La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

Conferencia: Psicología de la felicidad.

Bueno, pues el pasado viernes di una conferencia en la librería Kaburi sobre psicología de la felicidad, los mitos en torno a ella y lo que funciona y lo que no. Fue una experiencia estupenda, por la que doy gracias a Carlos, Virtudes, Allona, y todos los demás que lo hicieron posible. Especialmente estupenda porque tuve el gusto de tener entre él público a mis alumnos de psicología, cosa que fue un placer inesperado. Espero que la conferencia sea de vuestro interés.

En directo

Si estáis por Barcelona el próximo día 20 de febrero, y tenéis un rato libre, estaré hablando en la librería Kaburi acerca de los temas que hemos tratado aquí últimamente: cómo nos jodemos la vida, cómo podemos mejorarla y en qué consiste la felicidad, según lo que la psicología investiga y encuentra. Si pensáis que es más interesante oírme que leerme, ya sabéis.

El lugar será la librería Kaburi, en el paseo de Sant Joan 11, a las 20:40. La charla tendrá lugar en la sala de juegos que está en el sótano. Hay cafetería por si queréis tomar algo, y la entrada es gratuita. Os aconsejo llegar puntuales, eso sí, porque se tiende a llenar. Habrá grabación en vídeo y quizá streaming, aunque eso no lo sé seguro.

Fin del autobombo. Retomamos la programación habitual.

Siempre en la brecha

Adios, Dekker

En realidad, no tenía nada de especial. Era un perro como los demás, no hacía trucos especiales, no estaba especialmente bien educado, y sobre todo a la hora de comer, tendía a hacer lo que le daba la gana, que, generalmente, era incordiar para que le diéramos de nuestra comida en vez de comerse la suya. Mi madre y mi abuelo hicieron un gran trabajo acostumbrándolo a eso, y luego no hubo forma – ni intentos de verdad – de quitarle el hábito. Era un perro amable y cariñoso, pero no más que otros muchos perros amables y cariñosos. Cualquiera que tenga un perro mínimamente amable os podrá contar cosas similares.

Por no tener, ni siquiera tengo fotos suyas en el ordenador, o no he sido capaz de encontrarlas. Supongo que no le hacía fotos porque siempre estaba ahí, o quizá porque cuando me fui de Granada él se quedó ahí, siempre estaba ahí, a través de los años, los cambios y las transiciones, y lo das por sentado. Además, no soy realmente aficionado a hacer fotos, y con el tiempo lo soy menos. Hacerle fotos al perro nunca me pareció necesario.

Pero vivió 17 ó 18 años con nosotros, con mis padres, conmigo. Quizás las cosas simplemente se convierten en especiales y únicas por el mero hecho de ser durante suficiente tiempo. Y cuando te faltan, te las amputan. Incluso cuando lo ves venir.

Unos amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, un cachorrito que creo recordar lo sacaron de una camada en un cortijo. Era un chucho sin pedigrí conocido, aunque tiempo después nos dirían mientras lo paseábamos que debía tener bastante de podenco enano, de los que se usan para cazar conejos. Al principio mis padres decían que no, pero claro, a ver cómo le dices que no a un cachorrito que tiene un mes o así. ¿Qué vas a hacer, echarlo a la calle? ¿Devolverlo al cortijo?

Los amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, como digo, el día antes de que mi hermano se fuera voluntariamente a Cartagena a hacer la mili. Eso es tener un gran sentido de la oportunidad. Lo cual quiere decir, realmente, que se lo encalomaron a mis padres, que fueron los que lo cuidaron, criaron y sacaron adelante. Yo en aquel momento estaba a punto de empezar Psicología después de decidir que no quería ser informático, y también a punto de empezar la que, hasta la fecha, sería mi relación más larga. Vivía con mis padres y ayudaba con el perro, pero claro, no era el que más encima estaba ni pagaba las facturas. No sabes nada de eso en el momento, claro. Sólo sabes que hay alguien nuevo en la familia, que es diminuto y que se caga por ahí si no lo sacas varias veces a la calle. Mi hermano se fue a hacerse infante de marina, el perro se quedó.

Y se quedó. Y se quedó y se quedó.

