Del sentido común

Del sentido común

A ver, dejadme explicar una cosilla.

A menudo, especialmente en política y economía, se hacen alusiones al sentido común. Por ejemplo, en un debate en otro sitio, un tipo defendía el trabajo de Juan Ramón Rallo como un fanboy histérico, argumentando entre otras cosas (como hacen muchos austríacos), que no hace falta ni modelos ni demás, habiendo “sentido común” y “saber de economía.” Rallo ha escrito artículos donde comete errores sumando pero venga, vale, mucho sentido común y mucho saber de economía, lo que quieras.

El sentido común es un argumento muy habitual, particularmente en movimientos tirando a conservadores pero quieren disimular una miaja. Entonces salen con el tema del sentido común, porque la política ha de ser ante todo sentido común, que es lo que van a hacer ellos. Lo que viene siendo un argumento de los de barra de bar, golpe sobre la mesa y trago de carajillo.

El problema es que, simplemente, el sentido común no es que sea raro: es que es una mierda.

“Sentido común” es el conjunto de los conocimientos y las creencias compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos. Esto no tiene nada que ver con que sean correctos, basados en la realidad, ni nada de eso. De hecho, a menudo es lo contrario.

En 1º de carrera, en la primera asignatura de método científico nos explicaban distintos tipos de conocimiento: por ejemplo, qué distingue a la ciencia de la religión, y del saber popular y el sentido común. Y lo que tienen en común la religión, el sentido común, el saber popular y demás es EL MAL RAZONAMIENTO.

Nosotros no somos seres racionales. Para razonar correctamente hemos de hacer un esfuerzo, porque nuestra tendencia natural es al razonamiento sesgado (Kahneman, 2011). Damos asco tomando decisiones porque nuestros procesos “de sentido común” son defectuosos (Heath y Heath, 2013).

Por eso, cada vez que oigo a alguien hablar de sentido común me entra la risa floja. Muchas cosas que parecen de sentido común son un puto desastre. Por ejemplo, en “Decisive”, de Chip y Dan Heath se cita a Harding, David y Rovit (2010), que recopilan estudios que muestran que el el 83% de las decisiones de fusionar o adquirir empresas acaban perjudicando a los accionistas. De hecho, en la mitad de los 2207 casos estudiados se destruyó valor para los accionistas. EL PUTO 83% Pero el sentido común dice que tíos muy formados y preparados con mucho MBA y mucha polla en vinagre deberían tomar buenas decisiones. PUES NO. De hecho, no hay relación entre un MBA y la efectividad en la gestión de la empresa. Ninguna. Hay otras correlaciones, eso sí, pero son menos halagüeñas.

El sentido común es, simplemente, una trampa. Una forma de glorificar el razonamiento erróneo, los prejuicios y los sesgos. El sentido común es la excusa para no razonar e ignorar los datos. Y así tenemos cosas como que gana Trump y todo son sorpresas, cuando hay quien lleva mucho tiempo prediciéndolo. Tenemos cosas como académicos defendiendo el homo economicus ese, y que los mercados funcionan en base a una conducta humana que no existe, pero que sus prejuicios les hacen defender. Tenemos a gente en política haciendo afirmaciones basadas en pesudociencia que determinan las decisiones económicas y sociales de países durante décadas.

Y por cierto, la cita que encabeza este post no es de Einstein, aunque parece razonable y de sentido común que lo sea. Es de Stuart Chase.

El sentido común no sirve como argumento. Dejad de usarlo.

Como cada año, B de berenjena

Como cada año, B de berenjena

Como cada año por estas fechas, las redes sociales se llenan de máscaras de Guy Fawkes, peña citando la cancioncilla del “Remember, remember the 5th of November…” y cosas así. Yo es que ya.

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Deja las redes sociales.

Deja las redes sociales.

