De los lobos cuidando de las ovejas

De los lobos cuidando de las ovejas

Hay días que te dan la entrada hecha, como es el caso de hoy. Mi compadre Ángelo Fasce, que se dedica al duro campo de la filosofía de la ciencia, ha publicado este demoledor artículo (1) que explica el por qué la profesión de la psicología se encuentra en tan mala situación, a pesar de que vivimos una época en la que se realizan nuevos y muy interesantes descubrimientos. Porque una cosa es la investigación, donde se dan avances brillantes continuamente (o se redescubren avances antiguos que por diferentes razones han tenido menos crédito del debido, como ocurre con el análisis de conducta), y otra cosa es la selva de la práctica privada, o la enseñanza universitaria. Y por supuesto, la traca que son los colegios profesionales en este país, enésima muestra de lo que ocurre cuando algo público se privatiza.

La situación que describe Ángelo en el COPCV no es diferente de la que hay en el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña. Por ejemplo, yo me salí de una conferencia sobre depresión perinatal, debido a que las ponentes eran tres psiquiatras, de corte psicoanalítico (pseudociencia), que venían a promocionar su libro (OK), y que decían una barbaridad tras otra, llegando a ser la gota que colmó el vaso el momento en el que una de ellas afirmó que la hipermesis (el vómito excesivo durante el embarazo) indicaba que la embarazada rechazaba inconscientemente al feto. Esa barbaridad se dice en una conferencia auspiciada por el COPC, en las instalaciones del COPC, en clara violación del código deontológico del COP. Si vas a la biblioteca del Colegio Oficial de Psicólogos, uno alucina de la cantidad de bazofia pseudocientífica que se encuentra, y cada vez que el Infocop informa de las nuevas adquisiciones de la misma, no falta nunca el ratio 20/80 de ciencia / mierda.

Lo del PIR es, así mismo, rigurosamente cierto, y es grotesco. Es como si para pasar el MIR te preguntaran sobre los humores del cuerpo, o la cura con sanguijuelas, o las ideas de Galeno. Pero lo que Ángelo omite, y es más chanante aún, es que en la propia rotación del PIR hay un porcentaje no pequeño de conversión a la charlatanería, porque no hay control alguno sobre qué se enseña o qué tipo de terapias y prácticas se usan. En mi prácticum, mi tutor era un muchacho que se había formado como cognitivo – conductual en la universidad, y se había convertido al psicoanálisis en el PIR, dedicando su gabinete a la práctica psicoanálitica. Y supongo que ahí sigue.

Aunque los Colegios Oficiales pueden haber hecho cosas positivas por la profesión, que las han hecho, tienen que hacer una importantísima labor de limpieza interna, aunque sólo sea para cumplir con sus propios estatutos y códigos deontológicos. Que sí, que se denuncia a estafadores como Enric Corbera (2), pero no se hace nada con respecto al psicoanalista, al terapeuta gestalt, al de las constelaciones familiares, al de la EMDR (tengo ahora un paciente que se pegó 6 meses con un psicólogo moviéndole el dedo delante del ojo, y os imagináis el bien que le hizo), o directamente a la gente como los que, en mi barrio, te anuncian psicología de adultos, infantil, reiki, flores de bach, biodanza y terapia de pareja, ahí, todo mezclado, que se vea que somos gente seria.

Vergüenza nos tenía que dar de albergar a tanto payaso.

ENLACES

  1. Pseudopsicología oficial. Facultades, COP, PIR y otras desgracias
  2. Enric Corbera y el peligro de la bioneuroemoción.
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De la imagen de ti mismo y la maldad del verano

De la imagen de ti mismo y la maldad del verano

Hoy leo por un sitio y por otro a bastantes mujeres (y ocasionalmente hombres) comentar que el verano es una época mala porque te das cuenta de que no estás buena (o bueno). De que no te quieres poner la ropa de verano, porque enseñas cosas que no están bien. Esto se lo he leído hoy, en concreto y entre otro montón de gente a la que he leído en un rato corto, a un par de amigas mías que son, básicamente, diosas.

Cuerpos que no están bien. Digerid eso.

