El ahora es la envidia de todos los muertos

El ahora es la envidia de todos los muertos

Vía el siempre maravilloso Austin Kleon [1], llegué a este corto, The World of Tomorrow, de Don Hertzfeldt. Este es el tráiler, y el enlace del vídeo os lleva a la web donde podéis verlo bajo demanda. Merece la pena.

Trailer de World of Tomorrow

Uno de los personajes, Emily, tiene este tremendo monólogo:

Do not lose time on daily trivialities. Do not dwell on petty detail. For all of these things melt away, and drift apart within the obscure traffic of time. Live well, and live broadly. You are alive and living now. Now is the envy of all of the dead.

No pierdas el tiempo en trivialidades cotidianas. No te quedes en los detalles insignificantes. Porque todas estas cosas se funden y desvanecen en el oscuro tráfico del tiempo. Vive bien, y vive ampliamente. Estás vivo y vives ahora. El ahora es la envidia de todos los muertos.

Emily, en The World of Tomorrow, de Don Hertzfeldt.

Yo qué sé, a mí me sobrecoge por la verdad que contiene. Así que me dan ganas de imprimir la imagen que inicia el post y ponerme una copia en casa y otra en la consulta, qué queréis que os diga.

ESTATUS

Trabajo: No, gracias, al menos hasta la semana que viene.
Música: Un poco de todo, porque las vacaciones me hacen mucho menos sistemático. Sobre todo revisitar clásicos de ahora y antes.
Leyendo: No se me ha dado nada mal. En libros, revisité John Dies At The End y sigue siendo muy divertido. En cómic, Bitch Planet y Paper Girls han sido dos hallazgos que voy a seguir. De hecho, si miras aquí puedes ver que voy 30 libros retrasado sobre mi meta para este año.
Jugando: Pues estoy Pues estoy revisitando el remake de Wolfenstein empezando por la precuela, The Old Blood, y me sigue encantando tanto a nivel mecánico como a nivel narrativo, por lo tarantinesco de todo ello. Así mismo, matar nazis.
Comida: Demasiada.

ENLACES

  1. El blog de Austin Kleon.

De cómo nos jodemos la vida (X): ¿Y ahora qué?

Y fin de la serie. Visto hasta ahora:

  • No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  • A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  • En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  • Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  • Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  • Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  • Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  • Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 
  • Las relaciones nos hacen daño pero no podemos subsistir sin ellas. Además, no nos damos cuenta de que los demás nos tratan del modo que les enseñamos a que nos traten, y que por el otro lado, la mayoría de veces las cosas que nos joden de los demás las provocamos nosotros.

Todos estos fenómenos nos joden la vida, pero bien. Están detrás de nuestros fracasos a la hora de hacer lo que creemos que queremos hacer, de mejorar y cambiar nuestras vidas, de relacionarnos con los demás. Y todas estas cosas se deben a sesgos de los que ya hemos hablado muchas veces, y otros de los que hemos hablado por primera vez,

O sea, que nos jodemos la vida por cosas preconfiguradas en nuestro cerebro, formas innatas de conducirnos que demuestran que la racionalidad que damos por sentada no es tal, y que en realidad no podemos fiarnos mucho de nuestras percepciones, de nuestros pensamientos y acciones.

Pues vaya mierda, ¿no?

Hay soluciones para esto, claro, la psicología no ha estado ociosa durante el último siglo, sobre todo una vez que nos sacudimos la peste del psicoanálisis de encima. Y aunque aún no tenemos todas las respuestas, si hay unas cuantas cosas que hemos comprobado que ayudan a evitar estas cosas, a hacerlas menos probables.

Las posibilidades se reducen a tres campos en los que trabajar, en realidad: cómo afrontamos las situaciones, cómo nos relacionamos con los demás y cómo planeamos y ponemos en marcha los cambios en nuestra vida. En estas tres cosas se puede trabajar, y hay métodos que funcionan.

¿La mala noticia? Que ninguno de estos métodos es fácil, seguro ni indoloro. Muchos de ellos son laboriosos, tediosos o dolorosos. En muchos casos tendrás que hacer elecciones feas, o mirar cosas poco agradables de ti mismo o de otros, y tendrás que hacer cosas que puede que no agraden a gente a tu alrededor. Pero funciona. Vaya si funciona.

De modo que, queridos lectores que habéis llegado a amenazarme para que siga con la serie, o que me habéis exigido vuestra mandanga diaria (Alberto, te miro a ti), os dejo que elijáis (y de paso pruebo la cosa esta de insertar encuestas). ¿Por dónde empiezo a escribir? ¿Qué atacamos primero?

Dejaré la encuesta unos pocos días y en función de lo que salga empezaré por un tema o por otro. Elegid sólo uno, aunque no es muy importante porque los acabaremos tocando todos.

De cómo nos jodemos la vida (IX)

Este blog ha pasado las 200.000 visitas, lo cual es algo que no sé explicar. Llevamos una serie de 8 entradas, una al día, más de una semana dando todo, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.
  8. Dejamos que las pequeñas contrariedades nos amarguen más que las grandes tragedias, en vez de solventarlas. 

Bueno, las relaciones humanas son complejas. Por ello, hablemos de erizos.

Tanto dolor en una cosa tan mona.
Tanto dolor en una cosa tan mona.

