Hoy leo por un sitio y por otro a bastantes mujeres (y ocasionalmente hombres) comentar que el verano es una época mala porque te das cuenta de que no estás buena (o bueno). De que no te quieres poner la ropa de verano, porque enseñas cosas que no están bien. Esto se lo he leído hoy, en concreto y entre otro montón de gente a la que he leído en un rato corto, a un par de amigas mías que son, básicamente, diosas.

Cuerpos que no están bien. Digerid eso.

Mi mujer es una de las mujeres más hermosas, si no la más hermosa, que me he encontrado en mi vida. También está a término del embarazo de nuestra segunda hija, y lleva consigo un bebé de cuatro kilos, en este momento. Por un lado, es capaz de hacerse fotos divertidas para mostrar su tripa al lado de un graffiti que representa a la Venus de Willendorff, porque su tripón es genial, ella tiene sentido del humor, y lo enseña.

Por otro lado: estrías, soy una morsa, no puedo ponerme nada, me veo deforme.

Yo tampoco me escapo. Aunque estoy en la mejor forma física en la que he estado en mi vida, a menudo miro mi vientre con desagrado, porque la barriga sobresale. A pesar de que puedo coger un peso de 32 kilos y levantarlo sobre mi cabeza con una mano sin mucho problema, a pesar de que puedo hacer dominadas – nunca había podido – veo mis brazos y me parecen delgados, porque siempre fui muy delgado.

El problema no es el verano, y el problema no son nuestros cuerpos, y el problema desde luego que no es la ropa, suponiendo que tengamos una salud normal. Pero eso ya lo sabemos todos. En realidad lo sabemos todos. Y picamos igual.

Los mensajes de aprobación de los demás, el poner un autorretrato y recibir 700 millones de comentarios positivos de nuestros amigos o de extraños que pasan por ahí no son parte de la solución, son EL PROBLEMA. Una persona que se ve a sí misma como gorda cuando no está gorda no mejorará jamás su autoestima por mucho feedback positivo que reciba, porque el problema es depender de la valoración de otros, sea buena o mala, no importa cuál. Y es un problema porque verás, todo este rollo de la valoración de los otros tiene un punto de verdad, lo cuál hace tan perverso todo esto y que sea tan fácil picar. Así que pones un selfie para que todos te digan que estás muy buena y lo que haces es empeorar todo. ¿Pero qué vas a hacer? ¿Qué opción tienes?

A menudo nos aproximamos al problema desde el punto de vista equivocado, porque nos decimos cosas como que la belleza es interior, o que las opiniones de los demás no importan porque lo que importa es cómo nos vemos. Y las dos cosas son falsas, porque la belleza es un fenómeno que construye el observador, no es una cualidad que tú tengas. Lo de la belleza interior es, sencillamente, una chorrada como la de que tú eres guapa si dices que lo eres. Tú no eres guapa ni fea en ti misma, eres guapa o fea para alguien, para otro que te ve, no, borra eso, para alguien que construye una representación mental de ti que, por lo que sabemos, ni siquiera se parece a tu verdadero aspecto. A mí me gustas, al de al lado le das igual, al otro le desagradas. Y tu opinión no influye para nada en eso. Da igual lo guapo o feo que te veas, eso no afecta a tu atractivo porque es una cualidad percibida por cada persona.

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Ilustración de Lorelyn Medina.

Así que sí, es verdad, la valoración de otro es lo que constituye la belleza, pero depender de ello no tiene sentido porque pensamos que la valoración de los otros es, de alguna manera, un estándar objetivo. Y no lo es, es tan subjetivo y falso como el nuestro cuando nos miramos al espejo. Te sirve para decidir si alguien te gusta, muy bien, estás en tu derecho, pero no dice nada sobre ti.

Cuando dices “mis piernas son muy gruesas,” y no tienes un problema de salud, es como si dijeras “si farcias del carordias, no te remuerden las leporcias.” No tiene sentido. ¿Gordas según qué? ¿Para quién? Y sobre todo, ¿para qué? ¿En qué será mejor tu vida cuando seas más delgada, más atractiva? ¿Qué crees que será lo que cambie?

