De los lobos cuidando de las ovejas

De los lobos cuidando de las ovejas

Hay días que te dan la entrada hecha, como es el caso de hoy. Mi compadre Ángelo Fasce, que se dedica al duro campo de la filosofía de la ciencia, ha publicado este demoledor artículo (1) que explica el por qué la profesión de la psicología se encuentra en tan mala situación, a pesar de que vivimos una época en la que se realizan nuevos y muy interesantes descubrimientos. Porque una cosa es la investigación, donde se dan avances brillantes continuamente (o se redescubren avances antiguos que por diferentes razones han tenido menos crédito del debido, como ocurre con el análisis de conducta), y otra cosa es la selva de la práctica privada, o la enseñanza universitaria. Y por supuesto, la traca que son los colegios profesionales en este país, enésima muestra de lo que ocurre cuando algo público se privatiza.

La situación que describe Ángelo en el COPCV no es diferente de la que hay en el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña. Por ejemplo, yo me salí de una conferencia sobre depresión perinatal, debido a que las ponentes eran tres psiquiatras, de corte psicoanalítico (pseudociencia), que venían a promocionar su libro (OK), y que decían una barbaridad tras otra, llegando a ser la gota que colmó el vaso el momento en el que una de ellas afirmó que la hipermesis (el vómito excesivo durante el embarazo) indicaba que la embarazada rechazaba inconscientemente al feto. Esa barbaridad se dice en una conferencia auspiciada por el COPC, en las instalaciones del COPC, en clara violación del código deontológico del COP. Si vas a la biblioteca del Colegio Oficial de Psicólogos, uno alucina de la cantidad de bazofia pseudocientífica que se encuentra, y cada vez que el Infocop informa de las nuevas adquisiciones de la misma, no falta nunca el ratio 20/80 de ciencia / mierda.

Lo del PIR es, así mismo, rigurosamente cierto, y es grotesco. Es como si para pasar el MIR te preguntaran sobre los humores del cuerpo, o la cura con sanguijuelas, o las ideas de Galeno. Pero lo que Ángelo omite, y es más chanante aún, es que en la propia rotación del PIR hay un porcentaje no pequeño de conversión a la charlatanería, porque no hay control alguno sobre qué se enseña o qué tipo de terapias y prácticas se usan. En mi prácticum, mi tutor era un muchacho que se había formado como cognitivo – conductual en la universidad, y se había convertido al psicoanálisis en el PIR, dedicando su gabinete a la práctica psicoanálitica. Y supongo que ahí sigue.

Aunque los Colegios Oficiales pueden haber hecho cosas positivas por la profesión, que las han hecho, tienen que hacer una importantísima labor de limpieza interna, aunque sólo sea para cumplir con sus propios estatutos y códigos deontológicos. Que sí, que se denuncia a estafadores como Enric Corbera (2), pero no se hace nada con respecto al psicoanalista, al terapeuta gestalt, al de las constelaciones familiares, al de la EMDR (tengo ahora un paciente que se pegó 6 meses con un psicólogo moviéndole el dedo delante del ojo, y os imagináis el bien que le hizo), o directamente a la gente como los que, en mi barrio, te anuncian psicología de adultos, infantil, reiki, flores de bach, biodanza y terapia de pareja, ahí, todo mezclado, que se vea que somos gente seria.

Vergüenza nos tenía que dar de albergar a tanto payaso.

ENLACES

  1. Pseudopsicología oficial. Facultades, COP, PIR y otras desgracias
  2. Enric Corbera y el peligro de la bioneuroemoción.
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De lo que aprendí cuando perdí a mi padre

Mi padre murió el 30 de junio, justo el día que mi segunda hija cumplía un mes. O según cómo lo mires, murió el 7 de julio, justo un mes antes de verme cumplir los 40. 