Piensa en la última vez que alguien te hizo daño. Daño de verdad, no alguien que se coló delante de ti en el metro. Estoy seguro de que en el 99% de los casos no fue un desconocido el que te hizo eso. Casi con toda seguridad fue un conocido, alguien cercano.

La psicología, incluso el psicoanálisis, ya llevan mucho tiempo hablando de esto. La intimidad significa, por definición, bajar las defensas, exponerte a una situación en la que eres vulnerable. Claro, cuando alguien te hiere profundamente la reacción natural es jurar que no volverá a suceder. La única forma de cumplir la promesa es no dejar que nadie se acerque nunca más.

Y este es el dilema del erizo.

Esta metáfora es obra del notorio misántropo y, probablemente bastante gilipollas en lo social, Arthur Schopenhauer. Schopenhauer observó que en invierno los erizos se acurrucan juntitos para darse calor, pero cuanto más se acercan, más se pinchan, teniendo que alejarse, y sufriendo de nuevo el frío. Como Arthur era un tipo súper positivo, encontró que ésta era una imagen perfecta para las relaciones humanas. A menudo queremos que nos dejen en paz y nos sentimos culpables por alegrarnos si un plan se cancela, pero si pasamos un tiempo solos empezamos a sentirnos mal porque queremos estar con gente.

Los humanos somos animales sociales, y aunque un período de soledad puede ser como una buena siesta, si la alargas demasiado (la siesta) te acaban llevando al hospital y enganchándote a distintas máquinas. Y al final tienes 3 opciones:

  1. Te apartas más y más de la sociedad, lo cual disminuye tu conducta prosocial, hasta que el aislamiento se convierte en furia. Esta es la opción de humanistas como el Unabomber.
  2. Seguir el consejo de Schopenhauer, que era encontrar una distancia segura a la que mantener a todo el mundo, manteniendo relaciones superficiales que no progresaran a un grado de intimidad donde nos pudieran hacer daño. Esto es como Facebook, realmente, tú observas lo que hacen tus “amigos” (que a todos los llamas amigos ahí, independientemente de su relación) y como mucho das alguna muestra superficial de apoyo o aprobación antes de seguir con lo tuyo.
  3. Salir y aceptar que la única opción es volver a exponerte, volver a recibir y causar daño, y que las relaciones a veces son dolorosas. Que incluso una amistad superficial significa a veces pequeñas “traiciones”, desengaños ocasionales e incluso la sensación de que los otros no dan tanto como tú das.

Y la clave con la que a menudo nos jodemos la vida (con la opción 3, porque si coges la opción 1 ó 2 ya estás jodido sin arreglo), es no aceptar que todas esas cosas malas dan igual, son parte del trato como respirar, y que las relaciones duelen pero la soledad duele más. Ah, y nos olvidamos de que nosotros hacemos lo mismo que nos hacen, y que a menudo los demás nos tratan como les hemos acostumbrado a que nos traten.

Así es, amiguitos: la mayor parte de los sinsabores que nosotros sufrimos cuando nos relacionamos con otros seres humanos son los mismos o similares que los que les inflingimos a ellos al relacionarse con nosotros. Sólo que nuestros propios sesgos nos impiden darnos cuenta. Nos quejamos de cómo nos habla nuestra pareja y no nos damos cuenta de cómo hablamos. Maldecimos a la gente que no tiene consideración y nos olvidamos de todas las veces que vamos a la nuestra sin pesar en lo que al otro le parece. Miramos mal al que habla a voces en el bar sin recordar todas las veces que hemos dado gritos en sitios públicos porque estábamos muy de exaltación de la amistad. Y así todo el tiempo. Y cuando el otro nos hace notar lo que hacemos, lo achacamos a un patético intento de defenderse con un “y tú más”. ¿Cómo se atreve? ¡Será cabrón!

Por otro lado, no nos damos cuenta de una cosa que ya dijo Skinner: para muchas cosas (casi todas), la conducta está gobernada por sus consecuencias. Eso quiere decir que si los demás abusan de nosotros (o al menos percibimos que es así), tiene mucho que ver con qué es lo que obtienen de pedir favores, ignorar nuestros deseos, o, en definitiva, de cómo nos tratan. Esa sufrida madre que se queja de que nadie le ayuda en casa pero que si tratas de ayudarla no te deja porque lo vas a hacer mal, o demasiado lento, o no sabes. Esa persona que se queja de que nunca se hace lo que ella quiere pero que cuando se le pregunta siempre responde con un “lo que prefieras”. Y así todo el día.

¿Sabéis lo peor de hacer terapia de pareja (como terapeuta)? El momento en el que tienes que explicar a cada uno de los miembros de la pareja que todas esas cosas que su pareja hace que les joden tanto, esas cosas que les sacan de quicio… a menudo las provocan ellos mismos. Y que en vez de pedir a su pareja que cambie, podrían cambiar ellos y eso haría que su pareja cambiara automáticamente. Pero no somos capaces de verlo sin ayuda (no, los psicólogos tampoco), y así nos va.

Claro, esto tiene mucho que ver con lo que hemos hablado en otras entradas: nos mentimos mucho sobre lo que queremos y mentimos a los demás sobre lo que queremos, ¡y luego nos quejamos de que no obtenemos lo que queremos y de que no queremos lo que conseguimos!

Seriamente, uno no sabe cómo hemos llegado a conseguir nada, como especie. Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿NO?