De la vuelta a los blogs y las tecnologías ya maduras

De la vuelta a los blogs y las tecnologías ya maduras

Este no es un post sobre psicología. Por otro lado, tampoco es un post para anunciar que doy una charla en un sitio o que me entrevistan en otro. Es un post sobre este medio en el que estamos, y los otros en los que también estamos. Soy yo, pensando en voz alta sobre varias lecturas que hice este puente de San Juan, mientras estaba en Canarias con mi mujer en una pequeña escapada los dos solos, y leía en el largo vuelo. Por comodidad me llevé mi libro electrónico, y tenía una buena lista de artículos de blog pendientes de leer y ya cargados (gracias, Instapaper). Muchos de estos artículos trataban sobre este tema, y le he estado dando vueltas.

Hay que leer a Alan Jacobs. Hay que leer a Austin Kleon, a Robin Sloan, a Craig Mod, a Warren Ellis. Y no los leerás (a muchos de ellos) en redes sociales, al menos no en su mejor formato. Puedes leerles en sus blogs, o incluso mejor, en sus newsletters. Porque tampoco son lo mismo. Un medio les permite pensar acerca de sus propias ideas. El otro les permite compartir y comunicar a otros cosas que han encontrado y que ven interesantes. La distinción es interesante, como veremos a continuación.

De todas ellas, quiero destacar algo leído en la newsletter de Warren Ellis, Orbital Operations, en uno de sus últimos números:

Here’s a thing that came up in an email conversation the other week, that I don’t think I’ve ever made explicit to you: herein, I only talk about the things I like.

This was an important decision for me, made some years ago. It is great fun to annihilate something in a storm of arch Menckenesque hail, and I’ve done it in the past. But I came to the place where I questioned its utility here.  If I’m spending time and space on something that is bad, then that is time and space not be used to boost the awareness of something good. And that is a poor trade-off, these days.

This is the basic equation, even ignoring the reflex of “I might think it’s bad but you might think it’s good” and “anywhere between one and ten thousand people laboured to bring this thing into the world and they did not intend to make something bad” and all the other shades of grey that generally get lost in the mix.

I’ll only ever tell you about things I think are good.  Because, really, that’s all we should be spending our time on, and all we should be raising up into the conversation.  Save your badness hot takes for Twitter or some other place where people prefer misery to joy. Start another petition about how the end of AVENGERS: ENDGAME made you sad and so should not be allowed.

Here, we only do the good shit.  Okay?  Okay.

– Warren Ellis, Orbital Operations (énfasis mío)

Traducido y resumido: Warren Ellis sólo va a poner en su newsletter cosas que le encanten. Porque es en lo que deberíamos poner nuestra atención y nuestro tiempo, y lo que deberíamos traer a la conversación. Hay lugares donde la gente prefiere la miseria. Está bien. Y ojo, yo soy muy culpable, tan culpable de eso como cualquier otro. Para empezar, hablar de lo que odias es algo mucho más reforzado, porque la polémica trae más atención y la atención es el reforzador más importante que tenemos en internet.

Y esto me hizo pensar algo más. Me hizo pensar en el blog como forma. Marc Weidenbaum (le acabo de descubrir) nos recuerda que este año se cumplen 20 años de la creación de la palabra “blog”, y en este interesante artículo nos cuenta un poco una historia del medio, una historia de cómo fue para él. Es curioso ver cómo, en efecto, tecnologías declaradas como muertas, como los blogs, las newsletters y los podcasts están experimentando una vuelta a la popularidad. Son tecnologías ya maduras, ya probadas, como diría el diseñador de Nintendo Gunpei Yokoi, con patrones de uso claros y refinados por la prueba, y precios más bajos (de todo tipo) que las nuevas tecnologías. Es una tecnología que puedes usar tal cual se pensó, es robusta, pero si te desvías y haces algo nuevo con ella sabes que puede soportarlo.