Mi padre estaba sentado en un banco, leyendo el 20 minutos, esperando a uno con el que había quedado. En algún momento después de las 9 de la mañana (que es cuando envió su último whatsapp a ese tipo, para decirle que estaba llegando), sufrió un derrame cerebral en el tronco cerebral, en la zona que controla latido, respiración y consciencia. No fue una hemorragia muy grande, pero fue suficiente. Mi padre se apagó como si hubieran apretado un interruptor. Más que una enfermedad, mi padre tuvo un accidente, como si le hubiera caído una cornisa encima.

Como era un sitio concurrido, creemos que la ayuda llegó rápido. La ambulancia del 061 llegó y pasaron 20 minutos de esfuerzos para reanimarle. Tras esto, lo llevaron a la UCI del Virgen de las Nieves, de donde lo llevaron a la de ictus de Traumatología, y luego fue trasladado a la del nuevo Campus de la Salud. No llegó a despertar, y si lo hubiera hecho el daño cerebral de los 20 minutos de hipoxia durante la reanimación habría sido tremendo. El día 7 de julio decidimos, con el equipo médico, retirarle del soporte vital y dejarle morir, porque se le hizo una prueba de potenciales evocados que mostró de forma concluyente que no había posible recuperación. Así que, tras dar permiso para que donase sus órganos, mi padre falleció.

Han pasado algo más de 3 meses. Y he aprendido unas cuantas cosas.

La primera es: no podía imaginar la maraña de papeleo, trámites e historias burocráticas que tiene todo esto. Especialmente si, como en el caso de mi padre, no hay un testamento. Te dan unos seis meses de plazo para resolverlo todo, y no creo que sea por casualidad. Todo esto en un momento en el que tú no estás para decisiones, papeleos, ni historias de estas. Buscad un gestor que sepa lo que hace y que lo lleve él. No intentéis hacerlo vosotros si no sabéis.

Yo pasé una mañana entera para intentar (sin éxito) conseguir un certificado de intestados, haciendo cola desde una hora y pico antes de que abrieran la delegación de justicia, para descubrir que sólo dan 180 números cada día, y que lo normal es que haya 180 personas esperando antes de las 7 de la mañana (en esa oficina también se piden otros papeles, como certificados de penales, y siempre está lleno).

La segunda es: procurad tener un seguro de decesos y un testamento. No seáis una carga para los vuestros. Morirse es MUY caro. No sólo es un follón, es muy caro. Si tienes un seguro de decesos, sólo hay que llamar a la aseguradora y ellos avisan a la funeraria, se encargan de todo y lo pagan todo, dentro de la póliza que tienes contratada. Si vas a hacer algo sencillo y te incineran, lo normal es que la póliza lo cubra todo. Sólo tienes que decirles dónde deseas que sea la ceremonia, y poca cosa más.

Un entierro sencillo, con incineración y nada más, puede pasar de los 3000 €.No dejéis esa carga a los vuestros. Yo no tenía ese tipo de seguros, y esto me ha hecho ver que son importantes. Ídem del testamento.

Lo tercero es: nadie te explica nada. A no ser que, como nosotros, tengas la suerte de tener gente a tu alrededor que sabe lo que hay que hacer, no esperes que nadie te lo explique ni que la información que puedas encontrar en internet sea fácil de entender y digerir. Puedes buscarla, y puedes dedicarle tiempo, pero es que…

Lo cuarto: el cerebro se te queda en salmuera. No tienes energía. No te acuerdas de nada. La gente te dice cosas y es como si pasaran por un agujero en tu cerebro. Crees que estás prestando atención, pero no. Vas muchísimo más lento en todo. Tu capacidad de concentración, de aprender, todo ello se va por el desagüe. No sé cuándo volverá. Funcionas en automático, y eres capaz de hacer lo mínimo, pero poco más.Y a la gente a tu alrededor le costará entenderlo, se desesperarán porque si no estás llorando por los rincones todo el día parecerá que estás como siempre, pero no lo estás. No sé cuándo pasa.

