De cómo nos jodemos la vida (I)


Hay muchas maneras de joderse la vida. Muchas. Da igual que vivamos en lo que, comparado con hace un siglo y más atrás, es una Era Dorada sin precedentes, llena de maravillas inigualables (porque como ya demostró el nunca lo bastante alabado Yuri, el pasado era una mierda). Da igual, porque la naturaleza humana no ha cambiado en todos estos milenios. Nuestros cerebros hacen el trabajo que tenían que hacer para mantenernos vivos hace 100.000 años. Claro, en este entorno, no siempre es lo mejor. La gente es gente, que dirían mis ídolos.

Para empezar, muchas veces sabemos perfectamente lo que hemos de hacer. A lo largo de estos años he visto a muchas personas en la consulta y en talleres y cursos que sabían perfectamente lo que habían de hacer. Lo sabían, lo habían estudiado, lo entendían. Y no lo hacían. No lo hacen. No lo hacemos.

Tenemos esta estúpida idea de que somos racionales, y que si se nos dan razones objetivas para no hacer algo, así como herramientas para hacer algo mejor, automáticamente nos daremos cuenta de cuál es el curso correcto de acción y haremos lo que se debe. Claro que sí, ¿verdad?

¿Tú fumas? ¿Bebes? ¿Pasas de hacer ejercicio? ¿Haces algo que no debes? Claro que sí.

Imagina que quieres ayudar a la gente a dejar de fumar, o a cumplir las normas de tráfico. Tienes dos opciones.

1) Ponte agresivo, pon fotos de accidentes, tumores del tabaco, niños atravesando parabrisas, gente mutilada, enseña lo que el tabaco o una colisión hacen al cuerpo humano.

2) Enséñales buen material sobre cómo dejarlo, con procedimientos y pasos sobre cómo hacerlo.

¿Qué es lo que ha funcionado mejor a lo largo del tiempo? Si pensáis que la opción 2, mal. Una y otra vez, los cambios más relevantes en la conducta de fumadores y gente al volante se han dado con campañas de agresión, o prohibiciones directas (prohíbe fumar en el trabajo y en los bares, y de repente mucha gente se anima a dejarlo). O, más claramente: las campañas que te explican por qué dejarlo, en vez de cómo.

Fallamos a la hora de cambiar porque, en realidad, no tenemos un por qué que nos creamos. No porque no sepamos cómo hacerlo.

Daos cuenta: si de verdad quieres hacerlo, si de verdad tienes claro el por qué, averiguar cómo hacerlo suele ser una cosa trivial. El método no importa, el método es la excusa que nos ponemos para afrontar el hecho de que en realidad no queremos cambiar nada.

¡Conozco a un pavo que perdió 30 kilos con la dieta transformer!

No. Conoces a un pavo que tenía tan claro que quería perder peso, que estaba dispuesto a hacer un plan y adherirse a él. Lo cierto es que casi todas las dietas funcionan porque, al final, casi todas las dietas acaban restringiendo las calorías que ingieres. La clave es seguirlas.

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

Cada año se venden millones y millones de euros y dólares en máquinas y programas de ejercicio. ¿Crees de verdad que hacen falta? ¿Cuántas de esas personas pagaron ese dinero pensando que ese objeto sería lo que les convertiría en las personas con el físico que querían?

Dos de cada tres personas que se apuntan a un gimnasio nunca van.

No necesitas nada, y lo sabes. Si quieres hacer ejercicio sólo necesitas un trozo de suelo, y puedes hacerlo ahí, en bolas. No necesitas el abcrunchermonguer, ni pesas rusas, ni nada.

Prueba a hacer ejercicio con un desconocido apuntando a tu cabeza con una pistola, con instrucciones de volarte un trozo de carne si no consigues hacer la rutina. Ya verás lo rápido y lo bien que la haces, y cómo esas repeticiones imposibles salen, y cómo ese peso imposible se levanta. Porque una vez que el por qué está resuelto, lo demás sale solo.

El otro día comía con una amiga que decía que ella usaba pesos de 1 y 2 kilos en el gym porque no podía con más. Llevaba un bolso que pesaba bastante más que eso. Maneja archivadores de papel que pesan más que eso. Básicamente, estaba diciendo que no puede hacer la compra.