Weidenbaum llama al blog “un jardín de ideas”. Me parece una imagen preciosa, y potente, y me recuerda algo más: antes de las redes sociales, casi todo el contenido que poníamos en nuestros blogs era nuestro, generado por nosotros. Por supuesto, podías poner un enlace a un artículo o vídeo o lo que fuera y comentar sobre ello: pero ese comentario era tuyo. Sin embargo, y es algo que he observado en mí mismo, una gran parte de lo que generamos en Facebook y Twitter es la transmisión y repetición de algo producido por otro. No digo que sea malo. Sólo señalo una diferencia más de esta forma frente a las otras.

Y en todo esto subyace una idea que creo que es potente, y cito a Weidenbaum de nuevo:

Self-publishing is at the heart of the healthy internet. It’s truly self-publishing when the URL and the means of production are your own. Celebrate the 20th anniversary of the word “blog” by thinking of something important to you and then blogging regularly about it.

Marc Weidenbaum

Durante los últimos años he sido muy activo en redes sociales, especialmente en Twitter y Facebook, y no dejo de notar una cosa: sacrificamos mucho a cambio de publicar nuestro contenido allí. Como bien explica Dan Cohen aquí en este artículo, es más fácil poner pensamientos y ganar seguidores en Facebook o Twitter que en un blog. Y tiene razón. Cuando yo empecé aquí hace 15 años no tenía hijos, no daba clases en varias universidades ni tenía el trabajo que tengo, en general. Estamos – o nos sentimos – cada vez más sobrecargados, y la conveniencia de las redes sociales es mayor que la de un blog, a cambio de un refuerzo social mucho menor en el caso del blog.

Y es que además de la inercia tecnológica, de la conveniencia, está el hecho de que nos gusta estar donde está la gente. Las redes dan una sensación de “gente alrededor” que un blog no da. Te muestran constantemente (y es un coñazo) posts de gente que no conoces, y que contribuyen a la sensación de plaza pública que está en el corazón del éxito de todo esto. Usamos esas redes porque mucha gente está allí, y si decides dejarlas Facebook te muestra fotos de tus amigos y te pregunta si quieres abandonarlos. Esa es la palabra literal que usa.

Sin embargo… vuelvo a Alan Jacobs: todas estas redes pueden desaparecer un día. O eliminar o suspender nuestra cuenta, como ha ocurrido a unos cuantos tuiteros, que han visto su cuenta eliminada por una serie de reportes. O, más básicamente, decirnos lo que podemos o no poner. No se pueden poner pezones femeninos en Instagram, masculinos sí. Pueden quitarte la cuenta por hablar de unos temas pero no de otros. Twitter tiene un problema con los putos nazis. Y así todo. Tampoco tenemos control sobre aquello con lo que se asocia tu contenido. Si tienes un canal de Youtube, alguien que vea uno de tus vídeos puede recibir una sugerencia de algo a continuación que decide el algoritmo pero que no tiene consistencia. En un blog con un sistema de etiquetas es menos probable.

Facebook, Twitter et al parecen ser plazas públicas, en realidad no lo son. Tampoco son nuestra casa, aunque a menudo podemos pensar en nuestro muro o nuestro TL como tales. Son empresas privadas, muy privadas, cuya meta es centralizar el acceso a internet y, en ese proceso, restringen qué puedes ver y qué no. Como bien decía mi compadre Chema Mateos en su maravilloso blog:

Hemos llegado al punto en el que los vídeos de prevención de cáncer de mama hay que hacerlos con hombres si se quiere que aguanten en la Zuckerbergnet. Tengo el muro rezumando vídeos de niños sirios reventados pero dios nos libre de intuir medio pezón.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? De a poco. Qué gracioso es esto, voy a hacerme una cuenta para probar a ver qué tal funciona, mira qué cosas que puedo compartir artículos por aquí, resulta que cada vez más gente está poniendo aquí sus cosas, a ver si se me va a ocurrir algo y no lo voy a publicar aquí que es donde está mirando todo el mundo, esto no lo puedo poner porque no cumple las normas.

