Adios, Dekker


En realidad, no tenía nada de especial. Era un perro como los demás, no hacía trucos especiales, no estaba especialmente bien educado, y sobre todo a la hora de comer, tendía a hacer lo que le daba la gana, que, generalmente, era incordiar para que le diéramos de nuestra comida en vez de comerse la suya. Mi madre y mi abuelo hicieron un gran trabajo acostumbrándolo a eso, y luego no hubo forma – ni intentos de verdad – de quitarle el hábito. Era un perro amable y cariñoso, pero no más que otros muchos perros amables y cariñosos. Cualquiera que tenga un perro mínimamente amable os podrá contar cosas similares.

Por no tener, ni siquiera tengo fotos suyas en el ordenador, o no he sido capaz de encontrarlas. Supongo que no le hacía fotos porque siempre estaba ahí, o quizá porque cuando me fui de Granada él se quedó ahí, siempre estaba ahí, a través de los años, los cambios y las transiciones, y lo das por sentado. Además, no soy realmente aficionado a hacer fotos, y con el tiempo lo soy menos. Hacerle fotos al perro nunca me pareció necesario.

Pero vivió 17 ó 18 años con nosotros, con mis padres, conmigo. Quizás las cosas simplemente se convierten en especiales y únicas por el mero hecho de ser durante suficiente tiempo. Y cuando te faltan, te las amputan. Incluso cuando lo ves venir.

Unos amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, un cachorrito que creo recordar lo sacaron de una camada en un cortijo. Era un chucho sin pedigrí conocido, aunque tiempo después nos dirían mientras lo paseábamos que debía tener bastante de podenco enano, de los que se usan para cazar conejos. Al principio mis padres decían que no, pero claro, a ver cómo le dices que no a un cachorrito que tiene un mes o así. ¿Qué vas a hacer, echarlo a la calle? ¿Devolverlo al cortijo?

Los amigos de mi hermano le regalaron a Dekker, como digo, el día antes de que mi hermano se fuera voluntariamente a Cartagena a hacer la mili. Eso es tener un gran sentido de la oportunidad. Lo cual quiere decir, realmente, que se lo encalomaron a mis padres, que fueron los que lo cuidaron, criaron y sacaron adelante. Yo en aquel momento estaba a punto de empezar Psicología después de decidir que no quería ser informático, y también a punto de empezar la que, hasta la fecha, sería mi relación más larga. Vivía con mis padres y ayudaba con el perro, pero claro, no era el que más encima estaba ni pagaba las facturas. No sabes nada de eso en el momento, claro. Sólo sabes que hay alguien nuevo en la familia, que es diminuto y que se caga por ahí si no lo sacas varias veces a la calle. Mi hermano se fue a hacerse infante de marina, el perro se quedó.

Y se quedó. Y se quedó y se quedó.

A lo largo de los años, el perro creció, no demasiado, nunca fue un chucho muy grande, pero sí muy activo, muy enérgico, con mucha gana de salir a la calle, correr y ladrarle a otros chuchos. Una vez tiró a mi abuelo al suelo mientras él lo paseaba porque cuando se le ponía en los cojones correr en una dirección costaba sujetarle, incluso a mí. De modo que al final pasearle muchas veces era bajar a un descampado, que ahora es un parque detrás de la casa de mis padres, soltarle la cadena, y ver al perro desaparecer en una nube de polvo, rumbo a donde le saliera de los cojones en aquel momento.

Y los años pasaron, las cosas cambiaron, y el perro siguió ahí.

Dekker vivió conmigo los años de la universidad, el salir de allí y empezar a buscarme la vida, y siguió ahí cuando la oportunidad surgió y me fui a vivir a Madrid. Paseando a Dekker pensé en un montón de cosas, tuve momentos muy buenos y muy malos. Paseando al perro decidí decir que sí y marcharme a Madrid. Él me hizo compañía en todo porque es lo que hacen los perros, y probablemente lo hizo como cualquier otro perro lo habría hecho. A menudo desviviéndose por una caricia, una palabra amable o un juego, y a veces (cuando había algo que mear, otro perro al que ladrar, o una cosa que oler) pasando de mi como si no existiera.