Mi mujer es una de las mujeres más hermosas, si no la más hermosa, que me he encontrado en mi vida. También está a término del embarazo de nuestra segunda hija, y lleva consigo un bebé de cuatro kilos, en este momento. Por un lado, es capaz de hacerse fotos divertidas para mostrar su tripa al lado de un graffiti que representa a la Venus de Willendorff, porque su tripón es genial, ella tiene sentido del humor, y lo enseña.

Por otro lado: estrías, soy una morsa, no puedo ponerme nada, me veo deforme.

Yo tampoco me escapo. Aunque estoy en la mejor forma física en la que he estado en mi vida, a menudo miro mi vientre con desagrado, porque la barriga sobresale. A pesar de que puedo coger un peso de 32 kilos y levantarlo sobre mi cabeza con una mano sin mucho problema, a pesar de que puedo hacer dominadas – nunca había podido – veo mis brazos y me parecen delgados, porque siempre fui muy delgado.

El problema no es el verano, y el problema no son nuestros cuerpos, y el problema desde luego que no es la ropa, suponiendo que tengamos una salud normal. Pero eso ya lo sabemos todos. En realidad lo sabemos todos. Y picamos igual.

Los mensajes de aprobación de los demás, el poner un autorretrato y recibir 700 millones de comentarios positivos de nuestros amigos o de extraños que pasan por ahí no son parte de la solución, son EL PROBLEMA. Una persona que se ve a sí misma como gorda cuando no está gorda no mejorará jamás su autoestima por mucho feedback positivo que reciba, porque el problema es depender de la valoración de otros, sea buena o mala, no importa cuál. Y es un problema porque verás, todo este rollo de la valoración de los otros tiene un punto de verdad, lo cuál hace tan perverso todo esto y que sea tan fácil picar. Así que pones un selfie para que todos te digan que estás muy buena y lo que haces es empeorar todo. ¿Pero qué vas a hacer? ¿Qué opción tienes?

A menudo nos aproximamos al problema desde el punto de vista equivocado, porque nos decimos cosas como que la belleza es interior, o que las opiniones de los demás no importan porque lo que importa es cómo nos vemos. Y las dos cosas son falsas, porque la belleza es un fenómeno que construye el observador, no es una cualidad que tú tengas. Lo de la belleza interior es, sencillamente, una chorrada como la de que tú eres guapa si dices que lo eres. Tú no eres guapa ni fea en ti misma, eres guapa o fea para alguien, para otro que te ve, no, borra eso, para alguien que construye una representación mental de ti que, por lo que sabemos, ni siquiera se parece a tu verdadero aspecto. A mí me gustas, al de al lado le das igual, al otro le desagradas. Y tu opinión no influye para nada en eso. Da igual lo guapo o feo que te veas, eso no afecta a tu atractivo porque es una cualidad percibida por cada persona.

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Ilustración de Lorelyn Medina.

Así que sí, es verdad, la valoración de otro es lo que constituye la belleza, pero depender de ello no tiene sentido porque pensamos que la valoración de los otros es, de alguna manera, un estándar objetivo. Y no lo es, es tan subjetivo y falso como el nuestro cuando nos miramos al espejo. Te sirve para decidir si alguien te gusta, muy bien, estás en tu derecho, pero no dice nada sobre ti.

Cuando dices “mis piernas son muy gruesas,” y no tienes un problema de salud, es como si dijeras “si farcias del carordias, no te remuerden las leporcias.” No tiene sentido. ¿Gordas según qué? ¿Para quién? Y sobre todo, ¿para qué? ¿En qué será mejor tu vida cuando seas más delgada, más atractiva? ¿Qué crees que será lo que cambie?

Mi hija tiene 4 años y ahora pasa de todo, pero es muy probable, hay una probabilidad significativamente mayor de cero de que dentro de otros 4 años se plantee que tiene que hacer dietas. En EEUU, el 80% de las niñas de 10 años han hecho alguna dieta. El 80% No tengo números en España, pero es razonable suponer que la tendencia será similar, aunque sea menor. Si alguien los encuentra, que me los pase.