Lo quinto: todo te lo va a recordar, en los momentos más inesperados. Es como la conocida anécdota de la magdalena de Proust. Vas en el metro y alguien lleva una colonia como la que usaba mi padre, y te vuelves loco mirando de un lado a otro. Otras veces es más directo, como que aparece una foto suya por ahí, en las redes sociales, o más retorcida, como estar viendo Homeland con Victòria y que uno de los protagonistas esté en coma y lo veas entubado y te acuerdes de ver a tu padre entubado en la UCI, más parecido a un muñeco de cera que a la persona viva que era. Pero por otro lado…

Lo sexto: tu memoria de esos últimos días se irá a un cajón, como si tu cerebro cuidase de ti y te lo ahorrara. Al cabo de unos pocos días de su muerte, me costaba recordar cómo era en la UCI. No es que no pudiera, si me esforzaba podía, pero esa es la clave. Me tenía que esforzar. Cuando pensaba en mi padre, lo recordaba como él rea realmente, como siempre había sido. Un tío alto, alegre, que nunca se arrugaba, que se reía muchísimo, que andaba con zancadas largas y briosas la distancia que hiciera falta. Le recuerdo loco por sus nietas, sobre todo por la mayor. No recuerdo la cáscara vacía en la UCI. Recuerdo a la persona viva. Y noto que con el paso del tiempo mi recuerdo de esa última semana se debilita y desvanece. Y eso es bueno.

Lo séptimo: los críos no son idiotas, y aunque les duela es bueno que lo entiendan. Para Mónica, mi hija de casi 4 años, esto ha sido un golpe muy duro. Mi padre era “el abuelito”, y ella sentía tanta locura por él como él por ella. Cuando mis padres estaban en casa, o nosotros en Granada, ella sólo aceptaba que fuera su abuelito el que la acompañara a dormir, el que le contara el cuento, el que la levantara de la cama cuando se despertaba y la acompañara a hacer un pis. Cuando estaban juntos, la casa estaba llena de gritos de “AGÜELIIIIITOOOOOO” así, bien fuertes.

Explicarle que el abuelo se había ido y no iba a volver es de las cosas más difíciles que hemos hecho nunca. Aunque lo ha encajado muy bien y enseguida volvió a su rutina de jugar y ser feliz, aún hay noches que, a la hora de dormir, mi hija se echa a llorar porque echa mucho de menos al abuelito, porque tiene mucha pena de que el abuelito se haya ido a una estrella para siempre. Y aún hay noches que se asoma a la terraza para despedirse y darle las buenas noches a la estrella del abuelito, y decirle que le quiere mucho y que le echará siempre de menos, a gritos para que la oiga, y sigue partiéndome el alma. Pero gracias a que lo entiende, cuando me ve triste viene y me da un abrazo, y son los  mejores abrazos del mundo.

Lo octavo: déjate ayudar. Estás rodeado de gente que te quiere ayudar. Déjate. Cuando ocurrió todo esto, nos vimos desbordados por los ofrecimientos de ayuda. Amigos que nos ofrecieron enviarnos llaves de su casa para poder alojarnos, o alojar a quien hiciera falta. Amigos que se ofrecieron a venir a Granada desde muy lejos para ayudarnos con las crías, a pesar de tener ellos sus propios hijos y cosas que hacer. Amigos que nos fueron a buscar al aeropuerto a horas absurdas, que nos llevaron a donde hizo falta porque no tenemos coche, amigos que vinieron al funeral de mi padre sin haberle conocido pero que querían estar a mi lado, amigos que nos sacaron a dar una vuelta, que nos enviaron cariño y apoyo y no dejaron de interesarse por si podían hacer algo. Muchísimos, más de los que puedo contar. No hizo falta aceptar toda la ayuda que nos ofrecieron, ni mucho menos, pero cada ofrecimiento hizo algo curativo por nosotros, por mí. Aceptad lo que podáis. Dejado que os ayuden, que os alivien de cosas pequeñas y grandes, porque necesitarás cada gota de energía que puedas ahorrar.