Dekker estaba ahí cada vez que venía de visita, y fue testigo de los muchos cambios que vivimos. Estaba ahí cuando me mudé a Barcelona. Dekker estaba ahí cuando mi abuelo murió, y el pobre estuvo trastornado un tiempo, sin dejar de asomarse al dormitorio de mi abuelo a ver si aparecía, siempre subido a la cama de mi abuelo como para guardarle el sitio hasta que volviera. Dekker estaba ahí cuando nos quedamos embarazados, y estuvo ahí cuando llevamos por primera vez a Mónica a Granada, aunque para ese entonces ya estaba bastante viejo, casi ni veía ni oía, pero seguía teniendo gana de comer, y gana de salir. Cada vez más lento, más dormilón, más despeluchado, pero siempre ahí. Mónica le hizo carantoñas y mimos, y él la olía con curiosidad, un olor y un ruido nuevo.

Es curioso el paralelismo con mi abuelo. Al igual que con él, empezamos a apostar cuando iba haciéndose mayor manteniendo la energía que el perro viviría mucho mucho tiempo. Y ha sido un poco bastante igual. Incluyendo el pensar, cada vez que visitaba Granada, que igual esta era la última vez que le vería.

Hace unas semanas fuimos a Granada a ver a mis padres, y Dekker ya estaba muy cascado. Los dientes le castañeteaban sin razón aparente, y a veces tenía incontinencia. Mis padres ya empezaban a hablar de sueño eterno. Sin embargo nunca llegaba a estar tan mal, así que te aferras a ello y lo demoras. A fin de cuentas, no exteriorizaba un sufrimiento evidente, achaques sí, dolor no. No puedes saberlo, no habla.

Siempre hay alguien que escribe las cosas mejor que tú. Matthew Inman decía, sobre su relación con su perro:

Los perros son una desdichada criatura a la que poseer, porque al contrario que los niños, que se convierten en adolescentes en sus años adultos, cuando un perro llega a esa edad se muere de viejo.

[…]

Así que pasas década y media construyendo una afinidad por esta pequeña criatura, sólo para ver su vida extinguirse.

[…]

Quizá por eso los amamos, porque sus vidas no son largas, lógicas o deliberadas, sino una paradoja explosiva de pelo, dientes y entusiasmo.

Un perro cuando sale a pasear: MIERDA MIERDA MIERDA PÁJAROS Y FLORES Y CIELO Y TIERRA Y COSAS EN LAS QUE MEAR Y MIERDA MIERDA MIERDA

Y nunca conocerás a una persona que esté tan genuinamente feliz de verte.

Dekker era así. Un cohete de color anaranjado que siempre tenía mucha prisa por salir fuera a oler, correr y orinar por los mismos sitios que olía, corría y orinaba cada día, varias veces al día.

Y hoy mi padre me ha mandado un whatsapp, y le he llamado, y lo llevaron al veterinario y le encontraron diabetes, y mientras el veterinario le abría la boca un diente se cayó, y ya no se podía alargar más. Y me siento triste, porque era un perro normal, y no tenía nada de especial, era un perro como el de todo el mundo, pero era MI perro, creció conmigo y vivió conmigo, y la gente a la que quieres no se debería morir jamás, nunca.  Son 17 años de mi vida y han amputado un trozo de ese tiempo.

Y, como con mi abuelo, me siento contento porque, durante muchos años, lo tuve a mi lado todos los días y pude disfrutar de él, y quererle y dejar que me quisiera. Y vivió una vida muy larga donde le quisieron mucho, con locura, y le trataron de una manera que ojalá todos los perros disfrutasen. Y le gustaba vivir, no tenía prisa por irse, y vivió casi 90 años humanos. Pero al final todos pasamos por caja. Al menos él pasó por el trámite rodeado de cariño, en un sueño amable e indoloro, quizá pensando en lo que haría cuando se levantase.

En el libro más favorito de mi vida, dos amantes se despiden después de pasar la vida juntos. Él elige irse antes de que la senectud se lo coma, porque ese es su don y no quiere que se le recuerde como un rey decrépito cayéndose del trono. Pero su amada no quiere porque es inmortal, y los años no le pesan aún, y hay mucho que ver y que vivir. Y él sólo puede decirle una cosa:

Al fin, Dama Estrella de la Tarde, la más hermosa de este mundo y la más amada, mi mundo empieza ahora a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, Apéndice

Era un perro como todos los demás, pero era el mío y por ello no puede compararse con ningún otro. Me habría gustado estar a su lado, pero no pudo ser. Adios, Dekker. Gracias por haber vivido estos años con nosotros. 

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