Y si eso pasa, si mi hija a la que adoro quiere hacer dietas con 10 años y se odia, no será culpa de Zara, los anunciantes, ni del patriarcado ni de sus muertos. Será culpa nuestra, porque mi hija habrá crecido rodeada de personas, hombres y mujeres, que consideran que sus cuerpos están MAL. Habrá crecido escuchando a papá y mamá, y a los amigos y amigas de sus padres hablar de cómo hay que hacer dieta, que siempre hay peso de más, que la barriga es el mal y debe ser castigada, que la piel no debe colgar. Habrá visto tiras cómicas en Internet donde se habla de comer pan como de tener una relación peligrosa con un delincuente, que te llevará por el mal camino, porque no tener abdominales marcados es un signo de inmoralidad. Como no tenemos ideologías porque ahora las ideologías son Satán, hemos convertido el IMC y el porcentaje de grasa corporal en la medida de nuestra moral. 

La gente de Zara no hace la mierda de ropa que hace, con la mierda de tallaje que hacen, porque tienen un plan malvado para lucrarse a costa de que os sintáis mal. Eso es imbécil. Zara pierde dinero haciendo prendas que una gran parte de la población no se puede poner. Lo hacen porque están igual de jodidos que nosotros, porque son gente como nosotros, que tiene la misma percepción absurda y distorsionada. Nadie hace estudios estadísticos para ver lo que es una talla mediana en España, ni en ningún sitio. Basamos nuestra idea de lo que está bien en fotografías, que en estos tiempos no son fotografías sino ilustraciones impresionistas hechas con una cámara. Cuando tú miras a una mujer u hombre esculturales en prensa, o en una película, podrías estar mirando a esa persona, o a un camionero de Oviedo comiendo cachopo, o a un Decepticon, y da igual, no importa, tú nunca lo sabrías, NO SABES LO QUE ESTÁS VIENDO. Es trivial coger a Optimus Prime y convertirlo en Scarlett Johansson, y lo sabemos, y a pesar de ello seguimos pensando que lo mejor que podemos hacer es intentar parecernos a una representación mental de una ilustración que es a su vez una representación mental de la representación mental de una persona diferente acerca de algo. Es como intentar sacar un modelo de imagen corporal del dadaísmo. Pero vamos y lo hacemos, y después flipamos porque los críos cada vez más se obsesionan con la delgadez y le echamos la culpa a la sociedad, a lo que sea, cuando nuestros hijos a quienes oyen todo el día quejándose de nuestros cuerpos es a NOSOTROS.

Es a nosotros a los que oyen todo el santo día dando por culo con que hay que ponerse a dieta, con que los excesos de las Navidades, con que la operación bikini, con que hay que ir al gimnasio. Y cuando pecamos – y cómo y con cuánta frecuencia y culpa pecamos – lo tenemos que vestir de ironía, hacer bromas al respecto, en esa especie de comunidad, de hermandad de los infractores. Operación Transgorder lo llama, mi ingenioso amigo Yeray. Y me río, y le doy un bocado a la pizza, mientras una voz dentro de nosotros nos dice que no deberíamos, pero hacemos coñas para no escucharla. Al final, el mejor texto que he encontrado sobre dietas es el de una humorista americana. Paradójicamente, lo poco que he ido leyendo sobre dietas es tan contradictorio que, aparte de cuatro nociones que parecen ser comunes a todas (come más proteínas, limita los carbohidratos y poco más), lo que parece más importante parece ser modificar la relación que tenemos con la comida, y reeducar los mecanismos de saciedad del cerebro. Pero claro, qué cojones vamos a reeducar.

Yo no sé cuál es la solución a esto, de verdad que no, no lo sé. Ojalá lo supiera. Lo que sé es que vivo rodeado de gente extraordinariamente bella y nadie, ninguna de ellas ni ellos parece capaz de darse un respiro, nadie parece capaz de verse de otro modo que como una masa de deformidades, grandes o pequeñas. Y ahora que tengo una hija, y otra a punto de venir, que además siendo mujeres sufrirán una presión salvaje, aún mayor que la que sufrimos nosotros – aunque gracias a las maravillas del sistema, la presión se va igualando y pronto estaremos todos unidos e igualados en la gilipollez y el autodesprecio – pienso qué puedo hacer porque no quiero que sufran, porque son perfectas, y seguramente serán perfectas de la manera que sea que crezcan, y porque no quiero que vivan su vida obsesionadas por conceptos y baremos estéticos que son tan ficticios como la concepción sin sexo o la resurrección de los muertos.