En 2015, uno de los libros más interesantes que leí, si no el que más, fue Deep Work, del profesor de ciencias de la computación Cal Newport, de la Universidad de Georgetown. Este hombre es famoso por su blog Study Hacks, que empezó siendo un blog sobre técnicas de estudio, y se ha convertido en la plataforma desde la que Newport expone sus ideas sobre la importancia de lo que el llama deep work, esto es, la capacidad de trabajar de forma concentrada y sostenida durante períodos prolongados de tiempo. De acuerdo con Newport, esta habilidad es necesaria para poder aprender habilidades complejas, y poder dominar y alcanzar un nivel de maestría en dichas habilidades. Abundan los ejemplos (aproximándose al 100% de los casos) de cómo artistas, científicos, pensadores y artesanos en el máximo nivel, practican este tipo de disciplina. Así mismo, Newport propone (y proporciona evidencia a favor de su tesis), que este tipo de actividades mejoran nuestra calidad de vida, nos hacen felices y sacan lo mejor de nosotros. En ese sentido, estoy completamente de acuerdo con él, tanto por mi experiencia personal como por lo que veo a mi alrededor.

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Este libro es importante

La otra tesis de Newport es que la capacidad de ejecutar este deep work es cada vez más rara, y por ello valiosa, dado el efecto que la tecnología (especialmente las redes sociales y los sitios de entretenimiento como Buzzfeed y similares) tiene sobre nuestra atención. Probablemente escribiré sobre esto en breve, porque es un tema que me está llamando más y más la atención. Y no es la primera vez que escribo sobre ello.

En este vídeo, Cal Newport da una breve charla (no llega a 15′) sobre por qué no necesitamos las redes sociales para llevar una buena vida, y yo querría destacar una cosa de las que dice: es sorprendente lo que sucede cuando preservamos nuestra atención y la tratamos con respeto. Cuando no la fragmentamos con el sistema de recompensa intermitente aleatorio que hace a las redes sociales tan adictivas (y eso es intencionado, es parte del diseño, es lo mismo que hace adictivas a las tragaperras), cuando la mantenemos entera, podemos trabajar en lo que sea con más concentración e intensidad, y esa intensidad se cambia por tiempo. Puedes hacer muchas más cosas cuando haces una detrás de otra, dedicando toda tu atención a cada una, que cuando fragmentas esa atención con el río constante de notificaciones, pings, avisos y constantes cambios de tarea que llevamos a cabo cuando estamos mirando las redes sociales cada pocos minutos. Y también me parece relevante un fragmento, hacia el final (12:03), donde explica algunos de esos beneficios.

Este libro es importante, y las ideas en él lo son, también. No he dejado las redes sociales, yo mismo. Dejé en su día Twitter (mejor idea que pude tener), pero sigo usando Facebook mucho más de lo que quiero. Y esa es la clave de la adicción, ¿no?

Por qué tu relación va a fracasar (2): El amor sí se puede medir

Si vamos a hablar de por qué una relación puede fracasar o perdurar, primero tenemos que abandonar la más peligrosa y ridícula idea que nos ha impedido llegar a saber estas cosas: la idea de que el amor, la calidad de una relación, no se puede medir ni se puede evaluar de una manera objetiva. Entra John Gottman, durante los años 70.

Imagina que tú y tu pareja os vais a una réplica de vuestra casa. De vuestra sala de estar o lo que sea. No es una réplica exacta, pero se ha intentado que se parezca. Cuando llegáis, Gottman y su equipo os dan la bienvenida, y a continuación empiezan a enchufaros a cosas. Os sientan en unas sillas que tienen giróscopos y sensores, de modo que cada vez que te mueves, se registra. Se te ponen electrodos y sensores que registran múltiples variables psicofisiológicas como latido cardíaco, resistencia eléctrica de la piel, tensión muscular, y otras. Además, hay cámaras grabando desde cada ángulo concebible, de modo que ninguna expresión facial quede sin registrar, cada gesto listo para ser analizado exhaustivamente.