Lo último: acepta que nunca pasará del todo. Es lo que hay. La persona que se va deja un hueco que no se puede llenar. Y está bien que sea así. Porque está bien que una persona no pueda ser sustituida. Quizá ese hueco se irá haciendo un poco más pequeño, a medida que otras cosas vayan haciendo sus propios huecos, y que la vida te de muchas más cosas en las que pensar de las que puedes manejar, especialmente si tienes hijos.

Esto es lo que he sacado de todo este océano de mierda. Quizá en unos meses, o años, mi perspectiva sea diferente. Quién sabe.

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Adios, papá. Te querré siempre.

De la imagen de ti mismo y la maldad del verano

De la imagen de ti mismo y la maldad del verano

Hoy leo por un sitio y por otro a bastantes mujeres (y ocasionalmente hombres) comentar que el verano es una época mala porque te das cuenta de que no estás buena (o bueno). De que no te quieres poner la ropa de verano, porque enseñas cosas que no están bien. Esto se lo he leído hoy, en concreto y entre otro montón de gente a la que he leído en un rato corto, a un par de amigas mías que son, básicamente, diosas.

Cuerpos que no están bien. Digerid eso.

Mi mujer es una de las mujeres más hermosas, si no la más hermosa, que me he encontrado en mi vida. También está a término del embarazo de nuestra segunda hija, y lleva consigo un bebé de cuatro kilos, en este momento. Por un lado, es capaz de hacerse fotos divertidas para mostrar su tripa al lado de un graffiti que representa a la Venus de Willendorff, porque su tripón es genial, ella tiene sentido del humor, y lo enseña.

Por otro lado: estrías, soy una morsa, no puedo ponerme nada, me veo deforme.

Yo tampoco me escapo. Aunque estoy en la mejor forma física en la que he estado en mi vida, a menudo miro mi vientre con desagrado, porque la barriga sobresale. A pesar de que puedo coger un peso de 32 kilos y levantarlo sobre mi cabeza con una mano sin mucho problema, a pesar de que puedo hacer dominadas – nunca había podido – veo mis brazos y me parecen delgados, porque siempre fui muy delgado.

El problema no es el verano, y el problema no son nuestros cuerpos, y el problema desde luego que no es la ropa, suponiendo que tengamos una salud normal. Pero eso ya lo sabemos todos. En realidad lo sabemos todos. Y picamos igual.

Los mensajes de aprobación de los demás, el poner un autorretrato y recibir 700 millones de comentarios positivos de nuestros amigos o de extraños que pasan por ahí no son parte de la solución, son EL PROBLEMA. Una persona que se ve a sí misma como gorda cuando no está gorda no mejorará jamás su autoestima por mucho feedback positivo que reciba, porque el problema es depender de la valoración de otros, sea buena o mala, no importa cuál. Y es un problema porque verás, todo este rollo de la valoración de los otros tiene un punto de verdad, lo cuál hace tan perverso todo esto y que sea tan fácil picar. Así que pones un selfie para que todos te digan que estás muy buena y lo que haces es empeorar todo. ¿Pero qué vas a hacer? ¿Qué opción tienes?

A menudo nos aproximamos al problema desde el punto de vista equivocado, porque nos decimos cosas como que la belleza es interior, o que las opiniones de los demás no importan porque lo que importa es cómo nos vemos. Y las dos cosas son falsas, porque la belleza es un fenómeno que construye el observador, no es una cualidad que tú tengas. Lo de la belleza interior es, sencillamente, una chorrada como la de que tú eres guapa si dices que lo eres. Tú no eres guapa ni fea en ti misma, eres guapa o fea para alguien, para otro que te ve, no, borra eso, para alguien que construye una representación mental de ti que, por lo que sabemos, ni siquiera se parece a tu verdadero aspecto. A mí me gustas, al de al lado le das igual, al otro le desagradas. Y tu opinión no influye para nada en eso. Da igual lo guapo o feo que te veas, eso no afecta a tu atractivo porque es una cualidad percibida por cada persona.

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Ilustración de Lorelyn Medina.

