Del oscurantismo que pretende ser progreso.

Del oscurantismo que pretende ser progreso.

No puedo alucinar más. Estas cosas no se le hacen a uno a las 6 de la mañana, cuando estás todavía medio dormido.

Resulta que en Argentina se ha puesto a debate una reforma de la Ley de Salud Mental. Y en su artículo 5 enfatiza la necesidad de usar terapias y tratamientos basados en la evidencia.

Por supuesto, los psicoanalistas se oponen. Su argumento es que usar tratamientos basados en la evidencia haría retroceder la psicología 50 años. Es difícil de creer el morro que tiene esta gente, dado que fue el legendario conductista Hans Eysenck el que ya dijo en los 60 que el psicoanálisis había retrasado 50 años el avance de la psicología, y tenía razón. Otros 50 años después, aún no han hecho una sola contribución, y tienen la desvergüenza de decir que se les tiene que seguir dando un púlpito desde el que excretar sus chorradas.

Esto es como si una asociación de homeópatas, una de practicantes de reiki y una de floristas de Bach se unieran para decir que usar medicinas adecuadamente validadas y procedimientos quirúrgicos probados hará empeorar la salud de la población. Es pretender abandonar los hospitales y volver a las cavernas. Es una gloriosa celebración de la ignorancia, es una fiesta del daño  cerebral autoinflingido. Es autoconvencerse de que es mejor saber menos que saber más. Es como matar por la paz, como hacer orgías en defensa de la virginidad. No tiene sentido.

En el artículo que os dejo abajo podréis leer la respuesta de un compañero conductista, que incluye el disparate de manifiesto para que podáis comparar. La expresión “ser más ridículo que un psicoanalista argentino” ha tomado una nueva dimensión, os lo juro. Es imperativo impedir que esa gente y otros como ellos siga estafando a personas con terapias sin eficacia y modelos teóricos sin valor. Los psicólogos tenemos que defender nuestra profesión de estos mamarrachos, igual que los médicos deberían defender su práctica de las “medicinas alternativas” (la medicina alternativa que funciona es medicina a secas, y no alternativa), o los farmacéuticos deberían defenderse de la homeopatía. Hay vidas en juego.

ENLACES

  1. Respuesta de un compañero psicólogo al manifiesto de asociaciones psicoanalíticas, publicado en Psyciencia.
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De por qué creemos en lo imposible

De por qué creemos en lo imposible

Miguel Artime (o Maikelnai, de cuando usábamos nicks) ha publicado en su blog de Naukas un artículo llamado “Cómo convencer a alguien cuando los hechos fallan”(1). Es un muy buen artículo, muy recomendable. La bibliografía que propone es imprescindible para entender cómo funcionan esos fenómenos, y las recomendaciones de Michael Schermer que cito a continuación también son buena práctica. Mis comentarios, en cursiva.

  1.  Mantener las emociones al margen durante el debate. Mantener la calma puede ayudar a la otra persona a mantenerse tranquilo, y evaluar más lentamente tus argumentos y, sobre todo, los suyos.

  2. Discutir, no atacar (nada de ad hominem ni de ad Hitlerum). En el momento en el que la atacamos, se cierra en banda.

  3. Escuchar atentamente y tratar de articular la posición del contrario con precisión. Charlie Munger dice que para poder tener una opinión en un sentido, primero ha de ser capaz de argumentar la posición contraria al menos tan bien como sus defensores. Si tu adversario ve que entiendes su postura al 100% y aún así la puedes refutar, serás más persuasivo. Karl Popper (el filósofo) era muy conocido por esta forma de argumentar.

  4. Mostrar respeto.

  5. Reconocer que entiendes por qué alguien puede sostener esa opinión. La gente no cree cosas raras por ser imbécil ni por estar loca, sino porque razonan correctamente desde premisas falsas. Pero si sus premisas fueran verdad, el razonamiento podría ser sólido. 

  6. Tratar de mostrar que los hechos cambiantes no implican necesariamente cambios en las visiones del mundo.

Hace ya un buen tiempo que yo traté estos temas en diferentes conferencias, que merece la pena rescatar al hilo de este tema y que os coloco aquí para cuando tengáis un buen rato disponible (son vídeos largos). Que ya, que es muy de vagos hacer una entrada en la que uno sólo enlaza una pila de vídeos, pero bueno, aquí me paso varias horas explicando en primer lugar por qué tendemos a ver cosas que no están ahí (como consecuencia colateral de nuestra capacidad de ver patrones en todas partes), y luego por qué esas creencias son tan resistentes a la evidencia que las desconfirma.

En primer lugar, tendemos a seleccionar vía sesgo de confirmación sólo aquellas evidencias que parecen apoyar lo que buscamos. Si ya tenemos una idea preformada, tendemos a fijarnos sólo en una parte de la experiencia. Ese rasgo es tan universal que es lo que da nombre al blog, de hecho.