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Mirad el rostro del amor, muchachos

Puede parecer que esto es muy ortopédico, pero hay evidencia más que abundante de que, al cabo de unos minutos, la gente se olvida de que está siendo grabada y registrada, y empiezan a comportarse de una manera absolutamente genuina. Si queréis una evidencia acientífica pero muy válida para la mayoría de población, pensad que legiones de concursantes de Gran Hermano atestiguan que al cabo de un rato de estar en la casa, se olvidan de las cámaras. Y por una vez, dicen la verdad.

¿Por qué todo este montaje? Porque Gottman y Levenson son unos científicos de verdad, que entienden que toda emoción y sentimiento tiene una manifestación conductual: ¿qué es conducta? Pues conducta abarca tres ejes: el cognitivo (lo que pensamos), el fisiológico (toda emoción se traduce en una señal medible) y la manifestación externa (lenguaje y gestos y acciones). De modo que si se podía evaluar qué hacen las parejas que van bien y qué hacen las parejas que van mal, podrían compararse y ver qué las une y qué las separa.

Y no sólo trabajan los investigadores. Una vez acabadas las interacciones, los pacientes revisan los vídeos por separados, tratando de transcribir qué es lo que pensaban en cada interacción clave, y tratando de adivinar qué pensaba su pareja en cada interacción (imitando los experimentos claves sobre empatía de Aronson e Ickes), de modo que Gottman y Levenson podían seguir patrones de pensamiento y además estimar la habilidad de las personas para adivinar y entender lo que piensa el otro.

¿Suena como un trabajo de chinos? Lo es. Y Gottman y Levenson llevan 40 años haciéndolo. Han estudiado a personas de todo grupo racial y clase social. Parejas casadas y no casadas. Durante doce años sólo estudiaron parejas estables del mismo sexo. Durante una década parejas donde se daba violencia. Han seguido a parejas a lo largo de décadas, viendo cómo se unían, separaban, cómo les afectaba el tener hijos, la enfermedad, el cambio de ciudad o de empleo. Han seguido a los hijos de estas parejas, observando cómo los niños aprenden a gestionar sus emociones y desarrollando un método de coaching emocional para enseñar a esos niños que no saben a alcanzar esa habilidad. Es una de las investigaciones más monumentales de la historia de la psicología, hecha con modestia, esfuerzo y amor por el conocimiento. Así que cuando os digan que no puede medirse el amor, o que no se puede encontrar al sujeto en una tomografía (como me dijo el otro día un cuñado de psicólogo humanista en Facebook), espero que os bajéis los pantalones y os caguéis muy fuerte en quien os diga esa sandez, especialmente si es un psicólogo.  A día de hoy Gottman y su equipo pueden analizar las interacciones de una pareja y saber con un 94% de acierto si esa pareja seguirá junta o no a los tres años, y han desarrollado numerosas estrategias para reparar y consolidar las relaciones dañadas, aprendiendo de las relaciones exitosas.

Muy bien: ¿y cuáles son los hallazgos de Gottman y Levenson?

Vamos a resumirlos antes de empezar a desmigajarlos y analizarlos poco a poco. Por un lado los mitos:

  • La comunicación no es la clave, ni es siempre deseable.
  • Importa mucho más que la comunicación, la capacidad de reparar las situaciones que no han ido bien. Cosa que por cierto…
  • … es deseable, porque los conflictos pueden ser buenos en la relación.
  • La ira no tiene ningún efecto catártico, y su expresión no tiene beneficio alguno.