P.S.: Os dejo un enlace a un breve e interesante enlace a un artículo sobre reestructurar la relación con tu cuerpo de un brillante psiquiatra cuyo blog, titulado “Fuck your feelings” hace pensar en mí a mucha gente.

La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

Adios, Dekker

En realidad, no tenía nada de especial. Era un perro como los demás, no hacía trucos especiales, no estaba especialmente bien educado, y sobre todo a la hora de comer, tendía a hacer lo que le daba la gana, que, generalmente, era incordiar para que le diéramos de nuestra comida en vez de comerse la suya. Mi madre y mi abuelo hicieron un gran trabajo acostumbrándolo a eso, y luego no hubo forma – ni intentos de verdad – de quitarle el hábito. Era un perro amable y cariñoso, pero no más que otros muchos perros amables y cariñosos. Cualquiera que tenga un perro mínimamente amable os podrá contar cosas similares.

Por no tener, ni siquiera tengo fotos suyas en el ordenador, o no he sido capaz de encontrarlas. Supongo que no le hacía fotos porque siempre estaba ahí, o quizá porque cuando me fui de Granada él se quedó ahí, siempre estaba ahí, a través de los años, los cambios y las transiciones, y lo das por sentado. Además, no soy realmente aficionado a hacer fotos, y con el tiempo lo soy menos. Hacerle fotos al perro nunca me pareció necesario.

Pero vivió 17 ó 18 años con nosotros, con mis padres, conmigo. Quizás las cosas simplemente se convierten en especiales y únicas por el mero hecho de ser durante suficiente tiempo. Y cuando te faltan, te las amputan. Incluso cuando lo ves venir.

Unos amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, un cachorrito que creo recordar lo sacaron de una camada en un cortijo. Era un chucho sin pedigrí conocido, aunque tiempo después nos dirían mientras lo paseábamos que debía tener bastante de podenco enano, de los que se usan para cazar conejos. Al principio mis padres decían que no, pero claro, a ver cómo le dices que no a un cachorrito que tiene un mes o así. ¿Qué vas a hacer, echarlo a la calle? ¿Devolverlo al cortijo?

Los amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, como digo, el día antes de que mi hermano se fuera voluntariamente a Cartagena a hacer la mili. Eso es tener un gran sentido de la oportunidad. Lo cual quiere decir, realmente, que se lo encalomaron a mis padres, que fueron los que lo cuidaron, criaron y sacaron adelante. Yo en aquel momento estaba a punto de empezar Psicología después de decidir que no quería ser informático, y también a punto de empezar la que, hasta la fecha, sería mi relación más larga. Vivía con mis padres y ayudaba con el perro, pero claro, no era el que más encima estaba ni pagaba las facturas. No sabes nada de eso en el momento, claro. Sólo sabes que hay alguien nuevo en la familia, que es diminuto y que se caga por ahí si no lo sacas varias veces a la calle. Mi hermano se fue a hacerse infante de marina, el perro se quedó.

Y se quedó. Y se quedó y se quedó.

A lo largo de los años, el perro creció, no demasiado, nunca fue un chucho muy grande, pero sí muy activo, muy enérgico, con mucha gana de salir a la calle, correr y ladrarle a otros chuchos. Una vez tiró a mi abuelo al suelo mientras él lo paseaba porque cuando se le ponía en los cojones correr en una dirección costaba sujetarle, incluso a mí. De modo que al final pasearle muchas veces era bajar a un descampado, que ahora es un parque detrás de la casa de mis padres, soltarle la cadena, y ver al perro desaparecer en una nube de polvo, rumbo a donde le saliera de los cojones en aquel momento.

Y los años pasaron, las cosas cambiaron, y el perro siguió ahí.