A lo largo de los años, el perro creció, no demasiado, nunca fue un chucho muy grande, pero sí muy activo, muy enérgico, con mucha gana de salir a la calle, correr y ladrarle a otros chuchos. Una vez tiró a mi abuelo al suelo mientras él lo paseaba porque cuando se le ponía en los cojones correr en una dirección costaba sujetarle, incluso a mí. De modo que al final pasearle muchas veces era bajar a un descampado, que ahora es un parque detrás de la casa de mis padres, soltarle la cadena, y ver al perro desaparecer en una nube de polvo, rumbo a donde le saliera de los cojones en aquel momento.

Y los años pasaron, las cosas cambiaron, y el perro siguió ahí.

Dekker vivió conmigo los años de la universidad, el salir de allí y empezar a buscarme la vida, y siguió ahí cuando la oportunidad surgió y me fui a vivir a Madrid. Paseando a Dekker pensé en un montón de cosas, tuve momentos muy buenos y muy malos. Paseando al perro decidí decir que sí y marcharme a Madrid. Él me hizo compañía en todo porque es lo que hacen los perros, y probablemente lo hizo como cualquier otro perro lo habría hecho. A menudo desviviéndose por una caricia, una palabra amable o un juego, y a veces (cuando había algo que mear, otro perro al que ladrar, o una cosa que oler) pasando de mi como si no existiera.

Dekker estaba ahí cada vez que venía de visita, y fue testigo de los muchos cambios que vivimos. Estaba ahí cuando me mudé a Barcelona. Dekker estaba ahí cuando mi abuelo murió, y el pobre estuvo trastornado un tiempo, sin dejar de asomarse al dormitorio de mi abuelo a ver si aparecía, siempre subido a la cama de mi abuelo como para guardarle el sitio hasta que volviera. Dekker estaba ahí cuando nos quedamos embarazados, y estuvo ahí cuando llevamos por primera vez a Mónica a Granada, aunque para ese entonces ya estaba bastante viejo, casi ni veía ni oía, pero seguía teniendo gana de comer, y gana de salir. Cada vez más lento, más dormilón, más despeluchado, pero siempre ahí. Mónica le hizo carantoñas y mimos, y él la olía con curiosidad, un olor y un ruido nuevo.

Es curioso el paralelismo con mi abuelo. Al igual que con él, empezamos a apostar cuando iba haciéndose mayor manteniendo la energía que el perro viviría mucho mucho tiempo. Y ha sido un poco bastante igual. Incluyendo el pensar, cada vez que visitaba Granada, que igual esta era la última vez que le vería.

Hace unas semanas fuimos a Granada a ver a mis padres, y Dekker ya estaba muy cascado. Los dientes le castañeteaban sin razón aparente, y a veces tenía incontinencia. Mis padres ya empezaban a hablar de sueño eterno. Sin embargo nunca llegaba a estar tan mal, así que te aferras a ello y lo demoras. A fin de cuentas, no exteriorizaba un sufrimiento evidente, achaques sí, dolor no. No puedes saberlo, no habla.

Siempre hay alguien que escribe las cosas mejor que tú. Matthew Inman decía, sobre su relación con su perro:

Los perros son una desdichada criatura a la que poseer, porque al contrario que los niños, que se convierten en adolescentes en sus años adultos, cuando un perro llega a esa edad se muere de viejo.

[…]

Así que pasas década y media construyendo una afinidad por esta pequeña criatura, sólo para ver su vida extinguirse.

[…]

Quizá por eso los amamos, porque sus vidas no son largas, lógicas o deliberadas, sino una paradoja explosiva de pelo, dientes y entusiasmo.

Un perro cuando sale a pasear: MIERDA MIERDA MIERDA PÁJAROS Y FLORES Y CIELO Y TIERRA Y COSAS EN LAS QUE MEAR Y MIERDA MIERDA MIERDA

Y nunca conocerás a una persona que esté tan genuinamente feliz de verte.

Dekker era así. Un cohete de color anaranjado que siempre tenía mucha prisa por salir fuera a oler, correr y orinar por los mismos sitios que olía, corría y orinaba cada día, varias veces al día.