Malcolm Gladwell usó la palabra japonesa harajuku para designar esos momentos en los que tienes una revelación que te impulsa a actuar de modo inevitable. Lo que viene a ser tocar fondo, vaya, pero con más molonidad. Porque eso es lo que necesitas para cambiar: tocar fondo. Nadie hace nada hasta que no toca fondo. ¿Sabéis cuánto tiempo suele tardar una persona en acudir a buscar ayuda cuando tiene una depresión? 5 años. Si no más. No vienen hasta que no pueden más, hasta que no es insufrible, hasta que la gente a su alrededor les empuja y les amenaza con dejarles.

¿Esas personas que parecen hacer mil cosas, con días que les cunden a tope y que siempre están haciendo algo? Son como tú y como yo, pero ellos, mentalmente, tienen a alguien con una pistola en su cabeza, cada día, todo el día. Se han mirado en el espejo y han visto algo que les impulsa a hacer dieta de verdad. Les han diagnosticado una enfermedad mortal si no dejan de fumar. Lo que sea. Tienen claro el por qué.

Y por eso no cambiamos. Porque no tenemos un por qué que nos convenza, y todo lo demás es postureo.

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11 comentarios en “De cómo nos jodemos la vida (I)

  1. Es bueno verte de nuevo.

    Mira, te voy a contar una historia sobre un curioso curso para desempleados que realicé hace ya cuatro años. Este curso pretendía formar a diversos licenciados en una materia que, para el objetivo de esta narración, es indiferente. Este curso tenía un aula excelente, materiales, módulos bien definidos y hasta prácticas de empresa. ¡Qué bien! Pues no.

    No, porque no había exámenes. La simple presencia diaria te dio el título. Las prácticas, en algunos casos, por supuesto fueron otro cantar, pero no siempre cubrían todo el currículo del curso. A veces estudié, pero tengo que reconocer que habría estudiado más con un examen encima.

    Una lástima, de verdad.

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  2. Sara, la motivación es algo complejo, y la pistola es una metáfora.

    Quiero decir: la gente que de verdad consigue cosas, cuando les preguntas cómo se motivan, te miran como si fueras un marciano. Nadie que de verdad consigue cosas se tiene que motivar, y las hacen cuando no están motivados, especialmente cuando no están motivados. Porque (metafóricamente) es como si tuvieran una pistola en la cabeza: no pueden no hacerlo, no lo consideran una opción.

    A menudo la motivación es algo que viene DESPUÉS de la acción, no antes. Lo que hace falta es hacer, obligarte a hacer, hasta que se convierte en un hábito. Y ese es el error de muchos: pensar que tienes que esperar a estar motivado para hacer aquello que quieres hacer, cuando la respuesta es hacerlo y dejar que la motivación venga después.

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  3. Para mi es un poco un misterio. Ha habido épocas largas en mi vida en las que he estado motivado para evitar las tentaciones y hacer los sacrificios necesarios para mis fines. En ámbitos muy diversos: curro, pareja, salud… Y llegando a cumplir mis deseos. Y ha habido épocas en las que me ha pasado todo lo contrario. Desde fuera no veo que mi nivel de deseo de estos fines haya cambiado. Aunque siempre me podrán decir “pues si, y a las pruebas me remito”. Qué cosas.

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  4. Anécdota del amigo psicólogo de Amanda Palmer, Anthony Martignetti, en este fragmento de The Art of Asking:

    A farmer is sitting on his porch in a chair, hanging out.
    A friend walks up to the porch to say hello, and hears an awful yelping, squealing sound coming from inside the house.
    “What’s that terrifyin’ sound?” asks the friend.
    “It’s my dog,” said the farmer. “He’s sittin’ on a nail.”
    “Why doesn’t he just sit up and get off it?” asks the friend.
    The farmer deliberates on this and replies:
    “Doesn’t hurt enough yet.”

    Un granjero está sentado en su porche, tranquilo.
    Un amigo pasa a saludarle, y oye un quejido horrible, unos chillidos que que vienen de dentro de la casa.
    —¿Qué es ese sonido tan terrorífico? pregunta el amigo.
    —Es mi perro —dice el granjero—. Está sentado encima de un clavo.
    —¿Y por qué no levanta el culo y se aparta? —pregunta el amigo.
    El granjero lo piensa y responde:
    —Aún no le duele lo suficiente.

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