En segundo lugar, cuando se presenta evidencia contraria a nuestras creencias nos sentimos amenazados por un fenomeno llamado disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva es la ansiedad o incomodidad de albergar dos ideas incompatibles, que nos motiva a tratar de resolver esa contradicción de alguna manera. A menudo esa manera, en este caso, es rechazar la evidencia que se presenta en contra como producto de una conspiración, o racionalizarla, o incluso llegar a decir que si no hay pruebas es precisamente la prueba de que esas evidencias han sido ocultadas.

En fin, sin más os dejo con los vídeos, y así los podéis ver durante la semana.

“Paranormalidad: por qué vemos cosas que no están ahí”, en Madrid (Escépticos en el Pub) en 2011.

Aquí tenéis el podcast con la entrevista que me hicieron justo antes de la conferencia anterior, en formato youtube:

“Cuando falla la profecía: por qué demostrar que algo no es real no sirve para nada”, en Escépticos en el Pub en Madrid, en 2013. Esta es algo más breve.

Aquí hay un vídeo notablemente más largo, en dos partes, con la misma charla (“Cuando falla la profecía”), en Escéptics al Pub de Barcelona, en 2014.

ENLACES

  1.  Cómo convencer a alguien cuando los hechos fallan, por Miguel Artime.

De la bioneuroemoción y el Alzheimer.

De la bioneuroemoción y el Alzheimer.

Me he desayunado (es un decir, yo no desayuno) con este interesante artículo de Javier Burgos sobre la bioneuroemoción y su relación con el Alzheimer (1). Hemos hablado hace poco de la bioneuroemoción, si lo recordáis (2). De nuevo, leed el artículo del señor Burgos, yo os estaré esperando.

¿Ya lo habéis leído? ¿Seguro? Muy bien. Estoy convencido de que os habrá gustado tanto como a mí. Repetid conmigo una vez más: las enfermedades no son la expresión de conflictos emocionales reprimidos. Los conflictos emocionales reprimidos no existen, son una mierda del psicoanálisis que los estafadores e ignorantes usan para dar pábulo a sus memeces. No existen los traumas reprimidos, la memoria no “esconde” los sucesos demasiado terribles, no queremos tirarnos a nuestros padres en secreto, no existe un inconsciente colectivo. Uno de estos días tengo pendiente un artículo sobre todas las cosas que la gente cree del psicoanálisis y que no son ciertas, aunque bueno, podría escribir sólo acerca de las que son vagamente acertadas y acabaría antes.

Es crucial recordar la diferencia entre trastorno mental y enfermedad: la enfermedad se define por unos indicadores biológicos claros. No hay tales indicadores ene el caso de los trastornos mentales. Porque son cosas distintas y separadas. El Alzheimer es una enfermedad porque existen unos síntomas fisiológicos claros, lesiones visibles y medibles y demás. No existe tal cosa en los trastornos mentales, y es más, no se ha encontrado relación entre el estado mental y el desarrollo de una enfermedad (ninguna) o su curación, jamás nunca en la vida. Sí, es cierto, ciertos aspectos psicológicos pueden influir en algunos marcadores de salud, como por ejemplo, el que si tienes estrés habitualmente tu tensión sanguínea esté elevada, o alteraciones digestivas en el caso de la depresión, pero la mente no “crea” ni “cura” las enfermedades. Eso es creer en la magia, ni más ni menos. Una cosa es que tu bienestar psicológico pueda mejorar ciertas medidas fisiológicas, y otra cosa es una enfermedad que, a menudo, tiene un origen que puede ser genético (predisposición a desarrollarla) o contextual (desde agentes infecciosos hasta tóxicos, pasando por el estilo de vida y el entorno en el que vivimos).

¿Sabéis qué es posible, a la luz de la evidencia, que sea el Alzheimer? Un tipo de diabetes 3 que afecta selectivamente al cerebro, y que se solaparía con la diabetes mellitus y la diabetes tipo 2 (3). Empieza a surgir evidencia que apunta a que esta forma de demencia podría estar relacionada con el aumento de la obesidad y la diabetes en la población, debido a la resistencia a la insulina que nos estamos produciendo con nuestros hábitos alimentarios. Y sí, entonces el alzheimer podría prevenirse con unos hábitos adecuados, o cambiando nuestra alimentación, pero lo que no va a ocurrir es que nos curemos el Alzheimer perdonando a nuestro padre por llamarnos inútiles, o abandonando las preocupaciones mundanas. Las enfermedades se previenen con buenos hábitos y manteniendo contextos favorables a la salud, y se curan con ayuda de la medicina. No existen las medicinas “alternativas”, existe la medicina que funciona y lo demás, del mismo modo que no hay “psicología basada en la evidencia” y otras psicologías, hay psicología y gilipolleces especulativas. Basta ya de dar el mismo peso al resultado del trabajo riguroso de los científicos que a la especulación de los charlatanes.

Para una excelente explicación del modelo hormonal de la obesidad, así como una gran guía de la mejor manera de combatirlo, os recomiendo El código de la Obesidad,del doctor Jason Fung (4)(5).

