que dejes de ponerte en evidencia.

De cómo nos jodemos la vida (X): ¿Y ahora qué?

Y fin de la serie. Visto hasta ahora:

  • No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  • A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  • En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  • Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  • Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  • Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  • Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  • Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 
  • Las relaciones nos hacen daño pero no podemos subsistir sin ellas. Además, no nos damos cuenta de que los demás nos tratan del modo que les enseñamos a que nos traten, y que por el otro lado, la mayoría de veces las cosas que nos joden de los demás las provocamos nosotros.

Todos estos fenómenos nos joden la vida, pero bien. Están detrás de nuestros fracasos a la hora de hacer lo que creemos que queremos hacer, de mejorar y cambiar nuestras vidas, de relacionarnos con los demás. Y todas estas cosas se deben a sesgos de los que ya hemos hablado muchas veces, y otros de los que hemos hablado por primera vez,

O sea, que nos jodemos la vida por cosas preconfiguradas en nuestro cerebro, formas innatas de conducirnos que demuestran que la racionalidad que damos por sentada no es tal, y que en realidad no podemos fiarnos mucho de nuestras percepciones, de nuestros pensamientos y acciones.

Pues vaya mierda, ¿no?

Hay soluciones para esto, claro, la psicología no ha estado ociosa durante el último siglo, sobre todo una vez que nos sacudimos la peste del psicoanálisis de encima. Y aunque aún no tenemos todas las respuestas, si hay unas cuantas cosas que hemos comprobado que ayudan a evitar estas cosas, a hacerlas menos probables.

Las posibilidades se reducen a tres campos en los que trabajar, en realidad: cómo afrontamos las situaciones, cómo nos relacionamos con los demás y cómo planeamos y ponemos en marcha los cambios en nuestra vida. En estas tres cosas se puede trabajar, y hay métodos que funcionan.

¿La mala noticia? Que ninguno de estos métodos es fácil, seguro ni indoloro. Muchos de ellos son laboriosos, tediosos o dolorosos. En muchos casos tendrás que hacer elecciones feas, o mirar cosas poco agradables de ti mismo o de otros, y tendrás que hacer cosas que puede que no agraden a gente a tu alrededor. Pero funciona. Vaya si funciona.

De modo que, queridos lectores que habéis llegado a amenazarme para que siga con la serie, o que me habéis exigido vuestra mandanga diaria (Alberto, te miro a ti), os dejo que elijáis (y de paso pruebo la cosa esta de insertar encuestas). ¿Por dónde empiezo a escribir? ¿Qué atacamos primero?

Dejaré la encuesta unos pocos días y en función de lo que salga empezaré por un tema o por otro. Elegid sólo uno, aunque no es muy importante porque los acabaremos tocando todos.

De cómo nos jodemos la vida (IX)

Este blog ha pasado las 200.000 visitas, lo cual es algo que no sé explicar. Llevamos una serie de 8 entradas, una al día, más de una semana dando todo, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  8. Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 

Bueno, las relaciones humanas son complejas. Por ello, hablemos de erizos.

Tanto dolor en una cosa tan mona.
Tanto dolor en una cosa tan mona.

Piensa en la última vez que alguien te hizo daño. Daño de verdad, no alguien que se coló delante de ti en el metro. Estoy seguro de que en el 99% de los casos no fue un desconocido el que te hizo eso. Casi con toda seguridad fue un conocido, alguien cercano.

La psicología, incluso el psicoanálisis, ya llevan mucho tiempo hablando de esto. La intimidad significa, por definición, bajar las defensas, exponerte a una situación en la que eres vulnerable. Claro, cuando alguien te hiere profundamente la reacción natural es jurar que no volverá a suceder. La única forma de cumplir la promesa es no dejar que nadie se acerque nunca más.

Y este es el dilema del erizo.

Esta metáfora es obra del notorio misántropo y, probablemente bastante gilipollas en lo social, Arthur Schopenhauer. Schopenhauer observó que en invierno los erizos se acurrucan juntitos para darse calor, pero cuanto más se acercan, más se pinchan, teniendo que alejarse, y sufriendo de nuevo el frío. Como Arthur era un tipo súper positivo, encontró que ésta era una imagen perfecta para las relaciones humanas. A menudo queremos que nos dejen en paz y nos sentimos culpables por alegrarnos si un plan se cancela, pero si pasamos un tiempo solos empezamos a sentirnos mal porque queremos estar con gente.