Dekker vivió conmigo los años de la universidad, el salir de allí y empezar a buscarme la vida, y siguió ahí cuando la oportunidad surgió y me fui a vivir a Madrid. Paseando a Dekker pensé en un montón de cosas, tuve momentos muy buenos y muy malos. Paseando al perro decidí decir que sí y marcharme a Madrid. Él me hizo compañía en todo porque es lo que hacen los perros, y probablemente lo hizo como cualquier otro perro lo habría hecho. A menudo desviviéndose por una caricia, una palabra amable o un juego, y a veces (cuando había algo que mear, otro perro al que ladrar, o una cosa que oler) pasando de mi como si no existiera.

Dekker estaba ahí cada vez que venía de visita, y fue testigo de los muchos cambios que vivimos. Estaba ahí cuando me mudé a Barcelona. Dekker estaba ahí cuando mi abuelo murió, y el pobre estuvo trastornado un tiempo, sin dejar de asomarse al dormitorio de mi abuelo a ver si aparecía, siempre subido a la cama de mi abuelo como para guardarle el sitio hasta que volviera. Dekker estaba ahí cuando nos quedamos embarazados, y estuvo ahí cuando llevamos por primera vez a Mónica a Granada, aunque para ese entonces ya estaba bastante viejo, casi ni veía ni oía, pero seguía teniendo gana de comer, y gana de salir. Cada vez más lento, más dormilón, más despeluchado, pero siempre ahí. Mónica le hizo carantoñas y mimos, y él la olía con curiosidad, un olor y un ruido nuevo.

Es curioso el paralelismo con mi abuelo. Al igual que con él, empezamos a apostar cuando iba haciéndose mayor manteniendo la energía que el perro viviría mucho mucho tiempo. Y ha sido un poco bastante igual. Incluyendo el pensar, cada vez que visitaba Granada, que igual esta era la última vez que le vería.

Hace unas semanas fuimos a Granada a ver a mis padres, y Dekker ya estaba muy cascado. Los dientes le castañeteaban sin razón aparente, y a veces tenía incontinencia. Mis padres ya empezaban a hablar de sueño eterno. Sin embargo nunca llegaba a estar tan mal, así que te aferras a ello y lo demoras. A fin de cuentas, no exteriorizaba un sufrimiento evidente, achaques sí, dolor no. No puedes saberlo, no habla.

Siempre hay alguien que escribe las cosas mejor que tú. Matthew Inman decía, sobre su relación con su perro:

Los perros son una desdichada criatura a la que poseer, porque al contrario que los niños, que se convierten en adolescentes en sus años adultos, cuando un perro llega a esa edad se muere de viejo.

[…]

Así que pasas década y media construyendo una afinidad por esta pequeña criatura, sólo para ver su vida extinguirse.

[…]

Quizá por eso los amamos, porque sus vidas no son largas, lógicas o deliberadas, sino una paradoja explosiva de pelo, dientes y entusiasmo.

Un perro cuando sale a pasear: MIERDA MIERDA MIERDA PÁJAROS Y FLORES Y CIELO Y TIERRA Y COSAS EN LAS QUE MEAR Y MIERDA MIERDA MIERDA

Y nunca conocerás a una persona que esté tan genuinamente feliz de verte.

Dekker era así. Un cohete de color anaranjado que siempre tenía mucha prisa por salir fuera a oler, correr y orinar por los mismos sitios que olía, corría y orinaba cada día, varias veces al día.

Y hoy mi padre me ha mandado un whatsapp, y le he llamado, y lo llevaron al veterinario y le encontraron diabetes, y mientras el veterinario le abría la boca un diente se cayó, y ya no se podía alargar más. Y me siento triste, porque era un perro normal, y no tenía nada de especial, era un perro como el de todo el mundo, pero era MI perro, creció conmigo y vivió conmigo, y la gente a la que quieres no se debería morir jamás, nunca.  Son 17 años de mi vida y han amputado un trozo de ese tiempo.