Por otro lado, lo que falla cuando una relación va mal es:

  • No importa si hay cosas que van mal, importa el ratio de interacciones positivas contra negativas. Si este ratio es 5:1, no importa cuánto te pelees, la cosa va bien. Si el ratio es 0,8:1 o peor, no hay salvación.
  • El afecto negativo escala en 4 pasos (los Cuatro Jinetes): crñitica, actitud defensiva, desprecio y bloqueo evasivo.
  • El patrón de escalada está relacionado con con un estilo negativo que implica evitar y apartarse (turn away) de los intentos de conexión emocional e interacción positiva.
  • Otro patrón disfuncional es el revolverse (turn against) contra los intentos de conexión emocional e interacción positiva.
  • Los intentos de reparación fallan: no se trata de evitar las peleas, sino de la reparación. Las parejas exitosas son capaces de reparar con éxito el daño durante una discusión, y por ello la relación se refuerza.
  • Anteponer el sentimiento negativo (negative sentiment override): Definido por Robert Weiss, es el fenómeno que se da cuando una persona emite un mensaje que un observador externo consideraría neutro o positivo, y el receptor lo interpreta de manera negativa, anteponiendo la interpretación negativa a la interacción positiva. De ahí el nombre. Este fenómeno se deriva de…
  • La presencia muy fuerte del error fundamental de atribución, del que ya hemos hablado.
  • Una elevada activación fisiológica que se vuelve crónica, especialmente en el caso de los hombres. Esta activación, asociada a la secreción de adrenalina, hace que la información se procese mal, además de promover un estado negativo al que llamaremos inundación.
  • En general, en parejas disfuncionales se encuentra un fallo por parte de los hombres en aceptar la influencia de sus esposas.
  • Por último, y extremadamente importante: en general, se observa que las conductas de tu pareja que más te joden, las provocas tú. Las situaciones de conflicto tenían disparadores rutinarios que a menudo estaban anclados en la conducta del otro miembro de la pareja. En relaciones funcionales los hombres muestran una mayor apertura a las ideas de su pareja, independientemente de si están de acuerdo o no.

Por primera vez, teníamos una imagen clara de cómo las parejas funcionaban o no. Porque además, estos hallazgos ponen en falso la legendaria frase de Anna Karenina, cuando Tolstoy decía:

Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

¿Y en qué se parecen las parejas felices? ¿Qué es lo que hacen? Pues eso en la próxima entrada, que esta ya pasa de las 1200 palabras y ya me dan mucho la vara para que publique. En breve, más y mejor sobre esto.

Por qué tu relación va a fracasar

Por qué tu relación va a fracasar

Bueno, o no. Quién sabe. ¡Feliz Año Nuevo!

Ya, ya lo sé. Hace muuuuuuuchos meses íbamos a hablar de toma de decisiones. Eso fue en mayo, y estamos en enero, y han pasado 7 meses, más de medio año, y qué le vamos a hacer. Pasaron otras cosas, buenas en su enorme mayoría, y el blog languideció, como ha pasado otras veces, y como quizá vuelva a pasar. Quién sabe.

Una de las cosas que pasaron es que mi práctica como psicoterapeuta ha crecido considerablemente, especialmente en el área de terapia de pareja. De modo que he dejado de recibir pacientes en mi despacho en casa, he alquilado un despacho molón, y me he puesto muy al día y he estudiado mucho sobre terapia de pareja. Y esto me ha hecho darme cuenta de que muchas de las cosas que pensamos y hacemos sobre nuestras relaciones están mal. De hecho, muchas cosas que pensaba sobre terapia de pareja estaban mal. Y he decidido contar algo de lo que he aprendido aquí.

Como suele ocurrir, se dicen muchas tonterías, y los expertos que salen en la TV explicando lo que hay que hacer para tener una relación sana a menudo lo que hacen es dar opiniones. Opiniones informadas por haber tratado muchas parejas en ocasiones, sí, pero opiniones. Y los psicólogos podemos hacerlo mejor que eso. Para dar opiniones cuñadas, están los coaches y los tertulianos, si es que se puede distinguir uno de otro.

En las siguientes entradas, que irán saliendo con la regularidad a la que estamos acostumbrados, nos referiremos sobre todo a la obra de John Gottman y Robert Levenson, los primeros psicólogos que han estudiado de manera rigurosa y científica la relación de pareja, llegando a poder predecir con un 94% de acierto si una pareja se divorciará en un plazo de 3 años. ¿Suena a magia? Es ciencia.