ENLACES

  1. Bioneuroemoción y Alzheimer, por Javier S. Burgos, en la revista Jot Down.
  2. El estafador Enric Corbera.
  3. Revisión de que la demencia de Alzheimer podría ser diabetes de tipo 3.
  4. Libro: “El código de la obesidad”, por el doctor Jason Fung.
  5. Artículo sobre el trabajo del doctor Fung, en El Confidencial.

De la igualdad y la biología

De la igualdad y la biología

Hoy voy de cráneo y no sé si me dará tiempo a una entrada más elaborada, pero no quería pasar el día sin escribir algo, ni sin recomendaros la lectura de este maravilloso artículo de Marta Iglesias Julios sobre las diferencias biológicas en conducta entre géneros (1). Anteriormente esta autora había escrito este otro artículo sobre el mismo tema que es, sencillamente, fenomenal (2). Especialmente para tener acceso a una amplia bibliografía científica sobre el tema.

Del mismo modo que podemos equivocarnos al asumir causa biológica en algunas cosas, e ignorar el contexto, como hablábamos en el caso de la depresión y otros trastornos mentales (3), podemos equivocarnos por el otro extremo, esto es: suponer que todas nuestras conductas son producto del contexto (la socialización, cultura y entorno) y que no hay un componente biológico en ellas.

Por más que tendemos a pensar que los seres humanos somos diferentes y excepcionales respecto del resto de los animales, la realidad es que cumplimos las mismas normas que el resto. Cierto, mostramos capacidades que pueden ser únicas, pero por ejemplo, las leyes del aprendizaje y los principios de modificación de conducta estudiados en aprendizaje animal funcionan igual de bien en humanos. Muchas de nuestras conductas tienen una base biológica, y aunque el entorno puede modificar en alguna medida su expresión, la hipótesis de la tabla rasa (que venimos al mundo sin ninguna predisposición y adquirimos todo del aprendizaje en el entorno) no se sostiene. En todas las especies animales los diferentes géneros tienen no sólo diferencias fisiológicas, sino conductuales. Esto incluye, por cierto, la homosexualidad, que se manifiesta en muchísimas otras especies y que está muy lejos de ser una conducta “antinatural” o aberrante.

Me parece importante esta cita de la autora (las partes en negrita han sido acentuadas por mí):

Esa cuestión está detrás, al menos parcialmente, de muchas diferencias entre los sexos, presentes en nuestro día. Estas van desde los juguetes que tendemos a preferir de pequeños hasta los productos que consumimos de mayores. Las observamos también en el modo en que se ejerce el bullying y en la gravedad de sus consecuencias, en la probabilidad de provocar un accidente de tráfico o en la importancia que le damos a los puestos «altos» en el trabajo.

Hay quien cree que algunas de esas diferencias dificultan lograr lo que las personas feministas buscamos: la completa igualdad de derechos y oportunidades. A otras nos parecen simplemente anecdóticas. En cualquier caso, es importante tener claros todos los factores situados detrás de las diferencias si consideramos necesario corregirlas.

Según algunas corrientes del feminismo, lo que he expuesto no vale para la especie humana pues únicamente la cultura genera las diferencias entre los sexos. Afirmar la existencia de diferencias genéticas y fisiológicas que afectan al comportamiento se considera «determinista» o «biologicista», y esto sería nocivo pues, al parecer, justificaría las desigualdades, la inequidad o la violencia de género.

Las reacciones contra las explicaciones biológicas del comportamiento se producen porque se temen las consecuencias de vincular estas diferencias a dos conceptos claramente erróneos: que lo natural es bueno o correcto, y que lo que tiene una base biológica es imposible de modificar. El carácter incorrecto de lo primero —la denominada falacia naturalista— es obvio si pensamos en todas las cosas «naturales» que no son «buenas» (como las infecciones o los terremotos) o «correctas» (como la caza indiscriminada). Con respecto a si algo de base biológica es inalterable, podemos pensar en los comportamientos instintivos que «enseñamos» a controlar a nuestros animales domésticos (y también a las personas).

Pensamos que las niñas prefieren un tipo de juegos y los niños otros por influencia de su entorno, pero la observación no confirma eso, si no lo contrario. Pensamos que las mujeres prefieren unas profesiones a otras por el sexismo, pero si eliminamos las barreras de entrada esa hipótesis no se cumple. Y si no entendemos por qué sucede, no podemos determinar la mejor manera de conseguir una plena igualdad de derechos y libertades.

Por supuesto, podemos seguir pensando que la cultura pesa más que la biología, pero tenemos funestos ejemplos de lo contrario:

El caso más paradigmático y dramático de pensar que uno tiene razón sin haberse molestado en comprobarlo lo podemos encontrar en los libros: las consecuencias del completo convencimiento de un equipo médico de que las diferencias entre el cerebro de hombre y de mujer eran básicamente sociales. Bajo este prisma convencieron a unos padres de que educaran diciendo que era una niña a un bebé niño que había perdido el pene en una operación (Diamond, Sigmundson 1997). Pese a los esfuerzos de los progenitores (y las inyecciones de hormonas), al final no hubo más remedio que admitir el fracaso (con consecuencias muy funestas para todos los involucrados).

