De cómo nos jodemos la vida (V)


Hay un problema con la palabra “querer”. Es muy grave. Y ese problema está en el corazón de todas tus ambiciones sin cumplir.

Recordemos: cambiar nuestra vida a mejor es muy jodido, y a menudo fallamos. Las razones que hemos visto:

  1. No cambiamos hasta que no tenemos un por qué de verdad para ello, aunque sepamos cómo hacerlo.
  2. A menudo nos ponemos a obsesionarmos con la dimensión global de lo que queremos conseguir, en vez de centrarnos sólamente en el siguiente paso a dar, y convertirlo en un hábito.
  3. En nuestras relaciones, fracasamos porque mentimos sobre lo que queremos de verdad para parecer menos egoístas, y no pedimos ayuda cuando la necesitamos.
  4. Encima, nos creemos que podemos cambiar y añadir nuevas conductas sin tener en cuenta el coste porque cada aspecto de nuestra identidad consume tiempo, y es un juego de suma cero. Para ser mejor en A, tengo que dejar de dedicar tiempo a B, y si no lo tengo claro, lo voy a echar mucho de menos.

A esto le añades el maldito uso de la palabra “quiero”.

El problema es que usamos la misma palabra (“quiero”) para dos significados completamente diferentes, como si fueran intercambiables. Observa. “Quiero” puede ser:

A) Una afirmación de intención: “Quiero recoger la colada antes de que llueva”. Es algo que ocurrirá porque está bajo tu control.

B) Una afirmación de un deseo general sobre algo acerca de lo que percibes que no tienes control: “Quiero la paz mundial”.

Y a menudo cambiamos los significados de la palabra en la misma frase, sin darnos cuenta, y nos engañamos diciendo que tenemos una intención cuando, en realidad, sólo tenemos un deseo general. Pero para el cerebro pensar en actuar puede ser tan válido como actuar, y por eso la gente pierde su tiempo compartiendo mensajes reivindicativos y estúpidos en Twitter y en Facebook y piensan que es importante que las redes sociales ardan. Para tu cerebro, no hay tanta diferencia en darle al Compartir una chorrada de meme o ir a una manifestación, si en realidad no quieres conseguir un cambio, sólo tienes el vago deseo de que las cosas cambiaran.

¿Conocéis a esa gente que está interesadísima por la productividad y que pasa horas y horas leyendo sobre el tema sin producir un carajo? De nuevo: eso es porque para tu cerebro hay poca diferencia entre pensar en actuar y actuar, y muchas veces considera que ya has empezado el esfuerzo de cambiar sólo con pensar en ello. De coña, ¿eh?

Ahora mira a tu alrededor, a ver cuánta gente está en trabajos de mierda y que “quieren” ser ricos o famosos, con sólamente una vaga noción de quizá algún día podrían hacerse famosos (si Belén Esteban lo hizo yo también puedo, ¿no?), o podrían ir a un reality. Ahora mira a todos los MBAs preparándose para trabajar 60-80 horas a la semana porque “quieren” forrarse. La diferencia entre ambos grupos es la noche y el día, y los del primer grupo ni siquiera se dan cuenta.

Y estoy empezando a pensar que en realidad el mundo se divide entre los que tienen una idea clara de lo que significa querer algo – incluyendo los costes totales y los sacrificios para conseguirlo – y los que no lo saben y lo dejan en un “estaría bien conseguir lo que quiero”. Los primeros deciden qué es lo que quieren, pagan el precio y se dirigen a por ello como tiburones. Los segundos miran a los primeros, sacuden la cabeza y se preguntan ¿Cómo lo hacen? como si es que los otros tuvieran un truco mágico o algo así.

Y no estoy diciendo con esto que todos debáis hacer un MBA y empezar a trabajar 70 horas a la semana ni nada de eso. NO. Estoy diciendo que mientras muchos de nosotros nos tomamos un café con los amigos y hablamos de cómo “queremos” ponernos en forma, empezar a estudiar, perder peso, o mantener el contacto con amigos, o lo que sea, hay gente que evalúa lo que ese deseo cuesta, y lo pagan, y lo consiguen. No se cuentan historias sobre lo que quieren ni se cantan canciones, sino que pagan el precio.

¿Te da miedo esa gente? Claro que te da miedo, porque eso es echar un vistazo a lo que cuesta conseguir grandes cosas. Sabías que Steve Jobs era un puto psicópata, ¿no? La próxima vez que te pregunten si quieres ser rico, piensa muy bien en lo que quieres de verdad y en lo que significa. En lo que te costará. En el tipo de persona en el que te tendrás que convertir.

Y en realidad esto es de lo que va esta serie: al final, todos más o menos conseguimos lo que queremos. No lo que decimos a los demás que queremos para quedar bien con ellos, ni lo que nos decimos a nosotros mismos para seguir satisfechos con nuestras vidas, sino lo que realmente queremos, porque a eso es a lo que dedicamos el tiempo y las energías. El problema es que nuestro cerebro viene con muchos mecanismos (y seguiremos hablando de ellos) destinados únicamente a proteger nuestra autoimagen antes que a conseguir cosas, y hay que luchar contra nosotros mismos  para superarlos.

Para averiguar lo que alguien quiere, no tienes que preguntarle nada. Sólo mira lo que ha hecho hoy, y a qué ha dedicado el día. Eso es respuesta suficiente. Quieres cambiar, empieza por ahí.

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2 comentarios en “De cómo nos jodemos la vida (V)

  1. De ahí que el budismo y, aunque no tan claramente, el resto de religiones le den tanta caña al deseo: si querer algo, que es inaccesible porque no quieres cambiar, te hace sufrir, aprende a no desear. Bastante radical, claro.

    De hecho, me parece recordar que Epicteto recomendaba que había que aceptarse a uno mismo, cosa esta que a algunos se les viene encima. No lo he encontrado, pero sí he visto que esta frase es también suya: “Es un hombre sabio, que no llora por las cosas que no tiene, sino que disfruta de las que ya tiene”. Escribes eso en la plaza pública y vete a saber cuántos lo entenderían.

    Sobre el pago, hace unos años se hizo famoso lo de que, para ser un experto, necesitas 10.000 horas de práctica. Este resultado tiene el problema de ser una media y que no todo el mundo parte con el mismo talento, pero no deja de ser revelador: Suponiendo ocho horas al día de práctica, sin vacaciones ni descansos, son tres años y medio. Suponiendo cuatro meses de vacaciones y un domingo de fiesta, casi seis. ¡Coño, lo que dura una carrera universitaria!

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