Así que sí, es verdad, la valoración de otro es lo que constituye la belleza, pero depender de ello no tiene sentido porque pensamos que la valoración de los otros es, de alguna manera, un estándar objetivo. Y no lo es, es tan subjetivo y falso como el nuestro cuando nos miramos al espejo. Te sirve para decidir si alguien te gusta, muy bien, estás en tu derecho, pero no dice nada sobre ti.

Cuando dices “mis piernas son muy gruesas,” y no tienes un problema de salud, es como si dijeras “si farcias del carordias, no te remuerden las leporcias.” No tiene sentido. ¿Gordas según qué? ¿Para quién? Y sobre todo, ¿para qué? ¿En qué será mejor tu vida cuando seas más delgada, más atractiva? ¿Qué crees que será lo que cambie?

Mi hija tiene 4 años y ahora pasa de todo, pero es muy probable, hay una probabilidad significativamente mayor de cero de que dentro de otros 4 años se plantee que tiene que hacer dietas. En EEUU, el 80% de las niñas de 10 años han hecho alguna dieta. El 80% No tengo números en España, pero es razonable suponer que la tendencia será similar, aunque sea menor. Si alguien los encuentra, que me los pase.

Y si eso pasa, si mi hija a la que adoro quiere hacer dietas con 10 años y se odia, no será culpa de Zara, los anunciantes, ni del patriarcado ni de sus muertos. Será culpa nuestra, porque mi hija habrá crecido rodeada de personas, hombres y mujeres, que consideran que sus cuerpos están MAL. Habrá crecido escuchando a papá y mamá, y a los amigos y amigas de sus padres hablar de cómo hay que hacer dieta, que siempre hay peso de más, que la barriga es el mal y debe ser castigada, que la piel no debe colgar. Habrá visto tiras cómicas en Internet donde se habla de comer pan como de tener una relación peligrosa con un delincuente, que te llevará por el mal camino, porque no tener abdominales marcados es un signo de inmoralidad. Como no tenemos ideologías porque ahora las ideologías son Satán, hemos convertido el IMC y el porcentaje de grasa corporal en la medida de nuestra moral. 

La gente de Zara no hace la mierda de ropa que hace, con la mierda de tallaje que hacen, porque tienen un plan malvado para lucrarse a costa de que os sintáis mal. Eso es imbécil. Zara pierde dinero haciendo prendas que una gran parte de la población no se puede poner. Lo hacen porque están igual de jodidos que nosotros, porque son gente como nosotros, que tiene la misma percepción absurda y distorsionada. Nadie hace estudios estadísticos para ver lo que es una talla mediana en España, ni en ningún sitio. Basamos nuestra idea de lo que está bien en fotografías, que en estos tiempos no son fotografías sino ilustraciones impresionistas hechas con una cámara. Cuando tú miras a una mujer u hombre esculturales en prensa, o en una película, podrías estar mirando a esa persona, o a un camionero de Oviedo comiendo cachopo, o a un Decepticon, y da igual, no importa, tú nunca lo sabrías, NO SABES LO QUE ESTÁS VIENDO. Es trivial coger a Optimus Prime y convertirlo en Scarlett Johansson, y lo sabemos, y a pesar de ello seguimos pensando que lo mejor que podemos hacer es intentar parecernos a una representación mental de una ilustración que es a su vez una representación mental de la representación mental de una persona diferente acerca de algo. Es como intentar sacar un modelo de imagen corporal del dadaísmo. Pero vamos y lo hacemos, y después flipamos porque los críos cada vez más se obsesionan con la delgadez y le echamos la culpa a la sociedad, a lo que sea, cuando nuestros hijos a quienes oyen todo el día quejándose de nuestros cuerpos es a NOSOTROS.