Mi hija tiene 4 años y ahora pasa de todo, pero es muy probable, hay una probabilidad significativamente mayor de cero de que dentro de otros 4 años se plantee que tiene que hacer dietas. En EEUU, el 80% de las niñas de 10 años han hecho alguna dieta. El 80% No tengo números en España, pero es razonable suponer que la tendencia será similar, aunque sea menor. Si alguien los encuentra, que me los pase.

Y si eso pasa, si mi hija a la que adoro quiere hacer dietas con 10 años y se odia, no será culpa de Zara, los anunciantes, ni del patriarcado ni de sus muertos. Será culpa nuestra, porque mi hija habrá crecido rodeada de personas, hombres y mujeres, que consideran que sus cuerpos están MAL. Habrá crecido escuchando a papá y mamá, y a los amigos y amigas de sus padres hablar de cómo hay que hacer dieta, que siempre hay peso de más, que la barriga es el mal y debe ser castigada, que la piel no debe colgar. Habrá visto tiras cómicas en Internet donde se habla de comer pan como de tener una relación peligrosa con un delincuente, que te llevará por el mal camino, porque no tener abdominales marcados es un signo de inmoralidad. Como no tenemos ideologías porque ahora las ideologías son Satán, hemos convertido el IMC y el porcentaje de grasa corporal en la medida de nuestra moral. 

La gente de Zara no hace la mierda de ropa que hace, con la mierda de tallaje que hacen, porque tienen un plan malvado para lucrarse a costa de que os sintáis mal. Eso es imbécil. Zara pierde dinero haciendo prendas que una gran parte de la población no se puede poner. Lo hacen porque están igual de jodidos que nosotros, porque son gente como nosotros, que tiene la misma percepción absurda y distorsionada. Nadie hace estudios estadísticos para ver lo que es una talla mediana en España, ni en ningún sitio. Basamos nuestra idea de lo que está bien en fotografías, que en estos tiempos no son fotografías sino ilustraciones impresionistas hechas con una cámara. Cuando tú miras a una mujer u hombre esculturales en prensa, o en una película, podrías estar mirando a esa persona, o a un camionero de Oviedo comiendo cachopo, o a un Decepticon, y da igual, no importa, tú nunca lo sabrías, NO SABES LO QUE ESTÁS VIENDO. Es trivial coger a Optimus Prime y convertirlo en Scarlett Johansson, y lo sabemos, y a pesar de ello seguimos pensando que lo mejor que podemos hacer es intentar parecernos a una representación mental de una ilustración que es a su vez una representación mental de la representación mental de una persona diferente acerca de algo. Es como intentar sacar un modelo de imagen corporal del dadaísmo. Pero vamos y lo hacemos, y después flipamos porque los críos cada vez más se obsesionan con la delgadez y le echamos la culpa a la sociedad, a lo que sea, cuando nuestros hijos a quienes oyen todo el día quejándose de nuestros cuerpos es a NOSOTROS.

Es a nosotros a los que oyen todo el santo día dando por culo con que hay que ponerse a dieta, con que los excesos de las Navidades, con que la operación bikini, con que hay que ir al gimnasio. Y cuando pecamos – y cómo y con cuánta frecuencia y culpa pecamos – lo tenemos que vestir de ironía, hacer bromas al respecto, en esa especie de comunidad, de hermandad de los infractores. Operación Transgorder lo llama, mi ingenioso amigo Yeray. Y me río, y le doy un bocado a la pizza, mientras una voz dentro de nosotros nos dice que no deberíamos, pero hacemos coñas para no escucharla. Al final, el mejor texto que he encontrado sobre dietas es el de una humorista americana. Paradójicamente, lo poco que he ido leyendo sobre dietas es tan contradictorio que, aparte de cuatro nociones que parecen ser comunes a todas (come más proteínas, limita los carbohidratos y poco más), lo que parece más importante parece ser modificar la relación que tenemos con la comida, y reeducar los mecanismos de saciedad del cerebro. Pero claro, qué cojones vamos a reeducar.