Y hoy mi padre me ha mandado un whatsapp, y le he llamado, y lo llevaron al veterinario y le encontraron diabetes, y mientras el veterinario le abría la boca un diente se cayó, y ya no se podía alargar más. Y me siento triste, porque era un perro normal, y no tenía nada de especial, era un perro como el de todo el mundo, pero era MI perro, creció conmigo y vivió conmigo, y la gente a la que quieres no se debería morir jamás, nunca.  Son 17 años de mi vida y han amputado un trozo de ese tiempo.

Y, como con mi abuelo, me siento contento porque, durante muchos años, lo tuve a mi lado todos los días y pude disfrutar de él, y quererle y dejar que me quisiera. Y vivió una vida muy larga donde le quisieron mucho, con locura, y le trataron de una manera que ojalá todos los perros disfrutasen. Y le gustaba vivir, no tenía prisa por irse, y vivió casi 90 años humanos. Pero al final todos pasamos por caja. Al menos él pasó por el trámite rodeado de cariño, en un sueño amable e indoloro, quizá pensando en lo que haría cuando se levantase.

En el libro más favorito de mi vida, dos amantes se despiden después de pasar la vida juntos. Él elige irse antes de que la senectud se lo coma, porque ese es su don y no quiere que se le recuerde como un rey decrépito cayéndose del trono. Pero su amada no quiere porque es inmortal, y los años no le pesan aún, y hay mucho que ver y que vivir. Y él sólo puede decirle una cosa:

Al fin, Dama Estrella de la Tarde, la más hermosa de este mundo y la más amada, mi mundo empieza ahora a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, Apéndice

Era un perro como todos los demás, pero era el mío y por ello no puede compararse con ningún otro. Me habría gustado estar a su lado, pero no pudo ser. Adios, Dekker. Gracias por haber vivido estos años con nosotros. 

Deberían cambiarle el nombre

Cuando tienes un bebé, sabes que vas a dormir poco. De todas las cosas que comporta, esa es quizá la de dominio más común. Sin embargo, creo que es más agotadora la sensación de impotencia que el dormir poco en sí. La sensación de que no hay nada que hacer, y de que no sabes qué hacer. Al menos así es para mí.

Hoy no duermes. Mañana tampoco.
Hoy no duermes. Mañana tampoco.

Con 9 meses, Mónica odia dormir. Cada vez que la vas a poner a dormir grita (no llora, grita) como si la estuvieras rajando. A veces grita 30 segundos, a veces está 1 hora. Y no sabes por qué, ni sabes qué hacer. No entiendes por qué dormir parece resultarle tan horrible. Todo lo que nos dijeron o leímos que funcionaría (que si colecho y lactancia, que si las papillas de cereal por la noche, que si darle en los cereales una infusión de hierbas, que si que duerma boca abajo, que si hábitos) no ha cambiado nada. Mónica se sigue despertando una pila de veces por la noche, nunca sabes a qué hora va a dormir las siestas ni cómo de largas serán, y para ella dormir es, en general, un drama. A veces te duerme una mañana hasta las 10, otra hasta las 7, otra hasta las 9. No se puede saber.

Como digo, lo malo es eso, no saber. Porque además, no hay más que vendehumos en este ámbito. Por todos los lados. Y libros como el “Dormir sin lágrimas” de Rosa Jové se tendrían que llamar “Ajo y agua” o “Jódete y baila,” porque en realidad te dan mucha información sobre por qué te tienes que joder y dejar que el bebé haga a su bola. Y ya. Entiendo que eso es así, y que dormir es una habilidad que el bebé ha de aprender, pero entonces no vendas que tu libro tiene unas pautas que no tiene, porque en realidad las pautas se reducen a “échale paciencia y compra lotería, a ver si tienes suerte y el niño te duerme.” Si el bebé duerme es que el colecho funcionaba, claro, porque los watusis de Papúa hacen colecho y los bebés de allí no tienen ni cólicos ni noches toledanas. Si no duerme qué le vamos a hacer, es que cada bebé es un mundo y no se puede generalizar. Con lo cual, además, tienes la sensación perenne de que algo tienes que estar haciendo mal. Súper bien montado todo.

Todo el mundo intenta ayudar, claro, pero eso es imposible porque en primer lugar, sólo pueden hablar de su experiencia con su bebé, y en segundo lugar, ni ellos saben por qué era así y no de otro modo. Así tienes gente cuyos bebés duermen del tirón desde los 3 meses, gente que no ha dormido una noche entera hasta los 18 meses, y toda la gama entre medio. Todos te cuentan lo que les funcionaba, lo que no, y da igual porque (a) a tu bebé no tiene por qué funcionarle y (b) ni saben por qué funcionaba.