Los humanos somos animales sociales, y aunque un período de soledad puede ser como una buena siesta, si la alargas demasiado (la siesta) te acaban llevando al hospital y enganchándote a distintas máquinas. Y al final tienes 3 opciones:

  1. Te apartas más y más de la sociedad, lo cual disminuye tu conducta prosocial, hasta que el aislamiento se convierte en furia. Esta es la opción de humanistas como el Unabomber.
  2. Seguir el consejo de Schopenhauer, que era encontrar una distancia segura a la que mantener a todo el mundo, manteniendo relaciones superficiales que no progresaran a un grado de intimidad donde nos pudieran hacer daño. Esto es como Facebook, realmente, tú observas lo que hacen tus “amigos” (que a todos los llamas amigos ahí, independientemente de su relación) y como mucho das alguna muestra superficial de apoyo o aprobación antes de seguir con lo tuyo.
  3. Salir y aceptar que la única opción es volver a exponerte, volver a recibir y causar daño, y que las relaciones a veces son dolorosas. Que incluso una amistad superficial significa a veces pequeñas “traiciones”, desengaños ocasionales e incluso la sensación de que los otros no dan tanto como tú das.

Y la clave con la que a menudo nos jodemos la vida (con la opción 3, porque si coges la opción 1 ó 2 ya estás jodido sin arreglo), es no aceptar que todas esas cosas malas dan igual, son parte del trato como respirar, y que las relaciones duelen pero la soledad duele más. Ah, y nos olvidamos de que nosotros hacemos lo mismo que nos hacen, y que a menudo los demás nos tratan como les hemos acostumbrado a que nos traten.

Así es, amiguitos: la mayor parte de los sinsabores que nosotros sufrimos cuando nos relacionamos con otros seres humanos son los mismos o similares que los que les inflingimos a ellos al relacionarse con nosotros. Sólo que nuestros propios sesgos nos impiden darnos cuenta. Nos quejamos de cómo nos habla nuestra pareja y no nos damos cuenta de cómo hablamos. Maldecimos a la gente que no tiene consideración y nos olvidamos de todas las veces que vamos a la nuestra sin pesar en lo que al otro le parece. Miramos mal al que habla a voces en el bar sin recordar todas las veces que hemos dado gritos en sitios públicos porque estábamos muy de exaltación de la amistad. Y así todo el tiempo. Y cuando el otro nos hace notar lo que hacemos, lo achacamos a un patético intento de defenderse con un “y tú más”. ¿Cómo se atreve? ¡Será cabrón!

Por otro lado, no nos damos cuenta de una cosa que ya dijo Skinner: para muchas cosas (casi todas), la conducta está gobernada por sus consecuencias. Eso quiere decir que si los demás abusan de nosotros (o al menos percibimos que es así), tiene mucho que ver con qué es lo que obtienen de pedir favores, ignorar nuestros deseos, o, en definitiva, de cómo nos tratan. Esa sufrida madre que se queja de que nadie le ayuda en casa pero que si tratas de ayudarla no te deja porque lo vas a hacer mal, o demasiado lento, o no sabes. Esa persona que se queja de que nunca se hace lo que ella quiere pero que cuando se le pregunta siempre responde con un “lo que prefieras”. Y así todo el día.

¿Sabéis lo peor de hacer terapia de pareja (como terapeuta)? El momento en el que tienes que explicar a cada uno de los miembros de la pareja que todas esas cosas que su pareja hace que les joden tanto, esas cosas que les sacan de quicio… a menudo las provocan ellos mismos. Y que en vez de pedir a su pareja que cambie, podrían cambiar ellos y eso haría que su pareja cambiara automáticamente. Pero no somos capaces de verlo sin ayuda (no, los psicólogos tampoco), y así nos va.

Claro, esto tiene mucho que ver con lo que hemos hablado en otras entradas: nos mentimos mucho sobre lo que queremos y mentimos a los demás sobre lo que queremos, ¡y luego nos quejamos de que no obtenemos lo que queremos y de que no queremos lo que conseguimos!

Seriamente, uno no sabe cómo hemos llegado a conseguir nada, como especie. Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿NO?

De cómo nos jodemos la vida (VIII)

Madre mía, estamos que no paramos. Llevamos 7 entradas, una semana dando todo cada día, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.

Si has entrado en Internet, te habrás dado cuenta de que nadie tiene el menor sentido de la proporción. En nada. Nunca. Una horrenda violación de los derechos humanos puede merecer apenas un comentario, pero la gente envía amenazas de muerte a los desarrolladores de un juego si el final no les ha gustado, o si se hace un cambio menor en el mismo. Toneladas de amenazas de muerte al equipo y a sus familias, porque se había modificado el daño y la cadencia de fuego ligeramente en un parche de Call of Duty, Black Ops 2.

Esto es internet.
Esto es internet.

Es muy fácil reírse de los que juegan a videojuegos, o de los fans de un grupo de música, y pensar que eso es así porque son gente estúpida. Pero no son ellos. Somos todos. Y es otra de las maneras en las que nuestro cerebro nos jode la vida, cómo maneja las frustraciones.