Del mismo modo, sabemos que las terapias que “curan” la homosexualidad son una estafa, y sólo sirven para causar sufrimiento a quienes las padecen. Sin embargo a menudo encuentro a personas que defienden la causa feminista y que rechazan este tipo de pseudoterapias, ¡asumiendo implícitamente las ideas de las mismas! Esto es, creyendo que el género o la orientación sexual son elecciones, fruto de un entorno social, como si uno decidiera ser homosexual o heterosexual, y por ello se le pudiera enseñar a elegir otra cosa.

Si la base no es fomentar el conocimiento sino creer que solo la socialización genera el sexismo, me temo que el techo de cristal se mantendrá sobre nosotras, el número de feminicidios seguirá inalterable y nuestros esfuerzos por corregir tales situaciones serán una fuente de decepción constante. Hay que lograr una síntesis entre el conocimiento científico de las causas de nuestro comportamiento y los objetivos políticos del feminismo. En nosotros está tener la mente abierta para entendernos y así crear las condiciones necesarias para una equidad real.

Aceptar que los diferentes géneros de nuestra especie tienen diferencias en su conducta no excusa ni justifica discriminación alguna. Temer este conocimiento viene, entre otras cosas, de no entender que estas diferencias son estadísticas, esto es, no deterministas: el hecho de que la mayoría de varones puedan preferir A, por ejemplo, no excluye que haya una parte de varones que prefieran B, y tan varonil es A como B, en lo que difieren es en la frecuencia. Así pues, si los niños tienden a preferir jugar con camiones, por usar un ejemplo trillado, el hecho de que haya niños que prefieren jugar con muñecas no contradice lo primero, ni justifica que se impida a estos niños jugar con muñecas o lo que prefieran. Lo mismo para las niñas, claro.

Y ya de adultos, encontramos diferencias palmarias en, por ejemplo, especialidades dentro de una misma profesión: en ciertas especialidades de la medicina los hombres siguen siendo la mayoría dominante, mientras que en otras las mujeres los superan en número, y estas preferencias siguen un patrón consistente. Y de nuevo, esto no sirve de excusa para negar el acceso de hombres y mujeres a la especialidad que elijan: es, simplemente, un hecho estadístico. Que haya más hombres que mujeres que prefieran estudiar ciertas especialidades de ingeniería no significa que no se deba permitir a una mujer estudiar dicha especialidad y ejercer esa profesión, porque tan femenino es preferir una cosa como la otra. Lo que varía es la distribución de la cualidad, no la cualidad en sí. No hay conductas sólo masculinas o sólo femeninas, hay conductas más frecuentes (se podría decir típicas), pero todas las conductas humanas son propias de los géneros.

Las diferencias en habilidades cognitivas entre géneros, debidas a diferencias anatómicas y funcionales, están bien establecidas, si bien son de menor magnitud que las diferencias en capacidades físicas (3). Estas diferencias son detectables en bebés de 2 y 3 meses. Y de nuevo, constatar que, en general, hombres y mujeres rinden mejor en tareas diferentes no implica que una mujer no pueda dedicarse a lo que le de la gana, y viceversa. Es lo mismo que decir que, de media, los holandeses son más altos que los italianos. Esto no impide a los italianos jugar al baloncesto, y no impide que haya italianos más altos que el holandés medio. De hecho, los italianos creo que tienen una mejor selección de baloncesto. Lo mismo sucede entre hombres y mujeres.

No hay contradicción alguna entre reconocer la existencia de diferencias fisiológicas y conductuales entre hombres y mujeres, y defender la igualdad de derechos. Es más, yo sostengo que entender mejor estas diferencias y sus orígenes nos ayudará a conseguir la igualdad mucho mejor que medidas basadas en ideas erróneas acerca de por qué pasan las cosas.

ENLACES

  1. Biología e igualdad de género, por Marta Iglesias Julios.
  2. “¿Feminismo? Sí, pero con fundamento, por Marta Iglesias Julios.
  3. Diferencias entre cerebros masculinos y femeninos, por Bruce Goldman, universidad de Stanford.

De los muertos, el duelo y Halloween

De los muertos, el duelo y Halloween

Hoy es el Día de Todos los Santos, que para los cristianos (y en otras culturas también, incluyendo culturas precristianas) es una fecha en la que se rememora a los que nos han dejado, a los muertos cercanos. La víspera es la ahora frecuentemente conocida como Noche de Halloween, en la que se creía que el mundo de los muertos y el de los vivos estaban más cerca que nunca, pudiendo los muertos visitar a los vivos.

Hoy día mucha gente visita los cementerios a poner flores, limpiar un poco nichos, lápidas y tumbas, y recordar a los suyos. Por tanto, parece adecuado el comentar una técnica que la psicología ha confirmado que es útil para tratar con el duelo por la pérdida de un ser querido, o por la mayoría de sucesos traumáticos. Se trata de la escritura expresiva.

La escritura expresiva consiste, simplemente, en escribir para uno mismo acerca de sus sentimientos y pensamientos, sin restricción ni guardarse nada para uno mismo. Es una práctica antiquísima, puesto que tener un diario (y no es más que eso) es algo, probablemente tan antiguo como la escritura. No es necesario conservar lo escrito. Puedes quemarlo al terminar, o guardarlo en un diario, los beneficios son los mismos.