Mónica es un bebé maravilloso. Es una niña preciosa, es inteligente, es muy muy cariñosa y se ríe todo el tiempo, es muy feliz. Todo cuanto escribí aquí sigue siendo la verdad. Este no es un comentario sobre Mónica. Es un comentario sobre mi, y cómo la impotencia me quema más que el cansancio. Es un comentario sobre la pediatría que, en muchos casos ha hecho avances increíbles (y benditos sean esos doctores que salvan a casi todos los niños que nacen) pero que, para cosas cotidianas, a veces parece tan desorientada como los padres, y no puede hacer más que decir “ve probando a ver si pita la flauta.”

Como decía un humorista (creo que era Pedro Reyes, pero ahora no lo sé seguro), hemos puesto un hombre en la Luna y hemos partido átomos, pero nos seguimos quedando calvos.

Quisiera que lo recordaras

Tú, sí tú.
Tú, sí tú.

No sé si leerás esto, hija mía. No sé si WordPress (o Internet tal y como la conozco) existirán dentro de 10 o de 15 años, cuando me gustaría que pudieras leer esto. Espero haber hecho copias de seguridad. Pero es ahora cuando se me ha ocurrido y por tanto es ahora cuando lo he de escribir.

Hoy casi tienes 7 meses. Sé que no recordarás esta etapa de tu vida, pero me gustaría que lo recordaras. Me gustaría que lo recordaras todo porque, esta mañana, mientras te daba la papilla, me he dado cuenta de que nunca más vivirás algo así. Por más que te querremos, y créeme que te querremos con locura, siempre, nunca volverá una época en la que todo lo que haces, cada gesto, cada sonrisa, cada gorjeo es un motivo de celebración absoluta. Donde cada queja y cada lágrima trae inmediatamente a papá o a mamá que te envuelven en sus brazos y te cubren de besos y te inundan de amor y de paz hasta que lo que sea pasa.

Ser un bebé es muy muy difícil. Todo es frustrantemente complicado, porque hasta lo más sencillo es algo que has de aprender desde cero o casi cero. Todo es agotador, y tu cuerpecito tiene muy poca energía. Todo es nuevo, y lo nuevo da miedo, y más miedo da porque sabes que no puedes hacer nada por ti sola.

Hay un relato terriblemente hermoso de Ted Chiang, llamado La Historia de tu vida. Es un relato de una belleza tan tremenda que me saltan las lágrimas cada vez que lo leo, y algún día le tendré que pegar una paliza a Alejo Cuervo por hacerme comprar el libro en Sant Jordi del año pasado y llorar como una magdalena, después de invitarle a unas cervezas por casi la misma razón. En ese relato dice:

Cuando aprendas a caminar tendré una demostración cotidiana de la asimetría de nuestra relación. Correrás incesantemente de un lado para otro, y cada vez que choques contra el marco de una puerta o te hagas un arañazo en la rodilla, sentiré el dolor como si fuera mío. Será como si me creciera un miembro errante, una extensión de mí misma cuyos nervios sensores transmiten el dolor perfectamente, pero cuyos nervios motores no obedecen en absoluto mis órdenes. Es tan injusto: voy a dar a luz un muñeco vudú de mí misma que está dotado de vida. No vi esto en el contrato cuando me apunté. ¿Era esto parte del trato?

Y luego habrá veces en que veré cómo ríes. Como la vez en que jugarás con el cachorro del vecino, metiendo las manos por la verja que separa nuestros patios traseros, y te reirás tanto que te entrará hipo. […]Será el sonido más maravilloso que jamás pudiera imaginar, un sonido que me hará sentir como una fuente, o un manantial.

Me gustaría que recordaras cómo te vuelves loca de reir cuando te cojo en brazos y empiezo a hacerte cosquillas y darte besos en el pliegue del cuello, o cuando te levanto sobre mi cabeza como si fueras un bebé volador. Me gustaría que recordaras esa sensación que te hace sonreír de esa manera cuando te despiertas y me ves entrar en donde duermes y decir tu nombre. No sé qué es lo que te hace sonreír así, y quisiera que lo recordaras para que me lo puedas contar.