Habrá otros autores presentes, que también han tenido algo que decir e investigado de modo riguroso qué es una relación de pareja. Y veremos que hay cosas de sentido común que, en efecto funcionan (y no hacemos, porque es que nos gusta jodernos la vida), y como hay otras muchas cosas que damos por sentadas y que, en realidad, son una pila de bosta.

Por ejemplo, pelearse no tiene por qué ser malo en absoluto. Es más, las peleas de pareja son necesarias para una buena relación. Quién lo hubiera dicho. Hay truco, claro, pero las lentejas de Año Nuevo me esperan.

Feliz 2016. Veremos si podemos hacer algo para que lo sea.

Decisiones, decisiones.

Decisiones, decisiones.

Daniel Kahneman es un gran psicólogo. Ha ganado un premio Nobel de economía por su investigación en toma de decisiones bajo incertidumbre, y es uno de esos gigantes que hacen que sienta orgullo de mi profesión. Además de eso escribió una obra magistral llamada Pensar deprisa, pensar despacio, donde sintetiza esa investigación de modo asequible para todos.

De errores del pensamiento hemos hablado ya mucho y mucho y no voy a dar la lata más por ahora. Cito a Kahneman porque tiene una frase maravillosa sobre nuestra capacidad de tomar decisiones y de sacar conclusiones:

Un aspecto sorprendente de tu vida mental es que casi nunca te quedarás sin palabras. […] Tu estado de ánimo normal hace que tengas intuiciones y opiniones acerca de casi todo lo que se te plantea. Las personas te caen bien o mal mucho antes de saber gran cosa sobre ellas; confías o desconfías de los desconocidos sin saber por qué; crees que un negocio funcionará sin analizarlo.

O sea, que todos tenemos tendencia a ser unos cuñados. ¿No?

Bueno, según Kahneman sacamos conclusiones precipitadas porque prestamos demasiada importancia a la información que tenemos delante. Y siempre hay cosas entre bastidores que no conocemos, que no investigamos. A esto él lo llamaba no hay más que lo que ves, la tendencia a pensar que sabemos cuanto hay que saber. Esta tendencia afecta mucho nuestra toma de decisiones.

Los hermanos Heath, que sacaron hace tiempo un par de libros estupendos sobre cómo cambiamos y cómo enviar mensajes eficaces (ya hablé de ambos libros), sacaron hace no mucho un tercer libro llamado Decídete (en castellano), que presenta un modelo para la toma eficaz de decisiones. Y me ha gustado mucho, y quiero comentarlo más. Y eso es lo que voy a hacer.

En su obra, ellos usan la idea de Kahneman para decir que esa tendencia la podríamos comparar con un foco: aquello que está iluminado por el foco es aquello que tenemos en cuenta a la hora de decidir. Y, a menudo, se nos olvida que podemos mover el foco e iluminar más cosas.

Beats Antique at Cervantes
¿Ves algo fuera del foco? (Foto de Zoe Jakes)

En realidad, para ser algo que hacemos constantemente, no somos tan buenos tomando decisiones. Por ejemplo, un equipo de consultores estudiaron cientos de fusiones y adquisiciones de empresas, para ver en qué porcentaje el resultado de la operación (que es de las más arriesgadas) era bueno para los accionistas o no.

En el 83% de los casos, no hubo beneficio para los accionistas.

Jajajaja, ejecutivos idiotas con sus MBA caros, claro que se equivocan. ¿Es eso, no? No. En lo personal damos pena también. El Colegio de Abogados de EEUU descubrió que el 44% de los miembros no recomendarían estudiar Derecho como una buena opción para sus vidas. Analizando la contratación de 20.000 directivos se halló que el 40% son despedidos, dimiten o fracasan antes de 18 meses. En Filadelfia, un profesor tiene el doble de posibilidades de dejar su empleo que un alumno de dejar los estudios.