En los últimos años la evidencia se ha ido acumulando a favor de los beneficios de escribir regularmente. Desde el clásico estudio de Pennebaker y Beall en 1986 (1), los beneficios sobre la salud física y psicológica están bien establecidos. Podéis encontrar aquí una revisión sobre el tema que es concluyente (2).

Beneficios

Los beneficios para los sujetos experimentales que realizaban prácticas de escritura expresiva frente a los controles, en estudio de doble ciego (tened en cuenta que es el resultado acumulado de muchísimos estudios), son:

  • Descenso del estrés y las visitas médicas relacionadas con el estrés.
  • Incremento de la función del sistema inmune.
  • Bajada de la tensión sanguínea.
  • Mejor funcionamiento respiratorio.
  • Mejor función hepática.
  • Descenso de días de ingreso hospitalario.
  • Mejora en el estado de ánimo.
  • Sensación subjetiva de mayor bienestar psicológico.
  • Reducción de sintomatología depresiva en los casos en los que estaba presente previamente al experimento.
  • Reducción de sintomatología en trastornos de estrés postraumático.
  • Reducción de absentismo laboral.
  • Mejora en la memoria a corto plazo.
  • Incremento del rendimiento deportivo.
  • Mejores resultados académicos.
  • Los sujetos tardaban menos tiempo en encontrar empleo tras perder el empleo anterior.

Como podéis ver, los beneficios son muy muy amplios. Estos beneficios se han replicado abundantemente. Por otro lado, no parece que afecte otros comportamientos como el hacer ejercicio, hábitos de alimentación o consumo de sustancias. Así mismo, los efectos fisiológicos son más sólidos que los psicológicos (lógico, dado que estos se miden con escalas de autoinforme, que son menos fiables que las pruebas médicas).

O sea, que la escritura expresiva tiene un buen montón de beneficios, aunque no sea la panacea. Es un gran hábito que incorporar a nuestro repertorio de conductas, con muchos beneficios a cambio de un pequeño esfuerzo.

Cómo hacerlo

Es muy sencillo. Para beneficiarse de la escritura expresiva, basta con escribir durante al menos 4 días durante 15-20 minutos, acerca de aquello que más te preocupe, sacando tus más profundos pensamientos y emociones sobre el tema. Es importante no ponerse límite alguno, dado que nadie tiene por qué ver lo que escribes para que el ejercicio sea eficaz. Puedes escribir varios días seguidos sobre el mismo tema, o cada día sobre algo distinto. No te preocupes de gramática, ortografía o composición del texto. Da igual si escribes a mano o en el ordenador, si lo conservas o no. La única regla es que escribas tanto como puedas hasta que el tiempo acabe. 

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Sólo necesitas un ratito cada día, unos cuántos días consecutivos. El café es opcional.

Yo perdí a mi padre hace algo más de un año, de manera súbita e inesperada (3). Un ictus fulminante causó su muerte mientras estaba con mi  madre y mi hija mayor en Granada, y yo en Barcelona. Mi padre estaba en perfecto estado de salud hasta aquel momento, y hasta tal punto fue súbito el ataque, que el médico que llevaba su caso me dijo que no debía pensar en una enfermedad, sino más bien en un accidente, como si mi padre hubiera sido atropellado o algo similar, imposible de prever. Tras una semana en estado vegetativo en la UCI, los médicos dictaminaron con una prueba de potenciales evocados que nunca recuperaría la consciencia por el extenso daño cerebral sufrido, y decidimos retirar el soporte vital y dejarle morir.

Le he escrito muchas veces a mi padre, en público (en este blog o en otros lugares), y en privado, en mi diario. Soy ateo, no creo en ninguna clase de vida después de la muerte. Soy consciente de que mi padre no existe, no queda nada de él salvo los órganos que donamos y que han ayudado a otras personas, y sus genes en mí y en mis hijas. Escribo para él, aunque sé que no puede escucharme, pero en realidad es que no escribo para él. Escribo para mí, para ayudarme a regular mis emociones. No hay día que no le eche de menos. No hay día que mis hijas no hagan algo maravilloso, divertido o fantástico y no piense por un momento “Verás cuando le cuente esto a mi padre”, antes de recordar que no podré contarle nada más. Escribirle y escribir acerca de cómo me siento me ha ayudado a aliviar esa tristeza. Una parte nunca se irá. Y está bien que sea así, porque me quiso muchísimo y yo le quise con locura, y fue un padre y abuelo maravilloso.

De modo que escribir cartas a vuestros muertos, mensajes a los seres queridos que echáis de menos, o escribir acerca de vuestros sentimientos, es algo muy positivo. No hace falta escribir mucho, ni mucho tiempo. Es algo al alcance de todo el mundo, porque no importa si escribes bien o mal, si tienes experiencia o no. El mero acto de poner tus emociones y pensamientos sobre papel basta.