De nuevo Ted Chiang:

La palabra “infante” viene del latín que significa “incapaz de hablar”, pero tú serás perfectamente capaz de decir una cosa: “Sufro,” y lo harás incansablemente y sin dudarlo. Tengo que admirar tu absoluta dedicación a este fin; cuando llores, te convertirás en la encarnación del ultraje, cada fibra de tu cuerpo dedicada a expresar esta emoción. Es curioso: cuando estés tranquila, parecerá que emites luz, y si alguien te hiciese un retrato en ese momento, yo insistiría para que incluyese la aureola.  […]

En esa etapa de tu vida, no tendrás pasado ni futuro; hasta que te de el pecho, no tendrás recuerdos de satisfacción en el pasado ni expectativas de alivio en el futuro. Cuando empieces a mamar, todo se invertirá, y todo estará bien en el mundo. AHORA es el único momento que percibirás, vivirás en un tiempo presente. Por muchas razones, es un estado envidiable.

Todas estas cosas me parecen increíblemente mágicas y alucinantes, y quisiera que las recordaras para poder contármelas.

Pero sobre todo, quisiera que las recordaras porque, cuando seas mayor, el mundo se volverá un lugar inestable y difícil de entender en ocasiones. A menudo te sentirás mal contigo misma, o sentirás que vales poco, o que eres poco querida, porque el mundo conspira para que dudemos de nosotros mismos. Y quisiera que recordaras esta época de tu vida en la que te queremos tanto, sin condiciones ni dudas, en la que eres sencillamente perfecta y te lo decimos y te lo hacemos saber a cada minuto. Quiero que recuerdes cómo te queremos ahora, para que sepas que trataremos de quererte siempre así. 

No sé si siempre seremos capaces de hacértelo ver. Y seguramente no lo recordarás, no recordarás estos momentos de tu vida. De modo que te lo escribo aquí, para que quede por mucho tiempo, si es que algo puede quedar mucho tiempo aquí (haré copias de seguridad). Para que algún día puedas leerlo y saberlo. Para que podamos leerlo y recordarlo, juntos.

Es que las mujeres nacen sabiendo

Esto es espíritu navideño.
Esto es espíritu navideño.

Cuando queremos que la niña duerma, seguimos un cierto ritual. La envolvemos en su mantita de dormir, le damos el chupete, la mecemos suave y le echamos un trapito por la cabeza porque así cierra los ojos y se duerme antes. En menos de 5 minutos, por lo general, está profundamente frita, y la llevamos al dormitorio, donde le quitamos el trapito de la cabeza y conectamos la webcam para poder ver cuándo se despierta.

A veces se pega una o hasta dos horas sobando, pero en días que está peleona como hoy, no suele pegar más de media hora. A veces sólo son 10 minutos. En todo caso, si no llora la dejamos un rato, porque poco a poco está aprendiendo a dormirse solita cuando se despierta, y es importante. Si vemos que lleva un rato despierta y no se duerme o que está alterado, vamos para allá.

Entonces voy para el dormitorio, a menudo cansado, o como hoy, con la cabeza estallando porque tengo una infección en el oído derecho que me hace ver las estrellas a ver qué quiere mi niña, cogerla en brazos, consolarla si procede. O si veo que esto no tiene arreglo y que no se va a dormir, llevarla donde estamos nosotros.

A menudo le pregunto “¿Qué es lo que quieres, cielo? ¿Por qué no te vas a dormir de una puñetera vez (véase el ejemplo del vídeo adjunto, narrado por Samuel L. Jackson)?”

Y ella siempre hace lo mismo. Se retuerce un poquito, inclina la cabecita a un lado, y me sonríe, casi burlona. En ese momento me desmonto, me desarma, y tras besarla la cojo en brazos y hago lo que ella quiere. Presiento que esta va a ser la historia de mi vida.

Ellas nacen sabiendo. Lo juro, sólo tiene 3 malditos meses (y medio), no sabe hablar, casi no sabe coger cosas, no retiene esfínteres. Pero sabe sonreír con encanto y hacer que un hombre haga lo que ella quiere.

Creo que es por ese cromosoma extra que tienen, el bastón que convierte el XY en XX. Creo que por eso nos llevan tanta ventaja. Desde que tienen meses.