Es a nosotros a los que oyen todo el santo día dando por culo con que hay que ponerse a dieta, con que los excesos de las Navidades, con que la operación bikini, con que hay que ir al gimnasio. Y cuando pecamos – y cómo y con cuánta frecuencia y culpa pecamos – lo tenemos que vestir de ironía, hacer bromas al respecto, en esa especie de comunidad, de hermandad de los infractores. Operación Transgorder lo llama, mi ingenioso amigo Yeray. Y me río, y le doy un bocado a la pizza, mientras una voz dentro de nosotros nos dice que no deberíamos, pero hacemos coñas para no escucharla. Al final, el mejor texto que he encontrado sobre dietas es el de una humorista americana. Paradójicamente, lo poco que he ido leyendo sobre dietas es tan contradictorio que, aparte de cuatro nociones que parecen ser comunes a todas (come más proteínas, limita los carbohidratos y poco más), lo que parece más importante parece ser modificar la relación que tenemos con la comida, y reeducar los mecanismos de saciedad del cerebro. Pero claro, qué cojones vamos a reeducar.

Yo no sé cuál es la solución a esto, de verdad que no, no lo sé. Ojalá lo supiera. Lo que sé es que vivo rodeado de gente extraordinariamente bella y nadie, ninguna de ellas ni ellos parece capaz de darse un respiro, nadie parece capaz de verse de otro modo que como una masa de deformidades, grandes o pequeñas. Y ahora que tengo una hija, y otra a punto de venir, que además siendo mujeres sufrirán una presión salvaje, aún mayor que la que sufrimos nosotros – aunque gracias a las maravillas del sistema, la presión se va igualando y pronto estaremos todos unidos e igualados en la gilipollez y el autodesprecio – pienso qué puedo hacer porque no quiero que sufran, porque son perfectas, y seguramente serán perfectas de la manera que sea que crezcan, y porque no quiero que vivan su vida obsesionadas por conceptos y baremos estéticos que son tan ficticios como la concepción sin sexo o la resurrección de los muertos.

P.S.: Os dejo un enlace a un breve e interesante enlace a un artículo sobre reestructurar la relación con tu cuerpo de un brillante psiquiatra cuyo blog, titulado “Fuck your feelings” hace pensar en mí a mucha gente.

3000 días juntos

Hoy se cumplen 3000 días desde que empecé mi relación con Nur, con Victòria, con mi mujer. 3000 días es en sí una cifra rara, quizá arbitraria, y no recuerdo cuándo ni por qué decidí contar la fecha. Pero la puse en mi calendario para no olvidarla, y hoy me ha avisado.

3000 días es un montón de tiempo, si uno lo piensa. Algo más de 8 años. Ha dado para mucho, muchísimo. Cosas muy muy buenas, cosas muy malas y cosas que, simplemente, son. La mayoría del tiempo no pasa nada excitante en un sentido ni en otro, y está bien que así sea. Por más que las redes sociales se empeñen en lo contrario, los momentos cruciales son tanto las experiencias únicas como lo que las une.

Pensaba en cómo explicar o resumir estos días, miles de días, pero al final pensé hacer bueno el refrán sobre las imágenes y las palabras. Y como Victòria siempre fue muy diligente para las fotos, no como yo, no me resultó difícil ni trabajoso.

Primera
Esta es la primera foto que tengo de los dos juntos. Claro, estoy sobando.
Granada
Granada ha sido siempre importante.
Duda
A veces pienso si se lo estará pensando. O si se lo creerá XD
Boda
Nunca hubo novia más guapa. Mónica ya está ahí.
Estambul
Constantinopla. Tener hijos no impide hacer cosas (I)
Holi
Tener hijos no impide hacer cosas (II)
Esperando que se haga de noche
“Mira mamá, vamos a esperar a que se haga de noche y salgan las estrellas.”
Nochebuena 15
La nueva ya está en camino, aunque no se la vea aún.

Hay muchas, muchísimas más, pero éstas son las que hoy he elegido. No deja de ser un resumen arbitrario de momentos que me llamaron la atención, como podían haber sido otros pero es que hay tantos.

Claro, Mònica está en la mitad de ellas, pero es que ser papá equivale a renunciar al protagonismo. Y es lo mejor que hemos hecho nunca, a falta de que Valeria nos sorprenda. Es normal que salga mucho. Es alguien que va a estar para siempre con nosotros.

