De cómo nos jodemos la vida (VIII)


Madre mía, estamos que no paramos. Llevamos 7 entradas, una semana dando todo cada día, con cómo nos saboteamos la vida. Vimos que:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.
  5. Nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo que queremos, confundiendo las verdaderas intenciones que tenemos con cosas que nos molaría que pasaran pero que pensamos que no somos responsables de lograr.
  6. Como nos mentimos mucho, lo que hacemos y lo que pensamos que es importante hacer son conjuntos disjuntos. O lo que es lo mismo, las cosas que nos decimos que son importantes no suelen recibir tiempo ni atención, pero nos mentimos tan bien que ni nos damos cuenta.
  7. Pensamos que la felicidad es para gente estúpida, lo cuál hace que no nos molestemos en aprender recursos para ser más felices porque total, la ignorancia es mejor. Y por otro lado, a menudo dejamos que pensar en las cosas sustituya a hacer cosas, que es lo que realmente nos puede ayudar en mejorar nuestra vida y ser felices.

Si has entrado en Internet, te habrás dado cuenta de que nadie tiene el menor sentido de la proporción. En nada. Nunca. Una horrenda violación de los derechos humanos puede merecer apenas un comentario, pero la gente envía amenazas de muerte a los desarrolladores de un juego si el final no les ha gustado, o si se hace un cambio menor en el mismo. Toneladas de amenazas de muerte al equipo y a sus familias, porque se había modificado el daño y la cadencia de fuego ligeramente en un parche de Call of Duty, Black Ops 2.

Esto es internet.
Esto es internet.

Es muy fácil reírse de los que juegan a videojuegos, o de los fans de un grupo de música, y pensar que eso es así porque son gente estúpida. Pero no son ellos. Somos todos. Y es otra de las maneras en las que nuestro cerebro nos jode la vida, cómo maneja las frustraciones.

El mejor ejemplo que he encontrado es este fantástico cómic de The Oatmeal, que muestra a la perfección cómo podemos manejar un contratiempo mayor con más calma que un contratiempo menor. En efecto: si nos quedamos sin Internet, nos adaptamos en seguida, encontramos otras cosas que hacer y, es más, en breve nos damos cuenta de que no lo echamos tanto de menos. En cambio, si la velocidad de Internet es algo menor de la normal nos ponemos frenéticos.

De hecho, puede ser más duro aún. ¿Qué te causaría mayor malestar? ¿Que cerraran tu cafetería favorita (esa que hace el café que te gusta y como te gusta, donde vas cada día, que está a mano) o perder un dedo? Lo segundo, claro.  Obvio, ¿no?

NO.

Lo cierto es que, estadísticamente, es mucho más probable que te adaptes pronto a tu nueva existencia con 9 dedos, porque tu cerebro tiene abundantes mecanismos para tratar con las tragedias y situaciones tremendas, pero no se activan hasta que la cosa está lo bastante mal. 

Una vez has perdido el dedo, encontrarás todo tipo de maneras de racionalizar su pérdida y afrontarla, pero estos procesos son costosos, de modo que sólo se despliegan en emergencias. Es el mismo proceso por el cual, si pierdes un dedo, el médico te recetará suficientes calmantes, pero no te dará nada si tienes un padrastro, y a consecuencia de ello, el padrastro te acaba molestando y doliendo más.

¿Tiene nombre este proceso? PUES CLARO. Se llama paradoja de la región beta. Los pequeños contratiempos nos causan más malestar y mayores cambios emocionales en el momento que las grandes catástrofes.

Para la mayoría de nosotros, son estas pequeñas mierdas las que nos arruinan el día. Alguien que aparca mal y no te deja aparcar cerca de la oficina. Un tío borde en el metro. Nunca nos tomamos el trabajo de racionalizar y analizar estas cosas, precisamente porque no son nada, Con lo cual, nos dedicamos a quejarnos a todo el que nos escucha y cada queja es un recordatorio del malestar que el suceso nos ha producido, de lo mierda que es todo. De hecho, podemos pasarnos años contando las mismas anécdotas de cosas que nos causaron un malestar momentáneo y que, en realidad, no importaron nada. Por ejemplo, preguntadme algún día sobre mis experiencias en Algemesí, o el sopor que fue ver Prometheus. Me he quejado más de esas cosas que de la muerte de mi abuelo, con el que conviví 26 años. Porque mi abuelo murió con 99 años, y yo me había mentalizado extensamente antes para cuando ese día llegara. En cambio me puedo pasar horas dando el coñazo porque tuve que soportar la pequeña incomodidad de ver una película que es un mojón.

Y puede ser peor aún: imagina cuando el padrastro eres tú. Le gastas una pequeña broma a alguien, o le haces un pequeño desaire, sin querer incluso, y no se le olvida. Y tú no lo entiendes, no era para tanto, ¿por qué no lo deja de una vez? Ahora ya sabes por qué. Si hubiera sido algo muy gordo, la otra persona habría tenido que decidir si te perdona o no, analizar y racionalizar lo ocurrido, y por ello, si te perdonase, sería del todo. Puesto que no era nada importante, lo dejan ahí, calentito en el termo, hasta que puedan contar esa historia en tu entierro. Por eso, si un matrimonio atraviesa una crisis grande (una infidelidad, por ejemplo) y se perdonan, su relación suele salir reforzada, mientras que parejas en las que no ha pasado nada comparable puede pasarse todo el día echándose en cara pequeñas y absurdas ofensas. Y así nos jodemos la vida.

Ya estamos acabando, creo. Queda quizá una entrada más abundando en esto de las relaciones un poco más, y después intentaré responder la pregunta clave: ¿Y qué coño hacemos? 

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4 comentarios en “De cómo nos jodemos la vida (VIII)

  1. Extirparnos el jodido cerebro???

    Esa es la única solución que encontré a toda suerte de torpezas psicológicas que venimos a sufrir. Desafortunadamente, es demasiado “solución final”, demasiado “radical”.

    Maldita evolución ralentizada!

    Ardo en deseos de leer esa respuesta. Bueno, en realidad no lo creo, seguramente sea una bazofia de final para un gran conjunto de entradas, que para nada merecen ser rebajados a la categoría de “autoayuda”. Quizá le vendría bien la etiqueta de “autodestrucción”! Jejeje.

    Me ha gustado mucho leer estas cosas. Otra cosa sea, quizá, llevar a cabo algunas medidas (como has argumentado convincentemente, puede ser harto complicado).

    Vi el enlace a este blog por un enlace colgado en Facebook, haré el esfuerzo de seguirlo al menos hasta el fin de esta historia. Quizá con el ánimo de encontrar una solución mágica 😉

    Un saludo.

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    1. No es necesario extirparse el cerebro. Pero sí hay que luchar contra sus tendencias automáticas. De todos modos: el cerebro sigue siendo una máquina magnífica y maravillosa. Sus defectos son consecuencias colaterales de que hace algunas cosas demasiado bien, y no sabe dónde parar.

      Y no, no hay soluciones mágicas. Hay trabajo, duro y excruciante trabajo para modificar hábitos de una vida entera, y luego una vigilancia inacabable para no recaer en ellos. La mentira de la autoayuda es que hay soluciones mágicas y fáciles.

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