Y en una época en la que la introspección y la atención sostenida se ven disminuidas constantemente, quizá el hábito del diario sea una magnífica costumbre a recuperar (4).

ENLACES

  1. Pennebaker, J. W. & Beall, S. K. (1986) Confronting a traumatic event. Toward an understanding of inhibition and disease. Journal of Abnormal Psychology95274–281.
  2. Revisión de 2005 sobre los beneficios de la escritura expresiva.
  3. Cuando perdí a mi padre.
  4. Tu teléfono está drenando tu cerebro. 

De tu teléfono y tu cerebro

De tu teléfono y tu cerebro

Adam Ward es investigador en la Universidad de Texas, y ha publicado este paper (1). Su título es: “Brain Drain: The Mere Presence of One’s Own Smartphone Reduces Available Cognitive Capacity (Drenaje cerebral: la mera presencia del propio smartphone reduce la capacidad cognitiva disponible).”

Seguramente muchos estáis leyendo esto en un móvil. Veréis qué risa.

En el artículo se describen los resultados de dos experimentos que ponen a prueba la tesis del “drenaje cerebral (brain drain), que estipula que el mero hecho de tener el smartphone cerca consume recursos de nuestra atención, empeorando nuestro rendimiento en tareas cognitivas. Los dos experimentos muestran que, incluso cuando las personas tienen éxito en mantener la atención sostenida – esto es, evitar la tentación de mirar sus móviles – la mera presencia de estos les hace rendir peor cognitivamente. Y el coste cognitivo es más alto cuanto mayor se valora la dependencia del dispositivo. O sea, cuanto más enganchado te encuentras al móvil, más afecta tu capacidad de concentración, incluso si no lo estás usando. 

Fijaos: no basta con desconectar las notificaciones. El mero hecho de tenerlo a la vista es suficiente para que te distraiga (es una de las conclusiones del estudio de Ward).

Ya sabemos que las notificaciones tienen un enorme coste en atención, que baja significativamente nuestro rendimiento en un gran número de tareas cognitivas (3). Pero la cosa parece tener un alcance aún mayor. También sabemos que la retención y comprensión de la información es muy superior en papel que en una pantalla, y que las notas manuscritas son superiores a los apuntes en un ordenador.

Las interacciones personales también se ven afectadas por el uso del teléfono móvil y su presencia. En este artículo (2) se muestra que las interacciones sin móvil son consistentemente valoradas como más positivas y significativas cuando el móvil no estaba presente, que cuando estaba en la mano de uno de los participantes o sobre la mesa. Los participantes reportaban mayor satisfacción y empatía. El efecto es más pronunciado entre personas más cercanas, esto es, hablar con gente querida con el móvil a la vista deteriora más aún la calidad de la interacción.

¿Qué podemos hacer?

El artículo de Ward muestra que ponerlo boca abajo pero a la vista es fútil. Tenerlo a la vista, pero desconectado, igual. El único recurso que funciona es la separación física. Esto es, tener el móvil fuera de la vista (y del oído, para las notificaciones por vibración). Deja tu móvil en el bolso, en la chaqueta, en otra habitación (yo tengo una caja para dejar la cartera y demás en la entrada de casa). Pasa de vez en cuando a ver si ha llegado un mensaje, pero no lo tengas delante cuando estás tratando de hacer algo que requiera concentración. Porque te mantendrás hipervigilante, dedicando una parte de tu atención a controlar continuamente si ha llegado algo, si ha sonado algo.

Planeta de adictos.

En promedio, usamos nuestros móviles 85 veces al día, incluyendo lo primero que hacemos al levantarnos, justo al acostarnos, y durante la noche, para una media de 5 horas diarias (3). El 91% de usuarios dicen que nunca salen de casa sin el móvil (Deutsche Telekom 2012), y el 46% dice que  no podrían vivir sin el móvil (Pew Research Center 2015).  In 2007, sólo el 4% de los estadounidenses adultos tenía móvil (Radwanick 2012). En enero de 2017, el 77% de estadounidenses adultos — y el 92% de los menores de 35 años — poseen un smartphone (Pew Research Center 2017). La penetración de los dispositivos es similar en los países occidentales, y aún más alta en naciones de Oriente Medio y Asia. Corea del Sur, por ejemplo, muestra que el 88% de los ciudadanos tiene uno, el 100% si contamos sólo los menores de 35 (Pew Research Center 2016).

Todo esto ya ha pasado, dicen.

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Hay quien cree que esto es comparable con los móviles.

Si os fijáis en la foto de arriba, es una imagen que se ilustra mucho por parte de los defensores de las nuevas tecnologías para mostrar que es infundada la preocupación por los posibles efectos de estas, ya que otras tecnologías han tenido también a gente prediciendo el apocalipsis y nos hemos adaptado. Yo no estoy de acuerdo.

En la imagen, cada pasajero lee un periódico. Pero, y esto es lo importante, el periódico no reclama tu atención. El periódico no va contigo al baño, a la cama, al cine, al trabajo, a absolutamente todas partes, haciendo ruidos y vibrando para llamar tu atención continuamente. Los artículos del periódico no interactúan contigo en maneras diseñadas para reforzar la conducta de mirar el periódico. Ni la TV, ni la radio, ni nada como los smartphones.