Muchas gracias por estos 3.000 días, amor mío. Ojalá pueda tener 30.000 más contigo. 

Nos vemos en Valencia

La Universidad de Valencia organiza el ‘I Congreso de Pensamiento Crítico y Divulgación Científica’, con el subtítulo de ‘La pseudociencia en el siglo XXI’, los días 5 y 6 de abril en la Facultad de Filosofía. Han tenido a bien invitarme a dar una charla al lado de divulgadores de la talla de J.M. Mulet o Luis Alfonso Gámez. Es un enorme honor.

Daré una charla sobre pseudoterapias sin apoyo científico, y cómo podemos reconocer un psicólogo con una práctica científicamente validada de uno que no, usando dos ejemplos de psicoterapia sin validez empírica, uno de toda la vida (adivinad), y uno que aunque tiene unos añitos, parece estar de moda.

Podéis encontrar más información sobre el evento aquí:

https://icpcdc.wordpress.com/

Y este es el cartel del evento:

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Hablando con los mejores. Cuánto honor.

En marzo daré una charla en Barcelona, el día 19, como parte de la serie de conferencias “Escépticos en el Pub”. Hablaré sobre psicópatas, qué es verdad y dónde Hollywood se lo inventa todo. Si es como las demás veces, estará muy divertido.

Y en estas cosas es en lo que he estado ocupado.

La maldita adicción

La maldita adicción

Al principio no piensas en ti mismo como un adicto.

Como no somos conscientes de nuestra conducta, y no nos damos cuenta de lo que hacemos, es fácil no darse cuenta de que uno es un adicto. Especialmente cuando eres un adicto a algo que no tiene una etiqueta social clara relacionada con la adicción. Si ya cuesta, para muchos, darse cuenta de que su consumo de cocaína o marihuana es más que un uso casual, imagina cuando eres adicto a algo que consume todo el mundo y es considerado normal.

Por suerte no hablo del alcohol, sino de Facebook.

He acabado recientemente Deep Work, un libro de Cal Newport acerca de la importancia del trabajo profundo, cognitivamente desafiante, el trabajo que requiere horas de concentración. Es un libro importante, fantástico y necesario. Cal Newport describe el trabajo profundo así:

Actividades profesionales realizadas en un estado de concentración libre de distracciones, que llevan tus capacidades cognitivas (aunque luego amplía la definición a físicas) hasta el límite. Estos esfuerzos crean nuevo valor, mejoran tu habilidad y son difíciles de replicar por otros.

Es el trabajo del artista que se sumerge en crear una obra, del científico enfrentado a un problema, del artesano planeando un trabajo. Es importante, y el argumento de este autor es que se va a volver más importante cada vez en nuestra sociedad, lo cual es muy muy interesante y es algo de lo que voy a hablar en otro momento. Pero no es la clave de lo que quiero hablar hoy.

La distracción es la enemiga del trabajo profundo. Y la distracción te vuelve un adicto. Nuestro cerebro se engancha a ella, por mecanismos que son idénticos a los que hacen adictivas a las tragaperras. Esto en realidad no es nuevo, y ya hay mucha gente hablando de lo que pueden estar haciéndole la constante multitarea, la conectividad incesante y el modo de procesar la información propio de Internet a nuestro cerebro. Y hablaremos de eso en otro momento.

Yo quiero hablar de la experiencia subjetiva de la adicción. Que para mí es nueva.

Movido por una de las propuestas descritas por Cal Newport, y por el deseo de probar los efectos que describe, ayer decidí abstenerme de entrar en Facebook en, por lo menos todo el día. El libro propone probar 30 días, yo no tenía una meta en mente más allá de pasar un día. Tal y como el libro recomienda no desactivé las cuentas, ni mencioné que iba a hacer este experimento. No esperaba que fuera difícil, en tanto que no tengo la aplicación instalada en el móvil porque se bebe la batería, cuando uso Facebook en el móvil lo hago desde el explorador de Internet. Simplemente, la noche del domingo me dije que iba a probar, y comenzando el lunes no miré el Facebook en todo el día. Y de hecho, aún no lo he mirado.