El mejor ejemplo que he encontrado es este fantástico cómic de The Oatmeal, que muestra a la perfección cómo podemos manejar un contratiempo mayor con más calma que un contratiempo menor. En efecto: si nos quedamos sin Internet, nos adaptamos en seguida, encontramos otras cosas que hacer y, es más, en breve nos damos cuenta de que no lo echamos tanto de menos. En cambio, si la velocidad de Internet es algo menor de la normal nos ponemos frenéticos.

De hecho, puede ser más duro aún. ¿Qué te causaría mayor malestar? ¿Que cerraran tu cafetería favorita (esa que hace el café que te gusta y como te gusta, donde vas cada día, que está a mano) o perder un dedo? Lo segundo, claro.  Obvio, ¿no?

NO.

Lo cierto es que, estadísticamente, es mucho más probable que te adaptes pronto a tu nueva existencia con 9 dedos, porque tu cerebro tiene abundantes mecanismos para tratar con las tragedias y situaciones tremendas, pero no se activan hasta que la cosa está lo bastante mal. 

Una vez has perdido el dedo, encontrarás todo tipo de maneras de racionalizar su pérdida y afrontarla, pero estos procesos son costosos, de modo que sólo se despliegan en emergencias. Es el mismo proceso por el cual, si pierdes un dedo, el médico te recetará suficientes calmantes, pero no te dará nada si tienes un padrastro, y a consecuencia de ello, el padrastro te acaba molestando y doliendo más.

¿Tiene nombre este proceso? PUES CLARO. Se llama paradoja de la región beta. Los pequeños contratiempos nos causan más malestar y mayores cambios emocionales en el momento que las grandes catástrofes.

Para la mayoría de nosotros, son estas pequeñas mierdas las que nos arruinan el día. Alguien que aparca mal y no te deja aparcar cerca de la oficina. Un tío borde en el metro. Nunca nos tomamos el trabajo de racionalizar y analizar estas cosas, precisamente porque no son nada, Con lo cual, nos dedicamos a quejarnos a todo el que nos escucha y cada queja es un recordatorio del malestar que el suceso nos ha producido, de lo mierda que es todo. De hecho, podemos pasarnos años contando las mismas anécdotas de cosas que nos causaron un malestar momentáneo y que, en realidad, no importaron nada. Por ejemplo, preguntadme algún día sobre mis experiencias en Algemesí, o el sopor que fue ver Prometheus. Me he quejado más de esas cosas que de la muerte de mi abuelo, con el que conviví 26 años. Porque mi abuelo murió con 99 años, y yo me había mentalizado extensamente antes para cuando ese día llegara. En cambio me puedo pasar horas dando el coñazo porque tuve que soportar la pequeña incomodidad de ver una película que es un mojón.

Y puede ser peor aún: imagina cuando el padrastro eres tú. Le gastas una pequeña broma a alguien, o le haces un pequeño desaire, sin querer incluso, y no se le olvida. Y tú no lo entiendes, no era para tanto, ¿por qué no lo deja de una vez? Ahora ya sabes por qué. Si hubiera sido algo muy gordo, la otra persona habría tenido que decidir si te perdona o no, analizar y racionalizar lo ocurrido, y por ello, si te perdonase, sería del todo. Puesto que no era nada importante, lo dejan ahí, calentito en el termo, hasta que puedan contar esa historia en tu entierro. Por eso, si un matrimonio atraviesa una crisis grande (una infidelidad, por ejemplo) y se perdonan, su relación suele salir reforzada, mientras que parejas en las que no ha pasado nada comparable puede pasarse todo el día echándose en cara pequeñas y absurdas ofensas. Y así nos jodemos la vida.

Ya estamos acabando, creo. Queda quizá una entrada más abundando en esto de las relaciones un poco más, y después intentaré responder la pregunta clave: ¿Y qué coño hacemos? 

De cómo nos jodemos la vida (VII)

Llevamos unas cuantas entradas aquí a tope, con el tema de cómo nos saboteamos la vida. He desperdiciado un montón de ancho de banda en explicar que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.

Nos cuesta un mundo cambiar, hacer lo que necesitamos para ser felices y mejorar nuestras vidas, Nos cuesta mucho no joder nuestras relaciones con los demás. Y en parte, es porque creemos que la felicidad es para retrasados.

Imagina a una persona perfectamente feliz. Hay una elevada probabilidad de que se parezca a este tío.

Feliz como una perdiz
Feliz como una perdiz

En realidad tú no crees que sea feliz, sino que es demasiado tonto, o que le falta lucidez o capacidad de darse cuenta de las cosas, porque claro, la ignorancia es una bendición y mucha gente piensa que la gente más tonta es más feliz “porque tienen menos preocupaciones”.