Y, como con mi abuelo, me siento contento porque, durante muchos años, lo tuve a mi lado todos los días y pude disfrutar de él, y quererle y dejar que me quisiera. Y vivió una vida muy larga donde le quisieron mucho, con locura, y le trataron de una manera que ojalá todos los perros disfrutasen. Y le gustaba vivir, no tenía prisa por irse, y vivió casi 90 años humanos. Pero al final todos pasamos por caja. Al menos él pasó por el trámite rodeado de cariño, en un sueño amable e indoloro, quizá pensando en lo que haría cuando se levantase.

En el libro más favorito de mi vida, dos amantes se despiden después de pasar la vida juntos. Él elige irse antes de que la senectud se lo coma, porque ese es su don y no quiere que se le recuerde como un rey decrépito cayéndose del trono. Pero su amada no quiere porque es inmortal, y los años no le pesan aún, y hay mucho que ver y que vivir. Y él sólo puede decirle una cosa:

Al fin, Dama Estrella de la Tarde, la más hermosa de este mundo y la más amada, mi mundo empieza ahora a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, Apéndice

Era un perro como todos los demás, pero era el mío y por ello no puede compararse con ningún otro. Me habría gustado estar a su lado, pero no pudo ser. Adios, Dekker. Gracias por haber vivido estos años con nosotros. 

29M – Huelga general: No trata sobre ti

Huelga general, la primera de muchas
Cuatro perroflautas

Vamos a hacer amigos.

El 29 de marzo hubo huelga general. No voy a hablar de los datos, ni de las imbecilidades que los políticos y los medios de comunicación han dicho, al menos no hoy. Voy a hablar de ti. Por eso he esperado tiempo para hablar de ello, porque no quería que este post se ahogara en el mar de posts más o menos oportunistas sobre el tema. Y porque he tenido otras cosas que hacer, también.

Hace tiempo que digo que aunque la cultura popular no te interese, tú le interesas a ella. Muchísimo. Y en pocas situaciones veremos más el impacto que a raíz de esta huelga general.

Vamos a recapitular un poco, ¿sí?

La reforma laboral que se acaba de aprobar no es en sí, nueva, es la culminación de un largo proceso de destrucción de los derechos de los trabajadores y del estado del bienestar, como se demuestra aquí y aquí. Si no lo has leído, léelo antes de seguir aquí. Te estaré esperando.

¿Ya has acabado? ¿Te lo has leído todo? Bien, pues vamos a hablar de medios y de narrativas.

En esto de las huelgas aún tenemos muy inculcada la retórica del siglo XIX de la lucha de clases, y al mismo tiempo la detestamos. No queremos creer en la lucha de clases porque eso es de obreros, y aquí obrero no es nadie. Todos tenemos un título universitario, un master o más de uno, y eso de currar de obreros no va con nosotros, porque somos clase media, ¿verdad que sí?

Así que cuando los sindicatos dicen “eh, chicos, vamos a hacer huelgas y todo eso que nos están atacando en los derechos” mucha gente se revuelve y dice que ellos no participan en la huelga porque ellos están en contra de los sindicatos. O que irán a currar y luego a la manifestación, que es más seguro. O que van a la manifestación pero que cuando llegan los sindicatos se piran, “porque no les representan.”

Oigo esas capulladas y me doy cuenta de que cuando los amos del capital decidan que es hora de reinstaurar la servidumbre de la gleba, estos capullos, que son mayoría, se dejarán marcar y poner el collar encantados. Luego eso sí, irán al bar a quejarse. Pero sin resistencia.

Como siempre, el error fundamental en esos mensajes es que esta huelga no trata sobre ti. Nada trata sobre ti, por más que quieras.

Tú no tienes que estar de acuerdo con un sindicato para ir a una huelga. Tu opinión sobre los sindicatos no importa para la huelga. A los sindicatos no los valida el seguimiento de la huelga, los valida el número de afiliados. Ir a una huelga implica estar en desacuerdo con una reforma laboral, te guste el sindicato o no. Tu gusto es irrelevante.

Si el sindicato no te gusta y te vas de la manifestación cuando llegan los de los sindicatos, estás haciendo el subnormal porque lo que cuentan son las cabezas presentes, y nadie se pone a discutir de quién es cada cabeza. O sea, que si te vas, debilitas tu posición y la de todos, porque es más fácil argumentar que eran 4 perroflautas.