Chema Mateos

Y acabamos como dice Chema teniendo acceso más fácil a contenido más pobre, porque a fin de cuentas la meta del chiringuito es vender anuncios a cuanta más gente mejor, con lo que todo tiende a ser para todos los públicos. Si yo quisiera poner aquí una foto de una polla como un brazo de gitano, como hizo Chema, no tendría límite alguno salvo, ¿quizá?, poner un aviso en el blog de que a veces se habla de cosas adultas. Probemos a hacer esto en Zuckerberglandia.

Twitter y Facebook se han convertido, de facto, en el principal medio de consumir información y noticias, y de debatir, para mucha gente. Pero el medio no permite una discusión tranquila. Una parte de causa la tiene el cambio de contexto: antes de las redes sociales, tampoco teníamos acceso continuo a internet. Para escribir algo, tenías que estar sentado frente a un ordenador. Ahora es más inmediato, más rápido, más breve y más ágil. El formato facilita la interacción vacía (es interesante buscar cómo cambiaron las cosas en Facebook cuando se introdujo la opción del me gusta en 2009). Además, escribir cosas prolongadas, mínimamente relevantes, en el móvil, es más complejo y difícil. El continente determina el contenido en muchos casos.

Vuelvo a citar a Chema:

In that sense, Twitter (and, on a minor scale, Facebook) are like fast food: it may taste good, can be convenient if you’re in a rush and you always want it bigger (faster), but ultimately, after gorging on it for extended periods, you feel exhausted and undernourished. Good information, as good meals, require some preparation.
Incidentally, I think this is one of the features that makes the traditional media love Twitter: you can have endless debates about little or nothing at all; there’s barely any content, all that remains is baseless interpretation. It’s the ideal hook.

Chema Mateos, Why I quit Twitter and Facebook

Y pensé más en lo que leía: se dice a menudo que, cuando el servicio es gratuito, tú eres el producto. Lo cual es cierto y correcto, en la medida que estas empresas ganan dinero de los anunciantes que buscan colocar su publicidad frente a ti. Se nos vende a estos anunciantes, OK. Pero va más allá: no sólo se nos vende a los anunciantes, sino que además trabajamos para las empresas trayendo gente nueva, y asegurando que generamos o compartimos contenido regularmente para mantener a los usuarios entretenidos. Claro, no todos hacemos esto en la misma medida. Es sabido que la mayoría de tweets son generados por una pequeña parte de los usuarios de Twitter. En Facebook ocurre igual. Y en ocasiones ha habido gente que nos ha comentado, a Victòria o a mí, que somos su principal razón para estar en esa red porque se ríen mucho con las cosas que contamos o con las que compartimos. Y eso es halagador, claro, pero me hace pensar en ese concepto de trabajar para otro sin que se llame trabajo. Todo lo que creamos allí es, a fin de cuentas, suyo. Nuestras ideas, fotografías, creaciones.

Este es el último artículo que enlazo esta tarde, lo prometo. Se llama La Internet que conocí. En resumen: teníamos un Internet sin casi anuncios en 2004. Se llamaba “alguien pone un foro en un servidor y se va añadiendo gente y cada sitio tiene sus propias idiosincrasias y de vez en cuando igual se pedía algo de pasta para pagar el servidor si el número de visitantes se disparaba.” Claro, no era glamuroso. No ganabas miles de seguidores en unos pocos meses. No había montones de pasta en eso.

Quien dice un foro dice un blog, si nos entendemos. Un espacio propio, sin más reglas que la legislación vigente. Donde lo que creas es tuyo. Y sin las mecánicas y las dinámicas que se incentivan en las redes sociales mediante el diseño de su interfaz. Tu casa, con tus normas. Creo que la idea de regresar a los blogs tiene mucho mérito. O a las newsletters. Como lo tienen los podcasts. Es una idea que me atrae. No por haber dejado el blog (que no lo he dejado del todo nunca), sino porque al final cuando quiero decir algo, es más fácil decirlo en Facebook o Twitter. Y estoy cansado de ruido.