No vamos a volver a todas las veces que decidimos cambiar y no lo hacemos.

Mirad, lo importante en la toma de decisiones es el proceso, mucho más que el resultado. Y en cada uno de los pasos de ese proceso hay una tendencia a cometer un cierto tipo de error. Debería ser algo así:

  1. Te encuentras ante una decisión.
  2. Analizas las opciones.
  3. Tomas una decisión.
  4. Vives con ella.

Pero esto es el ideal, la realidad viene a ser algo más como:

  1. Te encuentras ante una decisión. Pero como tienes una perspectiva muy estrecha, se te escapan muchas opciones.
  2. Analizas las opciones. Pero en realidad, gracias al sesgo de confirmación, sólo analizas aquello que confirma la decisión que ya has tomado.
  3. Tomas una decisión. Y a menudo las emociones que sientes en el momento te empujarán a cometer un error.
  4. Vives con ella. Y a menudo descubres que tu capacidad de predecir el futuro es nula y que hay muchos factores que no habías considerado.

Y de esto es de lo que me gustaría hablar en las próximas semanas. Veamos qué sucede.

¿Qué estilo afectivo tienes?

En la conferencia que di el otro día acerca de la psicología de la felicidad, uno de los conceptos clave es la idea de estilo afectivo: esto es, cómo nuestra felicidad está determinada desde que nacemos, en buena medida, por nuestra propensión a acercarnos o alejarnos de los posibles riesgos. Si bien esto se puede modificar, como vimos en la charla, es un rasgo que está determinado desde que somos bebés (se puede detectar con un electroencefalograma a los 10 meses) y se puede ver también con un test sencillo. Varias de las personas que han visto el vídeo de la charla, sin embargo, no han podido encontrar el cuestionario online, y el caso es que yo no recuerdo dónde andaba. Pero está disponible con el libro La hipótesis de la felicidad, así que lo reproduzco aquí para que quien quiera lo pase y se quite el gusanillo.

Simplemente, has de leer los dos conjuntos de frases que vienen a continuación, y decidir cuál de los dos se ajusta más a tu manera de pensar. Ambas frases son cosas que todo el mundo piensa en un momento u otro, pero uno de los dos conjuntos se ajustará más a tu día a día. Es una adaptación de la escala de Carver y White, publicada por la APA en 1994.

¿Qué conjunto de frases es más real para ti?

Conjunto A

  • Siempre estoy dispuesto a probar algo nuevo si creo que será divertido.
  • Si tengo la oportunidad de obtener algo que quiero, me muevo en esa dirección inmediatamente.
  • Cuando me pasan cosas buenas, eso me afecta en gran medida.
  • Suelo actuar impulsivamente.

Conjunto B

  • Me preocupa equivocarme.
  • Las críticas y las quejas me hieren bastante.
  • Me siento preocupado cuando pienso que he tenido un rendimiento bajo.
  • Tengo muchos temores comparados con los de mis amigos.

Las personas que eligen el conjunto A como más representativo tienen un estilo de más acercamiento y en promedio mayor actividad cortical en el frontal izquierdo. Los que eligen el B tienen un estilo de mayor alejamiento y en promedio, mayor actividad cortical en el frontal derecho. Como explicaba en la charla, las personas con un estilo de acercamiento suelen ser más felices, resistentes a la depresion y tienen menos vergüenza. O sea, es un estilo que parece producir mayor nivel de felicidad.

Así mismo, tal y como hablábamos en la charla, aunque el estilo afectivo está determinado desde que somos bebés, no es inamovible y se puede reentrenar. Recordemos que los tres medios que han demostrado eficacia en modificar el estilo afectivo son:

  1. La meditación.
  2. Los fármacos antidepresivos.
  3. La terapia cognitiva.

Espero que esto aclare las dudas que quedaron tras la charla.