Pero lo que de verdad evidencia que no has entendido nada, pero nada, es cuando dices que “yo voy a currar, pero luego a la manifa.” La manifestación es secundaria, y tiene la misma trascendencia que los culés que van a celebrar la fiesta a Canalejas. Lo que cuenta, el elemento de presión, lo que cuesta dinero es la huelga, el no ir a trabajar. Porque eso es lo que cuesta dinero. Si vas a trabajar, que vayas a la manifestación o te vayas de cervezas es igual, porque tu empresa no se ha visto afectada y en su momento, no presionará a los políticos. Que te manifiestes sale gratis, y además los gastos los vas a pagar tú igual. Si un país se paraliza, los políticos escuchan. Nadie escucha las manifestaciones, porque sirven fundamentalmente para que todos los que van se sientan súper bien.

Pero claro, esas son las cosas que no comprometen tu identidad, que no arriesgan un fracaso. Son las cosas que puedes decir en el bar o en Twitter, y quedar súper chachi, porque no tienes que hacer nada.

Si no te gusta el sindicato, afíliate y cámbialos desde dentro. Así de fácil y así de difícil. Nada curiosamente, la mayoría de personas que ponen el argumento de “no me representan los sindicatos” no están afiliados porque eso es de obreros, y de pobres. Ah, vaya, ¿que es trabajo? ¿Que es difícil? Qué cosas.

Si te parece que la reforma está mal, échale valor y haz huelga de verdad. Porque si suficiente gente lo hace, el mensaje que llega es “quizá no os vote la próxima vez” y ese es el único mensaje que puede preocupar a un político. Ah no, que es un riesgo: por supuesto, es mejor quedarse en casa a ver si así no me despiden hoy, a cambio de la certeza absoluta de que mañana me podrán despedir por tener una apendicitis y juntar suficientes días de baja. Es muy lógico.

Y por supuesto, la medida final: has probado 2 partidos diferentes durante la historia de nuestra así llamada democracia. Ambos han sido incapaces de hacer nada bien, salvo crear burbujas, corrupción, y esquilmarte. Cada 4 años sin embargo tú te quedas en casa sin votar o votas a uno de los dos, con lo que en la práctica les dices “quiero otro plato de esto, buen trabajo.” Piénsalo: al PP lo han votado 3 de cada 10 españoles votantes, que son los mismos, por cierto, que le votan elección tras elección. 4 de cada 10 españoles no votan. Pasmoso ¿eh? Sorprendente que todo siga igual.

Pero claro, todas estas medidas requieren hacer algo, no hablar de ello: todo esto requiere poner tu identida a prueba, mostrar si eres quien dices ser. Enfrentados a esa prueba, la mayoría fallan.

Eso sí, en otros aspectos de nuestra identidad no hay problema. A ver cuándo se vacía Canaletas un día que gane el Barça, o la Cibeles en Madrid.

El Papa que reescribía la historia.

Iba a seguir escribiendo sobre narcisismo, pero un Papa se tropezó conmigo.

Hablamos sobre cómo el narcisismo reescribe la historia y retuerce a los personajes de antaño en busca de preservar una identidad. Hablamos sobre cómo el sesgo de confirmación hace que ignoremos aquellas informaciones que contradicen aquello que queremos creer.

El Papa está de visita en Gran Bretaña, un país que en general pasa de las iglesias (incluyendo la propia anglicana), y cuyos reyes hacía 4 siglos que no recibían a un Papa. De hecho, cuando el anterior Papa visitó el Reino Unido en los 80, no fue recibido por la reina Isabel II. Allí ha dado un discurso. Tras las declaraciones de Walter Kasper diciendo que visitar Heathrow se parecía mucho a visitar un país tercermundista (imagino que porque en ese aeropuerto hay muchos morenos para su gusto), ya era de esperar que el discurso del Papa estaría trufado de joyas. Y no defrauda.

ratzinger
El Papa levitando después de causar un agujero negro de cinismo.