Soy consciente de que esta entrada ha quedado un tanto inconexa y no parece ir a ninguna parte. En parte es porque su origen viene de algo que me dijo una persona que quiero mucho, y a lo que no dejo de darle vueltas, y en parte porque viene de leer una serie de artículos independientes sobre el tema. Y las ideas se baten y mezclan así. Al final, supongo que lo que intento articular es que cada vez estoy menos contento con el tiempo que paso en las redes sociales y recuerdo con más afecto el tiempo que paso escribiendo aquí. Que tampoco es la primera vez que me pasa, claro. Pero cada saciación hace más probable que un estímulo pierda su valor reforzador. Mientras, uso cada vez más mi Feedly para leer blogs, y las newsletters que tranquilamente llegan a mi buzón de email. Y lo disfruto más. Quizá en un futuro no muy lejano esto sea todo lo que hay.

BOLA EXTRA

Esto me ha llegado hoy al email. La realidad es estupefaciente.

ESTATUS

Trabajo: A punto de empezar con el último tramo del trabajo de universidad (actas, informes finales…) y pensando en qué estudiar este verano
Música: Entre otras muchas cosas (estoy bastante disperso), vuelvo frecuentemente al Violator de Depeche Mode.
Leyendo: Goodreads dice que llevo 15 libros a la vez. En realidad, estoy con Endymion de Dan Simmons y tanteando otros cuantos, y una pila que tengo abandonados.

De Santandreu y sus chorradas.

Rafa Santandreu es un psicólogo que, con la excusa de la psicología cognitiva, a veces dice unas gilipolleces de un calibre tipo cañón de acorazado. Básicamente, presenta una versión de las ideas de Aaron Beck y Albert Ellis llevadas hasta el absurdo, y sazonadas con mierdecitas de autoayuda que ayudan a vender libros y salir en la TV.

Iba a escribir un artículo más largo sobre el tema, pero el compañero Carlos Sanz Andrea lo ha hecho con mucho detalle y mucha elocuencia, así que mejor leed su excelente artículo, al que poco se puede añadir.

 

De castigar aquello que es bueno

De castigar aquello que es bueno

Mi amiga Gemma me mostró esta joya de post (1), y pensó que daba para una entrada. Y tenía razón. El texto dice:

No castigues la conducta que quieres ver más a menudo.

Quiero decir, es bastante evidente cuando se explica así, ¿verdad?

¿Pero cuántas familias, cuando un niño o un miembro introvertido hace un esfuerzo por socializar, dicen con sarcasmo, “Vaya, así que has decidido unirte a nosotros”?

¿O cuando alguien hace algo que le ha costado hacer, le dicen “¿Por qué no puedes hacer eso todo el tiempo“? (Eso me ha pasado frecuentemente, también.)

O cualquier frase que contiene la palabra “por fin”.

Si alguien da un paso, un paso pequeño, en una dirección que deseas animar, anímale. No te quejes de que no es suficiente. No saques el pasado. Anímale.

Porque os juro por el puto Dios que no nada que mate más tu alma, que aplaste más tu motivación, que intentar tener éxito y darse cuenta de que tanto el éxito como el fracaso son castigados.

Hay una cosa que a muchos pacientes no les gusta oír, y que sale con especial frecuencia en la terapia de pareja. Y es el hecho de que muchas veces la conducta de las personas a nuestro alrededor está controlada por la nuestra, y por ello, muchas veces nosotros reforzamos cosas que no queremos (como el niño que recibe atención y golosinas cada vez que monta una rabieta), o no reforzamos (o sea, que extinguimos) las conductas que sí queremos ver, o incluso a veces, como indica el texto citado arriba, las castigamos. En definitiva: con mucha frecuencia, para cambiar la conducta de los que están con nosotros, hemos de cambiar nuestra conducta primero. Esto es algo elemental, en realidad, es lo más básico en modificación de conducta: la conducta está gobernada por sus consecuencias (2).