John Wayne estaba tan lejos de ser un psicólogo como dos cosas pueden estarlo en esta vida, pero tiene una cita que resume muy bien la veracidad de esa idea.

La vida es dura. Es más dura si eres estúpido.

Esa es la realidad: si eres más listo, tienes más capacidad para adquirir herramientas que te permitan afrontar las situaciones de la vida con éxito, y por ello ser más feliz. Pero no, nosotros nos pensamos que los genios son gente que bebe hasta matarse porque claro, con toda esa lucidez el dolor del mundo es demasiado para ignorarlo. Sobre todo si son conscientes de sus propios fallos. ¿Pero eso no debería ser una buena cosa? ¿Acaso una persona más consciente de sus fallos no está en mejor posición para corregirlos?

Y aquí es donde entra la paradoja de la autoabsorción (mala traducción mía, qué le vamos a hacer): resulta que mayores niveles de autoconocimiento pueden desembocar a la vez en mayor sufrimiento psíquico, y en mayor bienestar psíquico. ¿Cómo es eso? Porque el autoconocimiento puede venir en dos formatos: auto-reflexión (analizar mis pensamientos y acciones para ver cómo mejorar) y auto-rumiación (enfocarme incesantemente en todas las cosas que dan asco de mí). Lo primero te hace más feliz y popular, lo segundo te hace miserable, hasta el extremo de odiar a la gente feliz porque no está revolcándose en el barro contigo.  ¿Cómo hacer una cosa y la otra no? La mayoría de gente no sabe sin ayuda de drogas. ¡Bravo!

Esto remarca la idea de que el optimismo es casi una idea delirante. Viene, en realidad, de una profunda incomprensión de lo que debería significar el optimismo, por contraposición a lo que la puta industria de la autoayuda y el pensamiento positivo han logrado que sea.

Optimismo no es pensar que todo va a salir bien porque sí, o que no deberías preocuparte de nada porque todo se arreglará de un modo u otro. Eso es, de hecho, destructivo y negativo para ti, acabará contigo y esa es la razón por la que los coaches cuñados del pensamiento positivo a todo trapo deberían arder en el infierno, son tóxicos. La definición psicológicamente útil de optimismo es la que usaban, como no, los filósofos estoicos:  optimismo es aceptar que la realidad puede ser horrible y que puedes sobreponerte a ella si persistes. Esta es la llamada paradoja de Stockdale, y fue observada por un miembro del ejército estadounidense llamado así, durante el tiempo que pasó como prisionero del Vietcong, tras ser derribado en 1965, y pasar 7 años y medio siendo torturado y resistiendo de todos los modos posibles (incluyendo la autolesión) el ser usado como arma de propaganda por su enemigo. James Stockdale decidió que él tenía que salir de ahí, que él saldría de ahí, y su método para manejar la situación fue el siguiente: primero, aceptar que su situación era inimaginablemente espantosa, y segundo, no dejar de repetirse que él podía sobrevivir a ello. Desarrolló un sistema de comunicación en código para que los prisioneros, en principio aislados, pudieran comunicarse y consolarse entre sesiones de tortura. Escribió largas cartas a casa llenas de información en código sin tener ni idea (ni preocuparse) de si iban a llegar o no. Dicho claramente: Stockdale convirtió su auto-reflexión en acción, en vez de en rumiación. Y dedicarnos a la acción nos mantiene cuerdos porque nos da sensación de control.  Por eso, las terapias psicológicas que funcionan ponen mucho énfasis en que el paciente haga cosas, porque eso le da sensación de control y es terapéutico en sí.

Un hombre de los que le gustan a mi amigo Recuenco.

Y aquí viene la paradoja de Stockdale: el hombre seguía haciendo lo que hacía sin tener ninguna certeza de que fuera a servir para algo. Pero lo que le hizo sobrevivir fue el esfuerzo. ¿Quiénes fueron los que no sobrevivieron? En palabras de Stockdale:

Oh, esa es fácil, los optimistas. Oh, esos eran los que decían, ‘Estaremos en casa para Navidad.’ Y llegaba y pasaba la Navidad. Entonces decían, ‘Estaremos fuera en Pascua.’ Y la Pascua llegaba y se iba. Y entonces Acción de Gracias, y entonces Navidad otra vez. Y morían de pena.

Y esta es otra de las maneras de jodernos la vida, que en realidad no es nueva. Sea por un exceso de optimismo (todo va a salir bien, no he de hacer nada) o por un exceso de pesimismo (no voy a tener éxito, para qué intentarlo) no hacemos nada. Y no cambiamos. Cuando es la acción, el hacer cosas lo que a menudo nos salva. Valoramos demasiado el pensar en las cosas como si es que eso equivaliese a actuar. Y nuestro cerebro se convence de que somos impotentes o que no tenemos que hacer nada.