En el 5º párrafo el Papa aludo a como Gran Bretaña, gracias a David Livingstone y William Wilberforce, combatió activamente para detener la trata de esclavos. Omite el Papa que la Iglesia Católica sancionaba como pecado el que un cristiano fuera esclavizado por otro, pero los no cristianos (empezando por los negros) eran otra cosa. La Iglesia no tuvo problemas con la esclavitud de los indios americanos, por ejemplo, que construyeron muchas iglesias. Pero ahí está. Por otro lado, habla de cómo Florence Nightingale (devota creyente) ayudó a avanzar los estándares de salud que hoy son normales en la profesión médica, salvando muchas vidas. Omite cómo las iglesias de todo tipo obstaculizaron y obstaculizan hoy día el que una mujer haga algo más que parir críos y cuidar de la casa. Recordemos que a día de hoy, las católicas son creyentes de segunda, que no pueden ser ordenadas como sacerdote.

O sea, que en estos ejemplos, hablamos de grandes personas que lograron sus metas oponiéndose a la Iglesia. Bien.

Lo descacharrante, lo que es una fuente de cinismo sin palabras, una tarta de 8 pisos de falsedad, maldad pura y completa ignorancia como guinda, es el siguiente párrafo, donde el Papa hace buena la ley de Godwin y saca a los nazis. Ratzinger. Nazis. No voy a entrar en cómo la militancia de Ratzinger en las Juventudes Hitlerianas hace estos argumentos sospechosos porque, siendo honestos, es perfectamente posible que su ingreso fuera forzoso. Así que no creo que deba ser un argumento. No importa, el Papa proporciona suficientes en su discurso.

El Papa sale con perlas como que la tiranía nazi quería erradicar a Dios de la sociedad y que los Aliados se enfrentaron a ellos. Y que hay que reflexionar sobre las lecciones que nos da el extremismo ateo del siglo XX y claro, que cuando nos olvidamos de Dios en la sociedad, tenemos guerras mundiales. Supongo que después de decir esto, se fumó un Partagás.

Lo que el Papa dice es una mentira detrás de otra. En primer lugar, la doctrina nazi no se basa en el ateísmo. Hitler era, por su propia descripción, católico romano. Como eran cristianos de una rama u otra la mayoría de los hombres que llevaron a cabo el exterminio de Holocausto. Con el apoyo de buena parte de la jerarquía de la Iglesia, y la falta de condena de Pío XII. Holocausto en el que los judíos se llevaron la peor parte gracias al antisemitismo europeo, impulsado por la madre iglesia a lo largo de siglos de pogromos, persecuciones, y demás. Siglos de propaganda anti-judía creada… por la Iglesia.

Ciertamente hubo sacerdotes que acabaron en los campos de exterminio. No por su condición de creyentes (las iglesias no se cerraron ni se prohibió el culto en la Alemania nazi) sino por ser enemigos del régimen. Los jerarcas de la Iglesia no lo pasaron tan mal, porque la mayoría conservaron la política habitual de la Iglesia de apoyo al régimen que sea.

El resto del discurso del Papa es poco relevante, en el sentido de que no tergiversa mucho nada más y dice las obviedades que cabría esperar.

Pero fijaros en ello. La Iglesia Católica coge 2000 años de historia y simplemente los barre bajo la alfombra y pretende que no pasa nada. Y para 1166 millones de personas, según el Anuario Pontificio de 2010 (cifra que es igualmente falsa, porque muchos de sus miembros son, funcionalmente, ateos), eso es suficiente.

Eso sí, el Papa dice que la Iglesia no fue lo bastante veloz y diligente en perseguir y castigar a los pederastas. Observad cómo lo formula: “la Iglesia.” ¿Sabéis cómo se llama eso? Dilución de responsabilidad. Cuando uno dice “se han cometido errores” no se está responsabilizando de los errores. Es una maniobra, una mentira. Lo correcto sería que el Papa asumiera la responsabilidad de manera personal.

Espero que al menos le retiren al obispo pederasta de Brujas su pensión de 2800 € mensuales, ganada con el dolor de muchos niños violados. 2800 pavos mensuales por violar niños. Desde luego, para aquellos inclinados por los menores, la llamada de Dios debe ser la hostia.