Y no es porque no me haya costado.

Me levanté muy temprano para entrenar, y mientras calentaba tuve un par de intentos reflejos de coger y abrir el explorador para mirarlo. A partir de ahí, tanto en el móvil como en el ordenador notaba el tirón constante por abrir Facebook y mirarlo. Incesante.

A cada momento te llama. Estaba haciendo otras cosas, y la atención se desviaba frecuentemente. Si cogía el móvil para cualquier otra cosa, notaba el tirón. Además, pasé todo el día con una vaga agitación, un ruido de fondo continuo.

Lo peor, como señalaba Louis CK, es notar el haber perdido la capacidad de estar a solas con la mente, sin hacer nada. Era en los momentos en los que no tenía qué hacer cuando más fuerte era el tirón.

No es la primera vez que paso algo de tiempo con un acceso limitado o sin acceso, pero creo que las otras veces era más fácil porque se debía a algo externo: el móvil se había roto, o no tenía acceso a la red. Lo horrible es tenerlo ahí, al alcance de los dedos, y no usarlo.

Supongo que ahora es el momento donde mucha gente empezará con su yoyoyoyoyoyoyoyoyoyoyo: pues yo no tengo problema, pues yo lo miro muy poco, pues yo no le hago caso, pues mi abuela fuma. Bien por vosotros, supongo. ¿Queréis una medalla? De todos modos muchos de los que afirman no tener un problema seguramente no son conscientes de cuántas veces al día lo usan. Todos los estudios que se han hecho muestran que, como poco, nos quedamos cortos en un 50% al estimar el tiempo que dedicamos.

Y si no, ahí está la prueba del algodón: prueba a dejarlo un día nada más. No digo 30 días, ni mucho menos. Un día. Sólo uno. No hay nada como eso para salir de dudas.

Claro, yo también tengo mis excusas: es que lo paso bien, el contacto con los amigos, sobre todo los que viven lejos, es que la Asociación tiene sus canales de comunicación en Facebook, es que… Es que… Puedo estar así todo el día. No importa. De hecho, como inciso, el libro de Newport también propone una sencilla prueba para esas justificaciones.

No importa, porque lo que no me gusta, lo que no quiero, es la sensación de adicción. No es así como quiero verme, no es así como quiero ser. No quiero que el control de mí mismo esté fuera de mí (figuradamente). Detesto la sensación denecesitarla dosis.

A estas horas, aún no me he conectado a Facebook. El tirón sigue ahí, aunque no tan fuerte como ayer, para ser sincero. También noto menos nerviosismo que ayer, y una menor distracción. No sé si tras esta experiencia volveré a conectarme. Porque la verdad, no sé hasta qué punto me sirve el tratar de moderar el uso (con Twitter probé, no funcionó, y eso que Twitter me interesa mucho menos que Facebook. Sólo sirvió dejarlo, y encantado de hacerlo). Pero desde luego la experiencia me ha hecho pensar muchísimo en cómo este tipo de herramientas nos afectan, fragmentan nuestra atención, nos enganchan. Y no voy a decirles a los demás qué tienen que hacer o qué es bueno para ellos: yo sé que no lo quiero para mí, ni loco. Ya veremos.

NOTA: obviamente, si dejas un comentario en Facebook, no lo leeré. Estoy seguro de que habrá muchos a los que esto no detendrá. 😛

Conferencia: Psicología de la felicidad.

Bueno, pues el pasado viernes di una conferencia en la librería Kaburi sobre psicología de la felicidad, los mitos en torno a ella y lo que funciona y lo que no. Fue una experiencia estupenda, por la que doy gracias a Carlos, Virtudes, Allona, y todos los demás que lo hicieron posible. Especialmente estupenda porque tuve el gusto de tener entre él público a mis alumnos de psicología, cosa que fue un placer inesperado. Espero que la conferencia sea de vuestro interés.