De todos los posibles refuerzos de una conducta, el refuerzo social es uno de los más poderosos, especialmente por parte de las personas más cercanas. Y por eso mismo, la falta de ese refuerzo o los estímulos aversivos ejercen un esfuerzo muy potente sobre la conducta. Lo que hacemos es aún más importante a la hora de modificar la conducta de aquellos a los que queremos.

Si queremos que alguien haga algo de manera diferente, además de pedirlo hemos de asegurarnos de recompensar y reforzar esa conducta cuando se produce, cada vez que se produce. Y no, los comentarios correctivos no ayudan. Hazlos en otro momento. Pedir que se haga en más ocasiones no ayuda. Hazlo en otro momento. Recordar todas las veces que la persona no lo ha hecho bien no ayuda. Hazlo en otro momento. Porque lo que estás consiguiendo es convertir la conducta deseada en una conducta castigada por pura asociación.

Martin Seligman acuñó junto con Overmier en 1967 el término “indefensión aprendida” en un experimento clásico de aprendizaje animal, para describir un estado en el que un organismo percibe que no hay relación de contingencia entre su conducta y las consecuencias de la misma. Esto es, que haga lo que haga uno, da igual porque las consecuencias están fuera de su control.

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Martin Seligman

En los experimentos de Seligman y Overmier, se sometía a los perros a descargas eléctricas, que podían evitar en uno de los grupos experimentales de diferentes maneras (presionando una palanca, o pasando de una parte de una caja dividida en dos por una barrera baja a la otra). Los perros de este grupo rápidamente aprendían a evitar las descargas.

En el otro grupo experimental, los perros no podían evitar las descargas, hicieran lo que hicieran. Seligman y su equipo observaron que los perros de este grupo mostraban un estado de apatía en el que abandonaban todo intento de evitar las descargas, y se limitaban a gemir. Esto llevó a Seligman a pensar que los perros mostraban una conducta similar a los pacientes diagnosticados con depresión, y por ello buscó replicar estos experimentos en humanos.

Seligman replicó este experimento poniendo a los sujetos en situaciones en las que tenían que afrontar pequeñas descargas, o ruidos desagradables o, posteriormente, el tener que resolver problemas que, en realidad, no tenían solución. Los sujetos en condiciones de indefensión mostraban un déficit conductual, motivacional y emocional, similar al observado en perros, que llevó a Seligman a formular la indefensión aprendida como una teoría explicativa de la depresión.

La teoría de Seligman ha recibido bastantes críticas (3)(4), e igual otro día hablamos del movimiento que formó en los 90 llamado Psicología Positiva y que es, en mi opinión, un tumor bastante fuerte. Sin embargo, hay una idea que sí reviste validez y que es importante tener en cuenta: si pensamos que da igual lo que hagamos porque no vamos a conseguir nada, o vamos a ser castigados hagamos las cosas bien o mal, el incentivo para hacer esas cosas desaparece por completo. Y a menudo somos nosotros los que provocamos este estado en los demás, no siendo capaces de reforzar los intentos del otro de cambiar su conducta a mejor.

Así que, cuando alguien hace algo que piensas que es bueno, recompénsalo. Sin peros, sin matices, sin más. Lo que tengas que criticar o matizar, en otro momento. No conviertas una conducta deseable en una conducta castigada. 

ENLACE

  1. Post de Tumblr de Olofa.
  2. “Modificación de conducta: qué es y cómo aplicarla”. Martin, G y Pear, J. Pearson Educación (2008).
  3. Crítica de Vázquez-Valverde y Polaino-Lorente al modelo de Seligman.
  4. Crítica de Palenzuela.