Yo no sé cuál es la solución a esto, de verdad que no, no lo sé. Ojalá lo supiera. Lo que sé es que vivo rodeado de gente extraordinariamente bella y nadie, ninguna de ellas ni ellos parece capaz de darse un respiro, nadie parece capaz de verse de otro modo que como una masa de deformidades, grandes o pequeñas. Y ahora que tengo una hija, y otra a punto de venir, que además siendo mujeres sufrirán una presión salvaje, aún mayor que la que sufrimos nosotros – aunque gracias a las maravillas del sistema, la presión se va igualando y pronto estaremos todos unidos e igualados en la gilipollez y el autodesprecio – pienso qué puedo hacer porque no quiero que sufran, porque son perfectas, y seguramente serán perfectas de la manera que sea que crezcan, y porque no quiero que vivan su vida obsesionadas por conceptos y baremos estéticos que son tan ficticios como la concepción sin sexo o la resurrección de los muertos.

P.S.: Os dejo un enlace a un breve e interesante enlace a un artículo sobre reestructurar la relación con tu cuerpo de un brillante psiquiatra cuyo blog, titulado “Fuck your feelings” hace pensar en mí a mucha gente.

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10 comentarios en “De la imagen de ti mismo y la maldad del verano

  1. No sé si verás 21 días. En uno de sus reportajes, salía un entrenador personal, famoso por haberlo sido de Salma Hayek y famosillos. Bueno, pues al principio pesaron a Samanta Villar para ver si estaba gorda aunque estuviera delgada (creo, porque ni ellos se entienden), porque según el entrenador, si no tienes el abdomen duro, aunque tu peso no sea excesivo, estás gordo.

    Luego, requisó varios de sus alimentos, declarándolos como “comida para gordos”. Las ganas que tuve de que el colega reventara allí mismo cual Kenny en South Park no sabría describírtelas.

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  2. Mi hijo de cinco años me viene el otro día con la frase “tengo que hacer ejercicio”. “¿Cómo?”, le digo. Me cuenta que se lo dijo el entrenador de kárate durante una prueba de una hora que hizo un día. También le dijo que tenía que bajar la barriga.

    Mi hijo es muy alto para su edad, casi tan alto como su hermano de siete años. También es fuerte y atlético, y además, tiene barriga y piernacas como sus dos padres y culazo como su padre. Con éstas vamos a la revisión de cinco años y medio con el pediatra y está en el percentil de peso noventaytantos para su edad. “Su hijo está gordo, déle mejor de comer”. Tócate los cojones, porque además, nos lo dicen en alemán, que por algo vivimos en Múnich.

    ¿Lo peor? Que su madre se lo ha creído y la tengo preocupada porque su hijo está gordo.

    Ah, respecto al kárate, no lo va a hacer, pero no porque el entrenador es un cabrón que vende su producto con malas artes, sino porque era muy lejos y muy caro. Pero a mi hijo le gustó y sí pensamos que le iría bien hacer un arte marcial mientras lo disfrute.

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  3. Si tienes sobrepeso y te sale colesterol alto en los análisis (como es mi caso), es razonable hacer algún tipo de deporte, o salir a andar, o algo. Pasar de eso a obsesionarte con el físico es absurdo (pero bien comidos el coco que nos tienen).

    A mí estas cosas me recuerdan a lo de ponerse moreno en verano. Eso ya me parece el colmo de los colmos de la estupidez. Ponerse moreno es una defensa del cuerpo ante un ataque (los rayos del sol). Hacerlo adrede es coquetear con el melanoma. Y prueba de que es absurdo, y una moda, es que hace muchos años, cuando morenos estaban los currantes y la “clase baja”, tener la piel blanca como un vampiro era sinónimo de belleza. Simplemente porque demostraba que no tenías que currar al sol, como la plebe.

    Ahora, estar gordo significa que no tienes tiempo ni dinero para ir al gimnasio, comer buenos alimentos (en lugar de las ofertas del DIA), ni criterio para saber lo que te conviene o disciplina para ello. Eres culpable de ser pobre, bobo y gordo. Probablemente también hueles mal.

    Lo de los niños ya es el acabóse. Mi hija mayor ya tiene 10 años. Si un día de estos me dijera que se quiere poner a dieta, me sentiría bastante fracasado como padre. Por otro lado, ya me ha dicho que quiere un móvil, pero ahí lo he tenido más fácil: le he dicho que ni de coña.

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