El primer rasgo que marca toda la diferencia es la ubicuidad. Ninguna tecnología anterior ha tenido una presencia tan constante, te ha acompañado a todas partes de modo inescapable. Antes (hace unos pocos años), para navegar por internet y mirar tu correo, tenías que sentarte ante un ordenador. Pero no podías recibir notificaciones en la calle, en el metro, en la cama. Si estabas con tus amigos en un bar, no podías mirar facebook. Si estabas en el cine, no sabías si tenías email o no (y la gente apagaba los móviles normales en el cine; eso ya no sucede).

El segundo rasgo es la interrupción activa de la atención. El teléfono reclama tu atención de manera constante, porque está diseñado para ello. Los desarrolladores diseñan las aplicaciones y páginas web para que el consumidor las use cuanto más mejor. Y cuantas más interrupciones tenemos, peor funcionamos cada vez. Y el impacto no es sólo cognitivo. El uso de móviles afecta también a nuestro estilo de afrontamiento emocional, incrementando nuestro estrés. A más fragmentación de la atención, más ansiedad. Por eso, técnicas como la meditación reducen el estrés. Hay una relación directa entre fragmentación de la atención y aumento del estrés. Podéis buscar las investigaciones de Clifford Naas sobre el tema, que son demoledoras.

Conclusión

Es mi opinión que, en unos años (y mejor ya), tendremos que replantearnos el uso de los smartphones, del mismo modo que antes tuvimos que plantearnos el uso del tabaco. Hay muchísima más tela que cortar en referencia a este tema, porque la investigación sólo ahora empieza a manejar datos significativos. No podemos limitarnos a tildar de ludditas o tecnófobos a los que nos preocupamos sobre cómo nuestra conducta está cambiando en relación a esta tecnología.

A fin de cuentas, incluso los propios diseñadores de estas tecnologías están tratando de dejar de usarlas por temor a sus efectos (5).

ENLACES

  1. “Brain Drain”, por Adam Ward et al.
  2. “The iPhone Effect: The Quality of In-Person Social Interactions in the Presence of Mobile Devices”, de Misra, Cheng, Genevie y Yuan (2014).
  3. Perlow 2012; Andrews et al. 2015; dscout 2016
  4. “The attentional cost of receiving a cellphone notification”, de Stothart, Mitchum y Yehnert (2015).
  5. “Our minds can be hijacked” en The Guardian.

De las ideas falsas sobre la depresión

De las ideas falsas sobre la depresión

Hay días que vas a escribir, pero te han dado el trabajo hecho. Los compañeros Jesús Sanz y María Paz García – Vera han escrito un precioso artículo en dos partes (1)(2) que ha aparecido publicado en el último número de Papeles del Psicólogo, la revista oficial del Consejo General de la Psicología. Y no puedo dejarlo pasar sin comentar este tema.

En el artículo, los compañeros deciden contrastar algunas ideas equivocadas sobre la depresión, porque esas ideas equivocadas obstaculizan que los pacientes acudan a tratamiento y reciban tratamientos adecuados. Así mismo, promueven la medicalización del mismo en detrimento de las terapias psicológicas que han demostrado más efectividad que los fármacos, cuya eficacia está totalmente en cuestión (3). Por desgracia, estas ideas falsas son difundidas por diarios y medios de masas como El Mundo.

Concretamente fue ese diario, a través de su portal Cuidateplus (antes Dmedicina) el que, en 2015, publica un artículo, republicado en 2016, titulado “Ideas equivocadas sobre la depresión”, que está tan lleno de errores que los autores se vieron obligados a escribir la réplica que da pie a este post. No enlazo el artículo de ese portal porque la política de este blog, desde hace un tiempo, es no enlazar mierdas y no dar clicks y dinero a estafadores.

Ese artículo concreto ha sido visitado por 23 millones de lectores aproximadamente. Imaginad el daño que puede hacer que ese tipo de información falsa se difunda. Pensad en cuántos lectores de esa web habrán dado por buenas esas ideas y habrán sufrido perjuicio por ello.

Si bien os invito a leer el artículo entero, porque es excelente y aporta todas las referencias y evidencia necesarias, quiero comentar yo los puntos más salientes del mismo.

Falacias sobre la depresión que se propagan por ahí.

  1. La depresión es una enfermedad. Falso. Los trastornos mentales se llaman “trastornos” precisamente porque no se ha encontrado causa biológica ni marcadores fisiológicos que permitan denominarlos “enfermedades”. La depresión en concreto no tiene alteraciones estructurales o funcionales en el cerebro, y la hipótesis de las monoaminas (que dice que la depresión puede deberse a una bajada en los niveles de sustancias como la serotonina) está siendo objeto de abundante crítica porque, básicamente, no hay evidencia de que sea cierta, e incluso la hay contraria. No hay test biológicos que diagnostiquen trastornos mentales, y las tasas de éxito de los fármacos están entre el 50% y el 60%, que no es mejor que la terapia cognitivo-conductual. El artículo de la web decía que los antidepresivos tenían tasas de efectividad del 90% Ojalá.
  2. Cuando todo te va bien en la vida, puedes deprimirte igual. Falso en parte. La gente a la que le va mal (entendiendo “le va mal” como que ha pasado por acontecimientos vitales estresores) tiene 2,5 veces más probabilidades de deprimirse. Pretender que la relación entre estresores y depresión es débil es falso. Hay una relación fundada y validada entre los acontecimientos vitales estresantes, y la depresión, y de nuevo, negar esa realidad hace parecer a la depresión como una enfermedad biológica que puedes contraer en el metro.
  3. Los optimistas se deprimen tanto como los pesimistas, y los extravertidos igual que los introvertidos. Falso. De hecho, la web defiende que los extravertidos tienen mayor carga de afectividad y por ello están en más riesgo. Lo cual es más falso aún. Las personas extravertidas y optimistas pueden deprimirse, cierto, pero la evidencia indica que la probabilidad es mucho más baja. De hecho, hay una relación casi inversa entre optimismo (medido con el Test de Orientación Vital) y la depresión (medida con el BDI). La extroversión y el optimismo son factores de protección pero claro, no son garantía.
  4. La psicoterapia no cura la depresión. FALSO FALSO FALSO. Hay DÉCADAS de estudios y metaanálisis que muestran que la terapia cognitivo-conductual tiene una eficacia como mínimo igual, cuando no superior, a la farmacológica. La terapia de activación conductual (dentro de las terapias de tercera generación) y la terapia interpersonal han mostrado también eficacia superior al fármaco. Las terapias avaladas por la evidencia según la APA, para tratar la depresión, son en 2016:
    1. Terapia de conducta (Activación conductual).
    2. Terapia cognitiva.
    3. Terapia interpersonal.
    4. Terapia de solución de problemas (un tipo de terapia cogntiiva).
    5. Análisis cognitivo conductual de McCollough (más de lo mismo).
    6. Terapia de autocontrol de Rehm (cognitivo-conductual, basada en corregir un desequilibrio entre estímulos reforzantes y aversivos).
      ¿Qué es lo que no hay aquí? Psicoanálisis, gestalt, sistémica, constelaciones y demás pseudoterapias mamarrachas sin evidencia.
  5. La psicoterapia no es eficaz en depresión grave, sólo en leve y moderada. FALSO. De nuevo, la TCC ha demostrado una eficacia igual o superior a los fármacos en la depresión grave, y de hecho son tan eficaces como en la leve.
  6. La psicoterapia previene peor las recaídas y recurrencias. FALSO. Matadme ya, por favor. Es lo contrario: la TCC es MÁS eficaz que los fármacos en la prevención de las recaídas, medida a 6 y 12 meses. O sea, si practicas TCC, estás más protegido al acabar la depresión que si sigues 1 AÑO tomando fármacos. Y hay evidencia que las otras terapias basadas en la evidencia también tienen un efecto similar.
  7. El tratamiento de la depresión es largo. Falso en parte. Las terapias avaladas por la evidencia son breves, requiriendo en general 16-20 sesiones, lo cual se traduce en 3-4 meses de sesiones semanales. Como mucho, se pueden incluir 3-4 sesiones de refuerzo y prevención de recaídas, lo cual ha demostrado que además tiene un efecto de protección significativo. De modo que, aunque es cierto que algunos casos muy graves pueden requerir tratamientos prolongados, la realidad es que la mayoría de pacientes de psicoterapia superarán la depresión en pocos meses.
  8. El psicólogo no es el profesional que trata la depresión. Mira, yo ya.

Es importante que la información se recabe de las fuentes adecuadas, que NUNCA son portales “de salud” propiedad de un medio de comunicación de masas. Si tienes una depresión o alguien cercano a ti podría tener una, la terapia psicológica es el tratamiento de primera elección para la depresión de cualquier gravedad. Ojo, terapia psicológica, no pseudociencias ni payasadas. Nada de perder años de tu vida con un psicoanalista yendo a sesión 4 veces por semana durante años, o hacer juegos de rol con uno de las constelaciones pretendiendo que tienes anorexia porque tu abuela pasaba hambre.

¿No encuentras un psicólogo serio y fiable, o no puedes pagar un tratamiento. Empieza por comprar el libro Sentirse bien, de David D. Burns (4), que ha mostrado que la biblioterapia puede tener una eficacia comparable a la TCC e igual a los fármacos.

¿No estás seguro de cómo identificar si un psicólogo es un profesional o un vendedor de humo que practica pseudoterapias? Aquí te dejo un fantástico artículo del compañero Eparquio Delgado (5)

Menos coaches, menos PNL, menos Freud, y más modificación de conducta y reestructuración cognitiva. Podría ser el lema del blog, esto.

ENLACES

  1. Parte I del artículo.
  2. Parte II del artículo.
  3. “La invención de los trastornos mentales”, de Marino Pérez y Héctor González (2007).
  4. “Sentirse bien”, de David D. Burns.
  5. 10 claves básicas para elegir un (buen) psicólogo.